El caballero de Olmedo
Por Lope de Vega
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Lope de Vega
Félix Lope de Vega y Carpio (Madrid, 1562-1635), con su variada y prolífica obra, es uno de los autores más importantes de la historia de la literatura española. Aunque también escribió magníficas novelas, es en la lírica y en el teatro donde cultivó sus mayores éxitos. De hecho, su faceta como dramaturgo marcó un antes y un después: con centenares de comedias, consiguió hacer del teatro del Siglo de Oro un fenómeno de masasy sirvió como precedente a autores de la talla de Calderón de la Barca. Entre sus obras cabe destacar El castigo sin venganza, El caballero de Olmedo, El perro del hortelano, Peribáñez y el Comendador de Ocaña, Fuenteovejuna, y Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos.
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El caballero de Olmedo - Lope de Vega
EL CABALLERO
DE OLMEDO
Descripción: 9788497405515_Page_002_Image_0001.jpgLOPE DE VEGA
EL CABALLERO
DE OLMEDO
TRAGICOMEDIA
Edición a cargo de
TERESA OTAL
En nuestra página web www.castalia.es encontrará el catálogo completo de Castalia comentado.
Primera edición impresa: mayo 2008
Primera edición en e-book: septiembre 2012
Edición en ePub: febrero de 2013
© de la edición: Teresa Otal Piedrafita
© de la presente edición: Edhasa (Castalia), 2012
www.edhasa.es
ISBN 978-84-9740-551-5
Depósito legal: B.25483-2012
Ilust. de cubierta: Vittore Carpaccio: Joven caballero en un paisaje (detalle, 1510). Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid. Tiziano: Antonio Anselmi (detalle, h. 1550. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.
Diseño gráfico: RQ
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Lope de Vega joven, en un grabado para Poema de San Isidro. Madrid, Pedro Madrigal, 1603.
Debajo: firma autógrafa.
Presentación
1. LA ÉPOCA: DEL ESPLENDOR A LA DECADENCIA
La existencia de Félix Lope de Vega y Carpio (1562-1635) transcurre en un momento crucial de la historia de España: todavía se vive el sueño que Felipe II bautizó como Imperio en el que no se pone el sol
, pero aparecen ya síntomas de un grave desgaste político, económico y social.
Lope conoció a tres monarcas de la casa de Austria, de desigual carácter y valía política. Felipe II, obsesionado con mantener la hegemonía española en el mundo y defender la fe católica, continuó la política militar de sus antecesores, aunque el éxito no siempre le acompañó; durante su mandato se produjo la anexión de Portugal a la corona española, se acometieron varias campañas militares contra los musulmanes —de las cuales Lepanto fue la más famosa—, el norte de los Países Bajos consiguió independizarse, hubo sublevaciones en Aragón, y se luchó contra el enemigo protestante en Francia y en Inglaterra (desastre de la Armada Invencible). Tras la muerte de este monarca, subió al trono su hijo Felipe III, persona de temperamento pacífico, pero con tan escasas dotes de mando que confió las labores de gobierno en el Duque de Lerma, y, aunque la tregua con los Países Bajos trajo consigo unos años de paz, pronto España volvió a embarcarse en una empresa bélica, la Guerra de los Treinta Años. En 1621 muere Felipe III y le sucedió su hijo, Felipe IV, quien también delegó el poder en manos del valido Conde Duque de Olivares; el año en el que muere nuestro poeta, Francia y Suecia le declaran la guerra a España.
Al declive político de este período le acompañó una profunda crisis económica, reflejada en las sucesivas bancarrotas que sufrió el estado español (1575, 1596, 1607), y que vinieron motivadas tanto por lo gravosas que resultaban las campañas militares (para cuyo gasto no eran suficientes el oro y plata traídos de América), como por la incapacidad española para potenciar la industria y comercio, que no pudieron competir con el creciente poderío inglés y holandés. También tuvieron que ver en esta recesión económica otros factores sociales muy importantes: el desprecio que la clase nobiliaria española sentía por el trabajo y la actividad mercantil, el escaso peso de la burguesía, la expulsión de los moriscos (1609) —que habían sido mano de obra barata para trabajar en el campo—, y la disminución demográfica (debida a las bajas ocasionadas por la guerra, a la creciente emigración a América, y a una serie de epidemias y pestes que azotaron a la población española).
Las ideas que en este momento triunfaban en Europa eran: el método inductivo de Bacon, el racionalismo de Descartes, las teorías de científicos como Newton, Torricelli, Galileo, Boyle… Sin embargo, en España apenas penetraron, en parte debido a la poderosa influencia que el Concilio de Trento (1564) y la Contrarreforma católica ejercieron en los espíritus. En su lugar, se registró una actitud de escepticismo hacia la naturaleza humana, que condujo a una visión pesimista del mundo y de la existencia humana; de ahí que en las manifestaciones artísticas haya abundantes referencias a la muerte, y, aunque la vida y la belleza de las cosas se seguían presentando como algo deleitable, se insistía en su carácter caduco y fugaz.
En el mundo de las artes la estética que triunfaba era la barroca. Algunas de las características más llamativas que vemos reflejadas en las obras de este período son: una sensación constante de movimiento y de rechazo de todo lo que suponía uniformidad y equilibrio, el gusto por reflejar tanto los pequeños detalles como el exceso ornamental, y, sobre todo, una llamativa tendencia a mezclar contrarios: la belleza y la fealdad, el mal y el bien, la luz y la sombra, el idealismo y el realismo. Todas las artes compartieron estas ideas. La arquitectura, escultura y pintura nos han dejado nombres tan sobresalientes como Herrera, Alonso de Cano, Velázquez, el Greco, Zurbarán, Murillo o Claudio Coello.
Algo semejante sucedió en el mundo literario: continuaron cultivándose los mismos temas y motivos que en el Renacimiento, pero las formas se fueron complicando y los conceptos se condensaban cada vez más. Es lo que conocemos como culteranismo y conceptismo. Ambos movimientos son, en realidad, expresión de una misma tendencia, la de crear artificio. El culteranismo, con su abuso de los recursos retóricos, acababa encubriendo la forma; y el conceptismo, con su exceso de frases ingeniosas, llegaba a oscurecer el fondo. Sin embargo, y como también ocurrió en las otras artes, esta época ha pasado. Aparecieron novelas tan importantes como Don Quijote o Guzmán de Alfarache; escribieron Góngora, Quevedo y Gracián, y, sobre todo, es el momento en el que el público aplaude con entusiasmo la comedia nueva, cuyo máximo cultivador fue Lope de Vega.
2. EL TEATRO BARROCO
2.1. La fiesta teatral
Una de las mejores diversiones para el español del siglo XVII era asistir a una representación teatral. Nunca, antes ni después, hubo tal pasión popular en nuestro país por el teatro. Los dramaturgos escribían a ritmo frenético. Normalmente las obras duraban en cartel tres o cuatro días, y sólo las piezas de más éxito podían llegar a mantenerse durante una quincena. Los espectadores, de todas las clases sociales, y tanto en pueblos como en ciudades, acudían con la ansiedad de ver acción y el deseo de ser sorprendidos. Pero, como espectáculo de masas que fue, también eran frecuentes los incidentes y altercados.
El espectáculo comenzaba entre las dos y las cuatro de la tarde (dependiendo de la estación del año), con música de guitarras y una loa (composición dramática breve, que servía para introducir la comedia, alabar a algún personaje o captar la benevolencia del público). Le seguía la primera jornada de la comedia. En el descanso se interpretaba un entremés (pieza teatral jocosa de un solo acto). Tras la segunda jornada, había un baile (espectáculo dramático en que se representaba una acción por medio de la mímica y danzas). Luego se representaba la tercera jornada, y todo acababa con una mojiganga (obra teatral muy breve, pensada para divertir al público). La función completa finalizaba al anochecer.
Las obras, que constan de unos tres mil versos cada una, eran escritas por los poetas, a quienes se las compraban (con todos los derechos incluidos) los autores de comedias —actuales directores—, que eran quienes contrataban a los actores, y arrendaban los locales donde se realizaban las actuaciones. Los actores, que estaban integrados en compañías, debían incluir, entre sus habilidades, dotes dramáticas y facultades para el canto y el baile; ahora bien, no gozaban de excesiva reputación, lo cual perjudicaba su imagen moral.
Las obras empezaron a representarse en tablados desmontables, pero a finales del XVI se pasó
