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La vorágine
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Libro electrónico381 páginas4 horas

La vorágine

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La nueva edición de un clásico en su centenario.Un clásico de la literatura latinoamericana del siglo XX, La vorágine de José Eustasio Rivera sigue al joven poeta Arturo Cova y a su amante Alicia cuando se fugan de Bogotá y se embarcan en una aventura a través de los variados y mágicos paisajes de Colombia. Tras quedar separado de Alicia en la selva amazónica, Arturo es testigo de la atroz condición a la que son sometidos los trabajadores obligados a extraer caucho de los árboles. Más relevante que nunca en su centenario, La vorágine no solo es una de las más perdurables representaciones del entorno natural en la literatura latinoamericana, sino que también funciona como una denuncia atemporal de las terribles violaciones de derechos humanos que tuvieron lugar durante el auge del caucho en la Amazonia. Una denuncia que sigue vigente en la actualidad.

“The most influential Colombian novel before Gabriel García Márquez.”—Times Literary Supplement

A new translation of a Latin American classic, José Eustasio Rivera's The Vortex follows the young poet Arturo Cova and his lover, Alicia, as they elope from Bogotá and embark on an adventure through Colombia's varied and magical landscapes. When Alicia—pregnant, jealous, and more than a little fed up—disappears, it’s up to Arturo, and his unstoppable ego, to follow and win her back. From the cattle ranches of the llanos to the dense jungle of the rainforest, accompanied by hucksters, cowboys, desperate souls, and a terrifying tide of ants, Arturo pursues his bride-to-be, and becomes an inadvertent witness to the appalling conditions suffered by workers forced or tricked into tapping rubber trees. 

Inventive, funny, and wildly prescient about the human and environmental costs of extractive systems, The Vortex is both a denunciation of the horrific human-rights abuses that took place during the Amazonian rubber boom, and one of most enduring renderings of the natural environment in Latin American literature. 100 years after its publication, it remains full of verve, and ready to inspire and delight a new generation of readers and writers.

IdiomaEspañol
EditorialCharco Press
Fecha de lanzamiento3 dic 2024
ISBN9781917260015
Autor

José Eustasio Rivera

José Eustasio Rivera was born in the municipality of San Mateo, Colombia, on 19 February, 1888, and died on 1 December, 1928 in New York. From a very young age, he experienced the deprivations of rural life, but was able to attend a series of educational establishments while living in poverty, eventually earning a doctorate in law in 1922. He was appointed secretary of the Colombian-Venezuelan Border Commission, as a result of which he embarked on an expedition to the Orinoco-Amazon jungle, where he came face to face with the poverty of the rubber tappers and the barbarism that plagued the territory. This experience was the inspiration for the characters he would go on to describe in The Vortex . On his return to Bogotá, he wrote articles denouncing this and other issues in the press, and in 1924 he published the first edition of his great and only novel. In the meantime, he held political posts that brought him further unpleasant experiences, which did not prevent him from representing Colombia at an international congress in Havana in 1928. From there, he moved to New York with the intention of setting up a publishing house, printing a new edition of The Vortex , and getting it translated into English. That same winter, Rivera fell ill and was admitted to hospital on the verge of a coma. He died suddenly without his illness being diagnosed.

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    La vorágine - José Eustasio Rivera

    Cover of La vorágine by José Eustasio Rivera

    LA VORÁGINE

    Charco Press Ltd.

    Office 59, 44-46 Morningside Road, Edimburgo, EH10 4BF, Escocia

    © de esta edición de La vorágine, Charco Press 2024

    © de la introducción, Juan Gabriel Vásquez 2024

    Todos los derechos reservados.

    No está permitida ninguna forma de reproducción, distribución, comunicación, o transformación de esta obra sin autorización previa por escrito por parte de la editorial.

    La matrícula del catálogo CIP para este libro se encuentra disponible en la Biblioteca Británica.

    ISBN: 9781917260008

    e-book: 9781917260015

    www.charcopress.com

    Edición y revisión: Carolina Orloff

    Diseño de tapa: Pablo Font

    Diseño de maqueta: Laura Jones-Rivera

    Obra editada con apoyo del programa Reading Colombia, cofinanciación a la traducción y publicación.

    José Eustasio Rivera

    LA VORÁGINE

    Contents

    El perdón de la selva

    Prólogo

    Primera parte

    Segunda Parte

    Tercera Parte

    Epílogo

    Glosario

    El perdón de la selva

    Juan Gabriel Vásquez

    El 1 de diciembre de 1928, después de cuatro días en coma por una enfermedad misteriosa, el escritor colombiano José Eustasio Rivera murió en el Polyclinic Hospital de Nueva York. Tenía cuarenta años, dos libros publicados y una obra de teatro lista para ser puesta en escena; lo que no tenía, en cambio, era razón alguna para sospechar que sufriría esa muerte temprana. Había llegado a finales del mes de abril, después de representar a su país (que es el mío) en un congreso sobre inmigración en La Habana, Cuba, y se había instalado en un apartamento de la calle 73, en Manhattan, con la intención ostensible de publicar la quinta edición de su única novela, La vorágine, pero con la ilusión secreta de hacerla traducir al inglés, adaptarla al cine y ganar buen dinero con ella. Consiguió lo primero: en su apartamento montó una pequeña empresa que llamó Editorial Andes, y durante meses trabajó en la corrección de ese texto que ya había pasado por otras correcciones en los cuatro años de su existencia. Esta versión, pensó, sería la definitiva.

    En noviembre salieron los primeros ejemplares de la imprenta. Rivera no podía estar más orgulloso, y el mundo parecía dispuesto a ayudarlo. Por esos días se había enterado de que un hombre llamado Benjamín Méndez Rey, piloto de aviación, se preparaba para intentar una hazaña: volar de Nueva York a Bogotá en un avión bimotor y en menos de cuarenta horas. A Rivera aquello le pareció un augurio inmejorable; además, el nombre del bimotor era Ricaurte, un prócer de la independencia sobre el cual Rivera había escrito un ensayo de juventud: todo estaba conectado. Así que se presentó en el Park Inn Hotel de Rockaway, donde una comitiva le daba al piloto una despedida de héroe, y pronunció unas breves palabras. Habló del anhelo de hazaña que late en el pecho de cada hombre; habló del ansia de señalar, con una proeza memorable, la trayectoria de nuestra vida efímera. Y luego le entregó al piloto dos ejemplares de la edición definitiva de La vorágine: uno para la Biblioteca Nacional de Colombia y otro, debidamente dedicado, para el presidente de la república. Era el 23 de noviembre. Tras despegar, el piloto Méndez Rey hizo escalas en Jacksonville, La Habana, Guatemala y Nicaragua, y acuatizó en Colón, el puerto panameño sobre el océano Atlántico, con tan mala suerte que la fuerza de las olas le rompió un ala y lo obligó a detener el viaje mientras le llegaban los repuestos. Mientras tanto, Rivera había empezado a tener fiebres altas e intensos dolores de cabeza de causa inexplicable, y en un par de días fue necesario hospitalizarlo. No hubo nada que los médicos pudieran hacer: Rivera murió una semana después de despedir al piloto que llevaba su libro, y cinco días más tarde su cuerpo embalsamado abordó un vapor, el Sixaloa, con rumbo a la capital de su país, donde está enterrado. Nunca se tuvo un diagnóstico definitivo de las causas de su muerte, pero en 1929 el poeta mexicano José Juan Tablada escribió algo que siempre me ha parecido tan justo como indemostrable. La muerte de Rivera fue una venganza de la selva, dijo. Fue una flecha envenenada con curare que desde allí atravesó volando el continente y vino a herirlo a Nueva York".

    Y añadió: La selva no perdona.

    La vorágine, esta quintaesencia de la Novela de la selva, es una de las grandes ficciones latinoamericanas del siglo XX. Pero decirlo no es tan sencillo, o requiere de ciertas aclaraciones, pues éste es el siglo del Boom latinoamericano –García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes– y también el de sus antecesores: Borges, Carpentier, Juan Rulfo. Y la novela de Rivera, a pesar de sus atrevimientos formales, parece venida de otros tiempos, más lejanos y primitivos, y es difícil hacerse a la idea de que haya aparecido apenas un par de décadas antes de los cuentos de Ficciones. Cuando se publicó, a finales de 1924, no había nada en la tradición colombiana que hubiera podido anunciarla, y yo tengo a veces la impresión de que el libro surgió solo, sin tradición ni familia, como si hubiera brotado naturalmente de las tierras inhóspitas que describe. Nada permitía prever que un hombre como Rivera –nacido en medio de las cordilleras colombianas, graduado de la facultad de Derecho en Bogotá, oficinista a pesar de sí mismo y político ocasional– pudiera imaginar esta exploración implacable y violenta del ser humano en conflicto con la selva.

    Hasta ese momento, Rivera era conocido como autor de un libro de sonetos que le cantaban con nostalgia a los paisajes de su juventud. Tierra de promisión, se llamaba bíblicamente el libro: era una colección de un terco romanticismo, llena de ecos de Leopardi o de Byron, que Rivera fue escribiendo a lo largo de sus años de estudiante. Para cuando lo publicó, en 1921, los azares de su profesión de abogado lo habían llevado a viajar por los Llanos orientales, la inmensa planicie que comienza a los pies de los Andes y se extiende hasta el río Orinoco, en la frontera con Venezuela. En esos viajes, Rivera descubrió un mundo distinto, un mundo atávico y violento y pesadillesco, pero nada fue tan importante como el encuentro con una pareja cuya historia le interesó de inmediato. La mujer, Alicia Hernández, lo cuidó durante una enfermedad relativamente grave que sufrió durante sus días llaneros; el hombre se llamaba Luis Franco Zapata, y no sólo hablaba con franqueza de su destino de escapado, sino que le contó a Rivera historias macabras sobre la selva, que había conocido bien. Franco hablaba de la selva como si fuera una criatura dotada de voluntad, y no siempre buena; contaba historias de gente que enloquecía en la selva; describía las plantaciones de caucho y la vida cruel de los caucheros. Los dos habían huido de Bogotá por amor, o para proteger su amor. Meses después, lejos de la casa de Luis y Alicia, Rivera comenzó a escribir una novela basada en su historia, que tenía no poco de romanticismo byroniano, y estaba en medio de ella –había terminado lo que hoy constituye la primera parte de La vorágine– cuando recibió una propuesta que le cambió la vida. O que cambió su libro, lo cual, para el caso, es lo mismo.

    Se trató de un nombramiento político. Rivera fue designado como secretario de una comisión, nombrada por el Ministerio de Relaciones Exteriores, cuyo encargo era fijar las fronteras entre Colombia y Venezuela. Durante meses viajó por lugares inhóspitos sin el auxilio de su gobierno ausente o incompetente, moviéndose de caserío en caserío, por terrenos agresivos, por ríos de rápidos asesinos, sin provisiones suficientes y armado sólo con un revólver que no lo hubiera podido proteger de todo. En San Fernando de Atabapo, junto al río Orinoco, enfermó de malaria, y aprovechó la convalecencia para informarse acerca de ese Funes que en la novela aparece como el autor de una masacre. En el Caquetá supo de las

    atrocidades cometidas por la notoria Casa Arana, la mayor empresa de explotación del caucho, que había puesto en marcha un infierno de violencia –violaciones, mutilaciones, esclavitud– en dos propiedades de la frontera con el Perú: La Chorrera y El Encanto. Los mismos hechos habían sido denunciados casi quince años atrás por Roger Casement, un irlandés que había viajado por la zona como representante de la corona británica, y sus informes causaron en su momento un escándalo efímero; pero la memoria de las autoridades era corta y ya se había olvidado de esos hechos, y además esos lugares quedaban demasiado lejos de los centros de poder como para que a nadie le pareciera importante el sufrimiento invisible de unas cuantas tribus de indígenas. Rivera se dedicó a recabar información sobre aquellos asuntos que nadie conocía en Bogotá, y volvía a la capital cargado de pruebas, las presentaba ante el Congreso y el Congreso no hacía nada. Su frustración era enorme.

    Y mientras tanto iba escribiendo: en ratos robados, a la luz de velas malas, espantando a manotazos los insectos que se acercaban, a veces aquejado por la fiebre. Usaba pequeños trozos de papel que iba guardando en su maleta de viaje, y dice el poeta Miguel Rasch Isla, uno de sus primeros lectores, que Rivera le tenía tanto miedo a la pérdida de la maleta que llegó a aprenderse la novela casi de memoria. De vuelta de sus viajes oficiales, cuando sus encargos hubieron terminado, Rivera se recluyó en Neiva, la ciudad de su nacimiento, para terminar la novela.

    La vorágine apareció en una editorial de Bogotá en noviembre de 1924. La publicidad que la anunció en los periódicos, redactada o por lo menos aprobada por Rivera, era deliberadamente engañosa: Trata de la vida de Casanare, de las actividades peruanas en La Chorrera y en El Encanto y de la esclavitud cauchera en las selvas de Colombia, Venezuela y Brasil. Es engañosa, digo, pero elocuente: Rivera quería que su novela, escrita con primor de poeta, se leyera también, o sobre todo, como un documento, como una denuncia. Esta ambigüedad consciente provocó malentendidos importantes, pues no todos los lectores entendieron el límite difuso entre la realidad y la ficción. Algunos dijeron que La vorágine no era en estricto sentido una novela: estaba construida con asuntos tan reales que más le convendría el rótulo de narración de viajes. Otros la acusaron de ser poco más que una crónica roja, una narración de aventuras llena de sangre y crimen, más propia del folletín barato que de la alta literatura. Otros dijeron que el libro usaba el pretexto de una trama de pasiones para contar las aventuras de Rivera, lo que el autor vio y conoció a lo largo de sus viajes.

    Y no ayudaba el hecho de que Rivera hubiera confundido voluntariamente a los lectores: la primera edición de la novela venía ilustrada con varias fotografías tomadas en la selva, como (falsa) prueba documental de lo narrado. En una se veía a José Eustasio Rivera sentado en una hamaca, y en el pie de página se leían estas palabras maravillosas: Arturo Cova, en las barracas del Guaracú. (Fotografía tomada por la madona Zoraida Ayram.) En otra foto aparecía un hombre subido a un árbol, y éste era el pie de foto: Clemente Silva. Los lectores comprenderán en pocas páginas que Arturo Cova, Zoraida Ayram y Clemente Silva son personajes de ficción de esta novela. Lo que hace Rivera es de una modernidad insolente, un meticuloso borrar de las fronteras entre el documento y la ficción, una utilización de la imagen apócrifa que cambia de manera dramática nuestra relación de lectores con lo que leemos. Es una lástima que Rivera se haya arrepentido, sin duda por las críticas que recibió: en las ediciones posteriores, las fotografías fueron suprimidas. En cualquier caso, con fotos o sin ellas, queda esa naturaleza ambigua de esta novela, y la subraya el recurso que el autor ha escogido para presentarla: un hombre llamado José Eustasio Rivera ha recibido el manuscrito de Arturo Cova, enviado por el Cónsul de Colombia en Manaos, y lo ha arreglado para su publicación. El ardid es tan viejo como Don Quijote, que es, como lo recuerdan los lectores, un manuscrito árabe encontrado por Miguel de Cervantes en un mercado de Toledo; y sin embargo Rivera tuvo que soportar que se le acercaran lectores a darle consejos para ayudar a Alicia, o a preguntar si Clemente Silva había conseguido encontrar a los caucheros perdidos en la selva.

    La vorágine es ficción, pero también documento; es narración de aventuras, pero también bebe del periodismo de denuncia; como El corazón de las tinieblas, es un viaje hacia lugares recónditos, pero no sólo de la geografía, sino del alma. Es un descenso a los infiernos de la maldad, a los lugares oscuros de nuestra condición, y ni siquiera su lenguaje barroco, excesivo y aun melodramático (sí, se ha dicho muchas veces: exuberante como la selva) hace que pierda nitidez su visión descarnada y clarividente del ser humano. Durante décadas la hemos leído como ejemplar de la novela telúrica; la hemos leído como antecedente o semilla de las grandes novelas de la selva que vinieron después, de Los pasos perdidos a La casa verde; la hemos leído, en fin, como puesta en escena de la oposición que tanto preocupó a la literatura latinoamericana de otras épocas: civilización contra barbarie. Ahora que aparece esta nueva traducción al inglés, pienso en el Rivera que llegó hace noventa y seis años a Nueva York, creyendo que comenzaba una nueva vida de novelista, o que La vorágine iba a comenzar una nueva vida literaria. Pero una novela sólo existe en su lectura, en sus lectores: son los nuevos lectores, año tras año, década tras década, los que le van insuflando la vida. Yo he querido darles a ustedes, nuevos lectores de lengua inglesa, ciertas informaciones que puedan ser útiles o provechosas para entrar en la selva de Rivera: en ese infierno verde donde tantos se han perdido. El viaje de Arturo Cova es duro y cruel, y nadie sale indemne de esos lugares. No salió indemne Rivera; de maneras distintas, no salimos indemnes sus lectores.

    Ahora entremos, y que la selva nos perdone.

    Prólogo

    Señor Ministro:

    De acuerdo con los deseos de S. S., he arreglado para la publicidad los manuscritos de Arturo Cova, remitidos a ese Ministerio por el Cónsul de Colombia en Manaos.

    En esas páginas respeté el estilo y hasta las incorrecciones del infortunado escritor, subrayando únicamente los provincialismos de más carácter.

    Creo, salvo mejor opinión de S. S., que este libro no se debe publicar antes de tener más noticias de los caucheros colombianos del Río Negro o Guainía; pero si S. S. resolviere lo contrario, le ruego que se sirva comunicarme oportunamente los datos que adquiera para adicionarlos a guisa de epílogo.

    Soy de S. S. muy atento servidor,

    JOSÉ EUSTASIO RIVERA

    …Los que un tiempo creyeron que mi inteligencia irradiaría extraordinariamente, cual una aureola de mi juventud; los que se olvidaron de mí apenas mi planta descendió al infortunio; los que al recordarme alguna vez piensen en mi fracaso y se pregunten por qué no fui lo que pude haber sido, sepan que el destino implacable me desarraigó de la prosperidad incipiente y me lanzó a las pampas, para que ambulara vagabundo, como los vientos, y me extinguiera como ellos sin dejar más que ruido y desolación.

    (Fragmento de la carta de Arturo Cova)

    Primera parte

    Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores, ni de la confidencia sentimental, ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino del amor ideal, que me encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara en mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta.

    Cuando los ojos de Alicia me trajeron la desventura, había renunciado ya a la esperanza de sentir un afecto puro. En vano mis brazos —tediosos de libertad— se tendieron ante muchas mujeres implorando para ellos una cadena. Nadie adivinaba mi ensueño. Seguía el silencio en mi corazón.

    Alicia fue un amorío fácil; se me entregó sin vacilaciones, esperanzada en el amor que buscaba en mí. Ni siquiera pensó casarse conmigo en aquellos días en que sus parientes fraguaron la conspiración de su matrimonio, patrocinados por el cura y resueltos a someterme por la fuerza. Ella me denunció los planes arteros. Yo moriré sola, decía: mi desgracia se opone a tu porvenir.

    Luego, cuando la arrojaron del seno de su familia y el Juez le declaró a mi abogado que me hundiría en la cárcel, le dije una noche, en su escondite, resueltamente: ¿Cómo podría desampararte? ¡Huyamos! Toma mi suerte, pero dame el amor.

    ¡Y huimos!

    *

    Aquella noche, la primera de Casanare, tuve por confidente al insomnio.

    Al través de la gasa del mosquitero, en los cielos ilímites, veía parpadear las estrellas. Losfollajes de las palmeras que nos daban abrigo enmudecían sobre nosotros. Un silencio infinito flotaba en el ámbito, azulando la transparencia del aire. Al lado de mi chinchorro, en su angosto catrecillo de viaje, Alicia dormía con agitada respiración.

    Mi ánima atribulada tuvo entonces reflexiones agobiadoras: ¿Qué has hecho de tu propio destino? ¿Qué de esta jovencita que inmolas a tus pasiones? ¿Y tus sueños de gloria, y tus ansias de triunfo y tus primicias de celebridad? ¡Insensato! El lazo que a las mujeres te une lo anuda el hastío. Por orgullo pueril te engañaste a sabiendas, atribuyéndole a esta criatura lo que en ninguna otra descubriste jamás, y ya sabías que el ideal no se busca; lo lleva uno consigo mismo. Saciado el antojo, ¿qué mérito tiene el cuerpo que a tan caro precio adquiriste? Porque el alma de Alicia no te ha pertenecido nunca, y aunque ahora recibas el calor de su sangre y sientas su respiro cerca de tu hombro, te hallas, espiritualmente, tan lejos de ella como de la constelación taciturna que ya se inclina sobre el horizonte.

    En aquel momento me sentí pusilánime. No era que mi energía desmayara ante la responsabilidad de mis actos, sino que empezaba a invadirme el fastidio de la manceba. Poco empeño hubiera sido el poseerla, aun a trueque de las mayores locuras; pero ¿después de las locuras y de la posesión?…

    Casanare no me aterraba con sus espeluznantes leyendas. El instinto de la aventura me impelía a desafiarlas, seguro de que saldría ileso de las pampas libérrimas y de que alguna vez, en desconocidas ciudades, sentiría la nostalgia de los pasados peligros. Pero Alicia me estorbaba como un grillete. ¡Si al menos fuera más arriscada, menos bisoña, más ágil! La pobre salió de Bogotá en circunstancias aflictivas; no sabía montar a caballo, el rayo del sol la congestionaba y, cuando a trechos prefería caminar a pie, yo debía imitarla pacientemente, cabestreando las cabalgaduras.

    Nunca di pruebas de mansedumbre semejante. Yendo fugitivos, avanzábamos lentamente, incapaces de torcer la vía para esquivar el encuentro con los transeúntes, campesinos en su mayor parte, que se detenían a nuestro paso interrogándome conmovidos: Patrón, ¿por qué va llorando la niña?

    Era preciso pasar de noche por Cáqueza, en previsión de que nos detuvieran las autoridades. Varias veces intenté romper el alambre del telégrafo, enlazándolo con la soga de mi caballo; pero desistí de tal empresa por el deseo íntimo de que alguien me capturara y, librándome de Alicia, me devolviera esa libertad del espíritu que nunca se pierde en la reclusión. Por las afueras del pueblo pasamos la primera noche y, desviando luego hacia la vega del río, entre cañaverales ruidosos que nuestros jamelgos descogollaban al pasar, nos guarecimos en una enramada donde funcionaba un trapiche. Desde lejos lo sentimos gemir, y por el resplandor de la hornilla donde se cocía la miel cruzaban intermitentes las sombras de los bueyes que movían el mayal y del chicuelo que los aguijaba. Unas mujeres aderezaron la cena y le dieron a Alicia un cocimiento de yerbas para calmarle la fiebre.

    Allí permanecimos una semana.

    *

    El peón que envié a Bogotá a caza de noticias me las trajo inquietantes. El escándalo ardía, avivado por las murmuraciones de mis malquerientes; comentábase nuestra fuga y los periódicos usufructuaban el enredo. La carta del amigo a quien me dirigí pidiéndole su intervención tenía este remate: ¡Los prenderán! No te queda más refugio que Casanare. ¿Quién podría imaginar que un hombrecomo tú busque el desierto?

    Esa misma tarde me advirtió Alicia que pasábamos por huéspedes sospechosos. La dueña de casa le había preguntado si éramos hermanos, esposos legítimos o meros amigos, y le instó con zalemas a que le mostrara algunas de las monedas que hacíamos, caso de que las fabricáramos, en lo que no había nada de malo, dada la tirantez de la situación. Al siguiente día, partimos antes del amanecer.

    —¿No crees, Alicia, que vamos huyendo de un fantasma cuyo poder se lo atribuimos nosotros mismos? ¿No sería mejor regresar?

    —¡Tanto me hablas de eso, que estoy convencida de que te canso! ¿Para qué me trajiste? ¡Porque la idea partió de ti! ¡Vete, déjame! ¡Ni tú ni Casanare merecen la pena!

    Y de nuevo se echó a llorar.

    El pensamiento de que la infeliz se creyera desamparada me movió a tristeza, porque ya me había revelado el origen de su fracaso. Querían casarla con un viejo terrateniente en los días que me conoció. Ella se había enamorado, cuando impúber, de un primo suyo, paliducho y enclenque, con quien estaba en secreto comprometida; luego aparecí yo, y alarmado el vejete, por el riesgo de que le birlara la prenda, multiplicó las cuantiosas dádivas y estrechó el asedio, ayudado por la parentela entusiástica. Entonces Alicia, buscando la liberación, se lanzó a mis brazos.

    Mas no había pasado el peligro: el viejo, a pesar de todo, quería casarse con ella.

    —¡Déjame! —repitió, arrojándose del caballo—. ¡De ti no quiero nada! ¡Me voy a pie, a buscar por estos caminos un alma caritativa! ¡Infame! Nada quiero de ti.

    Yo, que he vivido lo suficiente para saber que no es cuerdo replicarle a una mujer airada, permanecí mudo, agresivamente mudo, en tanto que ella, sentada en el césped, con mano convulsa arrancaba puñados de yerba.

    —Alicia, esto me prueba que no me has querido nunca.

    —¡Nunca!

    Y volvió los ojos a otra parte.

    Quejóse luego del descaro con que la engañaba:

    —¿Crees que no advertí tus persecuciones a la muchacha de allá abajo? ¡Y tanto disimulo para seducirla! Y alegarme que la demora obedecía a quebrantos de mi salud. Si esto es ahora, ¿qué será después? ¡Déjame! ¡A Casanare jamás, y contigo ni al cielo!

    Este reproche contra mi infidelidad me ruborizó. No sabía qué decir. Hubiera deseado abrazar a Alicia, agradeciéndole sus celos con un abrazo de despedida. Si quería que la abandonara, ¿tenía yo la culpa?

    Y cuando me desmontaba a improvisar una explicación, vimos descender por la pendiente a un hombre que galopaba en dirección a nosotros. Alicia, conturbada, se agarró de mi brazo.

    El sujeto, apeándose a corta distancia, avanzó con el hongo en la mano.

    —Caballero, permítame una palabra.

    —¿Yo? —repuse con voz enérgica.

    —Sí, sumercé.

    Y terciándose la ruana, me alargó un papel enrollado. Es que lo manda notificar mi padrino.

    —¿Quién es su padrino?

    —Mi padrino el Alcalde.

    —Esto no es para mí —dije devolviendo el papel sin haberlo leído.

    —¿No son, pues, susmercedes los que estuvieron en el trapiche?

    —Absolutamente. Voy de Intendente a Villavicencio, y esta señora es mi esposa.

    Al escuchar tales afirmaciones, permaneció indeciso.

    —Yocreí—balbuceó—queeransusmercedes los acuñadores de monedas. De la ramada estuvieron mandando razón al pueblo para que la autoridad los apañara, pero mi padrino estaba en el campo, pues sólo abre la Alcaldía los días de mercado. Recibió también varios telegramas, y como ahora soy comisario único…

    Sin dar tiempo a más aclaraciones, le ordené que acercara el caballo de la señora. Alicia, para ocultar la palidez, velóse el rostro con la gasa del sombrero. El importuno nos veía partir sin pronunciar palabra. Mas, de repente, montó en su yegua y, acomodándose en la enjalma que le servía de montura, nos flanqueó sonriendo:

    —Sumercé, firme la notificación para que mi padrino vea que cumplí. Firme como Intendente.

    —¿Tiene usted una pluma?

    —No, pero adelante la conseguimos. Es que, de lo contrario, el Alcalde me archiva.

    —¿Cómo así? —respondíle sin detenerme.

    —Ojalá sumercé me ayude, si es cierto que va de empleado. Tengo el inconveniente de que me achacan el robo de una novilla y me trajeron preso, pero mi padrino me dio el pueblo por cárcel; y luego, a falta de Comisario, me hizo el honor a mí. Yo me llamo Pepe Morilla Nieto,

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