7 mejores cuentos de Gustavo Adolfo Bécquer
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Este volumen reúne siete de sus más aclamadas Leyendas:
El rayo de luna: Manrique busca su amor ideal, un ser etéreo. Su frenética caza nocturna revela la amarga verdad de su quimera.
La ajorca de oro: Ella exige robar el brazalete de la Virgen. Su amante, esclavo del deseo, enfrenta horrores no sacros en Toledo.
La corza blanca: Garcés persigue a la corza que se burla. Descubre un misterio fatal que lo obliga a elegir entre amor y caza.
Maese Pérez el organista: El mejor organista de Sevilla muere. En Nochebuena, su órgano suena solo. ¿El prodigio es celestial o póstumo?
Tres fechas: Un hombre enlaza tres misteriosos vislumbres de una mujer en Toledo. ¿Quién es y qué secreto une estos encuentros?
La rosa de pasión: Sara, judía, ama a un cristiano. Su padre conspira. Ella debe traicionar a su familia para salvar a su amado.
La cruz del Diablo: Un barón malvado muere, pero su armadura, poseída, aterroriza. Una cruz forjada con el metal debe aprisionar al demonio.
Gustavo Adolfo Bécquer
Gustavo Adolfo Bécquer, cuyo verdadero nombre era Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, se trasladó de Sevilla, donde nació en 1836, a Madrid para dedicarse a la literatura. Padeció tuberculosis y vivió en la penuria económica hasta que le nombraron censor de novelas y director literario de La ilustración de Madrid. Entre sus obras en prosa destacan textos como Cartas desde mi celda y Cartas literarias a una mujer,escritas en el monasterio de Veruela. Sin embargo, la cúspide de su producción se da con sus Rimas y sus Leyendas, de las que se desprende el lúgubre y sublime espíritu posromántico. Murió en Madrid, en 1870, dejando tras de sí una estela literaria cuya influencia no tiene parangón en la historia de la literatura en lengua castellana.
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7 mejores cuentos de Gustavo Adolfo Bécquer - Gustavo Adolfo Bécquer
El Autor
Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida, más conocido como Gustavo Adolfo Bécquer, fue un poeta y narrador español del Posromanticismo. Nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836 y falleció en Madrid el 22 de diciembre de 1870 , a los 34 años , a causa de tuberculosis.
A pesar de haber alcanzado cierta fama en vida, fue solo tras su muerte y la publicación del conjunto de sus escritos que obtuvo el prestigio que tiene hoy. Su obra cumbre, las Rimas y Leyendas, es considerada uno de los libros más populares de la literatura hispana.
La familia Bécquer, de origen flamenco y alemán , se había asentado en Sevilla alrededor de 1588. Su padre, José Domínguez Bécquer (quien adoptó el apellido Bécquer para firmar sus obras) , fue un pintor costumbrista y retratista. Su madre fue Joaquina Bastida Vargas. Gustavo Adolfo era el quinto de ocho hijos , entre ellos el también pintor Valeriano Bécquer.
Gustavo Adolfo quedó huérfano de padre en 1841 a los cinco años , y de madre en 1847. Estudió en el Colegio de San Francisco de Paula y fue interno en el Colegio Naval de San Telmo de Sevilla. Tras el cierre de San Telmo , fue acogido en casa de su madrina, Manuela Monnehay, cuya nutrida biblioteca le permitió leer a clásicos y a contemporáneos.
En 1848, entró en la Escuela de Bellas Artes , pero la abandonó en 1850 al considerarla rutinaria , pasando al taller de su pariente el pintor Joaquín Domínguez Bécquer. Joaquín le costeó sus estudios de enseñanza media.
En octubre de 1854, Bécquer se trasladó a Madrid. Sus primeros años en la capital fueron difíciles, llegando a escribir: me encontré solo en el mundo
.
Colaboró en varias publicaciones, y en 1856 coescribió la obra cómica La novia y el pantalón bajo el seudónimo de Adolfo García.
Entre 1857 y 1860, codirigió la obra Historia de los templos de España. Escribió sobre los templos de Toledo , ciudad que ambientó en cuatro de sus leyendas.
En 1860, entró a trabajar como redactor en el periódico El Contemporáneo , donde publicó sus Cartas literarias a una mujer (1860-1861). En ellas reflexiona sobre la poesía, con reflexiones como: la poesía es el sentimiento, y el sentimiento es la mujer
.
Se casó con Casta Esteban Navarro el 19 de mayo de 1861 en Madrid. Tuvieron tres hijos. La provincia de Soria, de donde era la familia de su mujer, sirvió de ambientación para cuatro de sus leyendas.
En 1863, a causa de una enfermedad pulmonar, se trasladó con su familia y su hermano Valeriano al Monasterio de Veruela. Durante su estancia, escribió nueve cartas para El Contemporáneo, tituladas Desde mi celda.
En octubre de 1864, se instaló definitivamente en Madrid. En diciembre de 1864, fue nombrado censor de novelas por su amigo y mecenas, el político moderado Luis González Bravo. Posteriormente, fue director de El Contemporáneo y del semanario El museo universal.
La revolución de 1868 destronó a la reina Isabel II. En septiembre de 1868, Bécquer dejó su cargo de censor. El manuscrito de sus Rimas se conoce como Libro de los gorriones. Para evitar represalias, Bécquer y Valeriano se instalaron en Toledo entre octubre de 1868 y diciembre de 1869.
A principios de 1870, fundó y dirigió La Ilustración de Madrid, que contaba con dibujos de su hermano Valeriano.
Su hermano Valeriano falleció el 23 de septiembre de 1870. El impacto del hecho sobre el ánimo de Gustavo fue muy fuerte. Gustavo falleció poco después, el 22 de diciembre de 1870.
Tras su muerte, un grupo de amigos se reunió para editar sus obras. Las Obras completas de Bécquer, que incluían sus Rimas y Leyendas , comenzaron a venderse en el verano de 1871, y los beneficios fueron para las viudas de Gustavo y Valeriano. Su obra, con su lirismo íntimo y sencillo , influyó en la lírica española posterior, siendo considerado, junto a Rosalía de Castro, el poeta que inaugura la lírica moderna española.
Sus restos, junto con los de Valeriano, fueron trasladados a Sevilla en 1913 y sepultados en el Panteón de Sevillanos Ilustres. En 2013, se colocó un cenotafio dedicado a Bécquer junto al río Guadalquivir, en el Parque del Alamillo.
El rayo de luna
Leyenda de Soria
Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de los últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación.
Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta leyenda¹, que, a los que nada vean en su fondo, al menos podrá entretenerlos un rato.
Era noble; había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante, ni apartar sus ojos un punto del oscuro pergamino en que leía la última carta de un trovador².
Los que quisieran encontrarlo no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros³ domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones y los soldados se entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su maza⁴ contra una piedra.
— ¿Dónde está Manrique? ¿Dónde está vuestro señor? — preguntaba algunas veces su madre.
— No sabemos — respondían sus servidores — Acaso estará en el claustro del monasterio de la Peña⁵, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente, mirando correr una tras otra las olas del río por debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos⁶ que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo.
En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra por que su sombra no lo siguiese a todas partes.
Amaba la soledad porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, porque Manrique era poeta, ¡tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos!
Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel, junto a la alta chimenea gótica⁷, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.
Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas⁸, que exhalaban lamentos y suspiros o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio, intentando traducirlo.
En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas imaginaba percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras inteligibles que no podía comprender.
¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar, como un junco.
Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas, que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio exclamaba:
— Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas! Y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas... ¿Cómo será su hermosura?... ¿Cómo será su amor?
Sobre el Duero, que pasa lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río.
En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie restos de los anchos torreones de sus muros; aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales⁹ de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas.
En los huertos y en los jardines cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada de sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla.
Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; y las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en los trozos de fábrica, próxima a desplomarse, el jaramago¹⁰, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.
Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente.
Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios.
La medianoche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito, un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo.
En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca que flotó un momento y desapareció en la oscuridad.
