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7 mejores cuentos de José Martí
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Libro electrónico182 páginas2 horas7 mejores cuentos

7 mejores cuentos de José Martí

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Esta colección reúne la esencia del pensamiento de José Martí, el Apóstol de la Independencia de Cuba y el gran articulador de las ideas de libertad en América. El libro ofrece una visión completa de la prosa y la poesía de Martí, que revolucionó las letras hispanoamericanas y fundó el Modernismo.

El volumen se complementa con notas a pie de página, que contextualizan figuras y eventos históricos, y una sección de Contenido Extra, que incluye poesías célebres como "Yo soy un hombre sincero" y "Mi caballeroa".

Descubra el legado visionario del mártir cubano cuya voz sigue latente en el corazón popular.

Los cuentos:

El Padre las Casas: Por cuatro siglos se alza un hombre bueno, "de lirio el color", que abandona la riqueza por la sotana negra. Su misión: enfrentar la crueldad de la Conquista y luchar solo contra un imperio. Descubre el poder de su pluma contra el arcabuz y la avaricia.

Las ruinas índias: Un viaje a las ruinas mayas y aztecas revela la grandeza de una "raza artística, inteligente y limpia". Conoce ciudades de mármol y oro, y héroes que enfrentaron a Cortés. Uma história de poesía e barbárie que desvela o mistério por trás da queda desses monumentos.

Nené traviesa: Nené, sin su madre, halla consuelo en su padre y en su dulce manía por el azúcar. Su curiosidad por un libro antiguo y prohibido la consume. Un día, a solas, la niña "Merengue de Fresa" cede a la tentación, sin medir la magnitud de su travesura. O que o misterioso volume revelará a Nené?

La exposición de París: París, 1889: El mundo entero se reúne para celebrar la libertad en la Exposición Universal. Desde la Torre Eiffel a los pabellones americanos, uma visión de la humanidad: sus artes, su historia y sus audaces inventos. Una visita a la cumbre más alta y al corazón del progreso humano.

Bebé y el señor don Pomposo: Bebé, un niño de rizos rubios y corazón noble, ama a su primo Raúl. Pero un arrogante pariente, "Don Pomposo", le regala un sable de oro ignorando al niño pobre. Bebé, conmovido por la tristeza de Raúl, se enfrenta a una gran decisión: sua bondade vencerá seu valioso tesouro.

La historia del hombre, contada por sus casas: Un asombroso viaje por las eras, donde las casas cuentan la historia del hombre. Desde la cueva paleolítica y las ciudades lacustres hasta los palacios de Grecia, Egipto y el imperio azteca. Descubre cómo la arquitectura revela la evolución, la cultura y el alma de cada civilización.

La muñeca negra: Piedad, una niña noble, celebra sus ocho años con regalos de lujo. Una muñeca de porcelana opaca sua velha amiga Leonor. A pesar de la fiesta y el regalo perfecto, Piedad no se siente completa. El secreto de la niña se esconde en el ramo de nomeolvides que busca.
IdiomaEspañol
EditorialTacet Books
Fecha de lanzamiento12 abr 2020
ISBN9783968582245
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    7 mejores cuentos de José Martí - José Martí

    El Autor

    José Julián Martí Pérez, nacido en La Habana el 28 de enero de 1853, no fue solo un poeta, ensayista o diplomático; fue el Apóstol de la Independencia de Cuba y el faro que iluminó la lucha contra el dominio español. Su vida, breve pero intensa, culminó en los llanos de Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, convirtiéndolo en el mártir y símbolo eterno de la libertad cubana y la soberanía americana.

    El Despertar del Joven Patriota

    Hijo de un militar valenciano, Mariano Martí, y de la canaria Leonor Pérez Cabrera, el joven José mostró un precoz compromiso con el destino de su tierra. Apenas con 15 años, ya había publicado versos y, a los 16, fundó el periódico La Patria Libre. Su temprana adhesión a la causa independentista, en medio del levantamiento revolucionario de 1868, le costó caro: seis meses de trabajos forzados y, en 1871, la deportación a España.

    Pero el exilio, lejos de doblegarlo, forjó al intelectual. En la península, continuó su educación, licenciándose en Derecho Civil y en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza en 1874. Este periodo marcó el inicio de una vida nómada, un ir y venir constante por el continente que lo convirtió en el gran articulador de las ideas de libertad en América.

    La Pluma como Espada y el Exilio Constante

    Tras España, Martí recorrió Francia, México y Guatemala, donde se desempeñó como catedrático. En 1877 se casó con Carmen Zayas Bazán en México y regresó brevemente a Cuba en 1878, donde nació su único hijo, José Francisco, apodado Ismaelillo. Sin embargo, su activismo irrefrenable le valió un nuevo destierro.

    Desde 1881, su centro de operaciones y de vida se instaló en Nueva York, salvo una breve, pero significativa, estancia en Venezuela, donde fundó la Revista Venezolana hasta que el dictador Antonio Guzmán Blanco se opuso a sus ideas. En el corazón de Estados Unidos, Martí no solo ejerció como cónsul de varias naciones latinoamericanas, sino que también desgranó su inmensa obra periodística y literaria, tejiendo una red de pensamiento que abrazaba todo el continente.

    El Pionero del Modernismo y la Visión de América

    Como escritor, Martí revolucionó las letras hispanoamericanas. Se le considera el iniciador del Modernismo, un movimiento que buscaba la belleza y la renovación formal, pero que en sus manos se cargó de un profundo sentido ético y político.

    Su prosa, personalísima y fluida, se convirtió en modelo. Desde su columna en La Nación de Buenos Aires, se hizo famoso en toda Latinoamérica, analizando con agudeza tanto la cultura estadounidense (con admiración por hombres como Emerson y Whitman, pero con profunda crítica a su expansión imperialista) como el destino de las repúblicas hispanas. En su ensayo fundamental, Nuestra América (1881), Martí sentó las bases de la identidad latinoamericana, alertando sobre la necesidad de un gobierno que salga de la tierra y de la unión de los pueblos frente a nuevas amenazas.

    Su poesía, aparentemente simple, es de una sinceridad conmovedora. Colecciones como Versos Sencillos (1891) abordan temas de amor, amistad y naturaleza con una transparencia lírica que oculta una gran hondura filosófica. Además, su amor por la infancia se plasmó en la revista La Edad de Oro (1889), una joya dedicada a los niños de América.

    El Artífice de la Guerra Necesaria

    Su vocación como intelectual estuvo siempre al servicio de la acción política. Desde Nueva York, Martí demostró un genio organizativo extraordinario. En 1892, fundó el Partido Revolucionario Cubano y su periódico oficial, Patria, unificando a las distintas facciones independentistas bajo un único mando y propósito: la guerra necesaria.

    El 31 de enero de 1895, dejó su centro neoyorquino y viajó al Caribe para ultimar los detalles de la invasión. En Montecristi, República Dominicana, firmó con el generalísimo Máximo Gómez el Manifiesto de Montecristi, el programa de la revolución. Finalmente, el 11 de abril de 1895, desembarcó en Playitas de Cajobabo, Cuba, para tomar parte activa en la guerra que había orquestado.

    Apenas un mes después de pisar suelo patrio, el 19 de mayo de 1895, José Martí cayó en combate en Dos Ríos. El día anterior, había dejado su testamento político en una carta a su amigo Manuel Mercado, expresando su deber de impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que Estados Unidos se extendiera por las Antillas y cayera con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.

    Su muerte en el campo de batalla lo elevó a la categoría de mártir, solo siete años antes de que se lograra la anhelada independencia. José Martí es, por su sacrificio y su legado visionario, El Maestro y el modelador principal de la nacionalidad cubana.

    El Padre las Casas

    Cuatro siglos es mucho, son cuatrocientos años. Cuatrocientos años hace que vivió el Padre las Casas¹, y parece que está vivo todavía, porque fue bueno. No se puede ver un lirio sin pensar en el Padre las Casas, porque con la bondad se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era hermoso verlo escribir, con su túnica blanca, sentado en su sillón de tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escribía de prisa. Y otras veces se levantaba del sillón, como si le quemase: se apretaba las sienes con las dos manos, andaba a pasos grandes por la celda, y parecía como si tuviera un gran dolor. Era que estaba escribiendo, en su libro famoso de la Destrucción de las Indias², los horrores que vio en las Américas cuando vino de España la gente a la conquista. Se le encendían los ojos, y se volvía a sentar, de codos en la mesa, con la cara llena de lágrimas. Así pasó la vida, defendiendo a los indios.

    Aprendió en España a licenciado, que era algo en aquellos tiempos, y vino con Colón a la isla Española³ en un barco de aquellos de velas infladas y como cáscara de nuez. Hablaba mucho a bordo, y con muchos latines. Decían los marineros que era grande su saber para un mozo de veinticuatro años. El sol, lo veía él siempre salir sobre cubierta. Iba alegre en el barco, como aquel que va a ver maravillas. Pero desde que llegó, empezó a hablar poco. La tierra, sí, era muy hermosa, y se vivía como en una flor: ¡pero aquellos conquistadores asesinos debían de venir del infierno, no de España! Español era él también, y su padre, y su madre; pero él no salía por las islas Lucayas⁴ a robarse a los indios libres: ¡porque en diez años ya no quedaba indio vivo de los tres millones, o más, que hubo en la Española!: él no los iba cazando con perros hambrientos, para matarlos a trabajo en las minas: él no les quemaba las manos y los pies cuando se sentaban porque no podían andar, o se les caía el pico porque ya no tenían fuerzas: él no los azotaba, hasta verlos desmayar, porque no sabían decirle a su amo donde había más oro: él no se gozaba con sus amigos, a la hora de comer, porque el indio de la mesa no pudo con la carga que traía de la mina, y le mandó cortar en castigo las orejas: él no se ponía el jubón de lujo⁵, y aquella capa que llamaban ferreruelo⁶, para ir muy galán a la plaza a las doce, a ver la quema que mandaba hacer la justicia del gobernador, la quema de los cinco indios. El los vio quemar, los vio mirar con desprecio desde la hoguera a sus verdugos; y ya nunca se puso más que el jubón negro ni cargó caña de oro, como los otros licenciados ricos y regordetes, sino que se fue a consolar a los indios por el monte, sin más ayuda que su bastón de rama de árbol.

    Al monte se habían ido, a defenderse, cuantos indios de honor quedaban en la Española. Como amigos habían recibido ellos a los hombres blancos de las barbas: ellos les habían regalado con su miel y su maíz, y el mismo rey Behechío le dio de mujer a un español hermoso su hija Higuemota⁷, que era como la torcaza y como la palma real: ellos les habían enseñado sus montañas de oro, y sus ríos de agua de oro, y sus adornos, todos de oro fino, y les habían puesto sobre la coraza y guanteletes de la armadura pulseras de las suyas, y collares de oro: ¡y aquellos hombres crueles los cargaban de cadenas; les quitaban sus indias, y sus hijos; los metían en lo hondo de la mina, a halar la carga de piedra con la frente; se los repartían, y los marcaban con el hierro, como esclavos!: en la carne viva los marcaban con el hierro. En aquel país de pájaros y de frutas los hombres eran bellos y amables; pero no eran fuertes. Tenían el pensamiento azul como el cielo, y claro como el arroyo; pero no sabían matar, forrados de hierro, con el arcabuz⁸ cargado de pólvora. Con huesos de frutas y con gajos de mamey no se puede atravesar una coraza. Caían, como las plumas y las hojas. Morían de pena, de furia, de fatiga, de hambre, de mordidas de perros. ¡Lo mejor era irse al monte, con el valiente Guaroa, y con el niño Guarocuya, a defenderse con las piedras, a defenderse con el agua, a salvar al reyecito bravo, a Guairocuya! El saltaba el arroyo, de orilla a orilla; él clavaba la lanza lejos, como un guerrero; a la hora de andar, a la cabeza iba él; se le oía la risa de noche, como un canto; lo que él no quería era que lo llevase nadie en hombros. Así iban por el monte, cuando se les apareció entre los españoles armados el Padre las Casas, con sus ojos tristísimos, en su jubón y su ferreruelo. El no les disparaba el arcabuz: él les abría los brazos. Y le dio un beso a Guarocuya.

    Ya en la isla lo conocían todos, y en España hablaban de él. Era flaco, y de nariz muy larga, y la ropa se le caía del

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