Cazador de pecadores
Por Ricardo Adame
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Entonces, un ser celestial interviene para reunirlos de nuevo, pero el Cazador de Pecadores trata de impedirlo, eso provoca el enfrentamiento en una pelea épica, donde solo uno es el vencedor.
Vida y muerte se entrecruzan en esta historia de amor, que está llena de acción que atrapa al lector desde el principio, llevándolo al suspenso y a la incertidumbre.
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Cazador de pecadores - Ricardo Adame
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© Ricardo Adame
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1114-627-2
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Un día mi padre dijo:
«Si volviera a nacer…,
comería más helados de los
que he comido».
PRÓLOGO
El 8 de Julio del 2000 fue secuestrada la joven Paola Gallo Delgado, de veinticinco años de edad, en Tepoztlán, Estado de Morelos. A pesar de que se entregó el dinero del rescate, los plagiarios la asesinaron.
La policía intento capturar a los secuestradores cuando recogían el dinero del rescate, pero fracasaron debido a su ineficacia. Su padre, Eduardo Gallo, se dedicó a investigar personalmente, y después de unos meses logró localizar al asesino material, una vez detenido este se mostró arrepentido y, entre otras cosas, declaró: «Me obligaron a dispararle». Una frase y una acción que destruyó la vida de una familia, pero el trasfondo de esta criminal situación está cambiando violentamente la vida de todas las familias de México, prácticamente ya todos hemos sido víctimas de algún delito directa o indirectamente.
Pero esto va más allá porque ahora las preguntas son: ¿cómo les explicamos a nuestros hijos esta terrible violencia? ¿Por qué estamos dejando un país peor de como lo tomamos? A este paso es inminente que nuestros hijos o nietos, en algún instante de sus vidas, sufrirán algún daño por parte del crimen organizado, (porque los malos SÍ se organizan para delinquir, y nosotros NO lo hacemos para defendernos y detenerlos). Tal parece que por ahora eso NO nos importa, para cuando realmente veamos a nuestros hijos sufrir las consecuencias será demasiado tarde, la bola de nieve nos aplastará a todos.
El quinto mandamiento reza «no matarás», en este contexto México es el gran pecador, así que respecto a la ley de Dios ya estamos condenados. Para los demás que nunca hemos matado a alguien, algunos pecamos de corrupción, otros de asociación delictuosa, de traición o robo. Y para algunos que realmente sienten que no han hecho nada malo, la «omisión», el no denunciar un delito, el no hacer que se castigue un delincuente, el no participar en nada, ser apáticos y no defender a la gente buena como a las mujeres y niños también es un pecado. Pocos son los que se salvan, el problema es que por unos cuantos pagaremos todos, porque los acusadores más estrictos y los jueces más severos serán las generaciones venideras, ellos van a vivir en el país que les heredemos y se darán cuenta que NO hicimos lo que teníamos que hacer para evitar la violencia en que nos estamos hundiendo, entonces seguramente nos condenarán al desprecio y al olvido. No seremos recordados con cariño.
¿Y quién tiene la culpa de todo esto? ¿Nuestros políticos? ¿Todos nosotros?
A lo largo de los años nuestro gran país ha sido saqueado de las riquezas naturales y culturales, nuestros políticos y gobernantes han sido históricamente los principales perpetradores, ya sea directamente o dejando que los extranjeros lo hagan a cambio de unas cuantas monedas. No hace falta ser un científico para darnos cuenta que con nuestros propios recursos naturales deberíamos vivir mucho mejor.
Pero ¿qué pasaría si alguien o algo se llevara a la gente mala que vive entre nosotros? Sí, de aquí, de México, este saqueo si nos convendría. A todos nos gusta vivir momentos fuera de la realidad, vivir soñando, pensar que algún día tendremos el mejor auto, la mejor casa, la mejor pareja o dinero suficiente, también soñamos que, si somos buenos algo bueno nos espera siempre, pero si somos malos, estamos conscientes de que algo muy malo nos deparará el destino en esta o en la siguiente vida.
De eso se trata esta historia, los pecadores se encuentran con algo inesperado, algo que no pueden controlar.
Capítulo 1
El deceso
En las afueras del poblado de Lerma, hay una pequeña hacienda construida hacía unos ochenta años llamada Rancho Las Palmas; el lugar estaba deteriorado por falta de mantenimiento, con aspecto de abandono, pero ese era el sitio perfecto para una banda de secuestradores, ellos se habían apropiado del lugar unos años atrás cuando secuestraron a la familia que vivía ahí, los dejaron ir libres y sanos a cambio de la propiedad, y desde entonces era su lugar de reunión, y justo ahora se estaba gestando una tragedia, un hecho delictivo que desencadenaría toda una serie de sucesos que afectarían las vidas de muchas personas.
En el interior tenían secuestrada una mujer, una joven inocente en la plenitud de su vida, la cual estaba a punto de ser apagada por la ambición desmedida de un puñado de delincuentes.
El jefe de la banda, apodado el Capi, ordenó con voz firme casi gritando, a su brazo derecho el Pecas.
—¡Dispara de una vez Pecas! ¡No seas cobarde!
La mano del Pecas ya apuntaba firmemente a la cabeza de la víctima con una pistola, su mano no temblaba, pero el dedo índice se negaba a doblarse sobre el gatillo; no es que dudara para hacerlo, esta vez no quería hacerlo. En realidad, no pensaba que a él le tocaría matar esa noche, ciertamente era capaz de hacerlo, pues tenía la experiencia de haberlo hecho una decena de veces antes, logrando dominar los nervios, y encerrar las imágenes de muerte en un cajón de su cerebro sin permitir abrirlo siquiera un poco. Era inteligente, capaz de resolver problemas de delincuencia bajo presión en cuestión de segundos, así que hoy dormirá tranquilo pase lo que pase.
Su pistola rondaba la nuca de ella, en eso notó que algo brillaba, era un collar de perlas, lo arrancó y de inmediato lo metió en la bolsa de su pantalón antes de que alguien lo reclamara. En esta ocasión, le pesaba el arma un poco más que de costumbre, se sintió incómodo de cumplir la orden, la adrenalina fluía al tope, fríamente buscó en su mente que otra opción podría tener para no disparar esta vez y la encontró. Solo tenía dos o tres segundos para actuar antes de que llegara la tercera orden por parte del jefe, y entonces ya no tendría más opciones. Levantó un poco la mano armada, giró lentamente con todo el cuerpo hacia la derecha, apuntando a cada uno de los cinco presentes. Sorprendidos uno por uno de ellos se vio encañonado, el tercero dio un paso atrás, desconcertado reclamó.
—¡Hey! ¿Qué onda? ¿Qué te pasa? Se te puede salir un tiro.
La mano armada siguió girando hasta detenerse en la quinta persona: un menudito de baja estatura que había guardado un poco su distancia, un tipo bien vestido y bien peinado, que no parecía pertenecer a la banda, su nombre es Eric, y solo estaba presente para ser testigo de este evento. En realidad su trabajo es ser informante, durante toda su vida de burócrata y gestor de impuestos en el ayuntamiento del pueblo, conocía de primera mano quién del pueblo ganaba mucho dinero en sus negocios, entonces se dedicó a vender esa información confidencial a oponentes políticos, y últimamente a organizaciones delictuosas, provocando con esto secuestros, robos y la muerte de varias personas, pero eso no le importaba, ya que el dinero que le redituaba lo hacía más ambicioso y sin remordimiento alguno, pero nunca había participado directamente de algún acto violento, y ahora un arma le apuntaba. Abrió asombrado los ojos, no entendía qué estaba pasando.
—¡Tú! —le habló fuerte el Pecas—. Es hora de que demuestres que eres digno de estar con nosotros, quiero ver que tan hombrecito eres.
—¿Yo? —dijo Eric sonriendo nervioso mirando a los de al lado, pensando en la posibilidad de que solo se tratara de alguna broma.
—¿Yo qué? —balbuceó de nuevo inocentemente.
Los segundos se hicieron eternos, el Pecas seguía firmemente apuntándole a Eric, los demás entendieron la propuesta de que fuera Eric en esta ocasión quien debería ejecutar a la víctima, y en automático todos voltearon a mirar al jefe de la banda: el Capi. Si era una broma o no, a él le tocaba decidir, había dado una orden clara dos veces, por un instante miró al Pecas desafiante, le estaba cuestionando una orden directa, pero la opción no le pareció mal, al final de cuentas no le importaba quién matara a la víctima, había visto matar a todos los integrantes de su banda, de hecho es requisito indispensable para pertenecer a ella. En esta ocasión, era hora de poner a Eric en la máxima prueba de lealtad y compromiso, y de esta manera involucrarlo más al grupo y ya no ser más un integrante externo, así que accedió a la propuesta del Pecas.
—Por mí está bien —dijo el Capi, se encogió de hombros dio media vuelta y salió del cuarto, todos lo vieron alejarse, eso significaba que al jefe no le importaba quien ejecutara la orden, ahora Eric tenía que acatarla, porque el segundo al mando se la estaba dando directamente.
Eric no daba crédito de lo que estaba pasando, el jefe de la banda era su amigo y le estaba dando la espalda. Eric era un cobarde para matar y solo se limitaba a informar, ese era precisamente el trato, en esta ocasión él estaba presente solo para asegurarse de que la víctima muriera, ya que se conocían y con engaños la condujo al secuestro. El rescate ya estaba pagado, no lo que pidieron, pero la familia había llegado a un arreglo con ellos. Pero los delincuentes no tienen palabra de honor, y desde un principio de los hechos Eric había convencido al Capi de liquidarla, ya que una vez libre podría acusarlo, pero matarla personalmente era otra cosa que él no había considerado.
Los delincuentes sonrieron divertidos ante la nueva situación, uno de ellos tomó su arma y la puso en la mano de Eric, este la rechazó, el delincuente le tomó la mano de nuevo, le puso el arma cerrándole el puño sobre ella.
—¡Tómala hermano! —le ordenó, Eric la tomó horrorizado, por un instante pensó en dejarla caer y salir de ahí, el Pecas advirtió su indecisión.
—¡Ni lo pienses! ¡Toma la maldita arma!
Las últimas palabras del Pecas parecieron salir de ultratumba, hasta el tono de voz sonó diferente. Parecía que la orden la había dado el mismísimo demonio, la cara del Pecas se transformó a la de un loco desquiciado, sus ojos brillaban manteniéndolos fijos en los de Eric. A la mayoría de los presentes se le enchinó la piel, nadie se atrevía a moverse ni un centímetro. El momento era tenso y el ambiente se tornó pesado, Eric comenzó a temblar notoriamente y a orinarse en el pantalón, era la orden más terrible que había recibido en su vida, pensó en huir, pero no dudarían en dispararle por la espalda, así que solo le reclamo al Pecas tratando de persuadirlo.
—Yo ya hice mi parte, lo demás no me toca, yo no soy matón.
—¡Me vale! —dijo el Pecas con aire de superioridad y autoridad, el puesto de segundo a bordo dentro de la banda se lo había ganado con creces.
—Conmigo han ganado mucho dinero —reclamó Eric exasperado.
—Precisamente por eso —insistió el Pecas cambiando el tono de voz y de táctica, se acercó a Eric sin dejar de apuntarle con la pistola, apoyó la otra mano en su espalda para empujarlo suavemente hacia la víctima.
—Esta noche seremos más que socios, seremos hermanos de sangre —le susurró.
Para el Pecas era el momento especial al que muchos delincuentes llaman «es como jugar a ser Dios», que es el instante en que deciden quién muere y quién no, y quién mata y quién no. Existen otros momentos como el de la acción de dispararle o dañar a una persona, donde se incluyen otro tipo de sentimientos como los de venganza, coraje o rabia, ambición, placer, de hacerse notar ante la sociedad, o por alguna anomalía mental o por los daños producidos por el consumo de sustancias ilegales. Pero en este momento especial cuando los asesinos son cuestionados «¿por qué lo hiciste?» simplemente responden: «Porque pude hacerlo». A veces no hay una razón específica para dañar a alguien, y en algunos casos ni siquiera es con alguien en específico, simplemente porque pueden romper una regla urbana, o una ley establecida como la que reza el quinto mandamiento: «No mataras».
Los demás integrantes de la banda se miraron entre sí divertidos, era un momento tenso, se podía escuchar el vuelo de un mosquito, la víctima estaba hincada con la cabeza agachada, no había sido golpeada, sobajada ni violada, Eric había pedido como condición respetarla, negocio era negocio y ellos lo habían aceptado así, con el dinero ganado tendrían a las chicas que quisieran, pero dejarla viva era el cabo que Eric no podía permitir dejar suelto.
La víctima es Rosalía y estaba débil por falta de alimento y de sueño; alcanzó a escuchar la orden, un escalofrío recorrió su cansado cuerpo, protestó gimiendo y moviéndose, tratando de voltear a donde estaban las voces, pero estaba amordazada, vendada y atada de pies y manos. Sabía desde el principio que Eric estaba involucrado, lo había escuchado hablar con los maleantes todo el tiempo, y ahora él era su verdugo, no podía creer todo lo que le estaba pasando.
Eric era conocido de la familia de Rosalía desde hace años, trabajaba para ellos en hacer la gestoría de sus negocios, todo lo que tuviera que ver con el fisco y los burócratas, sabían que era un corrupto de primera para evadir impuestos, pero nunca un secuestrador, ella lo invitó a participar de su boda como padrino, en unos meses se casaría con Luis Godoy, quien era un buen hombre, joven, recién egresado de la carrera de Ingeniería, y estaban organizando la fiesta de su vida con lujo de detalles para invitar a todo el pueblo de Lerma, pero eso quedó atrás. Ahora la había engañado al llevarla a un lugar donde podía realizarse la fastuosa boda, le pidió no avisarle a nadie, ya que sería una sorpresa para su novio, pero al llegar a ese lugar los esperaban los delincuentes, la emboscaron y la secuestraron. Ahora estaba viviendo la peor experiencia que una persona podría tener, sintió que sus protestas eran en vano y dejó de moverse, de cualquier forma su muerte sería un descanso a toda esta situación, se resignó a aceptarlo, ella no había hecho mal a nadie y no merecía morir. Hizo una plegaria a Dios encomendando su alma y cerró los ojos esperando el final, en ese momento sintió una paz espiritual, la sensibilidad de sus sentidos se desvanecieron, los dolores de las ataduras y de estar en una posición durante horas
