Mejor oler a mar: Apuntes sobre la descolonización del estómago
Por Ana Luisa Islas
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«La descolonización de nuestra manera de pensar, actuar y cocinar es algo que hemos comenzado a trabajar como sociedad hace demasiado poco». La periodista mexicana Ana Luisa Islas, colaboradora de medios como ABC, Hule y Mantel, Cuina, Reforma o la ya desaparecida Munchies, mete el dedo en la llaga —que no es otra que una herida que comparten millones de personas— en esta lúcida y franca reflexión sobre la apropiación culinaria.
La autora, migrante, hija, nieta y bisnieta de migrantes, se expone sin reservas en una serie de ensayos que abordan el viaje, tanto de las personas como de los ingredientes que llevan bajo el brazo, en su dimensión física, emocional y, sobre todo, identitaria. Mejor oler a mar es, además, un recetario que dialoga con los recuerdos y que tiende puentes entre un pasado, un presente y un futuro que todos compartimos. Al igual que la muerte.
Ana Luisa Islas
Ana Luisa Islas Bravo es periodista y escritora mexicana. Nació en Chapel Hill (Carolina del Norte), en junio de 1983. De padres mexicanos, su madre entró a Estados Unidos con ella camuflada dentro de su vientre. «Que no se te note», le dijo su padre. A los tres meses de su nacimiento volvieron a México porque a su padre no le renovaron la visa. Creció en la Ciudad de México hasta los 26 años que emigró a España. Vivió 12 años en este país, 11 de ellos colaborando para el diario ABC. Ahora, vive a caballo entre San Miguel de Allende (México) y Barcelona. Escribe sobre gastronomía, hace entrevistas y periodismo de viajes. Edita y produce un proyecto culinario transmedia de nombre Ñam Ñam Barcelona desde agosto de 2012. Una de sus piezas para explicar el Día de Muertos forma parte de una recopilación de la mejor escritura gastronómica en español de 2022. Ha publicado en Hule y Mantel y en Cuina, en España; y en Munchies y el periódico Reforma, en México. Sus relatos cortos han aparecido en Cósmica Calavera y Página Salmón. Coordina una residencia de artistas itinerante, en donde acompaña y desarrolla la comunicación de artistas independientes. Escribe poesía, relatos, cuentos infantiles y se expresa a través del arte urbano. Su obra puede verse en la Sala Basiana de la Nau Bostik barcelonesa. Imparte clases de escritura y arte. Es migrante, e hija, nieta y bisnieta de migrantes, como canta Drexler. Desde 2017, además, es viuda.
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Mejor oler a mar - Ana Luisa Islas
ARRIBA DE UN TREN
Los mexicanos disfrutamos mucho de viajar en tren. Quizás se deba a que, desde hace más de cien años, tras la Revolución, casi todas las vías del tren fueron cayendo en desuso. Ahora, prácticamente solo viajan en tren los migrantes que se montan en La Bestia para llegar «al otro lado». Mientras escribo, voy en un tren holandés, observando la campiña de los Países Bajos. Casas con techos naturales o con tejas de cerámica, granjas o antiguas granjas con paneles solares, con tractores de última generación en los graneros y caballos, muchos caballos. Vacas también, claro. Vacas lecheras que después se venderán como chuletones de vaca vieja en sidrerías vascas y sus imitaciones. Viajan los ingredientes. Y viajamos las personas. Aquí en Holanda (permítanme llamarle así a este país, como sigo llamando D. F. a la ahora Ciudad de México), dice el papá de mis sobrinas que las reglas se ajustan al sentido común. Nunca van las reglas por encima. Suena idílico, pienso, tras un periplo de casi cuatro años contra el gobierno español para asegurar mi permiso para residir en sus tierras, pensión de viudedad de por medio. No hubo manera de que entraran en razón. ¿Habría sido distinto en Holanda? Quizás. No tengo ganas de averiguarlo. Ahora cobro de España y resido casi todo el año en México. Y gasto allá, claro, lo que con sus impuestos Manel (mi esposo) me heredó. Nina Simone me diría que no hace falta volver a la mesa en donde no recibí amor, pero aquí estoy, en Europa nuevamente, como el año pasado. ¿Por qué? Para viajar en tren, claro, y observar las diferencias.
Por la ventana, observo un sinnúmero de bosques regenerados (si es que a eso se le puede llamar bosque), de arbolitos uniformes y muy delgaditos, que en su momento se talaron para construir los barcos de los piratas con los que los holandeses se volvieron ricos. Con esos barcos invadieron su porción de América y de África. Y, posteriormente, cuando el oro se acabó, comerciaron con esclavos. A esos bosques delgaditos ya no pueden, o no quieren, explotarlos. Ahora los holandeses compran casas en Andalucía, Extremadura o Cataluña, y traen de esas tierras aceite de oliva, vino, jamón, fuet y otras exquisiteces. Lo sé porque abundan en los supermercados de la Holanda profunda. A veces digo que Europa está muerta, pero sigue dando sus patadas de ahogado. Lo que no pudieron robar en su momento, intentan expoliarlo ahora. Los canadienses (los europeos de América) a través de las minas, y los españoles construyendo carreteras y hoteles infinitos y poco sostenibles junto a las playas más hermosas. En Bosnia dicen que los alemanes están «comprando» los ojos de agua para poder saciar la sed infinita de los alemanes. La cerveza necesita mucha agua. Y en Bosnia el agua abunda. O abundaba.
Las leyes son flexibles, siempre que el sentido común así lo dicte. ¿Qué tan común es el sentido común? ¿Alguna vez han conocido a un hombre rubio, alto y guapo, dentro de la norma estética que rige nuestra sociedad, que haya nacido en un país colonizador y nunca colonizado? El sentido común de esa persona le dirá que puede hacer lo que le plazca, como desde niño le han enseñado sus padres y sus maestros. A las mujeres del sur global nadie nos dice que podemos lograr lo que queramos. Salvo contadas excepciones. Mi padre fue una de ellas, aunque también se encargó de decirnos a mi hermana y a mí que podíamos lograr lo que quisiéramos siempre que no pasáramos por encima de él. La programación mental que nos heredaron nuestros padres, y a nuestros padres sus padres, se imprime en nuestro ADN, más incluso que la propia genética. Permite a un holandés no pagar el parquímetro porque le sale más a cuenta pagar la multa, si es que llega. Impide que un hondureño piense que merece algo más que viajar en el lomo de un tren asesino. Viajar nos permite derribar esas letales instrucciones, cuestionarlas y, si tenemos suerte, derribarlas.
Hemos viajado siempre los humanos. Seguimos haciéndolo. Algunos van en trenes de primera. Otros van en trenes de carga, como polizones. Algunos viajamos para comer. Otros viajaron para dar de comer. Y tantos otros viajaron para comprar y vender esclavos. «¿De dónde viene la riqueza de Europa?», nos preguntamos los que no somos europeos. Sería de sentido común que los europeos también se lo preguntasen; pero a veces es más fácil viajar con los audífonos puestos, mirando la pantalla del móvil, dando por sentado todo lo que nos rodea y lo que no, imaginando que merecemos tener esas baterías de litio que nos permiten encender nuestro teléfono. Europa se muere cada día que decide no mirarse lo podrido. Aun así, estoy aquí, oliendo lo que de esa herida supura, tratando de entender qué de mi propia herida proviene de aquí. ¿Por qué adoramos tanto los americanos al continente que nos subyuga? ¿Por qué queremos ser como ellos? ¿Por qué nos gusta ver cómo coronan a sus reyes? ¿Por qué nos gusta visitar sus castillos? Quizás simplemente es que tenemos nostalgia de los nuestros, a quienes mataron en la hoguera y a punta de cañón. Tenemos nostalgia de nuestros palacios, que sirvieron de cimiento para sus iglesias. Ahora ellos nos miran y quieren más. Lo que no les dejamos destruir lo quieren para sí: la milpa, la espiritualidad, la herbolaria, los hongos psilocibios, la cocina, la Virgen de Guadalupe o el Día de Muertos. Mío, solo mío. Y nosotros, generosos como la naturaleza, se los servimos en bandeja de plata. «Toca compartir con el mundo eso que guardamos tantos años con recelo», me explicó Lupita Hernández Dimas, líder de las mujeres purépechas de Santa Fe de la Laguna, pueblo a orillas del lago de Pátzcuaro, en donde los productores de Disney pasaron un año estudiando la cosmovisión indígena alrededor de la muerte para escribir y crear la película de Coco. Quizás es por eso que estoy aquí, oliendo y observando lo rancio, para poder explicarme y explicar. ¿No es por eso que viajamos? Para entender.
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