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Carlo Collodi
Carlo Collodi (1826–1890) is the pseudonym of Carlo Lorenzini, an Italian children’s writer. His most famous work, ‘The Adventures of Pinocchio’, first appeared in 1880, published weekly in a newspaper for children. The novel’s eponymous character has transcended the page and taken on a life of his own, appearing in films, television, plays, and spinoff works.
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Las aventuras del mono Pipí - Carlo Collodi
Érase una vez una pequeña familia de monos que vivía en el famosísimo bosque Delquintopino: mamá mona, papá mono y sus cinco hijos, que eran todos unos micos. La familia vivía en las ramas de un árbol gigantesco en mitad del bosque, y pagaban por su casa quince ciruelas al año a un viejo gorila, algo prepotente, que afirmaba ser el casero.
De los cinco monitos, cuatro tenían el pelo oscuro, del color del chocolate, mientras que el más pequeño —quién sabe por qué capricho de la naturaleza— estaba cubierto de una elegante pelusa rosada, similar a los pétalos de una rosa en el mes de mayo. Por ese motivo, todo el mundo, en casa y en el bosque, lo llamaba Pipí, que en el lenguaje mico significa exactamente eso: «del color de una rosa».
Pipí no se parecía nada a sus hermanos ni tampoco a los demás monitos del vecindario, algo que no solo se debía a su color rosa. Tenía un rostro despierto e inteligente, unos ojos brillantes y traviesos que no paraban quietos un instante, una boquita propensa a la sonrisa, y el cuerpo esbelto y fibroso, flexible como un junco. A decir verdad, era un monito bien guapetón.
Al verle brincar por doquier y oír el alboroto que montaba, cualquiera podría haberle tomado por un niño de ocho o nueve años: perseguía mariposas y salía a buscar nidos, igual que un niño; el muy glotón se zampaba cualquier cosa que encontraba, sobre todo si era fruta verde, igual que un niño; y se limpiaba la boca con el dorso de la mano después de darse un festín, antes de chuparse los dedos uno a uno minuciosamente, igual que un niño (si bien un niño grosero).
Pero la gran pasión de Pipí era copiar a los humanos e imitar todo lo que estos hacían. Un caluroso día de verano, mientras deambulaba por el bosque cazando grillos, cigarras y otros insectos, vio a un viejo sentado al pie de un árbol que se estaba fumando una pipa. Pipí se quedó alucinado.
«¡Vaya!», se dijo. «¡Ojalá fuera mío ese palo que echa humo! Mis hermanos se morirían de envidia si me vieran echar nubecillas por la boca».
Esa tarde caía un sol de justicia y el calor era insoportable. Un rato después, el viejo bostezó, dejó la pipa encendida en la hierba y se quedó dormido. Sigilosamente, Pipí bajó por el tronco del árbol. Contuvo el aliento y estiró el brazo, poco a poco, hasta que agarró la pipa. Salió disparado al mismo tiempo que el hombre se despertaba y le ordenaba a gritos que se detuviese.
Cuando regresó a su casa en la copa del árbol, llamó a sus cuatro hermanos y les mostró que sabía echar humo por la boca. En las ramas se lio un follón de campeonato. Dodó, el hermano mayor, quería probar la pipa y se la quitó a Pipí, mientras los demás hermanos saltaban, reían y chillaban entusiasmados. Babá, uno de los más pequeños, se cayó del árbol y tuvo que volver a trepar cojeando, sin dejar de berrear, más desilusionado que dolorido.
Alarmados por el alboroto, los padres de Pipí se apresuraron a ver qué sucedía. Se encontraron a Gugú y Memé peleándose por la pipa, y a Dodó tosiendo y escupiendo: le salía humo gris por la boca y la nariz.
El padre de Pipí movió la cabeza, disgustado.
—¿De quién ha sido la idea?
Cuatro dedos marrones señalaron al mono rosa.
—De Pipí —se chivó Babá, lloriqueando todavía—. Le ha robado ese palo que echa humo a un hombre en el bosque.
Su padre volvió a mover la cabeza.
—Robar está mal, Pipí —le regañó con voz amable—. Y fumar es malo. Debes recordar que todas tus acciones tienen consecuencias: si robas hoy, puede que mañana acabes mal. Tal vez hoy te parezca divertido fumar, pero en el futuro será perjudicial para ti. No debes copiar lo que hacen los humanos: cuando seas mayor lo entenderás, hijo. Pero si no tienes cuidado ahora, quizá entonces sea demasiado tarde.
—Perdona, papá —dijo Pipí, reprimiendo una sonrisa traviesa.
Al ser el favorito, sabía que su padre le perdonaría todas sus diabluras, y como mucho le caería una regañina.
—No volveré a hacerlo —añadió, aunque sus ojos decían justo lo contrario.
—Muy bien —asintió el padre de Pipí, y le quitó la pipa a Memé, que la soltó con un gimoteo triste—. Ahora os contaré una historia.
Llamó por señas a su esposa para que se sentara junto a él. Impacientes, los cinco micos saltaron a la rama de enfrente y se colocaron por orden, del más alto al más bajo, con Pipí en el extremo de la rama.
—Es una historia sobre un humano, un hombre que vivió para lamentar algo que hizo cuando era joven.
—¿Quién es? ¿Quién es? —gritaron los micos, que siempre escuchaban embelesados las historias de su padre.
—Se llamaba Carrasposo —dijo—. Bueno, no siempre se llamó así. De joven era un chico muy guapo, tan guapo como vosotros, mis monitos, pero entonces...
—Entonces, ¿qué? Entonces, ¿qué? Cuéntanoslo, papá.
—Entonces, como os he dicho, hizo algo malo. Rompió una promesa que había hecho y fue castigado por ello.
—¿Qué sucedió, papá? —quiso saber Babá.
—Estaba enamorado de una hermosa chica llamada Bella. Iban a casarse y él le había prometido que le llevaría unas flores de color turquesa para su vestido de novia. Las estaba recogiendo en el bosque cuando vio a un viejo, sentado al pie de un árbol, fumándose una glup-glup. Sí, igualita que esta. —Papá mono agitó la pipa y clavó la vista
