Nosotros que nos queremos tanto: Estado, modernización y separatismo: una interpretación del proceso boliviano
Por Antonio Mitre
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Este estudio busca verificar las posibilidades de que este curso pueda ser modificado con el auge de movimientos étnicos regionalistas en algunos países del continente. Las conclusiones se fundamentan en el análisis de la experiencia boliviana, en donde estos fenómenos se proyectan con particular intensidad y dramatismo.
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Nosotros que nos queremos tanto - Antonio Mitre
Antonio Mitre
Nosotros que nos queremos tanto
Estado, modernización y separatismo:
una interpretación del proceso boliviano
logo_lom_alta.tifLOM PALABRA DE LA LENGUA YÁMANA QUE SIGNIFICA SOL
© LOM Ediciones
Primera edición, 2010
ISBN: 978-956-00-0162-7
Diseño, Composición y Diagramación
LOM Ediciones. Concha y Toro 23, Santiago
Fono: (56-2) 2 860 6800
www.lom.cl
lom@lom.cl
A mi querido amigo Manolo Molina Pablos.
I. Las dos caras del Estado
El presente ensayo parte de la constatación de una paradoja en la trayectoria política de los países latinoamericanos y, a base de ella, discurre sobre un tema presente en la escena contemporánea.¹ La paradoja se refiere a que los Estados de la región, a pesar de su frágil estructura interna, acusan notable continuidad en el tiempo y, salvo raras excepciones, no experimentaron fracturas territoriales provocadas por conflictos raciales, guerras civiles o internacionales que hayan derivado en la formación de nuevas soberanías o en la extinción de las ya existentes. La pregunta que se plantea es si ese curso podrá ser modificado actualmente, en virtud de la ascensión de movimientos étnicos y regionalistas que se verifica en algunos países del continente. El análisis se concentra en Bolivia, donde tales procesos se han presentado con particular intensidad y dramatismo en las últimas décadas.²
Observando el itinerario de los países latinoamericanos, desde su formación hasta los días de hoy, sorprende la relativa continuidad del cuadro estatal configurado en el siglo XIX –fenómeno que no solo contrasta con la fragilidad de sus fundamentos internos, sino también con lo que se observa en Europa y otros continentes, donde procesos separatistas y nacionalistas de variada índole obligan a rehacer periódicamente el mapa político. En la región americana, en cambio, si bien ocurrieron frecuentes desplazamientos de fronteras, con transferencias, forzadas o negociadas, de franjas territoriales de un Estado a otro, los enfrentamientos provocados por conflictos internacionales, guerras civiles, levantamientos indígenas o movimientos regionalistas no redundaron en la extinción de soberanías ya constituidas ni en la emergencia de nuevas entidades políticas.³ Aun en la experiencia más catastrófica –la de Colombia–, donde grupos armados controlan hace décadas considerables parcelas del territorio nacional, el proceso no se anunció como una guerra de secesión durante su antigua fase política, ni lo hace hoy cuando otros desvaríos y motivaciones lo llevan por rumbos nada altruistas. De todas formas, no hubo ni hay, por parte de los que desafían al Estado colombiano, el propósito de fragmentar la base territorial del país para la formación de una nueva soberanía. Al contrario, en la Agenda Común
, acordada entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), se estipuló expresamente que, en la búsqueda de una solución política al conflicto, se conservaría la unidad nacional
.⁴
En la investigación de las causas responsables por el fenómeno en cuestión, algunas pistas se revelan promisorias. En primer lugar, el tiempo de existencia del orden estatal es una variable importante que incrementa las chances de adhesión tácita por parte de las poblaciones a una instancia superior de autoridad dentro de territorios delimitados política y administrativamente. En esa línea, cabe recordar que, desde épocas precolombinas y a lo largo de los tres siglos coloniales, la dominación estatal fue una experiencia constante, tanto en el espacio mesoamericano como andino. Y aun cuando se considera tan sólo el período republicano, América Latina aparece como una región relativamente veterana en el sistema de Estados moderno. En efecto, consolidado el proceso de Independencia, alrededor de 1840, la densidad estatal de la región situada al sur del Río Bravo, todavía sin Cuba y Panamá, ya era una de las mayores del planeta, alojando 17 de las aproximadamente 39 o 40 soberanías que hacían parte de la comunidad internacional
de aquella época. Es significativo, en tal sentido, el hecho de que Bolívar y M. de Pradt hubieran conseguido vaticinar, con bastante exactitud y mucho antes de que concluyeran las guerras de liberación, el número de repúblicas que aflorarían de la matriz colonial –lo cual revela hasta qué punto las jurisdicciones e instituciones de entonces demarcaban espacios políticos y administrativos distintos, así como, en alguna medida, identidades socioculturales.⁵ Éstas, ligadas formalmente por el cemento de las leyes, la religión y la lengua, se fueron diferenciando, a lo largo del tiempo, por la acción del medio físico y la forma singular en que se amalgamó el substrato precolombino característico de cada zona con los elementos ibéricos y africanos. Al comenzar el siglo XIX, la solera de las patrias chicas era de tal densidad que el Libertador y su colaborador más fiel, Antonio José de Sucre, no demorarían en descubrir, in situ, la resistencia de las mismas a formar parte de grandes entidades confederadas y, más aún, a fundirse en proyectos de unidad continental.⁶ Bajo ese ángulo, la formación de las nuevas soberanías no dejaba de ser una fractura de dos Estados imperiales, ambos socios-fundadores del club de Westfalia. La fragmentación seguramente no fue mayor porque, entre las más recientes ofertas de la vitrina institucional de la época, se exhibían, en la orla europea, un modelo de Estado moderno de inspiración montesquiana que promocionaba un orden cosmopolita, y en la otra banda, el influjo, desde Estados Unidos, de un formato constitucional –el federalismo– capaz de alojar expectativas de autonomía, latentes e intensas en algunas provincias de gran extensión territorial, sin mella del cariz republicano que terminaron por adoptar todos los países hispanoamericanos. En el trazado de la división política, la cual ciertamente no coincidía con los contornos de las naciones o pueblos indígenas, jugó un papel instrumental la intelligentsia formada alrededor de las 23 universidades establecidas en la época colonial, es decir, al menos un alma mater en prácticamente todas las unidades administrativas que posteriormente se transformaron en países independientes
⁷ –prenuncio del sitial que seguirán ocupando los letrados en la pirámide del poder político.
Acoplado a esa trayectoria subyace un fenómeno igualmente longevo que, no obstante se muestre como el reverso de la unidad estatal, es en realidad una clave para entenderla. Me refiero a la vigencia de un pacto tácito, de antigua cepa, que exigió de las poblaciones indígenas conquistadas o, mejor, de sus jefes, el reconocimiento del derecho del Estado imperial a cobrar tributos y prestación de servicios, y de éste, la disposición de no intervenir directamente en la organización interna de las comunidades ni en la constitución de sus autoridades.⁸ La misma configuración dicotómica se prolonga hasta bien entrado el siglo XX, y se acentúa allí donde la estructura de castas, heredada de la colonia, profundiza el foso social, impidiendo, por un lado, que los miembros de pueblos indígenas participen en la república criolla
y, por otro, que las clases gobernantes del país ejerzan dominio político sobre los habitantes de la república de indios
. Acreciéntese a ello la orientación centrífuga de las oligarquías latinoamericanas, las cuales, constituidas por lazos de parentesco en extensas redes familiares, tendían a conectarse e identificarse, a la manera de las monarquías transnacionales, mucho más con el mundo exterior que con la realidad social circundante, de la cual, no obstante, dependían social y económicamente.⁹ El extrañamiento de la clase dirigente en Estados de fuerte composición indígena era de tal magnitud que parecía "como si el blanco viviera sólo provisionalmente en el país, su colonia, anhelando regresar a Europa, su verdadera patria espiritual".¹⁰ Temprano comprendió Bolívar la condición agónica del criollaje y ningún asombro fue más raigal que el suyo ante la insólita sensación de no haber nacido aun y ya saberse fuera de lugar:
…nosotros que apenas conservamos vestigios de lo que en otros tiempos fue, y que por otra parte no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles: en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país, y que mantenernos en él contra la
