Armadillo de los infante: Génesis de un pueblo
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Armadillo de los infante - Ramiro Castillo Mancilla
Primera edición,
© 2018, Ramiro Castillo Mancilla
CDMX
ramicasman@yahoo.com.mx
www.tropicodescorpio.com.mx
Fotos: Ramiro Castillo Mancilla y Refugio Chavarría
Portada y formación: Montserrat Zenteno
Cuidado de la edición: Gilda Salinas
Este libro no puede ser reproducido total o parcialmente, por ningún medio impreso, mecánico o electrónico sin el consentimiento de su autor.
ISBN: 978-607-8773-12-1
Prólogo
Ramiro Castillo Mancilla, en la presente génesis, nos ofrece una crónica mágica de su terruño no sólo extraordinariamente documentada, sino con el toque que solo el corazón puede impartir al agradecimiento de una pertenencia física.
Nos pasea a lo largo de cuatrocientos años a través de un personaje que sigue vivo: la parroquia.
Es un vistazo caleidoscópico desde la vida de los nativos huachichiles: sus costumbres, creencias, fauna, flora local, clima y montañas, dialectos, lenguajes… hasta su entrada a la civilización europea y evangelización dentro de la religión impartida por los frailes de diferentes órdenes y su aparente entusiasmo por participar en la cultura europea. Aquí se abre a la polémica cotidiana: los beneficios de la conquista versus la cancelación de la vida de los indígenas… Sin embargo, hay que remitirse a los hechos, a lo que sucedió y de ahí valorar lo positivo de cualquier situación histórica irreversible, como ha sido la conquista y con ella el cambio de vida desde todos los aspectos de los aborígenes y aun de los conquistadores (físico, espiritual y cultural) y sus beneficios.
A través de este viaje histórico, la lectura nos aborda con colores, olores, guisos, y demás costumbres acompañados siempre por la paz que ofrece ese viento suave y misterioso que envuelve cada párrafo.
En los callados atardeceres, caminando por sus callejones empedrados, el silencio permite escuchar el sonido del vuelo de una mosca. Como si anunciara esa destrucción lenta de todas las fibras mortales, mientras se observan los cerros verdes que se asoman como centinelas cuidando su pueblito. Qué bonito es sentir que se apodera de uno esa paz profunda que invade el ambiente, como la sombra que se extiende por la cañada del lugar a la caída del día.
Es un legado para mexicanos y extranjeros, sobre un lugar que pocos conocemos y vale la pena admirar. No se diga sus paisanos, que en muchos casos desconocen sus raíces históricas, esencial para la pertenencia y el orgullo de ser parte de…
Armadillo es otra cosa. Este pueblo está desconectado del mundo exterior y tal parece que quedó atrapado en el pasado. Al llegar a este sitio al visitante lo invade una calma parecida a la que experimenta un fraile al volver a su claustro. Se apodera de él una soberana tranquilidad que lo hace estremecer, sobre todo en las noches de luna, cuando cantan las cigarras entre los jardines de las casas.
Nos llama la atención el grado de escolaridad, longevidad, cultura, respeto y demás valores que ofrece este pueblo encerrado en un ayer y a la vez integrado a la tecnología, sin la pérdida de identidad en la esencia de un armado cuasi perfecto.
Un pueblo casi fantasma, sostenido por un pasado que se mantiene con verdaderos valores en un presente tan volátil.
El personaje central es la parroquia y su transformación a lo largo de esos cuatrocientos años, como ya se ha mencionado, recinto de espiritualidad de cualquier fe, o de la mezcla de la fe indígena con la católica. No soy yo quién para definir el acto, ya que tendría que ir a constatarlo.
Por un lado más, Ramiro nos ofrece una deliciosa lectura en cuanto a su manejo de la palabra escrita, que va fluyendo como un manantial de frescura y repintando nuestra imaginación con sus amables descripciones. No falta la chispa de su agradable sentido del humor y sutil carácter crítico ante la realidad, estampado con su autenticidad en cada palabra que refleja su ética personal.
Escritora Edna Lieberman
Ciudad de México
Presentación
Me nació hacer una historia de Armadillo de los Infante porque de ahí provienen mis raíces y ha sido un pueblo de hombres osados y comprometidos. Unos fueron anónimos y otros no tanto. Pero era necesario desempolvarlos y sacarlos a luz, para que las futuras generaciones sepan de ellos y se sientan orgullosas de su tierra.
He escrito el presente libro en forma de novela histórica, adornándolo con sus paisajes naturales y con un poco de poesía, de imaginación, de buen humor y de espontaneidad, para mostrar la génesis de ese pueblo vetusto y de tradiciones castizas, que llegó a ser y sigue siendo un pueblo sui géneris.
Este no es un libro hecho al vapor, cualquiera que lo lea se dará cuenta de que lleva el sello del rigor metodológico propio de una investigación histórica seria. Por ello y porque es el fruto del trabajo de mucho tiempo se tomó la decisión de redactarlo después de pacientes investigaciones, y siempre se conversó con la gente conocedora del lugar, como los señores León Tristán Saldaña y Eduardo Mascorro, sin sus valiosas opiniones difícilmente se hubiera logrado.
Mi meta siempre fue hacer este libro digerible, ameno y sencillo. No es una novela elitista ni lleva tintes de parafernalia, mucho menos de solemnidad. Esta obra está destinada a todo el mundo, a mi pueblo, a mi gente y a mi raza, con todo respeto.
No aparecen todos los sacerdotes que han dirigido la parroquia, aunque se tengan sus datos, porque desgraciadamente aumentaría mucho el volumen del libro. Por lo que se optó por solo mencionar a los que según nuestro juicio consideramos los más importantes, sin menoscabo de los que quedaron fuera. Sé que ellos comprenderán esta omisión.
Otra cosa que se notará también es que no hablo de políticos ni de política, de ellos no solicité información, con todo respeto para ellos prefiero mantenerme al margen; poner todo lo que ha hecho cada presidente municipal me llevaría, mínimo, un libro por cada uno de ellos. Nada más hay que ver la cantidad de hojas y de tinta que gastan en cada informe de todo lo que hacen, que la verdad me han dejado perplejo. Y me declaro no apto para tal tarea.
Porque como digo, no quiero que este libro sea voluminoso, lleno de nombres y aburrido, y, a final de cuentas, yo ni soy político ni mucho menos pertenezco al gobierno, gracias a Dios.
Para mí, lo más importante de todo es que mis paisanos se identifiquen con el alma que palpita en este libro, es la esencia de los habitantes de un pueblo de abolengo. Porque fue escrito para ellos y de antemano sé que no les disgustará, porque está hecho solo por el placer de hacerlo, sin ningún otro interés, y menos el afán de lucro que hoy en día parece el motor de todo. Yo, por fortuna, no tengo compromisos con nadie y la cuestión económica nunca ha sido mi faro. Porque solo escribo por amor al arte y en ello está mi libertad, que para mí es lo verdaderamente valioso.
I
Un franciscano en tierras huachichiles
Aquella bonita mañana, cinco hombres caminaban hacia la cima de un cerro; uno era religioso y cuatro eran indígenas. Cuando por fin llegaron a la anhelada cumbre, extenuados y sedientos, desde lo alto del lugar observaron con gusto el vasto paisaje que parecía mirarlos con ojos amigos. La sombra de los elevados cerros de enfrente era disipada por el sol matinal, que poco a poco asomaba iluminando el pequeño valle escondido y haciendo que el rocío de la mañana desapareciera para dejar solo una humedad discreta sobre las coníferas y los encinos. Los visitantes tenían una vista luminosa y serena; allá, en la profundidad del mágico paraje, se veía un río apacible que se deslizaba suavemente por el collado en un recorrido silencioso, como serpiente de plata.
El religioso que formaba parte de los cinco era fray Samuel de Mendieta, recientemente se había ordenado sacerdote; paisano de fray Diego de la Magdalena, también español, al cual aventajaba en benevolencia y recogimiento.
Físicamente era alto y delgado, de unos treinta años, de piel blanca, enrojecida por el sol; llevaba la cabeza tapada con la capucha de tela de algodón que formaba parte de su indumentaria. Además, le servía para ocultar la calvicie prematura, pero lo que no podía encubrir era esa mirada serena y brillante de unos ojos claros que todo lo observaban con recato y devoción. Su hábito franciscano, de tela ligera color café, era bastante largo, tanto que casi tapaba su humilde calzado, sin faltar el clásico cordón franciscano de tres nudos; y usaba unos como huaraches cruzados de cuero curtido.
Se hacía acompañar por cuatro indígenas, dos eran de la casta de la tribu huachichil y los otros eran indios tlaxcaltecas procedentes de Mexquitic. Además de servirle de guías, como conocedores de los montes, eran cargadores, y uno de ellos ayudante e intérprete personal. El religioso lo había bautizado con el nombre de Marcelo.
El pequeño grupo continuó el descenso por el empinado lugar, el corazón del fraile se llenaba de gozo al ver más de cerca el enigmático asentamiento huachichil. Frente a él se veían otros cerros cubiertos de retama que lo hicieron recordar los adornos de los nacimientos del Niño Dios, en Navarra, España, porque de allá era originario.
Por fin, después de bajar la alta cuesta con su hábito bastante estropeado por la breña del camino, el grupo se topó con una piedra grande que los invitaba al descanso y no desaprovecharon la ocasión para tomar un pequeño respiro.
Desde ahí ya podían observar con más referencia unos jacales dispersos en el fondo del valle, a ambos lados del río, sin orden y sin acomodo alguno; era evidente que se habían ido construyendo para responder a las necesidades de los lugareños; además carecían de cercas o divisiones entre sí, tal pareciera que todo era comunal.
Al poco tiempo, el pequeño grupo de la expedición ya caminaba por las orillas del río, donde observaron varias plantas pequeñas de árboles frutales: plantitas de manzana, de membrillo, de granada y de aguacate, entre otras. Como si recién las hubieran trasplantado procedentes de algún vivero, estaban protegidas por pequeños cercos de palos para evitar el aplastamiento. A su lado se elevaban unos árboles en verdad altos: mezquites, álamos, pirules, sabinos y encinos; y allá, no lejos de ahí, en una cuesta, vieron un monte lleno de esbeltos pinos que le daban al lugar un aspecto de ensueño tal, que hacían que el corazón suspirara embelesado.
Continuaron caminando rumbo a las chozas y después de atravesar el río, no sin grandes trabajos, la reducida comitiva se abrió paso en la pequeña comunidad. Pero como todo en la vida, cuando las cosas se ven a la distancia se idealizan —igual que cuando uno está lejos y piensa en su hogar embelleciéndolo, y al regresar después de un largo viaje, el desencanto es notorio porque la idea choca con la realidad—. Y ese engaño de la apariencia fue patente en fray Samuel e hizo que su corazón se oprimiera al ver, ya en vivo, la forma tan miserable en que vivían los pobladores del lugar.
De pronto, una parvada de cuervos negros pasó volando sobre los altos mezquites con su clásico graznido; cuar, cuar, cuar, como si anunciaran un mal augurio. El hombre del hábito solo levantó la vista para observarlos bajo un cielo azul y despejado.
Al poco caminar dentro de la comunidad huachichil, observó que todos los niños andaban en cueros, y, de los miserables aborígenes que se encontraban a esa hora de la mañana en la comunidad, solo algunos usaban una especie de burdo taparrabos, al parecer de piel de tejón. Pero la mayoría de los indios andaba con sus vergüenzas al descubierto, así, al aire, como si nada, ofendiendo el pudor del joven religioso.
Las mujeres,
