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Libro electrónico415 páginas5 horas

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Reseña premiada de Publicaciones Weekly: “¡Un rayo de sol estival! Jill Barnett ha elaborado otro encantador cuento lleno con diálogo, pleno de humor y una pizca de magia.”  

La mayoría de las chicas inglesas conocen al deseo de sus corazones en medio de un atestado salón de baile o en un distinguido salón, Letitia Olive Hornsby encuentra el suyo cuando lo noquea en un río. Una vándala de cabello rizado y ojos azules de sólo once años, ella decide aún en ese entonces que Richard, el deslumbrante, apuesto, y totalmente poco respetable hijo del Earl de Downe, es el caballero blanco de sus sueños.

Richard espera que su vida sea aburrida y apacible una vez que esté en casa, pero tras un encuentro fortuito con la entrometida Letty y su detestable perro Gus, él descubre que no hay descanso para el impío. Pronto se encuentra a sí mismo cautivo a bordo de un barco de contrabandistas con una adorable jovencita que es una catástrofe andante… y con su enorme perro zopenco.

Sin perder ni un latido, ella los mete en un predicamento hilarante tras otro antes que Richard se dé cuenta que ella podría ser la única mujer que puede salvar su alma negra, con una fe en él que es lo bastante brillante para quemar las sombras del corazón más oscuro. Si él puede sobrevivir…

IdiomaEspañol
EditorialBadPress
Fecha de lanzamiento28 oct 2020
ISBN9781071572962
Soñar
Autor

Jill Barnett

Jill Barnett is an international bestselling author with over 8 million of her books in print. Her work has been published in 23 languages, audio, national and international book clubs, hardcover and large print editions, and has earned her a place on such bestseller lists as the New York Times, USA Today, the Washington Post, and Publishers Weekly. Look for her new historical series in 2016

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    Soñar - Jill Barnett

    Las Novelas de Jill Barnett

    MY SOMETHING WONDERFUL

    WICKED

    WILD

    WONDERFUL

    BEWITCHING

    DREAMING

    IMAGINE

    CARRIED AWAY

    JUST A KISS AWAY

    THE HEART'S HAVEN

    A KNIGHT IN TARNISHED ARMOR

    SAVING GRACE

    DANIEL AND THE ANGEL

    ELEANOR'S HERO

    MY LUCKY PENNY

    SENTIMENTAL JOURNEY

    THE DAYS OF SUMMER

    BRIDGE TO HAPPINESS

    Visite Jill en www.jillbarnettbooks.com

    Soñar

    Por

    Jill Barnett

    ––––––––

    Jill Barnett Books

    Prólogo

    Londres, Inglaterra, 1813

    Ella creía en sueños, pero esta noche se estaba convirtiendo rápidamente en una pesadilla. Sola en una pequeña alcoba del salón atestado, Letty Hornsby observaba a la crema de la sociedad Inglesa plagar la pista de baile para otra pieza. Desbordando en plumas y atavíos, ellos reían y danzaban, coqueteaban y se abanicaban, todo el acompañamiento de una orquesta de cuerdas y vientos.

    Petimetres ansiosos revoloteaban en derredor del bouquet de esta temporada de féminas frescas como mariposas en busca del más rico néctar. Ellos se movían entre el gentío, haciendo reverencias y llenando tarjetas de baile, discutiendo en estilo caballeresco sobre quién lograría un atesorado vals de la Incomparable de esta temporada.

    Su primer baile de su primera temporada. Sin embargo ella nunca se había sentido tan sola y tan lejos de casa. Ella había querido que su padre estuviera con ella, pero esa mañana tantos meses atrás cuando ellos habían hablado por primera vez de su presentación en sociedad, él había levantado la cabeza desde detrás del último fascículo del Antigüedades Romanas y dijo que él había dejado muy atrás los bailes y los placeres de la temporada. A ella le iría mucho mejor con la tía de su madre brindando su presentación.

    Sin embargo, Tía Rosalynde no la había presentado a nadie excepto a la anfitriona, después había llevado a Letty a este lado del salón mientras ella se escabulló para escuchar los últimos chismes, dejando a Letty que se las arreglara por su cuenta en un salón de baile lleno de extraños.

    Ella podría estar de pie en un rincón solitario, pero en su mente ella daba vueltas y vueltas con la música. Debajo de la larga falda de su vestido de gasa, oculto debajo de una enagua y camisolín de satin, ella golpeteaba un dedo de los pies envueltos en zapatillas de seda, con una danza campestre. Cerró los ojos e imaginó que estaba bailando y riendo y sonriendo, la más bella del baile, la princesa que ella siempre había soñado que sería, con largo cabello tiziano fluyendo, y una aún más larga fila de admiradores esperando bailar con ella.

    La música cesó, el baile terminó, y también lo hizo su ensoñación. Ella suspiró por lo que deseaba que sucediera y abrió los ojos para encarar la triste realidad. Ella no era una princesa de cabello tiziano y la más bella del baile. Ella era Letitia Hornsby, con cabello castaño claro, largo y rizado como el rabo de un pug, y estaba parada en un rincón en su primer baile, sola y olvidada.

    Cerca de ahí, la risa alegre de una chica repercutía en el aire. Intrigada, Letty dio un par de pasos fuera de las sombras, dejando una alta estatua de mármol de Cupido sola en su alcoba. Estar de pie junto a este ícono del romance había hecho poco para mejorar su situación.

    La risa sonó otra vez. Ella observó a una chica preciosa de cabello rubio abrir de un golpecito su abanico, agitarlo juguetonamente, y luego, faldas en mano, hundirse en una profunda reverencia ante un grupo de jovencitos adoradores. Ella agitó sus pestañas levemente, después les sonrió a sus admiradores, quienes se peleaban entre ellos para ofrecerle una mano para incorporarse.

    La chica se negó ante todos, luego se levantó tan suavemente que incluso Letty sintió la urgencia de aplaudir. Los hombres sí aplaudieron y discutieron sobre quién guiaría a la divina y graciosa señorita en la próxima pieza.

    Letty deseó que ella conociera a la chica, entonces tal vez ella podría pedirle que compartiera. Un baile era todo lo que ella deseaba. Sólo uno.

    Como en respuesta a su deseo, un joven de cabello oscuro se apartó de la multitud y examinó el salón, buscando hasta que su mirada se detuvo en ella. La mirada de él cambió a una de decidido interés.

    Cada músculo en su cuerpo se tensó en anticipación.

    Él lentamente, con toda intención, caminó hacia ella.

    ¡Oh, ahora sí! El aliento se le quedó atrapado en el pecho y ella oró que no hiciera algo vergonzoso, como romper en lágrimas o desmayarse, especialmente antes que él la alcanzara.

    Debajo de su vestido ella pudo sentir su piel sudando lágrimas nerviosas propias. Ella supuso que debería haberse abanicado a sí misma – había hecho un intento por aprender el arte de abanicar – pero en ese momento su abanico colgaba inútilmente de la flecha de Cupido.

    Con cada paso que el petimetre daba, el corazón de Letty latía fuertemente en sus oídos. En un destello de sofisticación ella imaginó que era un redoble de tambor señalando el jovial momento que ella había estado esperando. Bailar. ¡Oh, finalmente bailar!

    Los violines cantaron una introducción a la próxima pieza. Él estaba casi allí. Sin darse cuenta que lo había hecho, ella dio un paso hacia él y trastabilló, luego sintió el guante de él en su brazo mientras él la estabilizaba. Ella levantó la mirada hasta el rostro de él y le sonrió su gratitud.

    Le ruego me perdone, señorita. Su voz era un sonido tan acogedor tras nada de conversación por dos horas. Pero ni la mitad de acogedor de lo que él mismo era.

    Todavía sonriendo un gracias, ella levantó su mano izquierda, su tarjeta de baile pendiendo de ésta por un listón de seda rosado.

    Discúlpeme, repitió él.

    Fue mi culpa, dijo ella en un arrebato nervioso. Pisé mi dobladillo. Es un poco largo, usted sabe. Le dije a Tía Rosalynde – ella es una Hollingsworth, ¿de los Exeter Hollingsworths? Le dije que era demasiado largo, pero ella no quiso escuchar, sólo me dijo que me callara porque yo cotorreo demasiado y que la dejara manejar todo dado que ella sabía qué hacer.

    Letty tomó un muy necesitado respiro y levantó su mano con la tarjeta de baile un poquito más alto. Ahora, parada a centímetros de él, ella esperaba la pregunta que había estado esperando toda la velada.

    Le ruego me perdone, Señorita Hollingsworth—

    La sonrisa de ella brilló con pura felicidad. Oh, no soy la Señorita Hollingsworth. Soy la Señorita Hornsby.

    Parándose más rígidamente, él dijo, Señorita Hornsby. Él hizo un breve asentimiento. Necesito pasar. Su voz era cortante.

    ¿Pasar? Letty lo miró a los ojos y frunció el ceño. Él estaba mirando por encima del hombro de ella.

    Con una funesta sensación de temor, ella siguió la mirada ávida de él. Él no estaba mirándola a ella, sino a una chica de cabello negro que estaba parada detrás de ella.

    Letty se volvió hacia él y soltó, ¿Usted la quiere a ella?

    La mirada de él se volvió dura como piedra.

    Él no había querido a Letty.

    Ella se recuperó rápidamente y se apartó de su camino. Excúseme. Su voz era tan callada que apenas pudo oírla ella misma. Para ocultar su humillación, ella desvió los ojos. Podía sentirlos llenos de humedad, y en cuestión de segundos las pequeñas rosetas que decoraban su dobladillo se veían como nada más que algo rosado borroso.

    La orquesta comenzó nuevamente con Letty todavía parada allí, con la vista baja, tomando profundas inspiraciones temblorosas, y buscando desesperadamente la fortaleza de soportar esta larga noche completamente sola.

    Habría muchos más bailes y derrotas, un pensamiento que no hacía nada para mejorar el nudo en su estómago. En todo caso, el pensamiento de más noches como ésta la hacía aún más nauseosa.

    Quizás era mejor que estuviera sola. Ella no pensaba que pudiera hablarle a alguien en ese momento y no hacer una completa tonta de sí misma al sollozar incontrolablemente sobre su hombro.

    Tomó una fortificante inhalación más, luego otra, y volvió a levantar la mirada, hacia los bailarines en la pista de baile, mirándolos con el mismo hambre embelesado de un huérfano mirando a una familia celebrar Navidad.

    En segundos, ella se halló a sí misma mirando al jovenzuelo y la chica de su elección. El cabello oscuro de ambos atrapaba el rayo dorado de luz de los cientos de velas ardiendo en lo alto sobre ellos. Había una cualidad mágica en el modo en que se deslizaban y giraban en los intrincados pasos de la danza.

    Después de un giro Letty se encontró con la mirada de la chica, y ella fervientemente deseó que el piso simplemente se abriera y la tragara. Había lástima en los ojos de la chica. Lástima.

    Mordiéndose los labios, ella se volteó rápidamente, necesitando algún lugar donde irse. Echó un vistazo a las puertas de la terraza, pero todavía estaba lloviendo a cántaros afuera. Mentón en alto y hombros hacia atrás, ella tomó su abanico de Cupido y caminó hacia la mesa de refrescos con lo que ella esperaba que fuera la cantidad correcta de garbo.

    Una vez cerca de la mesa ella sólo se quedó parada allí, no queriendo ser desmañada y tomar su propia copa.  Su tía había machacado las reglas de etiqueta en su cabeza hasta que ella pudo repetirlas en su sueño: Una jovencita siempre espera que un caballero la ayude a bajar de un carruaje. Una jovencita siempre espera que un caballero abra la puerta. Una jovencita siempre espera que un caballero le sirva. Le parecía a Letty que el único propósito de una jovencita en la vida era esperar que un caballero le leyera la mente.

    Un joven caminó hacia la mesa. Un momento después él se dio vuelta, una copa de limonada en cada mano.

    Letty miró las copas, luego encontró la mirada de él con una sonrisa.

    Él le devolvió la sonrisa. Y se fue.

    Aparentemente, él no leía la mente.

    Ella golpeteó sus dedos impacientemente en su abanico de marfil y se volteó hacia la mesa. Copas de limonada estaban alineadas como guardias de palacio en prolijas filas de regimiento. Ella se preguntó qué cosa fatal sucedería si ella sólo se inclinara y tomara su propia bebida.

    Echó un vistazo casual hacia la pared donde las chaperonas de turbante estaban sentadas chismorreando y especulando. Referido por muchos como el nido de viejas cuervo, era desde ese ilustre rincón que la vista de un movimiento erróneo, un faux pas (bochorno), podría arruinar a una chica.

    Dejando caer casualmente su abanico encima del mantel, Letty caminó tranquilamente alrededor de la mesa hasta que estuvo segura que su persona bloqueaba la vista de aquellas. Con la punta del abanico, ella encubiertamente empujó una copa hacia el borde de la mesa, donde, con apenas la velocidad correcta de movimiento, ella pudo atrapar la copa sin que ellas la vieran.

    Una respiración honda, y muy lentamente deslizó su mano hacia la mesa.

    Más cerca.

    Y más cerca.

    Y más cerca.

    ¿Tienes sed, vándala?

    Ella se quedó sin aliento y retrajo su mano de un tirón. Había sólo una persona que la llamaba vándala. Había solo una persona con esa voz. El sonido de ésta siempre la hacía sentir como si hubiera bebido un pote entero de chocolate caliente. Tibia. Dulce, y un poquito pecaminosa.

    Se dio vuelta con un susurrado, Richard... Y levantó la mirada hacia el rostro del Earl de Downe, el hombre al que ella había amado desde que tenía memoria.

    Él estaba de pie bajo la luz de las velas, su cabello rubio oscuro húmedo con gotas de lluvia que resplandecían y destellaban y hacían parecer como si él le hubiera sido entregado a ella en una nube de estrellas. Él tomó una copa de limonada y se la ofreció. Ella se quedó allí paralizada, sin advertir que su corazón estaba en sus ojos.

    ¿Vas a tomar esto o hacerme quedar parado aquí toda la noche? Él levantó la copa hasta que estuvo al nivel de sus ojos y la miró, divertido.

    Gracias, mi lord, dijo ella en un graznido a medias, luego tomó la copa y la levantó hasta sus labios y se bebió el contenido entero en dos tragos gigantes. Ella miró fijamente la copa vacía, buscando algo brillante y sagaz para decir.

    Pero antes que ella pudiera abrir la boca él se había estirado e inclinó hacia arriba la tarjeta de baile de ella. Fue todo lo que ella pudo hacer para no alejar su mano de un tirón antes que él viera el humillante hecho de que su tarjeta estaba vacía.

    La cara de él era ilegible, pero él pareció observarla por el lapso más extenso. Entonces, igual que él había hecho en mil sueños de ella, él escribió su propio nombre en un garabateo grande, masculino, en la tarjeta. Él soltó la tarjeta y extendió su mano.

    Ella sólo la miró fijamente.

    Creo que este baile es mío.

    Ella enfrentó la mirada de él. Fue todo lo que pudo hacer para no arrojarse a sí misma en sus brazos y sollozar su agradecimiento. Por una vez en su vida, por una vez en compañía de Richard Lennox, ella hizo lo que era apropiado. Colocó su mano en la de él, y sintió un pequeño palpitar en lo profundo de sí. Tras media reverencia, ella le permitió que la guiara a la pista de baile, rezándole a Dios que no se cayera de bruces y arruinara todo.

    La música llenó sus oídos con notas más adorables de lo que Mozart jamás escribió. Ella se movía lentamente, sintiendo como si estuviera en uno de sus más encantadores sueños.

    Él le tocó la otra mano y ella casi gritó, tan aguda fue su reacción hacia él. Como alguien  cuyo corazón acababa de alzar el vuelo, cada sensación en su joven cuerpo se volvió instantáneamente viva. El aire se tornó táctil, la luz de velas era tibia como un abrazo. Cada aliento que exhalaba era miel, cada nota de música el más dulce de los sonidos.

    En menos tiempo de lo que le tomaba caer a una lágrima, ella estaba bailando. Con Richard. Ella no podía hacer que sus ojos lo miraran, y estaba tan nerviosa que tuvo que concentrarse en sus pasos.

    Contaste mal, vándala.

    Ella trastabilló, pero él la sacó en un giro, un brazo fuerte manteniéndola firme. Levantó la vista hacia él, entonces – medio avergonzada, medio agradecida, completamente embelesada – y susurró, ¿Cómo supo?

    Él se inclinó ligeramente y le susurró al oído, Tus labios se están moviendo.

    Ella se sonrojó, roja y acalorada, tan nerviosa que fue en la dirección equivocada, arrojando a la línea entera de bailarines fuera. Para cuando ella había encontrado su camino de regreso hacia él, él estaba haciendo un serio esfuerzo por ocultar su diversión.

    Nadie más lo hizo. Ella agachó la cabeza para evitar ver sus caras burlonas, y en el siguiente giro su abanico se enganchó en el dobladillo de la chaqueta de terciopelo de él. Acoplado al faldón de él, ella fue forzada a seguirlo en la línea de caballeros danzando mientras trataba de liberar su abanico.

    Ella le pisó un pie tres veces durante el resto de la pieza. Pero al menos no se cayó. La próxima vez que ella rezara por algo, tendría que recordar ser más específica.

    Diez minutos después que ellos habían comenzado, la música, tristemente, se detuvo. Ojos cerrados, corazón latiendo fuertemente, ella terminó en una profunda reverencia. Muy pronto, demasiado pronto. Ella no se dio cuenta que había estado conteniendo el aliento hasta que lo soltó.

    En completo silencio, él la guió desde la pista hacia la alcoba de Cupido. Ella se dio vuelta, le agradeció, luego añadió calladamente, Lamento lo de su pie, mi lord.

    Él no dijo palabra. Su cara llevaba el mismo aire de indiferencia casual que siempre tenía últimamente, y ella se preguntó qué estaba pensando él cuando se veía así. Vagamente lo escuchó expresar su placer antes que él hiciera un rápido saludo inclinándose y se alejara.

    La mirada de ella se centró en la amplia espalda de él, ataviado en una chaqueta de terciopelo verde oscuro que hacía juego con el profundo color de sus ojos. Aún cuando él se había unido a un grupo de hombres en el lado opuesto del salón, ella no pudo obligarse a sí misma a mirar a otro lado. Los amigos de él le palmeaban la espalda y se quedaron allí hablando y riendo. Ni una vez él le dirigió otra mirada, pero a ella no le importaba porque él había bailado con ella.

    Su mente en castillos en las nubes, ella se recostó hacia atrás contra la pared y miró a la nada. Si, por lo que quedaba de la temporada, ella nunca bailaba otra vez, no importaría, porque Richard Lennox, recientemente Earl de Downe, el centro de sus sueños y el objeto de su afecto por seis largos años, había de hecho bailado con ella. En un baile. ¡Delante de todos!

    Ella miró al Cupido, colocado sobre un pedestal, su flecha apuntando. Luego miró fijamente hacia abajo a su tarjeta de baile por el lapso más extenso, mirando la firma de Richard como si esperara que ésta desapareciera, que se desvaneciera como tantos de sus sueños habían hecho en la cruel luz de la mañana. Pasó sus dedos sobre la escritura. Pero ésta no se borró.

    El nombre de él, intenso y oscuro, le devolvía la mirada. Ella supo entonces que no había sido un sueño. Había sido real.

    Tomó aire profundamente. La esencia de él persistía en derredor suyo. Ella aún podía sentir la calidez de su mano tocando la de ella, todavía veía su rostro mirando al suyo, aún escuchaba esa voz chocolatada.

    Todavía podía sentir el cosquilleo del agarre de él en su cintura como si la hubiera marcado. Ella miró su propia mano, la que fue tocada por la mano de él, y se preguntó si ella alguna vez podría atreverse a lavarla. Su mente tuvo un destello con el pensamiento impulsivo de la juventud de que nada excepto limonada volvería a tocar sus labios jamás.

    Muy lentamente, ella desató el listón rosado que rodeaba su muñeca. Con un enorme suspiro, aferró la tarjeta de baile a su corazón. Y por el rabillo del ojo, ella podría haber jurado que vio a Cupido guiñarle un ojo.

    Capítulo 1

    Devon, Inglaterra, 1815

    El Earl de Downe era conocido por su equitación – lo cual era afortunado porque era más difícil que el infierno mantenerse sobre un caballo cuando uno estaba borracho. Era aún más duro de noche, y esta noche estaba más oscura que el pasado de un libertino.

    Pero Richard Lennox y su monta conocían estos páramos húmedos. A través de los años, ellos habían cabalgado como demonios a los riscos y a la pequeña caleta debajo, donde él había hallado solaz de una casa que nunca había sido un hogar.

    Él cabalgaba por esos páramos ahora, lejos de su finca, hasta que no pudo sentir el sabor del aire rancio del pasado, sólo la esencia salobre del mar. Él podía respirar nuevamente.

    Caballo y jinete disminuyeron la marcha mientras se acercaban a los acantilados, y Richard se relajó. Dos años atrás, las cosas habían sido diferentes justo a esta costa. Inglaterra había estado en guerra con Francia. Sin embargo ahora todo parecía tranquilo en el Canal. Nada de mares barridos por tempestades, nada de nubes oscuras, nada de armada Francesa cerniéndose desde la costa de enfrente, ni la vista frecuente del bloqueo de naves Británicas zigzagueando por el agua.

    Hasta hace un mes atrás, él, como cualquier otro, había pensado que la guerra se había terminado. Entonces Napoleón se escapó a Elba. Los rumores más recientes hablaban del Emperador marchando por la campiña Francesa en una campaña para reunir apoyo.

    Richard oteaba el Canal hasta que cayó en la cuenta de que se estaba comportando como un soñador idiota que imaginaba que podía ver lo que estaba sucediendo en la otra costa.

    Él sólo veía negro, una expansion de aguas oscuras y el cielo nocturno. Era ese momento del mes cuando la luna se volvía cobarde y su reverso era todo lo que uno podía ver. Una luna de contrabandistas.

    Sacudió la cabeza con burla y guió a su montura junto al acantilado. Lunas de contrabandistas y ejércitos franceses. Él debía estar jodidamente ebrio, balbuceando como uno de esos pescadores supersticiosos de la aldea. Él soltó una risa sin humor. Soñadores y tontos, todos ellos.

    Miró fijamente los riscos del sur, donde las luces refulgían débilmente desde la finca vecina Hornsby. Un instante después su mente tuvo un destello con la imagen del rostro de la joven enmarcado en una melena salvaje de cabello castaño rizado.

    Letitia Hornsby.

    Dios... ése sí que era un pensamiento. Él palideció ligeramente e hizo rodar sus hombros, el mismo hombro que ella había dislocado accidentalmente. Instintivamente su mano se alzó hasta su ojo derecho, el que ella una vez había dejado negro con una bola de cricket. Su pie se estremeció como si repentinamente recordara el dolor que ella le había infligido bailando sobre éste, y más recientemente cuando ella le había pasado por encima con su calesa. Tras ese incidente él había sido forzado a usar un bastón por dos meses.

    Apoyándose sobre el pomo de su montura, él observó las luces de la mansión y se preguntó si ella estaba siendo rústica en una de esas habitaciones iluminadas. Tan pronto como la noció cruzó su mente él sintió una ponderosa urgencia, instintiva y de auto preservación, de poner un vasto número de millas entre ellos.

    No, pensó. Millas no. Continentes.

    La vándala Hornsby – su recompensa por cada negro pecado que él había cometido jamás. La temporada de ella en Londres había sido una de las más desastrosas en la historia reciente, y su infatigable infatuación con él había tenido en parte la culpa.

    Tan vívidamente como si fuera ayer, él podía verla de pie en un rincón durante el primer baile de la temporada, tratando de verse cómoda y fallando miserablemente.

    La galantería era uno de esos atributos morales que Richard usualmente esquivaba. Con buena razón. Ser galante, civilizado o moral no había encendido algún reconocimiento en su padre. En años de rebelión, él había adquirido cierta experiencia en incendio patrimonial.

    Pero la noche de ese baile, le había pedido a la vándala que bailara con él. El motivo por sus acciones aún se le escapaba. La lógica había dictado naturalmente que, para la edad de diecisiete, la muchachita habría madurado de su infatuación de la infancia por él. Pero no lo había hecho. En todo caso, ese único baile sólo había empeorado las cosas. Cada vez que se encontraban, en cualquier evento social al que ambos atendían, alguna catástrofe sucedía.

    No tomó mucho tiempo hasta que las llegaran las noticias maliciosas del destierro de ella con solo media temporada hecha. La sociedad pensaba que ella era un chiste y se habían reído cruelmente. Él recordaba la breve punzada de culpa que él había experimentado cuando, en un evento fortuito, había sido él, el objeto de sus no deseados afectos, quien había ganado dos mil libras en una apuesta insípida en la fecha exacta de la fallida temporada de ella.

    Él quitó la mirada de las luces de la mansión justo cuando el grito de un hombre, insólitamente alto en el silencio, hizo eco desde los acantilados detrás de él. Volteándose súbitamente, él enfrentó el sonido e hizo una pausa por un instante, después cabalgó hacia éste, deteniéndose en el borde de los riscos nortes, donde usó un matorral de arbustos de retama y una roca enorme de granito como escudo.

    Una saliente en el acantilado debajo suyo bloqueaba su vista de la caleta, así que llevó su montura hacia un estrecho sendero de tierra que cortaba a lo largo del acantilado y llevaba a la playa debajo. A eso de la mitad de camino, apenas pasando la saliente, se detuvo.

    En la caleta, lámparas tenues se movían como luciérnagas en la oscuridad. De nuevo él miró hacia el mar, buscando alguna señal de una nave, pero aún viendo poco. Examinó la costa y detectó dos esquifes varados en la playa debajo.

    Un pequeño grupo de hombres estaba descargando cajas de contrabando, muy probablemente brandy, encaje belga y sal. Más hombres ataviados de ropas oscuras salieron de la cueva debajo del risco, acarreando largas cajas de madera hasta los botes.

    Qué extraño que estuvieran cargando.

    Una rama crujió detrás de él. Se quedó inmóvil.

    Una súbita conmoción removió los arbustos sobre su cabeza. Él se tensó, y su montura viró levemente. Lentamente él deslizó una mano dentro de su capa y sacó una pistola, luego ajustó sus muslos y azuzó al caballo hacia adelante. Mirando hacia arriba, él se echó hacia atrás y tomó puntería.

    Otro ruidoso murmullo... y los arbustos se abrieron.

    La vándala Hornsby lo espiaba. Sus miradas se encontraron.

    Él la miró horrorizado.

    Ella lo miró como si él fuera el azúcar de su té.

    Gruñendo, él cerró los ojos y bajó la pistola.

    Richard, ella susurró su nombre como una plegaria.

    Con ella en cualquier lado cerca suyo, él necesitaba una plegaria – una larga plegaria.

    Hubo otro murmullo y un gruñido malicioso. Richard reprimió otro gruñido mientras una enorme y fofa cabeza canina se asomó de esos mismos arbustos.

    El perro de ella.

    Olvida la plegaria. Él necesitaba una bendición.

    El animal le echó una mirada y gruñió. Su caballo se espantó. Él luchó por controlar su cabalgadura en el sendero estrecho. Tierra y rocas rodaron hacia la playa debajo.

    El perro bestial ladró.

    Rápidamente él se volteó en la silla de montar, examinando la caleta. Los contrabandistas debieron haberlo escuchado. Demoniós, Napoleón podría haberlo escuchado.

    Una lámpara se había detenido directamente debajo de él, luego otra, y otra. Richard se quedó inmóvil. Los hombres debajo miraban hacia arriba al risco.

    Él estaba atrapado entre dos males: los contrabandistas y el dúo del averno.

    El condenado perro de ella ladró otra vez.

    Su caballo hizo un paso a un lado, casi enviándolos a ambos sobre el borde que se desmoronaba.

    ¡Oh no! gritó Letty y se estiró hacia él, su cara pasmada, luego horrorizada. ¡Richard!

    Naturalmente, el perro gruñó.

    Su caballo se encabritó. Con un extraño y resignado horror, él sintió las riendas resbalándose de sus manos. Y Richard se deslizó fuera de la montura, su insulto gráfico el único sonido mientras caía.

    Abajo...

    Abajo...

    ¿Su último pensamiento consciente?

    Que estaría mejor con los contrabandistas

    *

    Letitia Olive Hornsby creía en el destino, en corazones predestinados, en amor

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