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Maravilloso
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Libro electrónico430 páginas5 horas

Maravilloso

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Hastiado de la guerra, el caballero Merrick de Beaucourt, no quiere más que una vida simple, una esposa pacífica y supervisar su nuevo condado. En lugar de ello, obtiene órdenes de su rey, el Castillo Camrose en las fronteras salvajes e indómitas de Gales y una esposa totalmente voluntariosa. Durante seis largos años, Lady Clio ha estado esperando por su prometido… esperando y esperando. Una vez que llegan las noticias de su regreso, Clio vuelve a Camrose para, de nuevo, esperar al hombre que la ignoró; pero ahora está determinada a hacerle pagar por los años que languideció en el convento. Clio lleva a Merrick a una persecución alegre y toma el rol de una fabricante de cerveza independiente, guiada a descubrir la receta perdida de una antigua “cerveza de brezo”, una bebida mágica, elaborada por vez primera por los pictos. Rodeados de las nieblas encantadas que circundan el Castillo Camrose, los obstinados adversarios se embarcan en una batalla de voluntades, a veces apasionada, a veces hilarante, en estas historias inusuales del siglo XIII, acerca de un valiente caballero que busca reclamar —y domar— a su prometida, o al menos, eso es lo que él cree…

IdiomaEspañol
EditorialBadPress
Fecha de lanzamiento17 jul 2019
ISBN9781547599653
Maravilloso
Autor

Jill Barnett

Jill Barnett is an international bestselling author with over 8 million of her books in print. Her work has been published in 23 languages, audio, national and international book clubs, hardcover and large print editions, and has earned her a place on such bestseller lists as the New York Times, USA Today, the Washington Post, and Publishers Weekly. Look for her new historical series in 2016

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    Maravilloso - Jill Barnett

    Novelas de Jill Barnett

    Novelas de Jill Barnett ya disponibles o prontas a publicar en Ebook de Bell Bridge Books:

    JUST A KISS AWAY

    BEWITCHING

    DREAMING

    IMAGINE

    CARRIED AWAY

    WONDERFUL (Maravilloso, trad. al español)

    WILD

    WICKED

    THE HEART'S HAVEN

    SENTIMENTAL JOURNEY

    THE DAYS OF SUMMER

    Maravilloso

    por

    Jill Barnett

    Derechos Reservados

    Este es un libro de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes también son producto de la imaginación del autor, o bien, utilizados ficticiamente. Cualquier semejanza con personas reales (vivas o muertas), eventos o lugares, son pura coincidencia.

    Copyright 1997 © por Jill Barnett

    Ebook ISBN: 978-1-935661-66-5

    Originalmente publicado en 1997 por Pocket Books, mass market edition

    Reservados todos los derechos. Ninguna parte de este libro puede ser utilizada o reproducida de manera alguna, o mediante medio mecánico o electrónico alguno, incluyendo información de recuperación y depósito, sin permiso por escrito del autor, excepto por un crítico, que puede citar breves pasajes en una revisión.

    Canción del Arpista

    La beso

    Con mis labios abiertos

    Y me emborracho

    Sin una cerveza.

    de la tumba del Rey Inyotef, antiguo Egipto

    La Leyenda Perdida

    HACE UN LARGO, largo tiempo, antes de la heráldica o la gallardía, antes de los caballeros y castillos, cruzadas y justas, hubo un brebaje antiguo, una cerveza especial con poderes extraños y potentes.

    La llamaban cerveza de brezo.

    Los creadores de la cerveza rubia fueron salvajes guerreros paganos que vivían en las montañas de Escocia y pintaban de azul sus cuerpos desnudos. Estos guerreros pictos, bebían cerveza de brezo antes de ir a la guerra y se volvían tan feroces en la batalla, que incluso Julio César afirmó que no podía contenerlos.

    La receta de aquel brebaje era un secreto atesorado, se rumoraba que entre los poderosos ingredientes se encontraban desde hierbas del bosque hasta campanitas y desde cristales mágicos hasta cierto brezo rojo sangre.

    Algunos afirmaban que la magia no se hallaba en la receta, sino en los hacedores —enanos que vivieron en aquellas montañas. Decían que el poder de la cerveza estaba ligado a la mente del hacedor, a sus pensamientos, a sus sueños o a sus deseos.

    Nadie sabía cómo o por qué la cerveza tenía poderes.

    Pero los tenía.

    La receta secreta murió junto con los antiguos pictos. Pero durante años y años, muchos buscaron duplicar el brebaje. Algunos cavaron muy profundo en las entrañas de las montañas, buscando cofres secretos que hubieran pertenecido a los enanos tatuados. Otros, mezclaban extrañas yerbas verdes en grandes cuencos negros y entonaban cánticos cuyas palabras nadie entendía.

    Hubo cerveceras que añadían cristales de roca brillante en los cuencos donde fabricaban sus brebajes. Vertían pociones y elíxires en sus cubas de cerveza y pretendían que era la legendaria bebida. Muchas fueron ejecutadas por envenenar inocentes bebedores de cerveza.

    Durante alrededor de ochocientos años, nadie descubrió la receta. Los escépticos decían que sólo era un cuento agreste. Para ellos, la cerveza jamás existió.

    Pero muchos lo creían. Algunos afirmaban, incluso, haber probado la mágica bebida durante noches oscuras de luna nueva, cuando se decía, que aparecían los enanos —duendecillos y hadas, incluso ghoulies y fantasmas. La misma clase de noche mágica en que la sidra se tornaba en fino vino, la paja se hilaba convirtiéndose en oro y se robaba corazones. En aquellas noches mágicas, cuando el amor podía ser, oh, tan maravilloso.

    Capítulo 1

    Castillo Camrose,

    1269

    EL PADRE DE Lady Clio afirmó que su cabello plateado pálido era su mayor ventaja... o quizá su gran ventaja, considerando que había tenido el deber de verla casada con algún pobre tonto incauto.

    Al mirar a Lady Clio de Camrose, uno pensaría que era la imagen de lo que todo hombre, caballero o rey, campesino o mercader, desearía de una esposa —alguien de espíritu sumiso que hiciera a un hombre sentirse más valiente y más fuerte. Una esposa lo suficientemente dócil para permitir a un hombre ser el rey de su castillo. Una mujer cuya cabeza fuese pueril, por dentro y por fuera, para asegurarle a él que sería más inteligente y, por tanto, superior.

    Según la iglesia, el color del cabello de una mujer denotaba su verdadera naturaleza. Los hombres, empoderados por la iglesia, basaban esta teoría como conclusión de que el cabello crecía directamente del cerebro.

    Un cabello pasional advertía a los hombres del espíritu astuto de la mujer. Debido a que los bosques cubrían dos tercios de la isla inglesa, el cabello del color de los troncos de los árboles era considerado común y mostraba que la mujer poseía poca imaginación. El cabello del color de la media noche, la que todos sabían era la hora de las brujas, coronaba las cabezas de mujeres demasiado listas y taimadas. Incluso, decían aquellos mismos hombres de iglesia, que la propia Eva tenía el cabello tan negro como el pecado de la mujer.

    Pero una mujer de cabello claro era perfecta. Desafortunadamente, aquellos hombres de iglesia no conocían a Clio. Era testaruda y determinada, rasgos admirados en los hombres, pero dignos de burla en las mujeres. Su padre juraba que había nacido con aquella testarudez.

    Antes de nacer Clio, su madre había perdido cinco bebés. Al igual que los anteriores, los dolores de parto de la madre llegaron antes de tiempo. Cuando el sacerdote trató de administrar la extremaunción a su cuerpo esmirriado y azul, Clio le pateó la mano, y, según su padre, abrió la boca y casi tiró abajo las murallas del castillo con su llanto. Para el completo asombro de todos, Clio vivió.

    Desde los primeros momentos de su vida, había luchado contra lo imposible. Lady Clio nació luchando por controlar su propio destino.

    Por supuesto que, en su mente, no era obstinada. Persistente, era lo que era. De haberse rendido al nacer, ¿dónde se hallaría?

    Muerta, sin duda.

    Así que, Clio creía ser determinada. No dejaba que nadie controlase su vida, pues sólo ella ejercía poder sobre su supervivencia.

    Creía que con la persistencia llegaba al éxito. Si uno de sus maravillosos planes fallaba, siempre podía urdir otro.

    Era pequeña de estatura, pero tenía el corazón de un gigante. Su mente a veces era demasiado rápida, por su propio bien. Una vez que se le ocurría una de sus grandes ideas, raras veces pensaba en las consecuencias, y usualmente, había muchas.

    Sin embargo, nadie podía decir que no aprendía de sus errores. No era tan gansa. Pocas veces cometía dos veces el mismo error.

    Siempre cometía otros nuevos.

    Lo cual le sentaba bien, porque era ella quien determinaba su propio futuro. Incluso si la senda era desparramada con los remanentes de sus fracasos. Al menos eran sus fracasos.

    Clio jamás permitía que algo tan pequeño como la falta de habilidad intimidase sus esfuerzos. Creía firmemente que la perfección llegaba con la práctica. Claro que no tenía razón alguna para basar esta creencia. En efecto, la historia, la lógica y su reputación, demandaban justo lo opuesto.

    Pero le encantaban los retos. Los recibía con brazos abiertos, deleitándose en ellos. Quienes la conocían decían que tenía un espíritu tenaz, un ejercicio testarudo de futilidad. Pero Clio no pensaba rendirse. Simplemente urdiría un nuevo plan —una idea.

    Clio pensaba que las ideas eran cosas maravillosas. Aquellos que estaban al tanto de algunos de sus fiascos, reconocían los signos de advertencia. Sus repentinos modos quietos y tranquilos. El ligero fruncir de su ceño. El masticar pensativo de su labio inferior o retorcerse el anillo de su madre en el dedo. Su expresión se volvía pacífica.

    Pero siempre que Lady Clio tenía aquella mirada y, peor aún, cuando afirmaba en voz alta que tenía una de sus maravillosas ideas, absolutamente todos a su alrededor perdían, inmediatamente, la sensación de paz.

    Con suficiente razón.

    Cuando apenas acababa de cumplir su décimo día de santo, su padre pagó una gran penitencia a los monjes gregorianos por lo que él refería como cánticos de ayuda. Meses después, afirmaba que había valido la pena comer todos aquellos platos de fibroso carnero barato cada noche, pues sólo tomaría hasta el Día de Santo Tomás Mártir arrastrar la nueva catapulta fuera del foso.

    Cuando la carreta del hojalatero sufrió el mismo destino dos años antes, había tomado el doble para recuperarlo y le había costado mucho más.

    A la edad de doce, Clio tomó aguja e hilo para ocuparse de la herida de caza de un obispo visitante. Después de esto, su padre utilizó todo el oro de su pesada bolsa para comprar indulgencias para ella a un peregrino errante.

    Parecía que, desconocido por su padre, el obispo lascivo había perseguido a Clio durante toda la semana anterior y la había acorralado tontamente en el descanso de las escaleras, donde le robó un beso y retorció sus pequeños senos. Así que, cuando llegó el momento de hacer de doctor para él, había sonreído con dulzura y había cosido los puntos en la herida, en forma de tres seis, el signo del demonio.

    A los quince, Clio fue desterrada de la corte de la reina, luego de sólo dos desastrosos días, y su padre mandó al papa un cáliz de oro incrustado con joyas, con la esperanza de recibir oración papal de parte de su hija y única heredera.

    Había funcionado, pues una semana después, el ofrecimiento de compromiso llegó de parte de Merrick de Beaucourt, un caballero que entonces se hallaba en las Tierras Santas, haciendo al rey inglés y a la iglesia, más opulentos bajo el disfraz de luchar contra los infieles.

    Ella pidió a su padre que le dijese cómo era Sir Merrick. Su padre dijo que era un gran guerrero.

    Aquella no era exactamente la respuesta que Clio buscaba.

    Quería saber si era alto, amable y si tenía un rostro con dulzura en sus ojos. Si sabía tocar el laúd y cantar poemas de amor. Si le daría su corazón en bandeja de plata.

    Su padre se burló y afirmó que Sir Merrick la protegería y que no importaba si a ella le gustaba o no, porque no tenía elección. El compromiso se hacía por órdenes del Rey Henry, su señor feudal.

    Pero de Beaucourt debía estar ausente por otros cuatro años y su padre atrapó un fresco, en un día excepcionalmente frío de invierno y murió pocos días después.

    Lady Clio se volvió tutelada de Henry III. La reina Eleanor, quien aún le impedía entrar en la corte —una vez era suficiente, gracias—  sugirió al rey que diera a su nueva tutelada a uno de sus enemigos, quizá a quienquiera que fuese el más reciente y problemático príncipe galés.

    Henry se negó. No estaba listo para empezar una guerra.

    Así que, hasta que Beaucourt regresase de la Cruzada, el rey envió a Lady Clio a un convento remoto, donde su vida continuaría más o menos como había transcurrido antes de la muerte de su padre: una idea maravillosa tras otra. 

    Capítulo 2

    Inglaterra,

    1275

    MERRICK DE BEAUCOURT observó su hogar a través de unos ojos más sabios y adultos que aquellos de su juventud. Todo se hallaba vivo, brillante y colorido. Los árboles en el Bosque de Arundel estaban tan gruesos y oscuros que bloqueaban la luz del sol.

    La niebla azulada subía desde la tierra húmeda como el humo menguante de una vieja hoguera. La humedad de su piel y de sus trajes era bienvenida porque no era su propio sudor, sino la fría llovizna que caracterizaba a Inglaterra.

    No había millas de arena, ni vientos secos y calientes. Tampoco el siempre presente sol cruel que abrasaba a un hombre tan fácilmente como abrasaba la tierra.

    El aire olía a liquen y sabía a verde. Estaba húmedo y frío, y se sentía extranjero.

    Tras él, lejos en la distancia, llegó el repentino tintinear de un arnés y el pastoso golpe seco de cascos en la tierra. Echó un rápido vistazo por encima de su hombro, se volvió y observó colina abajo en la abierta pradera.

    Espoleó al caballo y se marchó. Cabalgó rudamente inclinado sobre su montura, apurándola. El aire soplaba en su cabello negro, alejándolo de su rostro y la pesada capa ondeaba tras de sí. Respiraba el frío sabor de la tierra frondosa; era como encontrar un oasis en el desierto. Habían sido cosas simples como esta, las que había extrañado más.

    Estaba acostumbrado a cabalgar arduamente, familiarizado con los poderosos músculos del caballo que formaban ondas bajo su piel, con los sonidos de la carrera donde los cascos pisoteaban la tierra y con su corazón latiendo excitadamente.

    Sintió el estruendo de cascos tras él. La persecución.

    Escuchó. Era sólo un caballo.

    Con la punzada más ligera de su espuela, el caballo se sacudió hacia adelante con una explosión de velocidad. Saltó sobre una baja pared de piedras y enfiló hacia la izquierda, galopando por una ladera cubierta de hierba, bajando hacia el valle.

    Cabalgó salpicando un riachuelo y martilleando un puente de madera en unas pocas zancadas, luego, bajó volando otra ladera como si lo persiguiese los vientos del desierto.

    Dirigiéndose a toda velocidad hacia un bosquecillo en la distancia, sentía a su perseguidor tras él, tan cerca como antes. Cortó hacia la derecha y cabalgó bordeando los árboles.

    Miró hacia la izquierda, atisbó un claro, giró agudamente de nuevo y galopó hacia aquél.

    Con un movimiento veloz, desenfundó la espada y brincó a tierra con las rodillas dobladas y la empuñadura sujeta con ambas manos.

    Listo.

    Ningún sonido llegaba desde afuera del claro.

    Era como si el jinete no lo hubiese seguido.

    Merrick permaneció en posición, quieto y alerta a cualquier sonido, sabor, olor. El goteo del rocío en las hojas. El sabor húmedo del aire.

    La esencia femenina del aceite perfumado.

    Desde detrás de él percibió apenas un sonido vacío de la respiración severa y áspera de un caballo.

    Merrick se enderezó y se volvió. Sal de tu escondite, Roger. Todavía apestas al perfume dulce de Elizabeth de Clare. Clavó su espada en la tierra se recostó de ella cruzando las botas con indiferencia. Sus espuelas sonaron al tocarse y plantó la mano libre en su cadera ladeada, esperando.

    Roger FitzAlan salió desde detrás de un olmo gigante, sonriendo. La bella Elizabeth tiene muchas cosas más dulces que su aroma, amigo mío.

    Merrick se enderezó y envainó la espada. Todavía tengo que conocer a la mujer que sea dulce.

    Sólo porque no tienes mucho tiempo para mujeres.

    Sólo porque no hay ninguna que quede para mí, después que terminas con ellas.

    Las compartiré. Roger arrancó un pedazo de polvo imaginario de su capa. Además de lo cual, a diferencia de ti, hallo que las mujeres son más intrigantes que la guerra.

    Un campo de batalla no es lugar para una mujer.

    Te conozco desde hace mucho, Merrick. Prefieres batallar en el campo. Yo, por el contrario, prefiero mis batallas en una cama.

    Ignorándolo, Merrick se volvió y emitió un silbido agudo. Su caballo árabe dejó un terrón de hierba y se acercó a él.

    Roger extendió el brazo y palmeó el brillante bozal. Es difícil de creer que, desde aquel estrecho del demonio prohibido por Dios, que afirman es la Tierra Prometida, pueda provenir tan magnífico caballo.

    Merrick sabía que era un caballo excepcional, de la misma manera que sabía que su primer caballo de guerra, Aries, era excepcional. Esta cría más pequeña y más veloz era como la mayoría de las monturas árabes —soberbia— y había sido un regalo de un cabecilla maronita. Merrick preciaba sus caballos y los respetaba. Los valoraba más allá de la razón.

    Echó un vistazo al sol y subió a la montura. Llegaste tarde.

    Elizabeth estaba complacida de verme, Roger se dirigió a su caballo, el cual se hallaba atado tras un árbol y lo llevó al claro. No pensé que estarías apurado".

    Tengo un compromiso que cumplir y un castillo en Las Marcas que necesita a su nuevo lord.

    El gran León Rojo tiene intenciones de asentarse y volverse, nada más, que un señor gordo sin nadie a quien entrenar, más que a los sirvientes. ¿Por qué esto suena improbable?

    Ven. Marchémonos.

    Ah, asintió Roger, a sabiendas. Tu prometida te espera.

    Merrick lo ignoró.

    Y espera, y espera.

    Monta en tu caballo, Roger.

    Roger tenía la mirada de un hombre que acababa de gastar una buena broma.

    Al Roger continuar sonriendo, Merrick animó a su caballo hacia adelante. Para el momento en que dejó el claro, Roger cabalgaba a su lado. Después de algunos minutos de silencio, Merrick dijo, Es el deber de la vida de una mujer. Esperar por un hombre.

    Roger bufó, luego se echó a reír como si no pudiese aguantarse más. Será un primer encuentro interesante ese, entre ustedes dos. Ni siquiera por la dulce Elizabeth me lo perdería.

    Merrick amaba a Roger como a un hermano, pero había momentos cuando, como a un hermano, le gustaría golpear aquella sonrisa en su cara. Este era uno de esos momentos.

    Afortunadamente para la nariz noble y fina de Roger, Merrick escuchaba los sonidos de sus hombres de armas que llegaban desde la ladera: el tintinear de arneses, el crujir del cuero, risas masculinas y otra broma indecente. Cabalgó fuera de los árboles y dentro de su campo de visión y, levantando un brazo, señaló a sus tropas que se dirigieran al oeste.

    Roger y Merrick hablaron de caballos y batallas pasadas mientras cabalgaban lado a lado. Habían galopado de esta manera por años y cada uno había debido la vida al otro en más de una ocasión. A pesar de las diferencias en sus modos, eran los mejores amigos.

    Mientras cabalgaba al lado de Merrick, Roger tenía la mirada de un hombre complacido consigo mismo y con su vida. No había duda de que la bella Elizabeth de Clare era la persona detrás de aquella mirada.

    Por momentos, Merrick lo envidiaba. Roger podía entrarle a cualquier situación, conocer a cualquiera, incluso a un extraño, con fortuita facilidad. No era tan simple para Merrick. Estaba acostumbrado a tomar responsabilidades. Era un líder y un guerrero. Así que, donde quiera que iban, Roger incorporaba afabilidad y Merrick se colaba y se quedaba a cargo.

    Cabalgaron en silencio por un rato, entonces, Merrick admitió, Estoy harto de cruzadas, desiertos y del Oriente. Edward quiere proteger las fronteras de nuestro hogar. Y yo quiero algo de paz en mi vida.

    Roger recostó un brazo en el borrén de la silla y le sonrió de aquella manera irritante que tenía cuando pensaba que sabía más que Merrick. ¿Quieres paz? Entonces, ¿te casarás con una mujer y fortificarás un castillo en Las Marcas Galesas?

    Merrick respondió con un gruñido.

    Roger lo miró irónico. Ninguno de los dos te traerá paz.

    Lady Clio será dócil. Es probable que deba alejarla de sus oraciones para acostarme con ella. Ha permanecido en un convento durante los últimos seis años.

    Sí, dos años más de lo prometido.

    Cabalgaron por algunos silenciosos minutos.

    Roger se volvió hacia él. ¿Qué has escuchado de ella? ¿Cómo luce?

    No me importa para nada cómo luce. Sentía la intensa mirada embotada de su amigo.

    Te importará, si luce como tu caballo o si le sienta bien tu armadura. Roger volvió a instalarse en su silla. ¿Y si necesitara afeitarse?

    Merrick se volvió hacia Roger. Entonces, le enseñaré a afeitarse.

    Roger se echó a reír. En serio, ¿qué has escuchado de ella? ¿Es de cabello oscuro? ¿O hermosa?

    No tenía idea de cómo lucía su prometida. Sólo sabía que se había convertido en tutelada de Henry, el padre de Edward. Jamás pregunté. Viene con Camrose y es la hija de un noble. No hay nada más que necesite saber.

    Roger silbó.

    Con el rabillo del ojo, Merrick lo vio menear la cabeza.

    Después de un momento de silencio, Roger dijo, Elizabeth tiene el cabello negro. Oscuro como una noche sin estrella... tan oscuro como el ónix pulido. Tan oscuro como el océano más profundo... tan—

    Oscuro como mi rabia si no dejas ese estúpido parloteo romántico.

    Roger se echó a reír de nuevo, un hábito irritante que a veces, molestaba a Merrick, como ahora.

    Podrías sorprenderte con lo que querrás de un casamiento, amigo mío.

    Sé lo que quiero. Quiero paz en la mente y una vida tranquila. Merrick echó un vistazo a la ladera delante de ellos, donde atisbó un terrón de brezo brillante. Se volvió hacia Roger. El cabello de Lady Clio podría ser púrpura, e igual no me importaría.

    Interesante. Cabello púrpura. Me pregunto qué dirá la iglesia de esto.

    ¿Por qué a la iglesia le importaría el color del cabello de mi dama?

    Por la última proclama papal. Escuché algo cuando estuve en Roma.

    No dudo de que hayas escuchado algo, porque pasabas tus días con las damas.

    Sólo las noches.

    Sí, tus pocos días los habrás pasado eludiendo duelos con una fila de esposos cornudos.

    ¿Pocos días? Roger lo miró con sorna. Seguramente no has olvidado por cuánto tiempo me ausenté.

    No lo olvidé. Había paz entonces. Nadie me molestaba con preguntas acerca de mi futura esposa.

    Ah, me extrañaste, dijo Roger sin pausa.

    Continúa con la proclama papal, o lo que fuera.

    La iglesia proclamó una nueva filosofía acerca del cabello de una mujer.

    Merrick estaba a medio disgustar. La iglesia y sus intentos de controlar la vida de todo hombre, era algo que siempre lo había confundido. Le parecía que aquellos hombres de Dios podían pasar su tiempo rezando por las almas de los hombres en vez de tratar de controlarlos. ¿No tienen nada mejor que hacer?

    Roger se encogió de hombros. Probablemente no.

    Entonces, ¿ahora qué? ¿De qué trozo de conocimiento celestial se enteraron ahora para interpretarlo a nosotros, pobres almas condenadas?

    Parece que el cabello hermoso es más preciado en Italia, como lo era en el Oriente. Así que, preciadas aquellas damas, pasaron días enteros blanqueando sus cabellos al sol. Algunas vestían sombreros sin copa y se frotaron limones y orina. La iglesia proclamó que tal práctica dañaba el cerebro femenino y ponía en peligro sus almas.

    Merrick percibía sorna en la voz de su amigo.

    Lady Clio, cuyo color de cabello es desconocido, pudiera bien tener un alma en peligro o, peor aún, un cerebro dañado por bajar su cabeza a la letrina.

    Incluso Merrick se echó a reír con aquella imagen.

    ¿No te preguntas con quién te casarás, amigo mío? dijo Roger al cabalgar hacia un claro.

    Merrick le echó un vistazo. Me caso con una mujer. Asumo que se comportará como tal.

    Pero Roger no escuchaba. Contemplaba el vacío, perdido en sus pensamientos. Clio, murmuró lentamente e hizo una pausa. Pronunció su nombre como si lo saborease.

    Merrick frunció el ceño atisbando el horizonte. No estaba seguro de gustarle que Roger pensara en su prometida con aquella intensidad.

    "Creo, Merrick que Clio suena a nombre de bella doncella, una de cabellos pálidos".

    Merrick no dijo nada.

    Roger lo miró. ¿No tienes nada que decir?

    No pienso en su cabello.

    Deberías. Podría ser como la reina egipcia, de cabellos tan negros como el pecado. O... Roger hizo una pausa con sorna en su voz. ... quizá, tener una barba tan negra como el pecado. De noche pudiesen rasurarse el uno al otro.

    Otra broma y te mostraré una mejor manera de utilizar mi rasurador.

    Queda tranquilo, amigo mío, sólo me alegra estar en casa. Me aligera el humor.

    Tu humor siempre está ligero.

    Sí. Y también es bueno. De otro modo, tendríamos que empacar desde el momento en que comenzaras a ladrar órdenes a todo el que conoces.

    Algunos nacimos para ser líderes.

    Roger se echó a reír.

    Y otros, dijo Merrick intencionadamente, nacieron para molestar, fastidiar y seducir a cada mujer que se cruza en su camino.

    No a cada mujer, amigo mío. Sólo aquellas con todos sus dientes.

    Lo que elimina a las niñas y a las abuelas.

    Bisabuelas. Rio Roger.

    Merrick rio también. Le gustaba esta charla y también le hacía sentir ligero de corazón. Pinchó su montura hacia una senda que se inclinaba cada vez más y se ahogaba con helechos, tojo y robles nudosos. Se detuvo en lo alto de una ladera encima de un valle tan verde que casi hería los ojos al verlo.

    Merrick se paró a medias en los estribos y miró las tierras ante él durante tanto tiempo, que el horizonte se volvió borroso, hasta que todo lo que veía eran las imágenes en su mente.

    Esto no era nada como la última vez que había venido a casa. Años atrás. Un tiempo cuando Merrick había sido joven. Aunque para él, no parecía tan joven entonces. Mirando atrás, supo que tuvo una juventud tierna. Los años le habían enseñado exactamente cuándo acababa aquella juventud; acababa en el exacto momento en que parabas de anhelar ser mayor.

    Pero había sido joven entonces. El invierno comenzaba, aquella parte de la estación cuando los árboles no tenían hojas y el ocaso tornaba todo de púrpura.

    Había hielo en la tierra y espinas en el sendero donde lo molestaba un avispón o dos. Bajo los cascos de su caballo, las hojas yacían húmedas y moribundas debajo de los remanentes dispersos de una nieve temprana y todo, desde el cielo hasta la tierra lucía gris y estéril.

    Había regresado a Inglaterra después de estar en Francia, donde se abrió camino ganando torneo tras torneo, para devengar suficiente oro y caballos y pagar a sus hombres. Y fue ahí donde la vida de Merrick tomó un curso distinto. Él y el príncipe Edward se hicieron amigos, una amistad que había perdurado durante traiciones y torneos, a través de turbulencias políticas y cruzadas. Una amistad que lo había llevado lejos de casa.

    El padre de Edward, el Rey Henry, sentía sólo desdén por la alianza de su heredero con un de Beaucourt, una familia aún mancillada con el deshonor. No había amor perdido entre los Plantagenet y los de Beaucourt, debido, principalmente, al hecho de que, hacía alrededor de cien años, algún antepasado de Beaucourt había apoyado estúpidamente el lado incorrecto.

    Sin embargo, el desdén del rey no afectaba la amistad entre Edward y Merrick; era un lazo honorable de respeto mutuo y confianza entre dos hombres fuertes e independientes.

    Fue aquel lazo el que cambió su vida. Aunque lo había llevado lejos durante largos períodos de tiempo, Merrick ya no tenía que buscarse los medios para pagar a sus tropas.

    Tenía un buen caballo debajo de él, el peso de su espada a su lado, pronto se casaría y, como Roger y la mayoría de sus hombres, él también se hallaba, finalmente, en casa.

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