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Rebelde
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Libro electrónico512 páginas6 horas

Rebelde

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Información de este libro electrónico

La conquista de una dama testaruda se convierte en la batalla de la vida del poderoso caballero de la última novela de Jill Barnet que transcurse en la frontera galesa. Lady Sofia Howard juró que nunca se iba a casar después de que un escudero joven y arrogante le rompiera el corazón. Rechazó a cada pretendiente con el fin de consternar a su tutor, el rey Edward I, quien descubre que ni el aumento de su dote va a tentar a los hombres para que le propongan matrimonio a la provocadora, aunque solitaria Sofia. Entonces, el rey decide hacerse cargo personalmente del asunto y compromete a Sofia con Sir Tobin de Clare, el mismo hombre que una vez le había destrozado el corazón.

El orgullo desgastado de Sofia hace que Sir Tobin le entregue su corazón y la lucha de voluntades que hacen que hasta la guerra parezca dócil. Sin embargo, no hay nada que detenga a este guerrero implacable para conquistar a su dama. En una lucha habitual de voluntad y astucia, típica de Barnet, un caballero y su dama descubren que el amor a primera vista es peligroso en el mejor de los casos y nunca, pero nunca fácil.

IdiomaEspañol
EditorialBadPress
Fecha de lanzamiento14 jun 2020
ISBN9781071552247
Rebelde
Autor

Jill Barnett

Jill Barnett is an international bestselling author with over 8 million of her books in print. Her work has been published in 23 languages, audio, national and international book clubs, hardcover and large print editions, and has earned her a place on such bestseller lists as the New York Times, USA Today, the Washington Post, and Publishers Weekly. Look for her new historical series in 2016

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    Rebelde - Jill Barnett

    Las novelas de Jill Barnett

    MY SOMETHING WONDERFUL

    WICKED

    WILD

    WONDERFUL

    BEWITCHING

    DREAMING

    IMAGINE

    CARRIED AWAY

    JUST A KISS AWAY

    THE HEART'S HAVEN

    A KNIGHT IN TARNISHED ARMOR

    SAVING GRACE

    DANIEL AND THE ANGEL

    ELEANOR'S HERO

    MY LUCKY PENNY

    SENTIMENTAL JOURNEY

    THE DAYS OF SUMMER

    BRIDGE TO HAPPINESS

    ––––––––

    www.jillbarnettbooks.com

    Rebelde

    por

    Jill Barnett

    ––––––––

    Jill Barnett Books

    Es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y hechos son producto de la imaginación del autor o utilizados en el marco de la ficción. Cualquier semejanza con personas (vivas o muertas), acontecimientos o lugares es mera coincidencia.

    Jill Barnett Books

    ISBN: 978-1-948053-55-6

    Copyright © 1999 by Jill Barnett

    Todos los derechos se encuentran reservados. Las partes de este libro no podrán reproducirse por ningún medio electrónico ni mecánico, se incluyen sistemas de almacenaje y recuperación de información, sin permiso por escrito otorgado por la editora, salvo que la realice un revisor, que podrá citar partes abreviadas en una revisión.

    Nos gusta escuchar acerca de nuestros lectores.

    www.JillBarnettBooks.com.

    Diseño de tapa: Dar Albert

    Por los errores cometidos,

    Por lo imbéciles que fuimos,

    Por el amor en la juventud.

    LIBRO 1

    La perversidad es un mito inventado por la buena gente

    para justificar el peculiar atractivo de otros.

    —Oscar Wilde

    Se sentó sola en la habitación de la torre. Sola. Es posible que se haya olvidado del bullicio que había dentro del castillo. Apoyó su mano en una mesa con numerosos detalles tallados sobre la que estaba el reloj, un objeto enigmático que contaba los minutos y las horas con simples gotas de agua transparente. El artefacto, de apariencia extraña, que tenía un globo de metal y vidrio, poseía pájaros que movían sus alas cuando se juntaba suficiente agua como para completar una hora. Lo había comprado años atrás, para darse un gusto en una Feria de Mayo en la que el objeto había sido el centro de un espectáculo.

    Durante aquel día cálido de primavera, cuando los granjeros y habitantes de Kent se habían reunido en torno al puesto a rayas del vendedor ambulante, Sofia, de pie, desde un lugar cercano, miraba y escuchaba mientras aquel vendedor les mostraba a todos cómo el tiempo verdaderamente pasaba justo delante de sus ojos.

    —¡Cuenten las gotas de agua! ¡Vean el paso del tiempo!

    Al igual que al resto de la multitud, a ella también la atrajo el espectáculo, y por eso, se fue acercando hacia el hombre, maravillada de que alguien haya realmente atrapado al tiempo dentro de aquel globo. Aquel día, se fue de la Feria de Mayo con aquel maravilloso reloj aferrado con fuerza contra su pecho, y con su billetera vacía.

    Quizás fueron sus ilusiones o su ignorancia juvenil, pero haberse convertido en la dueña de ese reloj le hacía creer que había ganado un poco de poder sobre el tiempo y, por ende, sobre su propio futuro.

    Sin embargo, cuando el invierno llegó aquel año, un buen día el agua de adentro del reloj se congeló, como si de pronto, el mismísimo tiempo se hubiera detenido. Pasaban los días, y a pesar de que el reloj continuaba congelado, las horas transcurrían igual hasta que Sofia se dio cuenta de la realidad: en verdad, nunca había tenido el secreto del paso del tiempo bien guardado dentro de su cuarto.

    Ya no necesitaba de un reloj para darse cuenta de que el tiempo transcurría. Todas las mañanas, cuando se levantaba y miraba en el vidrio lustrado, veía los cambios que el tiempo le había hecho a su rostro: las pequeñas líneas sobre sus labios, su cuello y la frente, las arrugas en los vértices de sus ojos. Su rostro había cambiado tanto como su vida. Tal como las simples gotas de un reloj de agua, el tiempo aparentemente había pasado acumulándose en minutos.

    Cuando era joven y ansiaba tanto crecer, se había lanzado a la vida de manera apresurada. Había vivido su juventud con irresponsabilidad, del mismo modo en que lo hacen las cabras del castillo, con terquedad, enceguecida por la necesidad de embestir cualquier cosa que se cruzaba en su camino, a adrede o de casualidad. Sin embargo, es justamente en este momento en el que se da cuenta de que ni su determinación obstinada, ni la necesidad de correr hacia el futuro pudieron hacer que el tiempo mueva una simple gota más rápido.

    El tiempo, la muerte y la vida estaban presentes en su cabeza en este día. Porque es en los días especiales, aquellos que marcan la vida, que se comienza a revivir el pasado.

    Se levantó de la silla ubicada cerca de la ventana, atravesó su cuarto de la torre pisando los mosaicos lisos pintados, sobre los que los rayos del sol de color ámbar que entraban por las ventanas emplomadas formaban patrones de diamante dispersos. Abrió las puertas laboriosamente talladas de un armario y sacó una caja de madera de abedul, regalo de un comerciante que quería agradarle a la esposa del conde de Gloucester.

    Había dos manuscritos dentro de la caja. Uno de ellos estaba conformado por hojas gruesas de un papel antiguo, tan suave que prácticamente parecía tela. Las hojas estaban encuadernadas con tapas adornadas con incrustaciones de plata maciza y cobre de las colinas de Castilla, la tierra en donde había nacido la reina Eleanor. Las tapas estaban protegidas con una cerradura pequeña con la forma de un cisne con la cabeza somnolienta escondida bajo el ala.

    El otro manuscrito era simple, sin tapas de plata costosas, ni cerraduras finamente confeccionadas para resguardar el interior de las miradas curiosas. Sus tapas eran de un cuero marrón suave y estaban unidas con tiras rústicas de cuero crudo.

    Sofia sacó el manuscrito decorado. Un momento después, giró la pequeña llave de hierro del collar que tenía alrededor de su cuello y la cubierta de plata se abrió. Dio vuelta la pesada tapa de metal y un aroma rico, exótico, de canela y anís salió de su interior. Era la misma esencia familiar que siempre había envuelto a Eleanor cada vez que entraba o salía de un cuarto.

    Había pasado tanto tiempo desde la última vez que miró esos libros, porque verse a uno mismo a través de los ojos de otro no era una tarea sencilla.

    Agarró el libro y lo llevó a un asiento cercano: un banco de madera de abedul con un almohadón de tela de tapicería que tenía bordado una escena de un torneo con puntadas chicas y coloridas, que la reina Eleanor había intentado enseñarle, pero había fracasado por completo.

    Apoyó el libro sobre su regazo y otra vez, abrió las tapas, ojeó algunas páginas hasta encontrar una que estaba marcada con una rosa aplastada. En el margen superior, unas letras doradas formaban su nombre con un grabado vistoso, coloreado con el tono de un rico vino que Eleanor adoraba. Luego, Sofia comenzó a leer.

    Sofia

    Desde los cuatro años, Lady Howard ha sido la pupila de mi esposo, Edward Plantagenet, su primo, el Rey de Inglaterra. Sofia era una niña encantadora, angelical y sorprendente, pero terca y muy traviesa. A medida que pasaban los años, se volvía más encantadora y obstinada.

    A los doce años, los hombres quedaban boquiabiertos con solo mirar su rostro, su cabello negro era largo y abundante, su piel, blanca como la nieve sobre la pradera. Pero eran sus ojos, púrpura claro, que atraían las miradas y te hacían creer que no existía nada más encantador. Es alta, por lo que no pasa desapercibida en ningún lugar, como si fuera el mismísimo Rey.

    Lores valientes y caballeros que han observado su perfil brevemente en mi carruaje la reclaman como esposa. Como pupila del rey, posee una importante dote que, junto a su belleza exquisita, la convierten en un excelente partido en el territorio.

    Hasta que esos hombres tontos se reúnen con ella.

    En muchas oportunidades durante los últimos años, el eco de los gritos de Edward traspasó los muros del castillo. «Me quemó el cerebro con sus tonterías y de ahora en adelante, solo me van a crecer canas verdes». Una vez, mi Edward hizo venir a médicos italianos para que lo examinen. Afirmaba que su cerebro se quemaba y que los próximos cabellos que le crecerían iban a salir del color de las llamas del infierno. Esto sucedió poco después del rechazo del compromiso entre Lord Geoffrey Woodville y Sofia. Ella tenía catorce años cuando se formó la pareja, que todos consideraban espléndida.

    Para Sofia la pareja no tenía nada de espléndida. Cuando el joven caballero de cabello brilloso acudió para cortejarla seriamente, ella se frotó grasa de cerdo sobre el cabello para que le cuelguen mechones sucios. Según me confesó luego, frotó su rostro con hojas de sauce para hacer que su piel se torne pálida y verdosa. Luego, se puso un vestido de un amarillo azafrán oscuro que se fundía con el tono putrefacto de su piel. Era divertido verla entrar al Gran Salón, daba pasos lentos arrastrando sus pies como la bruja anciana que pide cubetas con oro en las puertas del castillo.

    Luego del primer encuentro con Lady Sofia, recuerdo que Lord Geoffrey preguntó si la muchacha no se encontraba realmente muy enferma. Cuando Edward miraba para otro lado, ella cruzaba los ojos y se pegaba comida en las orejas y la nariz. Lord Geoffrey Woodville y su comitiva huyeron antes de los Maitines, en plena noche, para no disgustar al rey. Pero llegaron rumores de que el muchacho juró que ni por una gracia real ni por ningún lazo de sangre se casaría y tendría hijos con la idiota del castillo.

    Existieron otros, hijos de todas las familias nobles en la Corte, hasta un príncipe de Castilla. Sofia continuaba rechazando a sus pretendientes, a cada uno de ellos, hasta que Edward la amenazó con forzar la entrega de su mano. Pude retenerlo para que no lo haga. Sin embargo, no hubieron más ofertas, entonces lo único que quedaba para atormentar a Sofia era el aburrimiento, que no lo toleraba por mucho tiempo. Justo esta madrugada, el día de las Obras de Misterio, me dijo que deseaba tener otro pretendiente al menos para que el tiempo no pasara tan despacio.

    Recé, le supliqué a Dios que, por favor, por favor envíe a alguien, a la persona correcta para mi obstinada Sofia.

    Sofia cerró el libro, agobiada por la vieja sensación que uno tiene cuando recuerda algo que sucedió hace tiempo. Divertida. Avergonzada. Un tanto triste. Todos esos sentimientos juntos.

    Sabía que continuaba siendo la misma mujer que describían esas páginas. Su cabello era aún negro, tenía los mismos ojos púrpura, la misma boca amplia de la que escupía esos comentarios inesperados que hacían que su marido no cayera en la complacencia y crea que la conocía lo suficientemente bien.

    Su interior no había cambiado, pero se había vuelto más dulce gracias a la vida y al amor.

    Era extraño ver cómo ahora, cuando las personas los conocían por primera vez notaban el cariño con el que ambos se miraban, su dulzura, cómo no temían mostrarle al mundo que se amaban. Estos mismos testigos a menudo exclamaban: « ¡Ah! ¡Su matrimonio fue por amor! Sin dudas, amor a primera vista».

    Luego, su marido seguro la miraría, con esos ojos azul claro divertidos. Su respuesta era siempre la misma: « ¿Amor a primera vista? Fue más parecido a una guerra a primera vista».

    Mientras todos se reían de su dicho, él le haría un guiño burlón. Pero él no sabía que esos desconocidos decían la verdad. Incluso ahora, después de tantos años, cada vez que ella lo mira, su respiración todavía queda atrapada en su garganta, como aquel día en el que Eleanor escribió esas palabras, el día en el que la reina rezaba por ella, porque fue la primera vez que Sofia vio realmente a Sir Tobin de Clare.

    Capítulo 1

    Día de los Inocentes

    Castillo de Leeds en Kent, Inglaterra

    Era el momento del año de las Obras del Milagro, lo cual era una suerte, porque ella realmente necesitaba de un milagro para terminar con el aburrimiento de su débil existencia. Se desplazaba con indiferencia por las almenas. El sol calentaba más de lo habitual ese día de primavera, por lo que se podía decir que la temperatura era superior a la del carácter del rey.

    Edward era su tutor, y realmente la cuidaba, en especial, desde que había descubierto su plan para cabalgar en las carreras de escuderos que se organizaban después de la obra. Desde el día anterior, había tenido poca libertad. Le habían prohibido acercarse a los establos y se había tenido que aislar en su cuarto durante toda la tarde porque el rey estaba furioso por las faltas que cometía.

    Suspiró profundo, se cruzó de brazos en señal de frustración y continuó su camino por el muro de piedra. También le podrían haber encadenado los tobillos y encerrado en la parte de abajo del torreón. O. . .alimentado solo a pan y agua como a los prisioneros alemanes y galeses que el rey encerraba a cambio de un rescate.

    Llegó al final de las almenas y se dio vuelta con rapidez. Las trenzas que tenía atadas con apretados nudos por encima de sus orejas se aflojaron y se las apartó de la cara impacientemente. Luego, caminó para atrás en la dirección contraria.

    Se supone que las mujeres debían alegrarse por el solo hecho de estar sentadas en sus lugares observando mientras sacuden sus tontos pañuelos de seda. Se supone que una mujer debe esperar hasta que un caballero la elija y la honre con su propuesta.

    Sofia odiaba esperar, sin importar lo que fuera. Realmente creía que si alguien se quedaba sin hacer nada esperando que algo especial sucediera, eso nunca ocurriría.

    Después de que su madre murió durante el desesperado intento de dar a luz a un hijo varón y heredero, Sofia esperó que su padre regresara a su hogar. Él era lo único que ella tenía; ella era todo lo que a él le quedaba. Aunque en ese momento todavía no había cumplido los cuatro años, podía recordar todo con claridad, casi como si no hubieran transcurrido doce años. Recordaba el modo en el que se paraba en los muros almenados, luego en las saeteras en la torre. Como rozaba los tobillos entre sí y se le habían llenado de moretones por estar parada en puntas de pie durante tanto tiempo. Le dolía el cuello por la tensión de estar estirando su barbilla lo más alto posible para poder mirar el horizonte y divisar las colinas verdes y así, ser la primera en ver el banderín de su padre flameando en la cima de la colina.

    Esperó todas esas largas y solitarias horas para que el regrese a casa.

    Nunca lo hizo.

    Llegaron rumores al Castillo Torwich de que él estaba demasiado angustiado como para regresar a su hogar y a su débil hija cuando la muerte se había llevado a su hijo recién nacido de manera tan cruel. ª su heredero. Y a su esposa.

    Entonces, mientras ella estaba asustada y sola, esperando inútilmente que vuelva a casa con ella, él cabalgó más al norte, alejándose de ella.

    Dos semanas después, fue herido de muerte en el sitio de Rochester. Vivió unos pocos días, lo suficiente para enviarle un mensajes a Edward, el entonces príncipe de la corona, pero no lo necesario como para enviarle alguna palabra a su única hija. Ningún adiós. Ni deseo desde su lecho de muerte. Nada. A veces Sofia se preguntaba si su padre había recordado alguna vez su existencia.

    Aprendió desde chica, y del modo más cruel, el verdadero valor de una mujer. También aprendió que permanecer sentada y esperar era mucho más doloroso que buscar lo que quería. Podía tolerar el fracaso. Sin embargo, no podía mirar el mundo y dejar pasar por un constado todo lo que deseaba.

    Se quedó quieta, frustrada y tensa, porque no podía hacer prácticamente nada. Se dio vuelta y apoyó sus codos sobre el muro que estaba tan lejos del resto del mundo. Apoyó su barbilla sobre sus manos húmedas y miró hacia el cielo como si hubieran respuestas mágicas esperándola allí.

    Pero las respuestas no estaban. Solo había un cielo de color azul tan brillante que era capaz de dañar los ojos si lo miraban y nubes esponjosas, que se movían lentamente, como las horas del día, casi tan lento como su larga y aburrida existencia.

    Luego de un rato, se soltó los moños plateados de su pelo y los metió dentro del corsé de su vestido de seda azul, después comenzó a desarmarse las trenzas para mantener sus manos ocupadas en lugar de seguir golpeando la piedra con impaciencia. Pronto su pelo estaba suelto y caía pesado por debajo de sus hombros y sobre su espalda. Estaba libre. Libre. Todo lo contrario a ella.

    Miró hacia abajo porque no había nada más que hacer. Inmediatamente pudo ver al rey y a la reina tomar sus asientos sobre un estrado cubierto por un toldo cerca del escenario montado para las Obras del Milagro.

    Era difícil no ver al rey con la altura que él tenía. Su pelo dorado atrapaba el sol y brillaba tan intensamente que a veces la gente creía que era una especie de dios. Pero Sofia sabía que no era ningún dios.

    La gente lo llamaba «Piernas largas»; ella le decía despiadado.

    Parecía que su único propósito en la vida era hacer que la suya fuera realmente miserable. Miraba a la reina sentada allí, serena, porque la pobre y dulce mujer no tenía idea de que estaba casada con un ogro de la peor calaña.

    Ella amaba a la reina Eleanor, que era amable y no le levantaba jamás la voz cuando estaba disgustada por algo que Sofia había hecho. No era para nada pobre, Eleanor era culpable por haberse casado con un tirano con una voluntad tan fuerte como los muros del castillo y una cabeza que, posiblemente, era igual de dura. Los matrimonios se hacían por cuestiones políticas. Su primo tenía suerte de que Eleanor fuera tan buena y amable y no vea sus despreciables defectos.

    Sofia contemplaba al rey y esperaba que el cuero cabelludo de él se encendiera. Su orgullo dolía, y las palabras de enojo que el rey había dicho la noche anterior, cuando la sermoneó delante de sus invitados, hacían eco en sus recuerdos.

    —Tú, Sofia, estas dispuesta a volverme loco con tus tonterías. ¡Necesitas un marido que te enseñe humildad y obediencia!

    Había perdido la cuenta de las veces que había escuchado este discurso en los últimos años. Sería como intentar contar los granos de sal en un silo o el número de ángeles que bailan sobre la cabeza de un alfiler.

    Como si un esposo pudiera hacerla obedecer. No era una esclava. Era Sofia y algún día, todos sabrían de que merecería que la llamen de alguna otra manera y no simplemente mujer.

    Más tarde, con la oreja apoyada sobre la puerta del cuarto de los reyes, lo escuchó expresar sus lamentos a la reina:

    —Eleanor, las payasadas de Sofia son una desgracia. Decime por qué, en el nombre de Dios, no puede pasar sus días bordando tapices o en algún otro entretenimiento para mujeres.

    Como si permanecer sentada escuchando la conversación de las mujeres mientras se pincha un retazo de tela fuera entretenido.

    Cuando Edward abrió la puerta de golpe, y ella se cayó para un costado, atrapada otra vez espiando por la cerradura, le preguntó por qué si coser era algo tan entretenido, entonces, ¿por qué nunca vio a algún hombre hacerlo? El cuello de Edward se puso rojo como el color la sangre y luego, gritó desaforadamente que coser no era trabajo de hombres. Por un segundo, pensó que el hígado de él se prendería fuego.

    Pero la verdad es que a ella no le preocupaba su enojo. La vida era terriblemente injusta, y alguien debía cambiarla. Los hombres podían cabalgar por las colinas libremente. Las mujeres debían plantar sus traseros sobre lentas mulas o en las sillas ubicadas en la parte de atrás, tambaleándose de manera precaria sobre una montura que estaba tan al borde de la muerte como un caballo posiblemente pueda estarlo.

    La razón de esto es que podrían pasar una vida entera hasta llegar al lugar de destino.

    Ella, Sofia Howard, no montaba mulas viejas ni lo hacía sentada en la parte de atrás. Había aprendido a cabalgar a horcajadas a los seis años, cuando su tutor se había ido a Londres para encargarse de los asuntos del Parlamento recientemente formado: un grupo de hombres que legislan para todo el territorio y probablemente, decretan con despotismo sobre sus cálices con vino que las mujeres deben tener las más horrendas obligaciones como por ejemplo, el bordado, la planificación del menú o la lavandería.

    Cuando Edward regresó luego de haberle informado a todo Londres y al resto del mundo qué debían hacer, ella ya podía superar a los escuderos del rey. Por fortuna, la reina Eleanor intervenía en nombre de Sofia, y le permitían cabalgar mientras estuviera escoltada por uno de sus guardas, un hombre de armas.

    Siempre un hombre.

    ¿Por qué no existían las mujeres de armas? Todos pensaban que los hombres eran fuertes, corajudos y honorables. La iglesia y la mayoría de los hombres afirmaban que las mujeres eran criaturas débiles.

    No parecía justo que todas las mujeres debieran sufrir porque una vez, hace demasiado tiempo atrás como para que todavía importe, Eva le entregó a Adam una pequeña manzana.

    Lo que Sofia quería saber era que, si las mujeres eran tan débiles, ¿por qué Adam, el hombre fuerte, brillante y honorable, comió la manzana?

    Si se piensa en Eva, ella solo le estaba dando de comer a su hombre. ¿No era eso tarea de una mujer?

    Cuando Sofia le dijo eso al Arzobispo de Canterbury, fue acusada de blasfemia y tuvo que pasar unas dos semanas en un convento en las afueras de Avon, donde tuvo que rezar con fuerzas por un corazón más piadoso, una mente dulce y una lengua más tranquila.

    En lugar de ello, entretuvo bastante a las novicias cuando hizo velas de cera con la figura del Arzobispo y la Madre Superiora en flagrante delito.

    Pero esto no era un convento. Todavía seguía transitando por los muros superiores de Leeds. Se detuvo cerca del borde de los escalones del oeste y aseguró sus manos sobre una almena baja, espiaba a través de una apertura cuadrada y miraba hacia el distante oeste, lejos, donde estaba segura de que todos sus sueños la estaban esperando.

    Sí, pensó. Ahí fuera, en algún lugar, estaba la vida que ella debía vivir, mientras que languidecía en Leeds bajo las reglas tiránicas de su primo, el muy cruel rey de Inglaterra, que la hacía comportar como una dama solo para torturarla.

    Lo que no entendía es por qué se sentía tan diferente en su interior. Diferente de todo el resto. ¿Los demás no se daban cuenta de las cosas que le hacían cambiar el ánimo?

    Una vez, no hacía mucho tiempo, cuando tenía alrededor de trece años, había encendido veinte velas, se había arrodillado sobre las piedras frías de la capilla y le había preguntado a Dios el motivo.

    —¿Por qué Dios? ¿Por qué siento que mi corazón va a explotar en mi pecho? ¿Por qué mi sangre sube y baja de temperatura cuando estoy enojada y triste. A veces, cuando quiero mucho algo, o cuando las cosas se multiplican más despacio que la miel durante el invierno, me siento como si una colmena de abejas zumbara a través de mí al tratar de salir desesperadamente.

    Dios no le había dado una respuesta. Sabía que Dios no le hablaba a las personas. No esperaba que una voz gigante desde el cielo retumbara en su cabeza y le diga cuál era su problema, pero había esperado una señal o un cambio en secreto.

    Nada de eso había sucedido.

    Observó la escena que había debajo suyo con la mirada puesta sobre su primo Edward.

    Levantó su barbilla, cerró los ojos y respiró profundo. Quería cabalgar sobre las colinas, rápido como una carga militar. Quería aprender arquería y darle en el blanco a su objetivo. Quería aprender esgrima. Quería caminar fuera de los muros del castillo en libertad y sin custodia. Quería usar braies y chausses para que sus piernas tuvieran la libertad de movimiento que tenían los hombres.

    —Ahora, su Majestad, ¡esto será divertido!

    Un rato después, un grito estruendoso ascendió como si todos estuvieran de acuerdo con su forma de pensar. Miró hacia abajo por el borde del parapeto, observó con atención el elenco que estaba afuera del castillo donde la multitud se había agrupado, como si fueran ganado. Se mezclaban formando un rebaño enorme con dirección al escenario donde los malabaristas y acróbatas tenían puestas sus prendas al revés, en honor al Día de los Inocentes, hacían magia mientras los músicos tocaban melodías alegres, y luego atrapaban peniques de cobre en sus sombreros de ala ancha.

    Otro grito de emoción colmó la atmósfera. Ella estaba parada en lo alto, apartada del resto del castillo, su espalda erguida como un olmo, sus palmas estiradas contra el muro de piedra. Subió el volumen de la música, y la multitud en las lizas reía y cantaba. Estiró un poco la cabeza para poder ver mejor.

    En ese momento, la gente estaba bailando sobre el césped al ritmo de la viola y los organillos cerca del escenario.

    Ella amaba bailar, aún si tenía que tomar las manos húmedas de algún joven pretendiente solo para poder girar y girar, tan rápido como fuera posible, hasta que su cabeza diera vueltas y sintiera que era un pájaro que volaba, y su respiración se agitara al ritmo de la música que sonaba.

    Pudo ver a Edith, su amiga, y también a la princesa Eleanor, su joven prima. Eleanor tenía catorce años y era la mayor de las cinco hijas de Edward y pronto estaría casada con un príncipe extranjero. Todos estaban abajo en medio de la diversión del día, todos salvo los hombres que custodiaban las almenas.

    Y ella.

    Un vistazo rápido más y no tuvo más la necesidad de enseñarle al mundo una lección al ignorarla por completo.

    Sofia se levantó la pollera de su vestido de seda y tomó la escalera con pasos apurados, luego cruzó los portones del castillo, pasó sobre el foso e ingresó al calvero, su cabello largo negro flotaba detrás de ella como los lazos enroscados del Palo de Mayo.

    Tiendas en tonos verdes y escarlata brillantes salpicaban el terreno de atrás del escenario donde los actores interpretarían la obra basada en los milagros religiosos de Cristo o de los santos y profetas.

    Pasó caminando mientras masticaba ruidosamente una manzana que había sacado de una canasta. Justo después de haber tragado un mordisco, de repente, su corazón comenzó a acelerarse y a sentir un cosquilleo sobre su piel, como si la hubiera tocado un viento helado. Se dio vuelta levemente, con la manzana apoyada sobre sus labios.

    En cuanto giró, su mirada se iluminó al verlo: un caballero alto, finamente vestido, de contextura fuerte y un rostro impenetrable. Ella ladeó su cabeza y frunció el ceño. Fue extraño el modo en el que había sentido su presencia antes de verlo.

    Volvió a mirar.

    Sobresalía una cabeza por encima de la gente apretujada, sus rasgos estaban medio escondidos por las sombras que proyectaba un banderín real que flameaba por encima de su cabeza. Tenía los brazos cruzados, por lo que no pudo leer el diseño que tenía su tabardo azul.

    Se subió sobre un balde de madera poco profundo que se le había caído a alguna persona de por ahí, presionaba sus tobillos entre sí y se estiraba en puntas de pie para poder ver su rostro mejor.

    ¡Y lo vio!

    De pronto, su mano se le aflojó y dejó caer la manzana que quedó olvidada.

    En eso, la briza desapareció, como si el sol del mediodía se hubiera elevado y la hubiese disuelto. El banderín colgaba inmóvil, su punta en ángulo como una señal de Dios, una flecha que apuntaba directamente a la cabeza oscura del caballero.

    En el repentino resplandor, su cara se lucía con claridad: fuerte, con ángulos tan profundos que las sombras oscuras, heladas sobre sus mejillas y los pliegues de la frente parecían como que el propio sol no era lo suficientemente brillante como para derretirlos.

    Debajo de la línea de cejas gruesas, su mirada revoloteaba con pereza por la multitud. Se lo veía aburrido, expectante, astuto, como si ya hubiera visto todo esto antes y no lo encontrara a la altura de sus gustos refinados. Lucía su arrogancia del mismo modo en que los guerreros lo hacen con sus colores, con orgullo, llamando la atención, un desafío para cualquier persona y todos los que no se animan a mostrarse.

    Para Sofia, esto era fascinante, había pasado tanto tiempo observando a los hombres de rodillas ante sus pies, elogiando sus rasgos delicados como si no tuvieran ni un poco de orgullo.

    Había pensado que en verdad la mayoría de los hombres eran lamentables, hasta que vio a este que no era lamentable bajo ningún aspecto. En realidad, apostaría su dote que sus labios nunca habían pronunciado la palabra «lamentable».

    No. Seguro que él no se arrodillaría ante sus pies. Por su aspecto, pensaba que él no lo haría ante los pies de ninguno.

    Su mirada revoloteaba por la multitud, pasaba encima de ella y seguía de largo, luego se detenía y se daba vuelta para mirar hacia otro lado.

    Por primera vez en su vida, ella estuvo agradecida por sus rasgos finos que hacían que los hombres se queden mirándola. Podía sentir los ojos de este caballero sobre ella, observándola de cerca, con intención, por mucho tiempo. Comenzó a subir la temperatura mientras ella estaba allí parada. Parecía que el sol brillaba con más intensidad. La sangre corría rápido por su piel como si estuviera en un gran apuro.

    Luego, algo muy extraño ocurrió. De pronto, Sofia quiso desaparecer entre la multitud. No era común en ella, que se enorgullecía porque podía sostener la mirada de alguien con una frialdad extrema, sin sentir temor, hasta la del propio rey cuando estaba furioso con ella.

    Pero ahora, cuando este hombre la miró, se le puso piel de gallina en los brazos, y sus labios se secaron por su respiración agitada. Algo le daba vueltas y vueltas en el estómago y hacía que su cabeza se sintiera liviana, como si hubiera estado bailando en círculos durante horas.

    Era diferente, su apariencia era distinta. Por un lado, era joven para ser un caballero, quizás tenía dieciocho, pero por el otro, todavía mejor era su aspecto. No fue la admiración por su belleza lo que hizo que el la mirara, porque ella conocía ese gesto demasiado bien.

    No, fue como si él estuviera tratando de ver dentro de su mente, justo dentro de ese lugar al que ella no dejaba entrar a nadie, donde habitan sus esperanzas y secretos, sus sueños y temores, aquellos pensamientos que solo ella conoce.

    Una parte de ella quería darse vuelta para que él no pueda ver demasiando, pero ella sabía que si lo hacía, él entonces ganaría esta contienda de miradas frías. Ella parecería débil si sacaba la vista primero, y además, en realidad, ella quería mantener la mirada a pesar de lo que él le hacía hecho sentir. Su apariencia fría y superior lo convertía en un apuesto demonio.

    Él era el primer hombre en muchos meses que no le había hecho sentir disgusto. No se arrodillaría a sus pies como tantos otros lo habían hecho.

    Los hombres rara vez la miraban a la cara por largo rato; su rostro parecía tener una extraña habilidad para convertir al más seguro y fuerte de los hombres en un idiota baboso y estúpido que se inclina, con expresiones embelesadas y comparables con la de los peregrinos que recorrían el campo por el simple hecho de divisar un milagro, y para su sorpresa, de pronto encontraban uno.

    Los caballeros, lores y guerreros la miraban, y ella ya sabía que continuaban a sus pies, besándole el dobladillo o cualquier otra tontería. Podía distinguir a la mayoría de sus pretendientes simplemente mirándole la parte de atrás de sus cabezas ya que eso era lo que ella usualmente les veía.

    Su auténtica terquedad la ayudaba correctamente porque se negaba a quitarle la mirada a este hombre apuesto que la hacía arder en su interior. Jugó un juego de evasivas y esbozó una pequeña sonrisa, una que sabía que podía dejar a los hombres suspirando por ella. Una sonrisa del tipo «ven para acá tonto», sin embargo, antes de que haya podido analizar su reacción, detrás de ella, alguien la llamó por su nombre y la hizo parpadear. Aun así, no se dio vuelta.

    No al principio. No podía ser la primera en romper el hechizo. Era un desafío entre ellos, y ella lo ganaría. Entonces se quedó mirándolo, esbozando aquella mínima de sonrisa.

    El torció un poco la cabeza. Curioso, o quizás dándole algo más que un simple desafío.

    Los actores que

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