Políticas para vidas en situación de prostitución: Aportes desde la Antropología
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Políticas para vidas en situación de prostitución - Ángel Christian Luna Alfaro
Prólogo. Un acercamiento a la actividad sexual comercial desde la etnografía
No vayas a creerme santa porque así me llamé. Tampoco me creas una perdida emparentada con las Lescaut ó las Gauthier por mi manera de vivir. Barro fuí y barro soy; mi carne triunfadora se halla en el cementerio… No lo digas a nadie, -se burlarían ó se horrorizarían de mí;- pero ¡imagínate! en la inspección de sanidad fuí un número; en el prostíbulo, un trasto de alquiler; en la calle, un animal rabioso al que cualquiera perseguía, y, en todas partes, una desgraciada… Cuando cansada de padecer, me rebelé, me encarcelaron; cuando enfermé, no se dolieron de mí y ni en la muerte hallé descanso; unos señores médicos despedazaron mi cuerpo sin aliviarlo, mi pobre cuerpo magullado y marchito por la concupiscencia bestial de toda una metrópoli viciosa…
F. Gamboa, Santa, 1903.
Hace más de cien años, Federico Gamboa escribió la novela Santa, la cual se considera el primer bestseller de la literatura mexicana y debe su éxito a que, en un momento en que se concebía a las clases populares como peligrosas
, la obra retrataba la vida de una adolescente rural caída en desgracia por el abandono del hombre que la sedujo, su posterior ingreso a un burdel y su paulatina degradación moral hasta llegar a una muerte infamante. Para el pensamiento de la época, la consecuencia lógica de que las mujeres tuvieran relaciones sexuales fuera del lazo conyugal las condenaba, casi ineluctablemente, a incorporarse a la prostitución y terminar con enfermedades mortales. Asimismo, Santa, la protagonista, condensa el arquetipo de la prostituta en el imaginario social: joven, bella, ingenua, crédula, pobre, presa fácil de cualquier vivales que le endulzase el oído y le ofreciera la luna y las estrellas. Santa se embaraza, aborta y la corren de su casa.
Es probable que se piense que los valores que se expresan en esta novela —cuyas primeras líneas se reproducen en el epígrafe— en términos de personajes, trama y desenlace, hace mucho tiempo que se han vuelto obsoletos a la luz de los avances conquistados en materia de derechos de las mujeres. El voto, el acceso al trabajo y a la educación, los anticonceptivos, la igualdad jurídica y los instrumentos legales contra la violencia, entre otros aspectos, son parte del proceso civilizatorio que ha permitido la salida de la domesticidad a millones de mujeres en todo el mundo y México no es la excepción.
Los avances de este panorama no son, sin embargo, tan certeros. Las desigualdades de género continúan operando con mayor o menor intensidad en todos los aspectos de la vida social, a pesar de que en la actualidad las manifestaciones públicas de minusvaloración y denigración hacia las mujeres suelen no ser políticamente correctas. No obstante, en terrenos más concretos, la ciudadanía plena de las mujeres dista mucho de ser efectiva. La carencia de oportunidades similares en el acceso al mercado laboral y a los mismos salarios por el mismo trabajo, a puestos de dirección y de toma de decisiones, a la división doméstica de tareas, al uso del espacio público o, incluso, al reconocimiento del papel crucial que desempeñan las mujeres en la historia, en la ciencia, en el sostenimiento de la sociedad y la vida de manera cotidiana es invisibilizado o ignorado vergonzosamente.
En ninguno de estos terrenos es más patente la carencia de autonomía femenina que en el ámbito de la sexualidad, locus por excelencia del control social sobre las mujeres. Y en ningún otro se ejerce tanta violencia, sin que importe la modalidad de la que se trate: privada o pública, laboral, escolar, familiar, institucional o mediática. De hecho, este tipo de violencia exhibe en su despliegue su rasero más igualitario, pues toda niña, adolescente o mujer en cualquier momento de la vida puede ser objeto de afrentas sexuales a pesar de su edad, posición social, estado civil, etnia, nivel de escolaridad o religión.
Por añadidura, la violencia sexual, la culpabilización y la descalificación no solo normalizan la cultura de la violación
, sino que se muestran con mayor encono si quien recibe este tipo de agresiones no tiene posibilidades de defenderse o denunciar tales acciones de forma efectiva, ante la falta de acceso a la justicia que constantemente ocurre en las denuncias de mujeres y de las que tenemos un pequeño atisbo a través de las constantes notas periodísticas que pueblan los medios de comunicación. La responsabilidad del ataque se sigue imprimiendo en ellas si pretenden el libre ejercicio de la sexualidad, el derecho a decidir sobre el cuerpo propio, la libertad de tránsito o de terminar una relación… a una escala tal que la forma última de violencia hacia las mujeres, los feminicidios, se incrementa exponencialmente y se acompaña de mayor crueldad, porque se lo merecen
, porque algo harían
, porque estaban realizando conductas impropias, bebiendo o involucrándose con hombres
o fuera de su casa a deshoras
o provocando con sus atuendos que las violasen
… en suma por putas
, aunque las víctimas sean niñitas de cinco, tres, un año… u 85 años. Los ejemplos se multiplican a diario.
Con la modernidad, esta naturalización de la violencia tiene en la prostitución y en la trata con fines de esclavitud sexual —que es una de sus expresiones más terroríficas—, la confirmación palmaria de la subordinación femenina, de su carencia de poder y de la condición reificada del cuerpo femenino, al cual se obliga a estar al servicio del placer de otros, cinco, veinte, treinta veces por día, administrado por parte de proxenetas y madamas del crimen organizado o no. Por eso aplaudo la aparición del libro Políticas para vidas en situación de prostitución: aportes desde la Antropología, del doctor Ángel Christian Luna Alfaro.
Christian da cuenta de la complejidad del fenómeno prostitucional desde un acercamiento diverso. La historia, la sociología, pero principalmente la antropología le aportan herramientas para el análisis porque, como bien señala el autor, la prostitución ha exhibido formas y sentidos distintos en épocas y contextos diferentes. Asimismo, pone en práctica el método de la lanzadera, que le permite ir de la elaboración teórica, a la revisión histórica, hasta los estudios de caso, de modo que pueda abstraer los rasgos distintivos del concepto, la pertinencia del examen de lo típico y de lo atípico para delimitar sus fronteras: nuestra especie requiere de vida sexual para su reproducción, pero esta, fuera de la necesidad de contar con el equipo corporal, no es resultado de la naturaleza sino que está social y culturalmente construida. Este análisis posibilita entender que no toda interacción sexual a cambio de ingresos pecuniarios o en especie es prostitución, y que no siempre eso que desde nuestra sociedad hemos llamado prostitución ha revestido los mismos significados y valoraciones hacia actrices y actores involucrados. Esta idea es fundamental para examinar las modalidades que ha presentado la práctica del sexo a cambio de recursos económicos y cómo esta no siempre ha sido condenada ni vergonzante.
El texto da inicio con el corpus teórico que sitúa a las y los lectores en el horizonte desde el cual se abordará el estudio, para después proseguir con una breve revisión histórica. Es importante destacar que el autor basa sus análisis en dos aspectos centrales para este recorrido: un régimen patriarcal y un modo de producción capitalista. Ambos aspectos, aunque independientes, se concatenan para ofrecer configuraciones específicas en contextos sociales particulares, y sus manifestaciones pueden no traslaparse porque se articulan a partir de protocolos culturales diferentes. El primero de ellos, observable en una mayoría de sociedades pasadas y presentes con tipos de estructura y organización dominados por los varones, ha implicado que las mujeres ocupen posiciones de subordinación, no en todas en el mismo nivel de profundidad ni en las mismas esferas de la vida social; por ejemplo, durante el Renacimiento europeo, el Estado era el encargado de instalar y administrar las casas de lenocinio, situación que en la actualidad sería impensable. En tanto que, en el otro aspecto, en el capitalismo, todo es susceptible de ser convertido en mercancía para ser consumido… y los cuerpos femeninos —y unos pocos masculinos que no comparten la virilidad hegemónica— no son la excepción.
En nuestro país, como en muchas partes del mundo, los protocolos que soportan el régimen de sexualidad exhiben características misóginas, falocéntricas y homofóbicas. La mayoría de las diferentes formas de masculinidad pasa por la concepción de una sexualidad varonil indiscriminada, voraz, apremiante, violenta, predadora y confirmatoria de que se es hombre fuera del acto sexual, ahí donde de verdad importa (Tiefer, 1995): principalmente frente a los pares, pero también confirma el poder sobre los hombres subordinados (recordemos la muy mexicana competencia de albures, donde lo importante es penetrar simbólicamente al otro), infantes, personas adultas mayores y, sobre todo, mujeres.
Un informante de Christian señala, ilustrativamente, que ya hay pocos lugares donde se puede ser hombre…
te regañan o hasta la cárcel puedes dar, si las ves o les dices directamente que quieres cogerlas, lamentando que ya no está en posibilidades de hacer uso de los cuerpos femeninos a su antojo. Solo resta el espacio prostitucional para consumir tantos cuerpos como se sea capaz de pagar. Así, se mantiene el doble discurso de las urgencias sexuales masculinas y la peligrosidad femenina por ser ellas las portadoras y propagadoras de ITS. El
problema higiénico" que dominó el discurso decimonónico sobre la prostitución, que entonces se centraba en la sífilis, se sigue reciclando en los controles de salubridad y policiacos, en las extorsiones del personal del Estado para vigilar y administrar a las mujeres trabajadoras.
En la actualidad la trata de personas con fines de explotación sexual cobra niveles de espanto: ya en 2010, la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito hacía estimaciones de alrededor de 2.5 millones de personas capturadas, con una cifra negra
de 95 por ciento, con México, Brasil y Colombia encabezando la lista de este delito. De ahí la urgente necesidad de revisar las políticas públicas frente a la prostitución y las concepciones culturales que las condicionan, así como su radio de acción, a veces en antagonismo, según los niveles de gobierno y las siglas partidistas que se encuentran al frente de cada espacio político. Por ello es capital la postura de los gobiernos, su participación, políticas, omisiones y formas de violencia que se despliegan sobre la parte más vulnerable de las relaciones prostitucionales, las trabajadoras sexuales.
Otro gran acierto del texto es el señalamiento de la necesidad de conocer el perfil de los consumidores o prostituyentes. Al designarlos como los grandes ausentes en la intervención sanitaria de los gobiernos
, Christian pone el dedo en la llaga. No puede haber políticas públicas focalizadas en los derechos humanos a la salud, a una vida libre de violencia y de igualdad de género, en tanto no se visibilice el hecho de que mientras haya consumidores, habrá demanda. Por ello, el autor plantea que el debate entre abolicionismo, prohibicionismo o reglamentarismo resulta bizantino si no se analizan: 1) a los consumidores; b) el mercado y las prácticas prostitucionales y la explotación que sufren las trabajadoras; c) las políticas salariales de los empleos decentes
; y d) la carga moral que se asigna a ciertas partes del cuerpo y no a otras, ya que las labores que vinculan los genitales se encuentran politizados, contando con características morales y éticamente controvertidas
.
En consecuencia, es también preciso escuchar las voces
