El Espejo Maldito
Por Robinson Fowler
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UN THRILLER DE TERROR PSICOLÓGICO Y HORROR CÓSMICO.
Una terrible maldición ha caído sobre los Hardin desde hace siglos...
Stephen, descendiente de este linaje maldito, abandona California con su esposa y sus hijos para olvidar su pasado como abogado. Pero su paz será breve... personas poderosas quieren asesinarlo e incriminarlo por la extraña muerte de un cliente.
Al intentar descifrar el gran enigma que le ata a esta secta, se dará cuenta que su pasado es aún más importante que el infierno que le tocará vivir por salvar a su familia. Un terror indecible que duerme hace varios siglos en un espejo y que le mantiene unido a él por una mala decisión de sus antepasados...
Saber qué fue lo que ocurrió, usando sus recuerdos y visiones será la única arma que tendrá a su favor...
Robinson Fowler
Robinson Fowler is a peruvian writer of Science Fiction, Terror, Drama, Short Horror Stories and Children Stories, who was born in Trujillo, Peru, on 1987. He attended his first education at the Jose Faustino Sanchez Carrion National School, then, on 1999 he followed his studies at the Private School Dante Alighieri, where he discovered the stories, in his hours of happy reading, of the writer Julio Ramón Ribeyro, to which he took as a great reference and inspiration of his writings, together with the poet and writer Cesar Vallejo. Between the years 2004 and 2006 he dedicated himself to study all about of editorial design, where he consolidated his knowledge in the beautiful art of the layout and editing of texts in the different editing programs of texts at the Institute of Graphic Design and Editorial EIGER. On March of 2006 he began studies at the Institute of Computing and Informatics, Leonardo Da Vinci, which concluded in the year 2008; year in which he began to give himself to the letters fully, writing several stories on his personal blog, which he erased following the advice of his mentor. He kept writing compulsively not only Horror Stories, but also Drama Stories, Children, he never stopped in his dream of being a writer. On October 2012 decided to study Industrial Engineering at the Private University of the North He currently has three books published in the world's most popular e-books retailers. These three books are his first writings — short horror stories — but they aren’t the only ones. He has written a Trilogy which he hopes to finish soon to edit it. He has also written a satellite book to be able to understand his Trilogy, The Mirror. Continuing to contribute to the world of Literature is his greatest desire in life. And it's already begun.
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El Espejo Maldito - Robinson Fowler
RECUERDO
Capítulo 1
Son las tres de la mañana del 20 de enero de 1997. Tengo un cigarrillo encendido, humedecido por mis labios temblorosos y otro sujeto a una oreja.
Las cortinas que una vez fueron tan blancas como mi vida, hoy se ven negras, amoratadas. Ellas me vieron forjar este dolor mental que nació exactamente un 20 de enero como hoy, hace diez años.
Tuve una esposa y dos hijos. Las cosas no marchaban bien. No, las cosas no marchaban para nada bien. Dios mío… ¡Qué horror recordarlo ahora que ya no están conmigo!
Habíamos comprado la casa cuando ellos —la parejita de ojos azules y rizos dorados— cumplieron sus ocho primaveras en California. Alice y yo elegimos vivir en Vermont para alejarnos de la salvaje vida en Laguna Beach y, por supuesto, nuestra casa tenía que ser de estilo georgiano, con armazón de madera y piedra, pues siempre habíamos soñado con una así desde que el amor nos unió en la universidad. Cuando al fin obtuve la libertad financiera, decidí traerlos aquí.
Cuatro días antes de mi destino final —en aquel enero de 1987—, tras ordenar las cajas de la mudanza y de merodear con los chicos las distintas áreas de la casa, Alice preparaba la cena de aquella noche. Tommy y Sussie insistieron en explorar el cuarto y último piso, que era el ático. A decir verdad, ese piso nos llamó mucho la atención. En el techo, partes de un par de vigas colgaban como péndulos en el centro de la habitación.
Se oía el crujir de la madera por culpa del aire juguetón que entraba por la ventana del ático, la misma que daba al jardín trasero, curiosamente abierta de par en par.
Los niños se habían quedado apenas unos pasos detrás de mí, detenidos en la zona más segura del ático mientras yo avanzaba para examinar aquel extraño descubrimiento.
Me acerqué haciendo señas con las manos tras mi espalda, indicando a los niños que se quedaran donde estaban, temí que las vigas cayeran en cualquier momento.
Cuando posé la vista bajo los maderos oscilantes, noté que la base que los sujetaba estaba podrida; la madera estaba húmeda; pero no por un líquido cualquiera, no; lo recuerdo muy bien... Era como si las mandíbulas de una bestia quimérica hubieran dejado impregnada una mucosidad viscosa, negra, pegajosa; pero el olor que distinguí era aún peor, como un cadáver en descomposición puesto al fuego.
El rugido de un rayo plateado hizo saltar a Tommy prometiendo la llegada de una tormenta de nieve a la ciudad. Aquel día, a la naturaleza se le antojó experimentar con sus ingredientes: habíamos llegado justo en la temporada del invierno en la que en Vermont se desataban cinco o seis tormentas de nieve y rayos.
La nieve se deslizaba por las lunas de las ventanas cerradas. Era momento de regresar con Alice, pero mi curiosidad no se había apartado de aquel hallazgo. Busqué en mis bolsillos algún papel o pañuelo que siempre llevaba conmigo hasta que me hice con un vale de descuento para cereales. Tomé una muestra de aquella repugnante sustancia, que más que otra cosa exhalaba rencor. Lo podía sentir.
Cuando recolecté la pequeña muestra, volví la mirada al techo y escuché un ruido por la fricción de varios cuerpos. Tuve la sensación de estar ante un fidedigno nido de cobras.
Mi mirada se perdió en aquel punto, quise tocar la mucosidad que había recolectado, pero sentí un tirón del pantalón que me hizo salir de ese trance.
—Papi, mejor bajemos. Mami debe estar esperándonos —dijo Sussie, aspiré una enorme bocanada de aire por el susto.
—Está bien —repliqué, mientras guardaba la muestra en la solapa de la camisa.
Tommy se encontraba petrificado en la entrada del ático, tenía la mirada perdida en el horizonte nocturno. Asentí con la cabeza aceptando la propuesta de Sussie.
—Tan solo un momento, déjenme cerrar la ventana. No quiero que…
Y ahí, en aquel lugar, donde mi horror concentró todo el poder de su puño contra mi razón, reclamándole con justa impronta que aquellas inmaculadas sábanas habían estado intactas el día que compré la casa; pero que en ese instante, ya no...
Una ráfaga de viento frío surcó mi espina.
¿Acaso no estaban cubiertas todas aquellas cosas por las lisas y acrisoladas telas? ¿Acaso es que no me fijé en ese particular detalle cuando compré la casa? No. La piel de las sábanas estaba desgarrada. Aquél quería mostrarse con un ímpetu único, un ser vivo estirando con sus frágiles manitas carnosas los hilos de un repugnante líquido amniótico dentro de su cascarón.
Un espejo. ¡Un espejo del siglo XVIII!
No podía creer lo que veía, no quería aceptar nada de lo que mis ojos, ya más cansados que conscientes, alcanzaban a percibir. Su superficie pulida imitaba a la perfección todo lo que sucedía en este, su mundo antagonista, y me mostró, con la luz del siguiente rayo, el rostro malvado que se alzaba sobre él: un fauno. El ser mitológico forjado en oro simulaba ser su corona; posaba su inquietante, molesta, fija y fría mirada en mí. Su sonrisa burlona de hiena despertaba en mí un odio escondido e inexplicable.
Cayó otro rayo y su brillo me atraía a él. Me llamaba. Tal vez los niños gritaban por su padre, y si fuera así, debo admitir que no escuché nada, nada más que los rayos, ¡que los rayos en fantástica reverberación!
Me acerqué. No había nada más que el espejo y yo, ¿no es cierto? Paso a paso, paso a paso, seducido, atrapado, entumecido por completo el intento de escapar. Flexioné mis rodillas y quedé en posición de un lacayo ante su rey. Alcé la sábana protectora descubriéndolo de a pocos, lenta, muy lentamente. Su contorno ovalado, cubierto por una decoración vegetal del mismo mineral dorado que el inquietante fauno, me dejó aún más maravillado.
Era tanta la pulcritud y juventud del espejo que no tenía el más mínimo temor de llevarlo conmigo, sabiendo que era muy extraño habérmelo encontrado ahí, paciente y espectador… ¡espectador de todo!, desde el primer momento en que pisamos el ático.
Lo tomé en silencio y lo envolví con un trozo de sábana que con extraordinaria fuerza arranqué. Me puse de pie contemplándolo, di media vuelta y me dispuse a salir. Luego otro rayo.
—Papi, cierra la ventana —ordenó Sussie. Su vocecita había conseguido hacerme volver. Encontré una mesita cuyo tablero estaba vacío, coloqué con extremo cuidado el espejo ahí, y cerré la ventana.
—Está bien, linda. Ya es hora de volver con mamá —dije con voz temblorosa.
Tommy seguía ahí de pie. Sus ojos se hallaban perdidos en el horizonte.
Tomé el espejo e indiqué a los niños que volviéramos con Alice. Al acercarnos a Tommy, él seguía con la mirada fija en el exterior. Observaba su alma danzar a kilómetros de su cuerpo.
—Tommy —dije, poniendo mi mano en uno de sus hombros—. Venga. Bajemos, mamá…
Tommy zafó su hombro de mi mano y echó a correr fuera del ático.
—¡Tommy! —Era inútil. Tommy nos había abandonado.
Sussie atenazaba con sus pequeños dedos la manga de mi camisa, mientras chupaba el pulgar de su otra mano regordeta, expresando mustias sensaciones.
Un rayo volvió a caer. Cerré la puerta del ático. Guardé el espejo en el último cajón del armario de la sala, donde estaban mis libros. Los pequeños dormirían en el colchón de Tommy.
Cuando Alice y yo logramos acostar a los niños, fue Tommy quien más trabajo nos costó. El cuento con el que usualmente se quedaba dormido —ese que tantas veces le había escuchado a Alice rezarle por las noches— resultó inútil. Mientras más trataba de entender la muralla que él había levantado ante mí, más me enredaba en mis propios pensamientos, que, para ser honesto, se reducían a una pronta huida.
—Venga, Tommy —dijo Alice, con voz que parecía desvanecerse—. Tienes que dormir; mañana será un gran día. Conocerás nuevos amigos.
Algo en Tommy me recordó mi propia niñez, cuando mi padre nos llevó a Boston, Massachusetts. No sé si, en aquellos tiempos, él pensaba que nosotros nos adaptaríamos a los vecinos o si, por fuerza mayor, serían ellos quienes tendrían que adaptarse a nosotros.
20 de enero de 1997 - 03:15 am
Capítulo 2
Helo ahí, el buen Bob Hardin, mi padre, sentado en las afueras del chalé con su pipa Racine Bruyere de los años treinta heredada de su abuelo, con un periódico en una mano mientras observaba, como buen oriundo de Nuevo México, cómo sus vecinos ayudaban a los forasteros perdidos.
Siempre me decía que odiaba esa amabilidad y que se la pasaba en grande cuando una lluvia les arruinaba sus trajes de colores los 4 de julio. No voy a negar que mi padre era raro y anticuado, como dije, al ser de Nuevo México era natural imaginarse a un cowboy preocupado por su rancho y sus animales que por los vecinos. Me había contado que mis abuelos eran de Arizona y que para dormir a sus hermanos menores una canción de cuna del Viejo Oeste no vendría mal, y mejor aún si la interpretaba la tierna voz de una madre comprometida con su labor.
Lo recuerdo, era Kumbaya, my Lord. Desagradable, muy desagradable canción de cuna.
Cuando era un crío, Bob animaba a Mary, mi madre, a que me cantara aquella canción de cuna, mas yo me resistía. Tapaba mis oídos, mis ojos, hasta mi alma si era necesario con mis manos; pero todo aquello resultaba inútil. La melodía llegaba directo al cerebro.
Kumbaya, my Lord, Kumbaya; Kumbaya, Kumbaya…
Alice cantaba esa misma canción aquella noche. Mecía a Tommy sobre su pecho.
No soportaba seguir ahí con ella y con Tommy, quien estaba echado de costado como un feto. La melodía del Kumbaya se volvió un soplido cadencioso, como la flauta de un fauno, ¡oh, por Dios el fauno! Mi corazón latía, no, martillaba y yo no soportaba estar ahí.
—Kumbaya, my Lord, Kumbaya; Kumbaya, Kumbaya…
El canto reverberó y lancé un grito ahogado, tropecé con una caja de juguetes y caí de espaldas bajo el umbral de la puerta.
—¡Stephen! —gritó Alice. Tenía la palma de la mano extendida sobre su boca y los ojos abiertos como platos. Se puso en pie abandonando por un momento a Tommy.
—¿Estás bien?
—Sí —repuse.
—Ten más cuidado. Ya no eres un niño.
—Sí. Iré a la cama. Te espero allá.
Al decir esto, ella asintió con la cabeza autorizando mi retirada. Salí rumbo a mi habitación, que estaba en la tercera planta.
Directo a la cama, Stevie.
Escuché a lo que parecía ser una voz en mi cabeza. De pronto, un mareo hizo que mis manos buscaran apoyo en la pared más cercana. Mi vista, un tanto empañada, a duras penas percibió el suelo de parqué, mientras mi respiración era controlada por mis martillantes latidos.
Cuando me recuperé, giré la cabeza y pude ver las escaleras que daban al tercer piso. Subí. Las ventanas junto a las escaleras anunciaban que la tormenta de nieve había alcanzado su clímax. Entré en la habitación y los rayos gritaban con furia. Caían en forma espantosa y atemporal; su luz dejaba ver volutas de nieve que surcaban los vidrios y se derretían. Me eché sobre el edredón, como Tommy, cómodo.
Tal vez deberías bajar, Stevie.
Escuché nuevamente. Era una voz molesta, seseante, metálica, con un eco infinito; muy similar a la de un duende.
Sí, Stevie. Tú sabes muy bien que debes bajar.
Me levanté bruscamente asustado. Sentado, miré alrededor lentamente. Froté mis ojos intentando recapacitar.
¿Stevie? ¿Stevie? ¿Ya estás bajando?
—¡No! ¡Cállate!
Pero, Stevie, tú sabes muy bien que tienes que bajar. Te estoy esperando…
—¡Cállate! ¡Cállate! ¡Sal de mi cabeza!
Salté de la cama, tapé mis oídos con ambas manos. Esta vez sí fue en serio. Era real.
Bueno. Como tú quieras, Stevie.
Tras esa frase amenazante, corrí deprisa hacia la puerta y cuando llegué, esta se cerró de golpe. El sonido fue seco y sordo.
«¿Qué sucede?», me dije retrocediendo unos pasos. El picaporte giraba por sí mismo.
Si no obedeces, Stevie…
Temblando frente a la puerta me armé de valor, giré el picaporte incontables veces, y por fin la puerta cedió.
—¿Stephen?
Solté un grito y mi respiración aumentó sus revoluciones. Era Alice.
—¿Estás bien, cariño?
—Sí. Solo, solo quería ver cómo iba el asunto de Tommy.
—Se ha quedado dormido —respondió. Vi su rostro sereno, ajeno a todo lo que se me había revelado—. No sé cómo lo hice. Ahora es nuestro turno para descansar.
Pensé dos veces en decirle lo ocurrido.
—Vaya, pero si estás sudando —advirtió Alice. El roce de su mano sobre mi rostro me consoló—. ¿Acaso has pescado una alergia?
—No. No lo creo.
En climas tan gélidos como el de esa noche, las alergias eran algo muy común en mí. En muchas ocasiones se convertían en un resfriado —la historia de un paciente asmático. Cuando era niño, mi madre llenaba varios cajones de la cocina con tabletas de Benadryl. Todo un coctel de pastillas se adentraba en mi estómago. Las malditas alergias siempre aparecían por las noches. Con el tiempo se esfumaron.
Gerald Smith, un vecino de la infancia al que solíamos molestar por su sobrepeso, también sufría este mal; pero su caso era más complicado. Un infarto acabó con él por sobredosis. El Benadryl se lo llevó a los treinta años, cuatro años antes de mudarnos aquí. Lo leí en un periódico de Boston que por nostalgia compré en un aeropuerto de California.
Muchos afirmaron que la sobredosis se debió al constante estado depresivo en el que su vida giraba. Me siento mal ahora que lo recuerdo. No debí participar en aquel bullying con los muchachos. Pobre Gerald, era un buen tipo.
—Bueno. Es hora de ir a dormir. —Me tomó de una mano y me condujo a la cama sin decir una sola palabra, directo al amor.
Un rayo rugió y me senté precipitadamente sobre la cama. Exploré con la mirada la habitación y todo lucía normal. Tomé mi reloj de la mesita de noche. Eran las tres de la mañana. Una sed incontrolable se apoderó de mí. Había que humedecer la garganta.
—Cariño, ¿adónde vas? —dijo Alice, aplastando un ojo contra la almohada.
—Voy por un poco de agua, cielo. Muero de sed.
—Pero ya no hay agua, la hemos bebido toda —repuso.
—Bueno, tomaré agua del lavabo.
—No es buena idea; podrías enfermarte —dijo, pero no me convenció.
«Bien —pensé—. Abajo debe haber algo. Tal vez entre las cajas de los chicos encuentre soda o jugo que compramos camino a Vermont.»
Bajé. Busqué entre las cajas, y encontré una Coca-Cola y un six-pack de Country Apple Jack. Elegí la bebida de Vermont. Tarde o temprano tendría que asumir que también era un poblador más. «¡A tu salud, Vermont!», pensé mientras bebía.
El sabor dulce y burbujeante me invitó a abrir otra botella. La destapé y di un paseo por la sala para ahuyentar el recuerdo del incidente de hace unas horas. Todo seguía en orden, cada cosa en su sitio. Nada quebrantado. La quietud absoluta reinaba.
¿Stevie? ¿Stevie? ¿Eres tú?
Solté la botella. Retrocedí varios metros hasta pegar la espalda contra la pared, con los brazos abiertos.
—¿Qué quieres? ¿Qué quieres de mí? —grité, masticando cada sílaba.
Veo que has bajado. Al final me hiciste caso, Stevie. Eres un buen chico.
—¿Quién demonios eres?
Tú sabes muy bien lo que quiero de ti, Stevie.
Agarré una Apple Jack y la estrellé contra la pared obteniendo un arma afilada.
—¡Déjate de estupideces y muéstrate!
Avancé, lento, sabiendo que tal vez el estrés de adaptarme a esta nueva civilización jugaba conmigo… o tal vez era el peso de la muerte de mi padre, Bob Hardin.
16 de enero de 1987 - 03:30 am
ANTES
Capítulo 3
La fatídica tarde antes de su muerte, mi padre se había encerrado, pasada la una de la tarde, en lo que él denominaba la oficina: una vieja habitación en el ala oeste de la primera planta de nuestra casa en Boston, a la que dedicó dos semanas de su vida, hasta dejarla tan profesional como pudo. Con un toque de comisario del Viejo Oeste.
Aquel día lo vi por la puerta entreabierta de su oficina, sentado en su sillón de cuero. Contemplaba con fascinación la pared repleta de cuadros y cabezas de animales sometidos al arte de la taxidermia, regalos de su trabajo como guardia en el Harvard Museum of Natural History.
Un extraño fulgor se apoderó de su mirada. Un rictus tan sádico, capaz de abarcar todo el significado de la maldad humana, se dibujó en las comisuras de sus labios. Luego se echó hacia atrás, recostó la espalda sobre su sillón, soltó su pipa y cruzó los brazos en X, sin borrar el rictus de sus labios.
Luego.
Luego, el horror.
Sus manos descargaron su ira contra su escritorio luminoso de roble. En su rostro habitaban todo el odio y repugnancia de varios milenios. Asomé mi diminuta cabeza para adentrarme un poco más en aquella insólita escena, pero mientras más lo hacía, más temía ser descubierto. Me acerqué dando zancadas silenciosas. De pronto, el suelo vibró dejándome confundido.
Las copas de torneos de rodeo que había ganado en su juventud cayeron junto al estante que los albergaba, como una torre de naipes.
—¡No! —dijo Bob, descorazonado—. ¡Juro que es la primera vez! ¡Lo juro!
Tras cada grito suyo, Bob parecía esperar una respuesta.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Haré lo que digas! —Me quedé sin palabras.
Después de cada frase suya, una respuesta hecha del silencio más profundo, procedente de tiempos inmemoriales, lo abarcaba todo.
—¡Hoy! ¡Sí, hoy! ¡Lo que tú digas!
Fueron sus últimas palabras. Luego, una fuerza invisible arrastró espalda hacia el respaldar del sillón, y su rostro, fulminado por el espanto, apuntó hacia el techo. El rictus en sus labios dejó la maldad y en ellos se esbozó un terror indecible. Sus cabellos estaban rígidos hacia atrás y sus brazos en X pegados al pecho, todo mientras seguía sentado en su sillón de cuero.
De pronto, un nuevo temblor sacudió el suelo. La puerta se abrió con tal violencia que las bisagras saltaron. Bastaron tres intentos de aquello que la abría y la cerraba para que la puerta se estrellara contra la pared, atravesándola por completo, aunque esta era de roble macizo.
Detrás del sillón donde yacía Bob distinguí una forma espectral de aspecto humanoide. Mecía su cuerpo humeante de un lado a otro. Cuando se percató de mi presencia, la figura se desvaneció volviéndose imperceptible ante mis ojos. De inmediato me escondí tras la pared que me guarecía para tomar un respiro. Volví a asomarme y vi a mi irreconocible padre.
Las ruedas del sillón comenzaron a girar, luego a rodar, luego a acelerar hasta sacar a Bob por la puerta. Alguien lo conducía con la misma pasividad y delicadeza de una enfermera de hospital.
Conservaba su aspecto. No mostraba palidez; su corazón seguía latiendo. Permanecía inconsciente, pero sus ojos en blanco y el rictus horrorizado en su rostro decían lo contrario.
—¡Papá! ¡Papá! —dije, corriendo hacia él—. Papá, ¿estás bien?
No había caso. Bob estaba en un sueño del cual era imposible despertarlo.
Dos horas después de lo ocurrido, no me atreví a salir de casa. El horror se apoderó de mí destrozando mis nervios; las posibles alternativas que cualquier niño de esa edad hubiera elegido se redujeron a un río de lágrimas que se secó.
Cuando el médico de mamá me examinó y confirmó que me encontraba en perfectas condiciones, recomendó que mi padre descansara y que lo llamáramos de inmediato si algo cambiaba. Diagnosticó el estado de Bob como un cuadro de estrés severo. Un fuerte estrés.
La noche teñía de muerte el cielo y las estrellas detenían su marcha habitual sobre nuestro hogar.
Bob seguía dormido en su habitación. Aún se encontraba muy debilitado. Según Mary, él había tenido pesadillas y no dejaba de dar vueltas en la cama ni de gritar: «¡Hoy, lo juro! ¡Lo que tú digas!» Pero ¿qué había visto? ¿Qué era aquella figura espectral?
—Stephen, será mejor que vayas a la cama —dijo mi madre. Me colocó sobre los hombros una manta que cosió cuando yo era un bebé. Aún la conservaba intacta.
—Está bien —repuse.
Eché un último vistazo antes de regresar a mi habitación. Vi a Mary ponerle unos paños tibios en la frente. Una tierna escena.
¿Qué fuerza pudo dejar a un hombre vigoroso como Bob inválido de conciencia, doblegar su espíritu de cowboy y obligarlo a rogar por un perdón y una promesa tal vez imposibles?
Jamás había visto a Bob así en toda mi vida. Siempre me inculcó ser un hombre digno y valeroso, y que si alguna vez debía bajar la cabeza, fuera por no ser cortés con alguna dama, por no cumplir mi palabra ante mis hijos o camaradas, o por haber perdido mi espíritu rebelde: el espíritu del encargado de la granja, el espíritu de Bob.
Tal vez una pronta locura atravesaba mi impoluta mente. No dormí.
No importaban los pensamientos perturbadores que me embargaban. Aquella noche entré por primera vez a la oficina de mi padre.
Presioné el interruptor y la luz despertó la habitación. Aunque tenue, me permitía ver el camino.
Las cabezas de animales muertos en la pared situada frente al escritorio me lanzaban miradas ardientes, malvadas, aún vivaces gracias al excelente trabajo de taxidermia al que las sometieron. Sus miradas resultaban más incómodas de noche, porque las sombras en sus fauces hacían más real aquel efecto post mortem al fundirse con la luz de las brasas de la chimenea, que remataban la decoración de aquel muro inaudito.
Al adentrarme un poco más, no me sorprendí. Me encontraba en el lugar del que mi padre tanto alardeaba cuando cenábamos juntos y que, según él, guardaba sus conocimientos más preciados (Hoy, ¡lo juro! ¡Lo que tú digas!). En un estante, unos pergaminos enrollados mostraban en sus lomos, expuestos al fuego de la chimenea, una danza cimbreante: lenguas ardientes, poseídas por el viento.
Sentí curiosidad. Si las llamas danzaban, si el viento jugaba con ellas, si escuchaba mi nombre convertido en cenizas y chispas en aquellas lenguas de fuego...
El muro repleto de cabezas fenecidas me contemplaba mientras yo interpretaba su lenguaje encriptado. Sus sombras formaban un rostro perfecto que sonreía grotescamente a la luz de la chimenea. Entre las cabezas sometidas a la taxidermia distinguí jabalíes, venados, un zorro rojo, un lince, y bajo todos ellos, desapercibido, un alce completaba la decoración. Sus miradas me incitaban a huir.
¡Largo! ¡Fuera de aquí, humano!
Un soplido bofeteó la sonrisa de fuego en la pared de taxidermia y me estremecí. El interruptor se accionó por sí solo y la oscuridad quedó revestida por aquel rostro mefistofélico.
La figura de un león africano se alzó sobre dos patas ante mí. Había intentado atacar en su último aliento con la garra abierta, mostrando las navajas plateadas con las que cazaba bajo el sol de los atardeceres en la sabana africana. El artista tuvo cierto aprecio a su valentía para retratarlo así. Su aparición significó algo; lo entendí muy bien.
Aquel rostro de fuego en las penumbras se apoderó de mí. Me hizo parte de sus caprichos sin que pudiera evitarlo. Por un instante me sentí una presa indefensa. Comprendí su lenguaje: «Bienvenido seas».
Mi respiración y mis latidos estaban al borde del colapso.
Tratar de relatar esta parte me hiela la espina… incluso hoy.
Otro soplido y las llamas danzaron en sentido contrario, divertidas. Un oso grizzli, erguido sobre dos patas y con sus garras delanteras próximas al techo, prometía lanzarse sobre mí. Era cuestión de tiempo para que soltara un alarido y alertara a mis padres, pero me contuve.
El oso tenía el hocico abierto al máximo, tanto que podría devorar al león de un solo bocado. El suelo cubierto por una alfombra persa roja parecía una inmensa cinta transportadora, una lengua gigantesca que llevaba directo a la boca de la chimenea.
Cada vez más cerca de la boca del mal, veía con pavor cómo los depredadores, a ambos lados del fuego, mostraban sus caninos dorados y crecían de forma descomunal; yo me encogía mientras el fuego rojo y sus chispas se avivaban danzantes.
Toda la habitación se curvaba como olas de mar deformando la realidad, como fuera el capricho de un niño dios que quería mostrarme su poder, su locura, su lenguaje.
Las esquinas de la habitación estaban próximas a unirse; los ángulos que formaban las cuatro paredes pronto sabrían lo que era dejar de existir, liberándose de su condición artificial y matemática. En el centro, yo solo observaba: aquello que muchos físicos consideraban imposible —o incluso risible— estaba sucediendo ante mis ojos. Lentamente, la habitación tomó forma cilíndrica; la realidad se distorsionó de un modo inimaginable.
La vivaz luminiscencia de la boca de fuego revelaba las crestas de algún joven sol. Eso, junto con las cabezas que formaban la faz demoníaca sobre la chimenea, hacía que todo el espacio pareciera dispuesto a engullirme en la oscuridad más extrema que haya conocido hombre alguno.
Silencio.
Oscuridad.
Llanto.
Desperté tendido sobre la alfombra persa. Mis jadeos acelerados confirmaban que aquel momento perturbador había sido real. Me sequé el sudor de la frente, deslizando la mano con cuidado, asegurándome de que seguía entero, de que seguía siendo yo. El fuego de la chimenea hacía crujir los maderos y sus chispas volaban hacia la nada. La taxidermia permanecía inmóvil. La quietud lo cubrió todo. Pero el horrendo rostro de fuego en la pared aún me observaba.
«Fue un sueño», pensé. Quise creerlo. Pero ¿cómo explicar la bombilla apagada, después de que el interruptor se moviera por sí solo? ¿Cómo negar tamaña verdad?
Los pergaminos, Stevie. ¡Ve por los pergaminos!
Temblé. Los músculos de mi nuca estaban tan tensos que sentí que mis sesos pronto mancharían la alfombra.
Llegué hasta donde me lo permitió el respeto por aquellos pergaminos. Pergaminos hechos con pieles de animales de los que ahora entendía su despedida.
22 de septiembre de 1962 - 22:18 pm
Capítulo 4
Los pergaminos estaban en los estantes más altos, en una caja de vidrio diminuta que reflejaba las furiosas llamas a mis espaldas.
Para hacerme con ellos tendría que ser cuidadoso. Divisé una escalerilla de tres escalones. Ascendí, pero no pude hacerme con ellos; solo rocé con la punta de los dedos la fina capa transparente del cubo. Me puse de puntillas y tomé la caja de vidrio con ambas manos. Bajé los escalones y examiné el frágil objeto con toda la calma del mundo.
Me pareció común. Pero al girarlo a su cara opuesta, su superficie era lisa al tacto. De pronto, mis dedos se hundieron en el orificio de una cerradura en miniatura. Juro que oí susurros de tortura en masa al aventurar las pupilas por aquel orificio de oro fantasía. Pero decidí ignorarlos.
«¿Dónde estaba la llave? ¡La llave debía ser de juguete!», pensé para mis adentros.
Tenía que buscar la última pieza del rompecabezas.
Rebusqué por todos los cajones existentes, cada rincón que sirviera de escondite para la imaginación de Bob Hardin.
Nada.
Rendido y frustrado, sospeché que la llave estaba fuera de la habitación. Después de todo, Bob me resultaba un misterio, pero era mi padre. Cuando regresaba del trabajo por las noches (con algunos libros apretujados en las axilas), se echaba unos cuantos panecillos en los bolsillos del pantalón y transportaba en una bandeja de plata su infaltable taza de café, partiendo rumbo a la oficina. Cerraba la puerta con rabia, pues prisa no era lo que transmitía.
Era una suerte verle sorber de su taza de café cuando olvidaba cerrar la puerta; aunque luego, al percatarse que lo espiaba me dijera su típica frase: «¡Eh, fuera de aquí, pequeño cretino!»
Al decir eso, lanzaba la puerta y echaba seguro al otro lado, quedándome con las palabras en la garganta.
No me asombraba que fuera un misterio. Y supongo que ahora mucho menos. Él era esclavo de aquella oficina.
Desde el primer día que abandonó nuestra casa para brindar sus servicios en el Harvard Museum of Natural History, Bob empezó a atiborrar la oficina de libros y pergaminos.
Me lo imaginaba viniendo por la carretera en su Ford Mustang del 64, de segunda mano, de color crema aún reluciente. Con su caja de cuatro cambios y sus ciento sesenta y cuatro majestuosos caballos de fuerza, no tenía nada que envidiarle a un Chevrolet. Jamás había presentado problema alguno; Bob sabía conservar muy bien a su otro hijo. Una joya para él. Una carcacha para mí.
Lo recordaba regresando vapuleado aquellas noches por sus labores, con un brazo libre asomado por la ventana abierta de su Mustang, tratando de acariciar los cabellos del viento y golpeteando sutilmente con el índice algún cigarrillo, para luego esbozar una sonrisita indiferente a las partículas de ceniza que decidían emigrar al sur. Era probable que escuchara algún disco de Bob Seger que, gracias a la insistencia de mamá, compró. Otro Bob cuya canción Like a Rock siempre amaré. Canción que entoné miles de veces frente a la tumba de mi padre.
Los treinta minutos de su trayecto del trabajo a casa eran siempre respetados. Pero poco a poco, conforme pasaban los días, la espera de mi madre se tornaba agónica. Hasta llegó a pensar que su esposo había abandonado la promesa de amor que le hizo años atrás en el altar. Cuando yo era solo un proyecto.
Los días y meses pasaban y Bob cada vez más apresurado y distante de su rol de jefe de familia.
De alguna manera, los libros y pergaminos eran seleccionados por el excéntrico juicio de Bob, y luego depositados y ordenados en tres inmensos estantes metálicos. El largo de los estantes cubría las paredes opuestas a la chimenea; Bob los había soldado.
Él puso su alma a disposición de aquella restauración, para poder dejarla tan perfecta, tan amplia, tan perfumada, tan jodidamente inmaculada. La caja de vidrio que tenía ahora en mis manos era
