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Regreso al pueblo de los suspiros
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Regreso al pueblo de los suspiros
Libro electrónico143 páginas1 hora

Regreso al pueblo de los suspiros

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Información de este libro electrónico

La novela de Grace P. Bedoya es una historia compuesta de varias historias, una dentro de otra: la escritora transformada en personaje que una mañana –cualquier mañana– despierta y vive lo que escribe o escribió. Cruce de historias y personajes, de lugares y épocas. Hoy es ayer y mañana un día del que ya tenemos memoria. Novela fantástica y cuento breve, relato infantil y anecdotario surreal, Regreso al pueblo de los suspiros es eso: suspiros que son voces, el coro de voces que nos habitan, las que disuelven nuestras vanas nociones entre la vigilia y el sueño, entre tú y yo y entre nosotros todos

IdiomaEspañol
EditorialLiteral Publishing
Fecha de lanzamiento16 oct 2023
ISBN9798223850533
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    Regreso al pueblo de los suspiros - Grace P. Bedoya

    REGRESO AL PUEBLO DE

    LOS SUSPIROS

    Grace P. Bedoya

    bar

    D.R. © 2023, Grace P. Bedoya

    D.R. © 2023, Literal Publishing

    Crestón 343,

    Ciudad de México, México, 01900

    5425 Renwick Dr.

    Houston, TX, 77081

    www.literalmagazine.com

    ISBN: 978-1-942307-55-6

    All rights reserved. No part of this book may be reproduced or utilized in any form or by any means, electronic or mechanical, including photocopying, recording, or by any information storage and retrieval system, without permission in writing from the copyright owners and the publishers.

    Printed in the United States / Impreso en Estados Unidos

    Índice

    (del libro que no fue)

    I (La nada)

    II (El genio que habita en el diccionario viejo, viejísimo)

    III (In liu of)

    IV (El día en que el sol no salió)

    V (Constantino)

    VI (El espejo que canturreaba en latín)

    VII (El jardín encantado de Ofelia)

    VIII (El pueblo de los suspiros)

    IX (Adelina, la resolvedora de problemas)

    X (El puente de la felicidad pasada)

    XI (La luna en su ventana)

    XII (El cofre de los sueños rotos)

    XIII (Pigeón)

    XIV (El escritor de las tristezas ajenas)

    XV (Loro viejo)

    XVI (Píntame)

    XVII (Recuerdos que vuelan)

    XVIII (El sonido de su voz entre las piedras)

    XIX (Serendipity)

    1. (Sueño, locura y muerte)

    2. (El umbral)

    3. (Aroma de café)

    4. (Gris)

    5. (Todos los libros más uno)

    6. (Iluminación)

    7. (Coherencia)

    8. (El muro)

    9. (Depredador)

    10. (Fuga)

    11. (Naufragio)

    12. (Ella, él, ella)

    13. (Vértigo)

    14. (Origen)

    15. (Redención)

    16. (La creación)

    17. (Muerte y resurrección)

    18. (Caos)

    19. (Lo que queda cuando ya no hay más)

    (Epílogo o algo así)

    [(Des)Bloqueo]

    A ti papá,

    que me regalaste las palabras

    con las que hoy construyo mis historias.

    Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace.

    JUAN RULFO, Pedro Páramo

    Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate.

    DANTE ALIGHIERI, La divina commedia

    In playing, and perhaps only in playing, the child or adult is free to be creative.

    D. W. WINNICOTT, Playing and Reality

    Ángel y musa vienen de fuera; el ángel da luces y la musa da formas […]. En cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre.

    […]

    La verdadera lucha es con el duende.

    FEDERICO GARCÍA LORCA,

    Juego y teoría del duende

    I

    Las madrugadas me llaman. Ese quedo silencio de las 4 a. m. me coloca en un espacio de encuentro con la nada que habita en mí.

    Recuerdo el futuro desde un futuro aún más lejano. Revivo momentos que nunca ocurrieron desde un presente diferente, más lejano aún. Frente a esa calma que no juzga, imagino figuras evanescentes que cobran vida y transitan por realidades que, a veces, rozan la mía. Repaso mi historia, tal cual la recuerdo, pero desde una memoria ajena.

    Observo a alguien que camina por la acera húmeda allá abajo, y que podría ser yo. El viento desdibuja su rostro y ella mira hacia mi ventana en sombras, intuyendo mi presencia. Sonríe con tristeza, y yo a mi vez le sonrío. Sigue su camino solitario y desaparece en esa oscuridad, dejándome con la duda de su existencia.

    ~~~

    La escritora permanece sentada viendo sin observar la pantalla parpadeante de su computadora durante unos minutos que se le antojan segundos pero asimila como siglos.

    El departamento en el que vive está fresco pero ella transpira. Se enfoca en la respiración abdominal de manera automática, como le ocurre siempre que la asalta la ansiedad. Los años de práctica de meditación y yoga ayudan.

    Aún sentada, se inclina hacia adelante para alcanzar la cajetilla de Marlboro Light que mantiene siempre a la mano, junto al yesquero. Enciende un cigarrillo y le da una chupada honda que acelera el ritmo cardiaco pero aplaca los pensamientos. Toma la taza que se encuentra al lado del ratón. Bebe un trago de café pero arruga la expresión de inmediato. Está frío, y un dejo a fruta pasada se superpone al sabor agudo que la había deleitado apenas media hora atrás. Siente vértigo. Coloca el cigarrillo en el cenicero y camina unos pasos hasta la cocina. Se sirve una taza de café fresco y regresa a su estudio.

    De pie frente a su ventana alterna los sorbos de café con las inhalaciones cargadas de nicotina. Intuye que ya debería salir para el trabajo, pero evita deliberadamente mirar la hora. Ese día llegará tarde. No le importa. Esa madrugada se ha plantado frente al abismo blanco y ha sido capaz de escribir. Enfrentando el vacío, la nada que habita en ella, ha quebrado el bloqueo en el que se hallaba sumida desde hacía varios meses. O, al menos, eso espera.

    XIX

    1

    Se despertó sobresaltada de un sueño incierto con una sola palabra palpitándole en la cabeza: serendipity. Sudorosa, intentó levantarse de la cama, pero no había tal cosa. En realidad no estaba en su habitación. No estaba, entendió aterrorizada, en ninguna habitación.

    Miró a su alrededor y no supo reconocer su entorno, aunque le resultaba familiar. Empezó a caminar sintiendo que sus pies no tocaban el suelo. El firmamento, refulgente, exhibía la serenidad de los amaneceres de otoño. El pasto perlado se agitaba con levedad. Una libélula violeta se materializó frente a sus ojos, realizó algunas acrobacias a la altura de su rostro, giró y empezó a volar delante de ella. La mujer caminó detrás. Llegaron a un camino tan estrecho que a duras penas permitía el paso de un solo auto. El pavimento estaba agrietado y minúsculas flores silvestres brotaban de sus cicatrices. El insecto cruzó a la izquierda, volando encima del sendero. Ella lo siguió. ¿Qué más podía hacer? No tenía idea de dónde estaba y la libélula volaba con la seguridad de quien ha recorrido antes esa ruta.

    Se acercaron a un viejo puente de madera pintado de rojo y verde. Ella se detuvo en seco mientras la libélula descendía sobre una de las vigas. ¿Estoy muerta? ¿Estoy soñando? ¿O estoy…?. La sangre le golpeaba con fuerza en las sienes. Se esforzaba en respirar, pero el aire condensado y helado se negaba a entrar en sus pulmones. Agujas de escarcha punzaban su cuerpo. Ya me voy a despertar. Segundos después, sin embargo, seguía allí, plantada a la entrada del puente que ella había imaginado una madrugada. ¿Estoy en uno de mis cuentos?.

    Reconoció también al insecto y al río bajo el puente, ambas creaciones suyas. Se examinó a sí misma tratando de encontrar alguna lógica a su situación absurda. Vestía la piyama con la que se había acostado la noche anterior y estaba descalza. Se tocó el cabello, la cara, los brazos, las manos. Sentía. Era ella y todo parecía demasiado real para ser un sueño. Hizo un recuento del día anterior: fue al trabajo, almorzó la comida que había llevado (salmón con espárragos) junto con algunos compañeros de la oficina, siguió trabajando, entregó una asignación pendiente, tuvo una de esas largas e infructuosas reuniones en las que todos salían con las mismas dudas con las que habían entrado, apagó la computadora, tomó su abrigo y su bolso, salió del edificio, subió a su auto, condujo por la autopista (había algo de tráfico), aparcó en su puesto de estacionamiento (el 1.34), se introdujo en el ascensor, entró en su apartamento (7-G), se quitó la ropa y se puso esa misma piyama que ahora vestía de manera ridícula en pleno campo, se sirvió una copa de

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