Tratado de las supersticiones y costumbres gentílicas
Por Hernando Ruiz de Alarcón y Francisco del Paso y Troncoso (Editor)
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Para escribir su libro, Alarcón recorrió el golfo de California y alcanzó el río Colorado. Tuvo contacto con los aborígenes de la zona y compiló abundante información sobre sus prácticas y costumbres guerreras, religiosas e incluso sexuales que aparecieron en el Tratado, publicado en 1629.
La finalidad del tratado era más bien combatir como fiel guardián de la fe y la moral católica, más que catalogar y conocer las costumbres, idolatrías y supersticiones que se practicaban en el territorio de la Nueva España y que subsistían al margen de la obra evangelizadora de los monjes.
Mi intento con esta obra, no es hacer una exquisita pesquisa de las costumbres de los naturales desta Tierra, que requería una obra muy larga y muchas divisiones: y no sé para que fuese hoy provechoso semejante trabajo. Solo pretendo abrir senda a los ministros de los indios, para que entrambos fueros puedan fácilmente venir en conocimiento desta corruptela para que así puedan mejor tratar de su corrección si no del remedio.
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Tratado de las supersticiones y costumbres gentílicas - Hernando Ruiz de Alarcón
Hernando Ruiz de Alarcón
Tratado de las supersticiones
y costumbres gentílicas
que hoy viven entre los indios naturales
de esta Nueva España
Edición de Francisco del Paso y Tronco
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Créditos
Título original: Tratado de las supersticiones.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: info@linkgua.com
Diseño de la colección: Michel Mallard.
ISBN rústica ilustrada: 978-84-9953-567-8.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-645-1.
ISBN ebook: 978-84-9816-960-7.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Sumario
Créditos 4
Brevísima presentación 11
La vida 11
Al ilustrísimo señor don Francisco Manso de Zúñiga 13
Prólogo 17
Tratado I. Preámbulo 19
Capítulo I. Del fundamento de las idolatrías. De la adoración y culto de diferentes cosas en especial del fuego 21
De los brujos nahuales y como puede ser. 21
Capítulo II. De las idolatrías y abusiones y observación de cosas a que atribuyen divinidad, especialmente el ololiuhqui, piciete y el peyote 28
Capítulo III. De la adoración y culto que dan al huauhtli 37
Capítulo IV. De la adoración y sacrificio que hacían en los cerros a los ídolos, y montones de piedras por los caminos que están señalados hasta hoy 38
Capítulo V. De la estación penitencial que hacían los que habitaban en los ríos y vegas 45
Capítulo VI. De la superstición del ololiuhqui 48
Capítulo VII. Del uso y de los inconvenientes que se siguen de la superstición del ololiuhqui 55
Capítulo VIII. De otras supersticiones y abusos de los indios 61
Capítulo IX. De otras supersticiones y abusos que en España llaman ahueros 62
Capítulo X. Del fundamento que tienen los indios para adorar el Sol 65
Tratado II. Supersticiones y conjuros 71
Capítulo I. Creen firmemente en la infalibilidad de sus invocaciones y conjuros 73
Capítulo II. Del encanto que usan para echar sueño 77
Capítulo III. Del conjuro, encanto o invocación para cortar madera 83
Capítulo IV. De los conjuros, encantos y palabras que usan para cargar y caminar 84
Capítulo V. Del conjuro y encanto de los que arman hornos de cal 88
Capítulo VI. Del conjuro y hechicería que usan para cazar y primero el de la volatería 91
Capítulo VII. Del modo de hechicería para buscar colmenas y abejas que es con encantos y conjuros 92
Capítulo VIII. Del encanto y conjuro que se usan para cazar venados con lazos y las grandes supersticiones que en esto envuelven 97
Capítulo IX. De la superstición de los flecheros y conjuros que usan 109
Capítulo X. De los conjuros y palabras que usan para cazar animales de otros géneros 111
Capítulo XI. Conjuro y encanto para que los animales no coman, ni hagan daño en las sementeras 113
Capítulo XII. Conjuro de que usan contra los tejones para que no lleguen ni coman las sementeras 114
Capítulo XIII. Contra las hormigas 115
Capítulo XIV. Del encanto y conjuro de que usan los pescadores de nasas 117
Capítulo XV. Del conjuro de los pescadores de anzuelo 120
Capítulo XVI. Otro conjuro de que usan para el mismo efecto de pescar con anzuelo 122
Capítulo XVII. Del conjuro de que usan los que usan de cercas, y corrales 123
Tratado III. Supersticiones de labradores y sus conjuros 127
Capítulo I. Conjuro para plantar magueyes 129
Capítulo II. De los conjuros para las siembras de otras semillas del maíz 133
Capítulo III. Para otras, siembras 136
Capítulo IV. De otro conjuro para la siembra del maíz 136
Capítulo V. Del conjuro para entrojar el maíz o las semillas en la cosecha 137
Capítulo VI. Otro conjuro para la siembra de calabazas 138
Capítulo VII. Del conjuro para la siembra de los camotes 139
Tratado IV 141
Capítulo I. Del conjuro y palabras que Usan para aplacar enojo 143
Capítulo II. De otro conjuro para atraer y aficionar 145
Capítulo III. De los males y enfermedades que proceden de amores ilícitos 147
Tratado V. De los sortílegos y supersticiones de los indios en materia de suertes 155
Capítulo I 157
Capítulo I. Del sortilegio de las manos 161
Capítulo II. De otro conjuro para echar suertes 172
Capítulo III. Del sortilegio del maíz 175
Capítulo IV. Del sortilegio del maíz en el agua 179
Tratado VI. De los médicos supersticiosos y sus embustes 181
Capítulo I. De los que llaman en la lengua «ticitl» quiere decir medico o adivino 181
Capítulo II. De la cura de los niños que enferman 185
Capítulo III. Del remedio que usan para lo que dicen reconciliar 188
Capítulo IV. Del tratado de las curas supersticiosas, y primero de la cabeza 193
Capítulo V. Cura supersticiosa de los ojos 195
Capítulo VI. Otros modos de curar los ojos 196
Capítulo VII. La cura de los oídos que duelen 199
Capítulo VIII. Cura del dolor de dientes, o muelas 199
Capítulo IX. Cura del dolor debajo del oído, o en la quijada 200
Capítulo X. De la garganta hinchada 201
Capítulo XI. Otro conjuro para el dicho efecto de curar garganta hinchada 202
Capítulo XII. De la superstición en el echar ventosas con el conjuro mágico 203
Capítulo XIII. Cura del dolor de pechos por accidente o por cansanción 205
Capítulo XIV. De lo que usan con los enfermos abiertos de los pechos 207
Capítulo XV. El mismo dolor de pechos en los niños 208
Capítulo XVI. Del conjuro y encanto para sangrar 208
Capítulo XVII. Para atajar la sangre que sale por boca, o por otra parte 212
Capítulo XVIII. Del dolor de vientre o estomago 213
Capítulo XIX. De una ficción de un indio acerca de la cura del vientre 213
Capítulo XX. De otro embuste semejante al referido 218
Capítulo XXI. Conjuro, y superstición de que usan para el dolor de lomos 219
Capítulo XXII. Para quebradura de hueso 221
Otro 221
Otro conjuro para el mismo efecto 222
Capítulo XXIII. Para los dolores en los huesos de las espaldas 225
Capítulo XXIV. Otro conjuro que suele acompañar las punzadas de aguja 226
Capítulo XXV. Para sarpullido, empeines y enfermedades deste género 228
Capítulo XXVI. Del modo de curar otras inflamaciones e hinchazones 231
Capítulo XXVII. La cura de las ciziones o tercianas 231
Capítulo XXVIII. Embuste para el mal de orina 232
Capítulo XXIX. De la cura y embustes para las calenturas 233
Capítulo XXX. Para el dicho mal de calenturas y otras enfermedades 236
Capítulo XXXI. Para el cansancio y dolor del cuerpo 238
Nota 241
Capítulo XXXII. Para contra la herida y ponzoña del alacrán 242
Libros a la carta 249
Brevísima presentación
La vida
Hernando Ruiz de Alarcón (1581-1639), México.
El abuelo de Hernando tuvo problemas con el Santo Oficio por ser judío converso y por haber convivido con una joven india. Se dice que el proceso inquisitorial fue abortado debido a la intervención de Hernán Cazalla. El sentimiento de pertenecer a una familia de herejes aparece en una denuncia contra Gaspar Ruiz de Alarcón (hermano de Hernando y del dramaturgo Pedro Ruiz de Alarcón).
Asimismo el mismo Hernando Ruiz de Alarcón presentó una denuncia ante el Tribunal del Santo Oficio, contra aquéllos que con granos de maíz, o mediante la ingestión de las semillas de la planta llamada «ololiuqui», se entregan a la adivinación en una obsesión, propia de la época, de lavar su sangre judía luchando contra las «supersticiones gentílicas».
Para escribir su libro, Alarcón recorrió el golfo de California y alcanzó el río Colorado. Tuvo contacto con los aborígenes de la zona y compiló abundante información sobre sus prácticas y costumbres guerreras, religiosas e incluso sexuales que aparecieron en el Tratado de las costumbres gentílicas, publicado en 1629.
Al ilustrísimo señor don Francisco Manso de Zúñiga
Del Consejo de su Majestad en el de Indias. Arzobispado de México. El Br. Hernando Ruiz de Alarcón, Beneficiado de Atenanco.
Ilustrísimo señor:
Muchos días ha que se me mando me informase en cuanto pudiese de las costumbres gentílicas, idolatrías, supersticiones con pactos tácitos y expresos que hoy permanecen y se van continuando, y pasando de generación en generación entre los indios, teniendo comisión del ordinario para poder mejor acudir a este cuidado, y poner el remedio que pareciese más conveniente.
Habiendo gastado en esto de cinco años todo el tiempo que me pude desocupar de la obligación de mi beneficio, halle muchas cosas en que se debiera hacer toda la instancia posible para impedirlas.
Y aún, como dicen, se debieran poner cuero y correas para borrarlas, y aún raerlas de la memoria de los hombres. Mas que tanto cuidado halle deste negocio no es mío decirlo. Si bien pienso no me será más contado decir lo que siento sobre que se la causa de haber permanecido, y continuádose tanto tiempo en estos naturales sobre el bautismo las costumbres, y supersticiones gentílicas, y aún algunas que no les eran permitidas en su gentilidad, como es la embriaguez, teniendo esta en su gentilidad pena de muerte.
Y las otras son flaco fundamento que apenas se halla entre sus historias tradición de sus falsos dioses, así porque ellos no sabían escribir, como porque aún de como hayan, venido a poblar a esta Tierra ni por donde, no se ha podido hallar claridad de todo punto, con que la religión y devoción de sus Dioses, tuvo pocas o ningunas raíces, y la embriaguez como al presente por nuestros pecados corre entre ellos es tan perjudicial y cruel enemigo de las costumbres Cristianas. Que es hoy el mayor de sus vicios, la total destrucción de la salud de sus cuerpos, y consiguientemente el suficiente y principal estorbo de su conservación y aumento.
Y aunque se me ofrece la objeción de que pues no se ha podido impedir lo menos, tampoco se podrá quitar lo más, cual es la idolatría respecto de la embriaguez, respondo que tarde o nunca tratara del remedio del vicio oculto; el que no se lastima del pecado manifiesto; siéndolo tanto la embriaguez, que ella misma se publica, y aún prueba, y da a manosear que es y ha sido la total causa de acabarse los indios. Conque allende el obviar el gran daño de sus almas; están en muy grande obligación los ministros del remedio por la conservación y aumento de sus cuerpos.
Vuelvo al propósito: estando este negocio en este estado sobrevino vuestra Illma. a esta ciudad a pastorear este ganado roñoso, y con la vigilancia pastoral de tan gran prelado, diligenciando la mejora de su rebaño se informo de sus daños, y hallando no ser de los menores el que estaba a mi cargo, me mandó reducir a un cuaderno lo que desta materia tuviese advertido; cosa que yo pudiera y aún debiera excusar así por la poca sobra de tiempo con la excesiva y trabajosa ocupación de mi beneficio, como por mi corto talento, poca o ninguna experiencia de escribir, y especialmente de materia en que no me puedo valer de vivos, ni de muertos: porque della no se halla hoy palabra escrita. Y los que viven no me pueden ayudar, o no quieren.
Porque los que lo desean no tienen suficiente noticia desta materia, y los que la tienen son delincuentes en ella, y, o no la quieren manifestar, o ya cogidos en el hecho ocultan en el todo lo que pueden; y lo que entre los tales se halla escrito desta materia, es todo en lenguaje dificultoso, y casi ininteligible, así porque el demonio su inventor con la dificultad del lenguaje que se halla en todos los conjuros invocaciones y encantos afecta su veneración y estima, como porque el lenguaje cuanto más figuras y tropos tuviere tanto es más difícil de entender, y el que refiero no es otra cosa que una continuación de metáforas, no solo en los verbos, sino aún en los nombres sustantivos y adjetivos, y tal vez pasa a una continuada alegoría.
Todas estas dificultades, que en la ejecución se experimentan mayores, venció en mí el considerar, lo primero: que lo que en esta obra se hallase errado lleva consigo el cierto y suficiente descargo de haberse hecho por obediencia; lo otro: que aunque errada podría aprovechar para el fin que por ella se pretende.
Que cierto lastima ver que la generación tan numerosa, que tan fácilmente desecho la gentilidad e idolatría, se haya acabado casi de todo punto antes de ser bastantemente instruida en la religión Cristiana, cuya causa pienso ser (dada la parte que le cabe a su acostumbrada embriaguez, y a sus resultas) el haber los ministros entrado tarde en las lenguas de los feligreses por su diversidad, y dificultad, pues aún hoy algunas de todo punto se ignoran.
Lo segundo: haberse reducido mucho más tarde los indios a congregaciones donde sus vicios más fácilmente se advierten. Y más de ordinario vieran, y comunicaran al ministro de doctrina lo que siéndoles permitido rehúsan cuanto pueden: lo último y de mayor consideración, es la poca comunicación, breve asistencia y fácil mudanza de los ministros de doctrina.
Porque el ministro que por cualquier razón no es perpetuo, tiene mucho peligro de ser o parecer mercenario y no pastor, y más si el tal administra por tercera persona; pues si en dos o tres años mudados, y tres o más sustitutos, que cuando al fin dello; dejan la doctrina los tales sustitutos y el que los pone, no solo no han conocido las costumbres y necesidades de sus feligreses, pero ni aún sus nombres.
Largo he sido señor ilustrísimo: no he podido excusarlo con quien por su santo celo lo desea, y por su oficio te toca informarse de todo lo que puede aprovechar en esta materia, que cuanto más se entendiere, tanto mejor se podrá remediar el daño, pues lo principal de la cura, es conocer la enfermedad.
Nuestro Señor guarde vuestra ilustrísima, para remedio y amparo deste Reino.
Br. Hernando Ruiz de Alarcón
Prólogo
Al Tratado de las supersticiones y costumbres gentílicas que hoy viven entre los indios naturales de esta Nueva España, escrito en México, año de 1629
Intento con esta obra, no es hacer una exquisita pesquisa de las costumbres de los naturales desta Tierra, que requería una obra muy larga y muchas divisiones: y no se para que fuese hoy provechoso semejante trabajo. Solo pretendo abrir senda a los ministros de indios, para que en entrambos fueros puedan fácilmente venir en conocimiento desta corruptela para que así puedan mejor tratar de su corrección, si no del remedio.
Porque advertidos de lo que aquí hallaran escrito; atendiendo con cuidado a las palabras así de los conjuros, invocaciones y encantos, que aquí se refieren, como a los requisitos que suelen prevenir, acompañar, y seguir semejantes obras, podrán cotejar lo que a los indios oyeren, en entrambos fueros para seguir por el hilo el ovillo, y descubrir tierra donde tantos nublados tiende el enemigo y con tanto cuidado, tan en su daño, sustentan y conservan estos desdichados, para que no se descubran semejantes engaños.
Y aunque los que no tienen noticia de la lengua mexicana, se aprovecharan poco deste trabajo, no te escribo para los que no, son o deberían no ser ministros de indios. A los que suficientes se ocupan en este ministerio suplico que siguiéndose de lo que aquí hallaren provechoso, y acertado, perdonen lo poco corregido, y errado.
Y si en la traducción les disonaren algunas cláusulas, y el lenguaje, adviertan que en ellas procuré conformarme cuanto pude a la letra y frases de los indios en especial de aquellos, que eran ejecutores destas supersticiones. Quiera nuestro Señor que esta obra aproveche como deseo para mayor honra y gloria suya. Amén.
Br. Hernando Ruiz de Alarcón.
Tratado I. Preámbulo
Capítulo I. Del fundamento de las idolatrías. De la adoración y culto de diferentes cosas en especial del fuego
De los brujos nahuales y como puede ser.
Es tanta la ignorancia o simplicidad de casi todos los indios, y no digo de todos, porque no he corrido toda la tierra, pero poca diferencia debe de haber; que según se entiende todos son facilísimos en persuadirse lo que les quisieren dar a creer. Así que por su ignorancia tenían, y tienen tan varios Dioses, y modos de adoración tan diferentes, que venido a averiguar el fundamento, y lo que son todos hallamos tan poco de que echan mano como si quisiésemos apretar en el puño el humo o el viento.
Lo cierto es que las más o casi todas las adoraciones actuales, o acciones idolátricas, que ahora hallamos, y a lo que podemos juzgar, son las mismas que acostumbraban sus antepasados, tienen su raíz y fundamento formal en tener ellos fe que las nubes son Ángeles y dioses, capaces de adoración, y lo mismo juzgan de los vientos, por lo cual creen que en todas las partes de la tierra habitan como en las lomas, montes, valles, y quebradas. Lo mismo creen de los ríos, lagunas, y manantiales, pues a todo lo dicho ofrecen cera y incienso, y a lo que más veneración dan y casi todos tienen por dios, es el fuego como se vera en el tratado de la idolatría.
Es de advertir que casi todas las veces que se mueven a ofrecer sacrificio a sus imaginados dioses, nace de mandarlo, y ordenarlo así algunos sátrapas, medico, sortilegio o adivino, de los otros indios, fundándose los más de ellos en sus sortilegios, o en lo que se les antoja desatinados de la bebida de lo que llaman ololiuhqui, o Pezote, o Tabaco, como se declara en su lugar.
Para más claridad entraré en este tratado por lo que hacían con el hombre desde el punto que nacía prosiguiendo con él hasta su fin y muerte. Es con tanto exceso la veneración y honra que todos los indios hacen al fuego, que al punto que nacen se enredan en esta superstición.
Pónenlo en el aposento de la parida, y allí lo van fomentando, sin que del se saque una brasa hasta el cuarto día, porque creen que si antes sacasen del fuego
