Cazar el caos: El misterio de la Escritora III
Por Stef León
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A partir del reencuentro entre cantante y periodista, la Isabelle que Becca conocía comienza a desdibujarse y es una desconocida quien toma su lugar. Un apasionado huracán de apellido Lerroux amenaza con arrancar nueve años de un tajo y revivir un peligroso pasado al que deberán hacer frente. Un pasado que las obligará a cazar el caos.
Cazar el caos es la última entrega de una trilogía absorbente, cuyos misterios han atrapado a miles de lectores alrededor del mundo. Stef León ha logrado una obra caleidoscópica con personajes que pueden ser capaces de jugarse la vida por una causa justa, pero también de cometer las peores atrocidades. La pregunta es: ¿todos son los que creemos? Bajo las sombras y Armonía secreta, primera y la segunda parte, completan la trilogía.
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En este libro se abordan temas sensibles (ver aviso interior).
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Cazar el caos - Stef León
1
Bella ciao
Barcelona. 24 de diciembre, 2018.
La calma antes de la tormenta. ¿Quién no ha usado ese manido cliché? ¿Quién no se ha aferrado a su balsa metafórica cuando el viento deja de soplar y una quietud sospechosa se instala en su vida? ¿No hemos vuelto la vista al cielo y esperado que las nubes negras repten por el horizonte, directas hacia nosotros, porque así debe ser, porque así es y será hasta el final de los tiempos, de nuestros tiempos?
Aceptar la calma es difícil cuando sabes que no durará para siempre.
Aquella Nochebuena en Barcelona una vasta quietud inundaba las calles. La calma antes de la tormenta. Solo que la tormenta había sobrevenido dos días antes, durante las manifestaciones que agitaron la ciudad desde el paseo de Gràcia hasta la Gran Via. De ellas apenas quedaban rescoldos, maderos quemados en la enorme chimenea política, efervescencias que salían a flote dentro de las casas, en discusiones que dividían familias y separaban amigos, que hacían de esa una noche no tan buena.
En el último piso de un edificio en el barrio de Sant Pere, otra clase de tormenta estaba a punto de estallar, una que tenía nombre y apellidos y unos ojos grises que alguien, hace mucho tiempo, había calificado de turbulentos, y que años después los medios de todo el mundo tildaban de icónicos.
Tras los ventanales abiertos y las cortinas de satén que se agitaban tanto como los pies de quienes bailaban, Lena y Joana daban vueltas entre los muebles de su salón al son de Bella Ciao. La primera incluso cantaba, sosteniendo una copa y la mano de la segunda, quien era fan de la serie que había revitalizado aquel himno. Ambas se reían de la absurda danza que estaban inventando y señalaban los pasos más graciosos de la otra. Meses después ese momento sería recordado con una profunda melancolía. Mientras bailaban ignoraban que esa canción era una advertencia de los acontecimientos que sucederían más tarde.
E seppellire lassù in montagna,
o bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.
E seppellire lassù in montagna,
sotto l’ombra di un bel fior.
Cava una fosa en la montaña,
oh, bella adiós, bella adiós, bella adiós, adiós, adiós.
Cava una fosa en la montaña,
bajo la sombra de una bella flor.
Daban vueltas tomadas de la mano como un par de niñas. Quien las viese no adivinaría que se acercaban a los treinta años. Lena había derramado una importante cantidad de vino sobre el piso de madera y, después de echar un vistazo al camino rojo oscuro que había dejado a su paso, cayó rendida en uno de los sofás. Jadeando y riendo, Joana intentó levantarla para que siguieran bailando —la canción se repetía en bucle—, pero Lena, que soltaba carcajadas ante el infructuoso esfuerzo de su esposa, intentó mantener la copa en vertical y le dijo:
—Estoy exhausta, bella. —Tiró de Joana, la miró con sus deslumbrantes ojos celestes y estiró el cuello para dejarle un beso en los labios—. Tengo una mejor idea de cómo podemos pasar el tiempo antes de que lleguen los invitados…
Joana arqueó una ceja y sus ojos almendrados repararon en el personal de banquetes. Hombres y mujeres apartaron las miradas y siguieron con sus labores. Lena giró el rostro de Joana, perdió los dedos entre su cabello corto al estilo Peter Pan y le sonrió traviesa.
—¿Quieres…? —murmuró.
Demoraron tres segundos en llegar a la habitación.
La brisa invernal azotaba las cortinas. Lena tiritó y se apresuró a cerrar los postigos. Antes de girarse, sintió cómo Joana le rodeaba la cintura y le decía al oído:
—Pronto necesitaremos aire fresco.
—¿Por qué…?
—Tu piel lo pedirá a gritos.
Lena jadeó cuando las manos de Joana se afianzaron a los bordes de su vestido y comenzaron a levantarlo.
—Vamos a la cama —sugirió.
—No. Quiero que bailemos un poco más.
—¿Bailar?
—Tus caderas contra mis dedos…
El tacto de Joana se perdió entre sus muslos. La acarició por encima de las bragas con una delicadeza tan insoportable que las caderas de Lena hicieron lo que su esposa tanto ansiaba.
—Llévame a la cama —pidió con la voz ahogada.
—Aún no. —Joana hizo a un lado las bragas y deslizó sus dedos de abajo hacia arriba con extrema lentitud—. Te quiero más húmeda…
—¿Más…? —gruñó Lena.
La respuesta de Joana fue desnudarla por completo y desnudarse a su vez. Quedaron frente a frente, piel con piel, y mientras se besaban Joana deslizó su mano entre ambas.
—Por favor… —rogó Lena—, llévame a la cama…
—¿Por qué? —jadeó Joana y la acarició con más firmeza. Lena gimió y tuvo que apoyar la espalda contra los postigos. Joana también se apoyó: una mano contra la madera y la otra firme entre las piernas de su esposa.
—Te necesito dentro, bella —gimió Lena.
—¿Quieres correrte en mis dedos, cariño?
Lena asintió, la rodeó con sus brazos y notó cómo Joana accedía a sus demandas. Intentó mantener las piernas firmes por más que sus rodillas se sintieran de gelatina.
No pudo sostenerse en pie mucho tiempo, pero tampoco tuvieron oportunidad de llegar a la cama…
Poco después, con los postigos abiertos de par en par para que la brisa nocturna se llevara el calor que emanaban, ambas yacían bocarriba sobre la alfombra. Estaban tomadas de la mano y miraban las luces del techo preguntándose si los del banquete habrían escuchado el revuelo.
—¿Crees que esta noche —preguntó Lena aún con la respiración agitada— Patricia por fin se declare a Noelia?
Joana lanzó una carcajada seca.
—Me sorprende hacia dónde se han desviado tus pensamientos.
—Mis esfuerzos como celestina podrían concretarse esta noche —dijo Lena y sonrió traviesa—, es un tema de suma importancia.
—Oh, sí, muy importante. Nadie quiere interponerse entre tú y tus trascendentales deberes de celestina.
Lena gruñó y le dio un pellizco en la palma. Joana emitió un ronco quejido, demasiado exagerado para sonar convincente.
—¿Entonces qué piensas? —insistió la malvada mujer de los ojos celestes—. ¿Crees que Patri se decida finalmente?
Joana se lo pensó mientras observaba las intrincadas molduras del techo.
—La pregunta es si a Noelia le mola Patri. Creo que han tenido demasiadas oportunidades de enrollarse estos meses y Noe no ha aprovechado ninguna. Patricia está loca por ella, pero es demasiado tímida para decirle algo…
—¿Y si las ayudamos…?
—Ah, no, eso no —soltó Joana en tono reacio—. Otra vez no…
—Es nuestro deber.
Joana se rio.
—Nuestro deber es quedarnos al margen…
—Tú le das un empujoncito a Patricia y yo se lo doy a Noe. Tal vez terminen enrollándose esta noche.
Joana se giró sobre su hombro para mirarla.
—Cariño —le dijo con suavidad—, ¿recuerdas que acordamos no volverlo a hacer? Martín y Hugo terminaron muy mal…
—Ya… pero ellos tenían ex muy tóxicos. Es un caso aislado…
—¿Y qué dices sobre Yahir y Jessica? ¿También son un caso aislado?
—Es que no teníamos información suficiente. De haber sabido que él era un obseso de la limpieza y que Jessica era tan descuidada al cortarse las uñas…
—Además están Camila y Lauren…
—¡Hasta tú creías que eran perfectas la una para la otra!
—Todas lo creíamos, pero mira lo que pasó.
—Esta vez será diferente. —Lena entrelazó sus dedos—. Se han estado conociendo por más tiempo, no es algo apresurado. Puedo apostar a que a Noelia también le gusta Patri, pero… —Su voz se tornó seria de pronto y apretó la mano de Joana—, fue criada bajo estándares religiosos muy estrictos y todavía le cuesta dejar eso atrás. Yo sé lo difícil que es…
Joana entendió por qué a Lena le importaba tanto el asunto: su esposa había sido criada en el seno de una familia ultrarreligiosa. Aceptarse le había costado muchísimo, casi tanto como aceptar lo que sentía por Joana. Probablemente se veía reflejada en Noelia y ansiaba ayudarla.
Pero, de todas formas, Joana hizo una mueca. Lo de meterse en la vida de los demás no era lo suyo. Sin embargo, Lena sonaba tan esperanzada —y se veía tan preciosa con las mejillas encendidas y el cabello desparramado a su alrededor como el de una sirena— que terminó cediendo a sus caprichos, como sucedía casi siempre.
—Y para hacerlo más interesante —canturreó Lena y Joana supo que aprovecharía la oportunidad para sacarle todo el jugo al asunto— hagamos una apuesta.
—¿Qué… tipo de apuesta?
—Apostemos sobre quién hará el primer movimiento. Yo gano si Noelia se acerca a Patricia primero y el premio será elegir dónde celebraremos Año Nuevo…
—¡Ah, que era eso! —saltó Joana recriminándose por no haberlo visto venir—. Sigues sin conformarte con el retiro en las montañas. Ya te he dicho que los osos no van a molestarnos.
—Eres muy tonta…
El tema sobre dónde recibirían al 2019 llevaba en discusión desde septiembre y Joana no pensaba ceder al respecto: quería pasarlo lejos de todo. De ser posible, lejos de cualquier red telefónica o de wifi. Su trabajo como programadora la mantenía frente a una computadora el día entero y necesitaba desintoxicarse de eso. Lena había accedido a regañadientes, pues la habían invitado a una fabulosa fiesta en uno de los hoteles más exclusivos de Barcelona y le dolía en el alma perdérsela.
—Si convences a Patricia de que haga el primer movimiento, no tienes nada de qué preocuparte, bella —añadió Lena y le pasó las uñas por el brazo de esa forma que a Joana la hacía temblar—. Vamos, será divertido.
—Lo será para ti, para mí significa que puedo ir despidiéndome de mi paz y tranquilidad en las montañas… Y de los osos…
—No si convences a Patricia…
—Ni siquiera yo estoy convencida de que debamos meternos en esto. Siempre sale mal, cariño. No podemos obligar a las personas a que tengan algo como lo que tenemos nosotras.
—Pero podemos encaminarlas, ¿no es así? Confía en mí, ellas lo necesitan. Noelia lo necesita.
Joana se mordió el labio y Lena lo liberó con el pulgar y se lanzó a aprisionarlo con su boca. Después de una ronda de besos que aumentaron la temperatura en la habitación, Joana terminó cediendo.
—Pero si yo gano —alzo la voz—, nos iremos al fin del mundo. Sin móvil. Sin música. Sin nada…
—¿Sin osos?
—Eso depende de los osos.
—¿Y sin Bella Ciao? ¿Resistirás una semana sin tu canción favorita?
Joana se echó a reír.
—Ni siquiera Bella Ciao.
Lena hizo un puchero y se puso a horcajadas sobre su esposa. Movió las caderas contra ella y provocó una riada de jadeos.
—¿Sin esto? —le preguntó.
Los dedos de Joana le acariciaron los muslos mientras sonreía maliciosa.
—Esto lo quiero siempre…
***
Las reuniones que Elena Ponce organizaba en el departamento de San Pere eran famosas entre sus amistades. La mayoría pertenecía al estrato más alto de la ópera barcelonesa, donde Lena era de las voces más jóvenes y reconocidas. A esas mismas reuniones Joana invitaba a sus compañeros de trabajo, quienes laboraban en un ámbito completamente opuesto: la informática. Había algo sugestivo en observar cómo el frío entorno de los ceros y los unos chocaba y se enredaba con la efervescencia del ambiente del espectáculo. A ambas las fascinaba.
Sobre todo a Lena.
Aquella Nochebuena se paseaba entre los invitados disfrutando del vino que había escogido para la ocasión mientras ese vestido rojo, con detalles en verde y dorado que tanto la favorecían, ondeaba bajo sus rodillas; sus ojos celestes destellaban, como si el impulso eléctrico que crecía en su corazón se le extendiera por todo el cuerpo y detonara en sus iris.
Joana la admiraba en la distancia y sonreía cada que la encontraba con un grupo distinto. Ella y sus colegas, en cambio, comentaban los problemas de procesamiento de los computadores cuánticos: máquinas que, en vez de utilizar bits —donde un bit puede ser 0 o 1—, utilizan cúbits, que pueden ser 0 y 1 al mismo tiempo, además de 0 y 1 por separado. Lena —pensó Joana con una sonrisa dulce— era un cúbit: el centro de atención por ser la anfitriona y, al mismo tiempo, una fiel oyente de las historias de los demás o la protagonista de las mismas.
—No te olvides de la apuesta —murmuró Lena pasando por su lado y dejándole un suave beso en el hombro—. ¿No querías escapar del wifi y celebrar el 2019 con los osos? No te veo luchar por esa paz que tanto anhelas…
Joana gruñó y chasqueó la lengua. Había olvidado la apuesta por completo. Regresó la mirada hacia Patricia, quien estaba siendo una de las oradoras más apasionadas acerca de las computadoras cuánticas. Apartarla de eso no parecía viable. Así que decidió desviar la atención soltando una bomba.
—¿Y qué pensáis sobre las manifestaciones independentistas?
La discusión se tornó acalorada.
Joana notó cómo Patricia se sacaba las gafas y las limpiaba con frustración. Odiaba la política. De hecho, odiaba hablar de casi todo excepto música e informática. Joana esperó un tiempo prudente —no podía marcharse si había sido ella la que sacó el tema—, pero cuando Fabio empezó con una larga perorata sobre lo que estaba mal en Catalunya, le hizo señas a Patri y la condujo a la barra de cócteles. Se pidieron un par de Manhattans y se marcharon a conversar cerca de un ventanal.
—Llevas la noche entera mirando a Noe —dejó caer Joana sin perder el tiempo. Sintió un retortijón de culpa en el estómago.
—¿He sido tan obvia? —se lamentó Patricia y se tapó la cara con la mano que tenía libre—. ¿Crees que ya se ha dado cuenta?
—Supongo que sí, porque ella también te ha echado miradas toda la noche.
—¿Me tomas el pelo?
Joana no mentía, pero tampoco las miradas de Noelia habían sido tan insistentes como las de Patricia. Sin embargo, existían, y si existían, había una razón. Joana se sintió mal por maquillar la realidad, pero intentó convencerse de que estaba actuando por el bien de su amiga.
—Te lo juro —aseguró y volvió a sentir el tirón en el estómago—. ¿Por qué no vas a hablar con ella? En la última reunión os vi muy juntas y pensé que os iríais igual.
—No me atreví. Ella… sugirió algo, pero yo…
—¿Qué sugirió?
—Que fuéramos a su casa a tomar una copa.
—¡Pero si entonces está clarísimo!
—¿Clarísimo… qué?
—Que le molas.
—No sé… Está fuera de mi alcance…
—¿Por qué dices eso?
—Mírame. —Señaló el vestido que llevaba, uno cerrado de color gris oscuro, muy conservador—. Y mírala… —El de Noelia dejaba la espalda al descubierto y un corte lateral mostraba desde su muslo hasta su tobillo—. Tal vez solo quería que tomáramos una copa para seguir contándome sus problemas. Tiene muchos. Y yo tengo una mente muy lógica y la ayudo a solucionarlos, ¿sabes? Sobre todo si se trata de estrategias de optimización…
—La única estrategia de optimización que quería Noelia era la de tu lengua en su…
Patricia se rio compulsivamente y Joana la acompañó.
La verdad es que tenía algo de razón: a primera vista Noelia parecía un poco fuera de su liga. Tenía los rasgos simétricos de una belleza canónica, se maquillaba y proyectaba una imagen cuidada hasta en el último detalle. En cambio Patricia odiaba tomar decisiones que para ella no valían la pena como qué ropa ponerse al despertar, así que se vestía igual todos los días —¡al estilo de Mark Zuckerberg!—, también llevaba el mismo peinado casi siempre y pocas veces se maquillaba. Era bonita, inteligente y una chica muy centrada. Un gran partido para alguien que no buscara algo… convencional.
—Si Noelia intentó dar el primer paso y tú la rechazaste —dijo Joana, pensativa—, es poco probable que se atreva a hacerlo otra vez.
—Si nos basamos en la estadística…
—Entonces tendrás que ser tú.
—¿Yo? —se atragantó Patricia y sonrió nerviosa. Se acomodó las gafas y suspiró—. No puedo. No…
—Claro que puedes. Solo necesitas llevarla a un sitio más privado. Al balcón, por ejemplo…
—¿Pero con qué excusa podría hacerlo?
—Noelia fuma, ¿no?, y ahora mismo debe de estar muriendo por un piti. Invítala a fumarse uno…
—Pero ella sabe que yo no fumo.
Joana hizo una mueca y se sintió mal por formular las siguientes palabras, tan mal que su estómago ardía dolorosamente:
—Pues dile que has empezado a fumar.
—Es que yo no sé ni fumarme la pipa de la paz.
Y se sintió aún peor cuando dijo:
—Pues finge, pero tienes que dar el primer paso sí o sí.
—No tengo cigarrillos que ofrecerle.
—Eso se arregla fácil.
Joana llamó a un mesero y este le entregó una de las cajetillas que llevaba en el delantal y un encendedor.
Patricia los recibió como si se tratara de los implementos de un agente secreto y, con un ligero empujoncito por parte de Joana, se acercó a Noelia, que en ese momento se reía de la broma del comediante de turno.
Joana no pudo escuchar lo que decían, pero supo por la gestualidad de ambas que algo había salido mal. Patricia regresó con los hombros caídos y una mueca de decepción.
—Que no fuma —le informó a Joana.
—¿Cómo que no fuma?
—Que lo ha dejado.
—¿Cuándo?
—Hace una semana… —Patri suspiró y se terminó su cóctel de golpe. Lo dejó en la barra y añadió—: dijo que es una promesa que le hizo al Niño Jesús.
—¿Al Niño Jesús? —remarcó Joana estupefacta—. Vaya putada, tía… El Niño Jesús te acaba de joder las Navidades…
Ambas se echaron a reír ante lo absurdo que sonaba eso. Se rieron tanto que no notaron el abrupto cambio en el ambiente. Las conversaciones se habían convertido en murmullos y poco a poco se fueron apagando para ser reemplazadas por frases impetuosas:
—¿Es ella?
—No puede ser ella. Lo último que supe es que pasaría las fiestas en Las Vegas…
—Pero sí es, mira sus ojos, son inconfundibles… ¡Y los tatuajes!
—Puede ser una imitadora, hay tantas en el teatro musical.
—Pero es que es idéntica.
—Imposible que sea ella.
—¡Pero que es igual!
Lena fue por Joana y la tomó del brazo —su esposa aún se reía de lo del Niño Jesús— y le dijo algo que Joana no entendió a la primera:
—Ella está aquí.
—¿Ella?
—Finalmente acude a nuestra invitación.
—¿De quién hablas…?
Joana siguió a Lena entre los invitados que ya se arremolinaban ante el arco del vestíbulo e incluso se paraban de puntitas para ver mejor. Al percatarse de la identidad de la mujer que acababa de llegar, Joana mudó de expresión: primero sorpresa, luego una alegría absoluta. Porque ahí, en la entrada al salón, luciendo tan imponente y surreal como siempre, se encontraba ni más ni menos que su amiga de toda la vida.
Emma Lerroux.
La Marquesa.
2
La Marquesa de Lerroux
Inevitable. Los medios alrededor del mundo calificaban a Emma Lerroux con ese adjetivo: inevitable; y nadie que la viese en persona lo habría negado. Cuando entraba en un lugar, las personas dejaban lo que estuvieran haciendo y la observaban. Ni el más desdeñoso podía salvarse. No era solo que desprendía un halo de belleza y misterio imposible de ignorar, era que al mirarla, más allá de la crisálida que la contenía, sentías una punzada en el corazón, un desgarro fascinante. Emma era la gravedad hecha mujer: la misma atracción que impulsa los objetos hacia el centro de la Tierra impulsaba a las personas hacia la órbita de la Marquesa y les hacía preguntarse qué gran tristeza escondían aquellos ojos grises.
Ni siquiera Joana, que conocía a la Emma que se escondía tras la que sus invitados miraban embelesados, se convencía de que estuviera allí. Fue tal la impresión, que posó la mano en el hombro de su amiga, temiendo que aquel cuerpo esbelto se convirtiera en humo. Emma sonrió, casi la misma sonrisa hoyuelada que tenía desde niña, y colocó su mano sobre la de Joana.
Se abrazaron.
Joana sintió los omóplatos sobresalientes en la espalda de Emma y se dio cuenta de lo delgada y frágil que estaba. Temió que si la estrechaba con fuerza se quebraría de alguna forma.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó al separarse.
Los ojos grises de Emma escrutaron los alrededores y gran parte de las miradas fijaron su atención en el suelo o voltearon, indecisas, hacia otro punto del salón.
—Decidí aceptar tu invitación —respondió la Marquesa.
—Te hemos invitado muchas veces en estos años —intervino Lena y deslizó sus dedos entre los de Joana con aire posesivo—, ¿por qué te ha dado por aparecer ahora?
—Porque no he podido antes y tal vez no pueda hacerlo después. —Emma volvió a sonreír, solo que en esta ocasión fue una sonrisa ladeada, un tanto retadora. Dio un paso hacia Lena, que era unos centímetros más baja que ella, y escrutó su rostro con una intensidad que pocos habrían soportado—. Pareces muy feliz de verme.
—¿Se nota? —preguntó la aludida con sarcasmo.
—Mucho. Apuesto a que has colocado un plato en la mesa esperando mi llegada durante todos esos años que mencionas.
—Por supuesto…
—Lamento haberte dejado esperando, querida Elena, pero aquí me tienes. Me tienen, en realidad. —Le guiñó a Joana y sus profundos ojos grises repasaron el salón. Los invitados intentaban reanudar sus conversaciones, pero no se perdían detalle de lo que Emma hacía—. ¿Qué suelen hacer esta noche? ¿Cantan villancicos?
—No es una mala idea. —Joana rio y se desembarazó de la sujeción de su esposa. Antes de que Lena pudiese abrir la boca, se llevó a Emma lejos de la multitud—. Dime la verdad —le susurró mientras salían al balcón y cerraba los postigos a sus espaldas—, ¿por qué has venido?
—Tenía tiempo y quería verte.
—¿Solo eso?
—¿No me crees?
—No es que no te crea, solo que siempre hay algo más…
Emma asintió, dejó caer los hombros y dijo:
—Me conoces muy bien.
La pose despreocupada que había estado usando se desvaneció, se quitó la máscara jovial, apoyó los antebrazos en la barandilla y pasó de ser una diosa griega a una mujer al final de la veintena en una noche de fiesta. Llevaba un vestido negro, que le entallaba la figura delgada y dejaba al descubierto la pronunciada clavícula y los brazos llenos de tatuajes, una composición única de símbolos que solo para Emma tenía sentido. Suspiró y estiró el cuello, que dio la impresión de ser aún más largo, hacia donde debían estar las estrellas.
—Mi vida es un desastre —le confió a Joana, quien no se mostró sorprendida. Emma aparecía seguido en las noticias de la farándula y casi nunca debido a sus logros. Poco importaban los Grammys que hubiera ganado o el trabajo social que había emprendido en Ruanda. Cada persona en el mundo quería devorar las minucias personales de la famosísima Emma Lerroux y lo cierto era que su vida íntima estaba repleta de altibajos—. Tú siempre has sido mi ancla —continuó diciendo la Marquesa—. Quería verte. Recordar lo que fuimos…
—M&M —dijo Joana, era el apodo que le había dado a Emma desde el internado—, ese es el problema: no se vive en el pasado.
—Incluso aunque no quiera, siempre regresa. —Emma intentó pasarse la mano por el cabello cobrizo, pero llevaba un moño intrincado y se lo tocó como si hubiera olvidado que estaba ahí—. El pasado vuelve y me golpea como un búmeran. Y es casi ineludible cuando estoy sobria…
—¿Y lo estás ahora?
—Intento estarlo. —Bajó la cabeza hasta que su frente se posó en el frío barandal de hierro forjado—. Lo intento de verdad, pero… —Suspiró y su mirada se perdió en las luces de la ciudad—. Quisiera ser como Barcelona, ser así de ordenada, que alguien me hubiera trazado y planificado para que mis calles crearan una cuadrícula perfecta. Así no me perdería en el laberinto de mi mente, no tomaría un camino que pienso que me llevará a un lugar y termina por arrojarme a otro…
Joana la vio acariciarse las muñecas y entonces entendió los sombríos pensamientos que cruzaban la mente de su amiga. Tal vez por eso había ido esa noche, para recordar que cualquiera que fuese el camino, siempre podría tomar la desviación hacia Joana y su amistad, hacia ese lugar donde no tenía que pretender ser fuerte y enmascarar sus temores, donde podía derrumbarse.
—Puede que ser como Barcelona tenga sus ventajas, pero en algún punto se vuelve aburrido. Sé tú, Emma, tan laberíntica y tormentosa como siempre, solo tienes que aprender a no perderte. Conócete tanto que puedas contrarrestarte a ti misma, a eso que te hace daño, a eso que ocultas en tus laberintos, olvida el camino para llegar ahí. Bórralo. Traza sendas hacia cosas mejores…
Emma sonrió un poco.
—¿Quieres contarme qué es exactamente lo que ha estado pasando? —añadió Joana.
—Tú lo sabes mejor que nadie. —Emma se irguió, dio media vuelta y apoyó su talle contra el barandal—. Fuiste testigo de cómo empezó…
—M&M…
—Sé lo que me vas a decir, lo sé. Y quisiera ser como tú. De grande quiero ser como tú…
Joana soltó una carcajada.
—Estoy segura de que hay millones de niñas en el mundo que sueñan con ser tú, la superfamosa Emma Lerroux.
—Es que no te han conocido.
—El espectáculo no es lo mío.
—Sin embargo, te casaste con Elena.
—¿Me vas a decir qué ha sido lo de hace un momento? —inquirió Joana, recordando las palabras que Emma y su esposa habían intercambiado.
—A Elena le encanta jugar a que no me odia.
—No te odia.
—Por supuesto que sí me odia. No soporta la idea de que me quieras…
—Pero si no te quiero.
—Lo sé, querer es poco. Me adoras. Pero por el bien de Elena vamos a decir que solo me quieres…
Siguieron así por un rato hasta que escucharon el rumor de villancicos y se decidieron a entrar.
***
Los invitados estaban congregados alrededor del piano mientras las manos de Lena se deslizaban sobre las teclas. Una cortina de personas se apartó para que Joana y Emma accedieran al centro de la congregación, y tímidas peticiones sobre que la Marquesa compartiera los villancicos que conocía se hicieron escuchar.
—Dudo que tenga algo nuevo que ofrecer al respecto —pronunció Emma con su voz aterciopelada y una sonrisa tímida.
—Te lo piden integrantes de la ópera de Barcelona —remarcó Lena, disimulando su molestia y sin dejar de tocar—. Algún valor debe de tener eso, supongo.
Lerroux no pretendía negarse. Tomó asiento junto a la esposa de Joana, cruzó las piernas y permitió que el público se deleitara con el arco de su espalda antes de que sus largos dedos acompañaran la tonada. Sus talones fueron los primeros en llevar el ritmo de la música; luego, su voz, profunda y melancólica, se unió a las demás.
«Su virtuosismo vocal es incuestionable y se está convirtiendo en una de las voces más magnéticas de los últimos tiempos. Los melismas que Emma Lerroux alcanza en la mayoría de sus presentaciones no tienen par. Nada mejor que ir a un concierto y disfrutar con los matices que entrega en cada interpretación…». Joana recordó haber leído aquellas palabras en la revista Vanity Fair del mes de agosto, donde Emma aparecía sosteniendo el micrófono en medio de un concierto en Irlanda. Las recordaba tan bien porque resultaron ser tan solo la «introducción amistosa» de un artículo que vapuleó a la cantante mencionando su más reciente escándalo: el de cómo había destrozado las botellas de la suite presidencial en el Hôtel Plaza Athénée y cómo las chicas que la acompañaban, cinco supermodelos francesas, se habían lastimado los pies debido a los vidrios rotos.
Parecía que ninguno de los invitados recordaba el incidente mientras la Marquesa cantaba. Ella no proyectaba la voz o siquiera intentaba destacar, pero los demás cantaban más bajo para escucharla. Todos menos Lena, cuya voz —que también poseía algo fuera de la norma— se elevaba creando una armonía con la de Emma que mucho distaba de la rivalidad que se tenían sus dueñas.
Interpretaron cuatro villancicos y entonces alguien —a Joana le sorprendió que fuese Noelia— le pidió a Emma que cantara alguna de sus canciones.
Emma sonrió, pero Joana pudo ver lo que ocurría tras esa sonrisa mecánica: era la sonrisa que utilizaba en público, con los medios, ante los fans, una sonrisa aprendida a base de años de usarla. Notó que la petición de Noelia caía como peso muerto sobre los hombros de su amiga, pero no se atrevió a intervenir. Lena se había levantado del banco —un poco a regañadientes— para dejar el espacio exclusivamente a Lerroux. Joana la vio colocar los dedos sobre las teclas y dudar, como si de repente el código que tenía en su cabeza para tocarlas se hubiese perdido. Sus largas pestañas aletearon, entreabrió los labios y mordisqueó el inferior como si de verdad estuviera haciendo un esfuerzo por recordar qué era lo que hacía el instrumento que tenía enfrente.
Tocó una única nota.
Y esa dio paso a las demás.
Los invitados estaban encantados. Emma comenzó por una de las canciones más populares de su grupo, El disparo en la nieve, y prosiguió con otro de sus grandes éxitos, Un túnel bajo el agua.
Cruza el túnel,
porque ahogándote te salva,
por dentro te purifica.
Luces de colores te esperan,
hojas de otoño que flotan sobre el agua
y unos ojos tan dorados como ellas.
Joana no reconoció la tercera canción y eso que se consideraba fan del grupo de Emma. Tenía todos los discos de The Marquise and the Rock Princesses y solía estar atenta al lanzamiento de los nuevos singles. Por cómo intercambiaban miradas los invitados, estaba claro que tampoco reconocían la canción. No tenía letra, solo era una tonada simple en el piano, pero Emma la interpretaba con una melancolía que erizaba la piel.
¿Era una nueva composición?
Todos debieron de llegar a esa conclusión porque sacaron sus teléfonos y comenzaron a grabar. Joana intentó detenerlos —como los había detenido durante los villancicos—, pero Emma intervino y dio su consentimiento para que grabaran, incluso prometió compartirlo en sus redes si la etiquetaban.
—¿Estás segura? —le murmuró Joana.
—Lo estoy —aseguró Emma y continuó—. Dejemos que sea una especie de regalo navideño para mis fans.
Joana se acercó a Lena, quien le susurró a su vez:
—¿Cuánto crees que crezcan las redes de todos para mañana a esta hora?
—¿Me preguntas por el porcentaje exacto?
—Para algo debe de servir la mujer informática que tengo en casa.
—¿Que folle bien no es suficiente?
—Es que folla incluso mejor cuando me da datos exactos sobre cualquier cosa…
—Entonces tendremos que ir a la habitación, porque tu mujer informática necesita su portátil para hacer algunos cálculos.
—Perfecto. —Lena le acarició el brazo con la uña—. De todas formas, tengo que enseñarte algo…
Ese algo era el conjunto de encaje escarlata que Lena tenía bajo el vestido. No era el mismo que terminó en el suelo antes de la fiesta y Joana se arrodilló a sus pies con solo verlo.
—Es tu regalo de Navidad adelantado —jadeó Lena cuando Joana pasó su lengua por el encaje. Menos de un minuto después, le rogó que le quitara las bragas…
Cuando regresaron a la fiesta descubrieron que Emma y Noelia hablaban crípticamente en una esquina del salón. Lo peor no era la expresión de Patricia, que observaba la escena con cierto rencor, sino que Emma sostuviera una copa de vino en la mano.
—Me dijo que estaba intentando mantenerse sobria —acotó Joana.
—¿Y la creíste? —dijo Lena y soltó una risotada escéptica—. ¿No salió de rehabilitación en septiembre?
—Iré a hablar con ella…
—No es una niña ni tú su niñera —la detuvo Lena.
—Pero al menos debería cuidarla mientras está aquí.
—¿Y quién va a cuidar de ella cuando se marche? —Lena movió la cabeza negativamente y miró a su esposa con un deje de preocupación—. Ya hablamos de esto. No puedes detener el huracán que es Emma Lerroux. No quiero que volvamos a eso, que lo que hace o no hace vuelva a afectarte…
Joana hizo una mueca angustiada, pero sabía que Lena tenía razón. Alguna vez había intentado intervenir tanto en la vida de su amiga que habían terminado haciéndose daño y alejándose. No quería que volviera a pasar.
Así que trató de disfrutar de la fiesta, aunque su mirada se desviaba hacia Emma y Noelia. Estaban muy juntas y, aunque Emma siempre había evitado el contacto físico con extraños, no parecía importarle que Noelia pasara las uñas por sus tatuajes mientras le decía algo al oído. En algún momento las perdió de vista y, cuando las volvió a encontrar, Noe tenía una marca en el cuello que no estaba ahí antes. Por la tensión en el rostro de Patricia, ella también lo había notado y sufría.
Se sirvió la cena y, para entonces, Emma había vaciado su copa ocho veces y se sentía más cómoda respondiendo las preguntas que los valientes se atrevieran a formular. En secreto, Joana les pidió a los meseros que le ofrecieran bebidas donde pudiesen disimular la falta de alcohol y al principio el plan funcionó a la perfección.
La larga mesa del comedor bullía de comida y conversaciones. Estaban hablando sobre la última gira que hizo THE M.A.R.P. por Europa y sobre las que emprendería por América y Asia. También si era verdad que Emma había discutido con Rihanna en la última entrega de los Grammys y si las famosas palabras «ahora tu música se basa en qué tan rápido mueves el culo» realmente habían salido de su boca.
La Marquesa estaba haciendo uso de su arrolladora personalidad mientras contestaba lo que empezaba a sentirse como una entrevista. Al menos eso parecía distraerla de lo que estaba bebiendo, que tan solo era agua mineral con una rodaja de limón. Pero entonces Patricia levantó la voz, atrayendo la atención de todos, lo que era atípico en ella, y dijo:
—¿Y es verdad que todas tus canciones van dedicadas a un amor imposible que tuviste en la adolescencia?
Lena casi se atraganta. Joana intentó disimular, pero aquel era el tema más delicado que alguien podía sacar a colación frente a Emma.
Nadie en la mesa imaginaba la magnitud de las cosas que había detrás de esa pregunta, pero debieron de intuirlo, pues a Emma le tomó tan de sorpresa que no pudo disimular su aturdimiento. Pestañeó, arrugó las cejas cobrizas y tomó un sorbo de agua mineral. Hizo una mueca y, en vez de contestar a Patri, llamó al mesero y le preguntó por los vinos de la casa. El chico miró en dirección a Joana, lo cual hizo Emma también. Sus ojos grises la traspasaron. La Marquesa no era tonta, por supuesto que había detectado la falta de alcohol en su bebida. Incluso, tal vez, se había adherido al plan pidiendo cosas donde fuese sencillo disimularlo.
Joana hizo un ademán con la mano, un movimiento derrotado, algo que echaba por los suelos el plan. El muchacho se marchó directo a la cava mientras los invitados, casi al filo de sus sillas, esperaban la respuesta a la pregunta que flotaba en el aire.
—En mis canciones hay muchas cosas involucradas —dijo Emma en ese tono suyo que no admitía réplicas—, no tienen que ver con una sola persona.
Joana no pudo dejar de admirar el descaro de Patricia cuando insistió:
—¿Pero es cierto lo de ese amor imposible?
—Ningún amor es imposible —soltó Emma, intentando salirse por la tangente y, con fingida parsimonia, examinó los vinos que el joven mesero le había traído. Señaló el de la derecha y el chico se apresuró a servírselo, pero la Marquesa le indicó que dejase la botella.
—Lo es si son familia, ¿no?
Emma derramó el vino. Lo había estado sirviendo en la copa y de repente lo tenía sobre el vestido. Quienes estaban a su lado se apartaron —entre ellos Noelia—, temiendo que manchara sus ropas, y Joana se le acercó.
—Estoy bien —siseó Emma y de un manotazo rechazó la ayuda de su amiga—. Iré a limpiarme.
Se levantó, pero tomó la botella de vino, y desapareció por el pasillo. Joana fue tras ella y tuvo que soportar que la puerta de su propio baño casi se le estrellara en las narices.
Lena apareció poco después y movió la cabeza, decepcionada.
—Llévala a la habitación de invitados antes de que se ponga peor —le sugirió a Joana y añadió, bajando la voz todavía más—: ¿Cómo es que Patricia sabe sobre eso?
—No lo sé, seguramente leyó un rumor…
Lena bufó.
—Ha puesto el dedo en la llaga. Vaya manera de vengarse. Tal vez no le convenga a Noelia de todas formas.
—¿Aún piensas en eso? —repuso Joana, incrédula—. Tampoco es que tu amiga se haya portado demasiado bien. Se ha liado con Emma en cuando ha tenido oportunidad.
—¿Puedes culparla? Patricia es demasiado lenta…
—Ya da igual. —Joana se apretó las sienes con los dedos—. Te he dicho que debía cuidarla. Ahora se está emborrachando ahí dentro.
—¿Más aún? Parece una cría. A estas alturas debió haber superado su adolescencia, pero le sigue dando vueltas. Necesita terapia.
—¿Crees que no lo ha probado?
La puerta se abrió de golpe y apareció Emma con el rostro desencajado por la furia. Le tiró una toalla manchada de vino a Lena y le dijo con la voz helada pero aguardentosa:
—Eres de las mejores anfitrionas que he conocido, Elena. ¿Intentas manejar la vida de tus invitados con el mismo entusiasmo con el que escoges el postre? No tienes que preocuparte por mí, es hora de marcharme. Pero te agradezco la hospitalidad.
—No tienes que irte —aseguró Joana e intentó tomarla por el codo, pero Emma se deshizo del contacto—. Vamos a que descanses un poco…
—Eso pretendo, pero en la cama de mi hotel.
—Déjala —soltó Lena, desdeñosa—. No queremos que una alcohólica arruine la velada para todos.
Emma dejó escapar una carcajada que más parecía un gorgoreo y se marchó tambaleándose por el pasillo. Joana miró mal a su esposa y se apresuró a seguir a su amiga.
—¿Cómo piensas llegar al hotel? —le preguntó.
—En el coche que alquilé.
—¿No quieres que te pida una limusina o algo así?
—¿A esta hora y en Nochebuena? Estoy borracha, pero no loca. Además, si alguien viniera, me tomaría fotos o algo así y las vendería a los medios.
—¿Y tu guardaespaldas?
—¿Crees que la haría trabajar en las fiestas? Está con su familia en Brasil.
—Entonces deja que te lleve yo…
—No es necesario. Tu esposa te necesita aquí.
—Lena estará bien sin mí, pero tú…
—No te preocupes por mí.
—Te llevaré yo, ya te lo he dicho. Quiero asegurarme de que llegas sana y salva a tu hotel.
—Elena va a azotarte…
Joana se echó a reír.
—No, pero tendré que decirle que desapareceré un rato. Espérame aquí, ¿vale? No te muevas, por favor.
Regresó con su esposa y le informó de lo que pensaba hacer.
—Tú no la quieres aquí y yo no puedo dejarla ir así. Necesito asegurarme de que llega bien —le dijo decidida.
—Incondicional como siempre —canturreó Lena, molesta.
—Por eso te enamoraste de mí —apuntó Joana, y tenía razón.
Elena Ponce asintió, derrotada.
—Está bien, pero regresa pronto.
—Lo haré.
—Bella ciao.
Se besaron y Joana sonrió. Lena tardaría más tiempo del que pensaba en volver a ver esa sonrisa.
***
Emma se mareó en el auto y tuvieron que parar dos veces para que no vomitara dentro. Mientras Joana le sostenía el cabello, intentaba no mirar ni escuchar lo que sucedía a sus pies. Se olvidó de los cursos que había tomado sobre cómo centrarse en el ahora y viajó al pasado, a cuando eran adolescentes, al tiempo antes de… la catástrofe.
Visualizó a Emma no como a la adulta que devolvía lo que tenía en el estómago entre calle y banqueta, sino como la chica de ojos grises, tan bella, decidida y magnética que tenía al internado entero girando en torno a su presencia. Ahora tenía el mundo a sus pies, pero por las razones equivocadas. Y Joana se preguntó —tantas veces antes se había hecho la misma pregunta— si en realidad podía ayudar a alguien que no quería ayudarse a sí misma.
La llevó de vuelta al coche. Intentó ajustarle el cinturón, pero Emma le dijo que lo dejara suelto, que necesitaba aire; y cuando el vehículo comenzó la marcha, sacó la cabeza por la ventana y miró hacia arriba, hacia los edificios que las rodeaban. El aire hacía volar su cabellera cobriza y Joana sonrió, porque por unos segundos pudo encontrar en ella a la Emma de antes.
Pero la sonrisa se le borró muy pronto.
—M&M —murmuró con seriedad y repitió el apodo otras dos veces con más energía hasta que su amiga volteó—. Emma —dijo y sintió que el corazón se le partía un poco—. Tú sabes que la he buscado. Sabes que la he buscado en todas las bases de datos a las que he podido acceder. Ella no está, no quiere que la encuentren y si no quiere que la encuentren, hay una razón. ¿No crees que es hora de aceptarlo?
—Aceptarlo —pronunció Emma como si se tratara de la palabra más rara del mundo—. ¿Aceptarías que Elena se marchara sin explicación alguna? Dime, ¿lo aceptarías tan fácil?
—No es lo mismo. Tú conoces la razón por la cual se alejó de ti.
—Sé lo que piensa de mí, sé lo que hice, sé lo que somos. —Sacó el brazo por la ventana y siguió las ondas del viento con la mano—. Pero ella no sabe los detalles, nunca me permitió explicarle…
—Tal vez no quiere explicaciones. No es como si estuvieras escondida y no pudiera contactarte. Eres famosa, has visitado demasiados países. Si ella quisiera hablar contigo, le bastaría mandarte un mensaje mediante una de tus redes sociales o incluso acercarse a ti en un concierto. —Joana dudó de si debía o no decir las siguientes palabras—. Debes aceptarlo. Ella te olvidó, siguió con su vida, te dejó en el pasado. ¿No es momento de hacer lo mismo? Cumplirás treinta el año que viene. Te has pasado casi media vida esperándola…
Emma guardó silencio. Tenía los ojos perdidos en la arquitectura de Barcelona y sus largos dedos acariciaban el viento.
—Parece lógico —musitó al final y la voz se le quebró un poco—, pero en realidad no sabemos con certeza las razones que la mantienen alejada.
«Lo sabemos, pero tú no quieres aceptarlo», pensó Joana, y esta vez decidió mantener la boca cerrada.
Minutos después fue el timbre de un teléfono el que cortó el silencio. Era el de Emma. Joana le sugirió que no contestara en su estado.
—Estoy bien —aseguró la Marquesa con la voz enrevesada de quien no lo está—. Además, se trata de mi madre.
La escuchó intercambiar unos cuantos monosílabos y entonces el tono de la conversación cambió por completo. Joana supo que algo andaba mal cuando Emma se puso a gritarle al teléfono para luego lanzarlo contra el tablero. El teléfono rebotó en muchos lugares —incluido el hombro de Joana— y se perdió en el suelo del auto.
—¿Qué ha pasado? —preguntó asustada.
—Ella era la única que sabía… —fue la respuesta de Emma.
—¿Quién? ¿De quién hablas?
—Ella era la única que sabía… La única… Ella era la única que sabía…
—Respira y dime lo que te ha dicho tu madre…
Pero Emma seguía repitiendo:
—Ella era la única que sabía… Ella era la única que sabía… Ella…
—¡Emma!
—Murió…
—¿Quién? ¿Quién murió?
Joana no se enteró. El semáforo cambió a rojo, intento frenar a fondo, pero el pedal estaba atascado. El teléfono de Emma había ido a parar bajo el pedal e impedía que pudiera empujarlo todo lo que requería. Eso fue lo último en que pensó antes que el camión la impactara de su lado.
3
Un tren kilométrico
Nueva York amaneció cubierta de un manto níveo que mucho se parecía al que Rebecca Savard compartía con su novia aquella mañana de Navidad.
El reflejo blanquecino la despertó de un sueño placentero, se removió entre las sábanas y, aún somnolienta, observó a Isabelle: mechones azabaches le ocultaban el rostro y se elevaban al ritmo de su respiración. Becca los apartó con delicadeza e Isa se removió contra la almohada dejando escapar un gruñido tierno. Ambas se habían ido a dormir muy tarde hablando de todo y nada mientras la lámpara de colores iluminaba el techo.
Moría por despertarla a besos, pero otros eran los planes que centellearon en la memoria de Rebecca Savard. Se conformó con echarle una última mirada —le encantaba cuando Isa lograba conciliar un sueño tranquilo—, y se levantó de la cama con una técnica que ella había bautizado como la técnica ninja para salir de la cama sin que tu novia lo note. Tenía que pensar un nombre más corto antes de tramitar la patente, sin duda.
Isa, sin embargo, no estuvo tan conforme con la efectividad de la técnica, porque gruñó y buscó a Becca entre las sábanas. La rubia se apresuró a poner una almohada estratégicamente cerca de la mano de su novia, y eso tranquilizó a Isabelle, quien abrazó el objeto y volvió a respirar profundo.
Una vez fuera de la habitación se arrepintió de no haber tomado una sudadera. Tiritando en camiseta y bóxers, caminó de puntitas hasta el salón, buscó su teléfono, los audífonos y dirigió sus pasos al extremo del apartamento donde sus palabras serían eclipsadas por un par de paredes.
Entonces llamó a su madre por Facetime.
—¡Becky! —exclamó Olivia Savard, pero lo único que saludó a Becca fue la prominente papada de la mujer—. ¿Estás en el apartamento de Isa?
—Sí, mamá, estoy aquí…
—¿Por qué susurras?
—Porque debo hacerlo, ¿recuerdas el plan?
—Ah, sí, sí, el plan —susurró su madre con una sonrisa cómplice, pues finalmente había alejado el teléfono y enfocado su rostro—. Me alegra que hayas llamado tan temprano, porque tienes que ser la primera en enterarte de que tu padre ha enloquecido.
Aquel giro dramático de los acontecimientos, más que inquietar a Becca, la hizo sonreír.
—¿De qué hablas? —preguntó, fingiendo preocupación—. ¿Finalmente se cambió de equipo?
—No, por Dios, está loco, pero no lo suficiente como para abandonar a los Maple —descartó su madre—. Debes saber que nevó toda la noche y tu padre se levantó con la grandiosa idea de desenterrar su camioneta de la nieve. Le dije que no hay prisa, que es Navidad, pero ya sabes lo testarudo que es. Mira… —Becca se mareó ante el abrupto cambio de perspectiva de la imagen. Su madre enfocó la ventana y abrió las cortinas—. Mira lo que ese loco está haciendo…
Lo que Becca vio —debido a la mala señal— fue una mancha marrón en medio de un fondo blanco que de seguro era nieve.
—¿Puedes hablar con él? —siguió diciendo su madre, apuntando la cámara de nuevo hacia ella o, mejor dicho, a su papada, mientras se escuchaba que abría la puerta—. Tal vez a la campeona de la WNBA 2018 sí que le haga caso…
—Lo intentaré, mamá, aunque antes quería decirte…
Pero Olivia Savard estaba metida de cabeza en sus propias preocupaciones y no escuchó a su hija.
—¡Avery! —gritó—. ¡Avery! ¡Tu hija está al teléfono!
Olivia extendió el aparato como si se tratara de una llamada común y Becca observó el cielo blanco sobre Calgary. Recordó haberlo visto cientos de veces mientras hacía angelitos en la nieve junto a sus hermanas.
—¿Cuál de las tres? —escuchó a su padre preguntar con la voz ronca—. ¿La buena, la mala o la extraterrestre?
—Pues si no ha venido a pasar la Navidad con nosotros, seguro que es la mala o la extraterrestre —contestó Olivia. Becca resopló—. Pero ya deja de hacerte el idiota, que sabes bien que las otras están durmiendo aquí en casa. ¿Por qué te llamarían?
—Las mujeres Savard son impredecibles. No te puedes fiar de ninguna.
Becca casi se rio. Sabía que su padre estaba bromeando. El hombre tomó el teléfono y lo puso frente a su rostro con una gran sonrisa.
—¡Hola, papá! —saludó Becca con entusiasmo.
—¡Pero si es la extraterrestre! —exclamó el hombre y sus ojos azules se hicieron pequeños. Tenía unas hermosas arrugas alrededor de ellos de tanto sonreír—. ¿Cómo está el planeta Nueva York?
—Tan nevado como el tuyo. ¿Ahora me vas a contar por qué estás paleando la nieve tan temprano?
—¿Uno ya no es libre de palear la nieve de su entrada?
—¿Y tu lesión en el codo? —le recordó Becca.
—¡Exacto! ¡La lesión! —apoyó su madre desde algún punto fuera de cámara—. ¡La bendita lesión en el codo!
Avery Savard se quitó la gorra de los Maple —su equipo favorito de Hockey y para el cual había jugado por muchos años— y la agitó en el aire. Los restos de nieve debieron de dispersarse, aunque Becca apenas lo notó.
—Dejé una sorpresa dentro de la camioneta y si no quito la nieve tu madre no la recibirá a tiempo —confesó y le guiñó un ojo a su hija.
La reacción de Olivia fue inmediata. Cambió la molestia por la emoción y se disculpó con Avery por haber sido tan gruñona.
—¿De qué se trata la sorpresa? —lo interrogó.
—Ya lo verás cuando quite la nieve —replicó el hombre y dejó escapar una carcajada—. Creo que Bec tiene preparada una sorpresa también, ¿no es así?
—De eso quería hablarles…
—¡Ah, sí! ¡La sorpresa! —exclamó su madre apareciendo en el recuadro—. ¿Guardaste bien las salsas y el queso que te envié?
—Sí, mamá, las guardé como dijiste…
—¿Y las papas? Dime que no las congelaste.
—No las congelé —gruñó Becca.
—Pero el queso debe estar frío —añadió la mujer.
—Eso lo sé. El queso frío, la salsa caliente…
—Y la viertes justo antes de servir el plato, para que las papas sigan crujientes —añadió su padre.
—De hecho, tengo un aparato que las fríe sin aceite, es una freidora de aire.
—No uses esa abominación —desechó su padre con una mueca—. Usa aceite, mucho aceite. No escatimes en eso.
—Está bien, lo haré, pero deberías checarte tus niveles de colesterol.
—Estoy más fuerte que nunca…
—¿Qué hacen? —se escuchó una voz somnolienta y Becca reconoció a su hermana mayor, Claire—. ¿Por qué hay tanto ruido a esta hora?
—Becky le va a preparar el desayuno a Isabelle y la estamos ayudando.
—Te tienen dominada, ¿no, Bec? —dijo su hermana apareciendo entre sus padres y lanzándole una sonrisa socarrona. Becca arrugó el entrecejo y a punto estuvo de sacarle la lengua—. En la cancha nadie domina el balón como tú, pero si supieran lo que pasa en casa no te respetarían tanto, ¿verdad?
—Ojalá pudiera decir lo mismo de ti, Clary, pero ¿cuántos tiros has errado esta temporada? Dominar el disco no es lo tuyo, ¿o sí?
—Uuuuhhh —dijeron sus padres al unísono—. Eso fue cruel…
—Lo dice porque está en la liga de basquetbol estadounidense —contratacó Claire—. Lo único que hacen ahí es preocuparse por no estropearse la manicura.
—Uuuuhhh —volvieron a exclamar sus padres, como si estuvieran a punto de decir: ¡pelea, pelea, pelea! Les encantaba alentar el amor fraternal.
—Tienes razón, se me ven mejor las uñas levantando la copa del campeonato. ¿Me recuerdas cuántas has levantado tú?
Claire comenzaba a ponerse roja, así que su padre decidió intervenir. Las hermanas siempre habían sido muy competitivas.
—Ya estuvo bien de tanto cariño —dijo—. Vamos a desearnos una feliz Navidad y que al menos levantemos copas de champán todos juntos en Año Nuevo.
—Y que en el 2019 podamos pasar la Navidad en familia —añadió Olivia Savard con anhelo en la voz.
—Mamá —rezongó Becca—, iré antes de fin de año.
—Lo sé, Becky, pero no es lo mismo…
—Te pierdes toda la diversión —acotó Claire y luego, en tono malicioso, dijo—: Aunque, bueno, supongo que estás teniendo una clase de diversión que nosotros no podemos ofrecerte, ¿verdad, hermanita?
A Becca se le subieron los colores mientras Claire se despedía soltando portentosas carcajadas, ignorando por completo los regaños de su madre.
—Que vaya todo bien con la sorpresa —dijo Avery con un carraspeo, se notaba incómodo.
—No olvides lo de la salsa —apuntó su madre.
—No lo olvidaré. Gracias por todo. Los quiero. ¿Le dan un abrazo a Madi y Jay por mí?
Se despidieron agitando las manos y mostrando las amplias sonrisas marca Savard. Becca colgó y se preguntó si su familia de verdad creía que no le costaba estar lejos de ellos en las fiestas. No había tenido oportunidad de decirles cuánto los echaba de menos —incluso a la idiota de Claire—, pero es que hubiera sonado hipócrita. Había decidido pasar la Navidad en Nueva York y no había compartido los detalles tras esa decisión.
Al menos la alivió saber que su familia lo entendería tarde o temprano. Stui era la única que conocía el meollo del asunto y le había enviado poco menos de un millón de memes deseándole suerte, además de un audio larguísimo que Becca escuchó mientras sacaba los ingredientes para el desayuno sorpresa. Escuchar a Stui siendo idiota mermaba el nerviosismo que comenzaba a apoderarse de ella.
Había un alimento que Isabelle adoraba más que ningún otro y eran las papas fritas; un par de veces al mes salían de cacería por las calles de Nueva York intentando encontrar las mejores de la ciudad. En el despacho de Isa había un mapa donde aparecían marcados, con tachuelas, los sitios que habían visitado. Las tachuelas rojas representaban aquellos donde las papas habían estado asquerosas, las amarillas donde no habían sido tan malas y las verdes donde definitivamente tenían que volver. Las tachuelas doradas, sin embargo, eran las más importantes: sitios donde servían las papas al estilo canadiense. Solo había un par en el mapa.
Por esa razón, Becca había decidido que esa mañana serviría Poutine, un platillo tradicional canadiense que consistía en papas fritas aderezadas con una salsa especial y queso en cubos. Parecía lo más sencillo del mundo, pero tenía sus secretos.
Sacó una sartén, vertió una cantidad portentosa de aceite como le había aconsejado su padre y esperó a que se calentara. Entonces echó las papas y escuchó el incomparable chisporroteo que hacían al freírse. Eran papas importadas desde Canadá y, a pesar de lo que todo el
