Condenas cruzadas
Por Kenneth Eade
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¡Realmente un divorcio puede ser mortal!
Experimenta el suspense y el misterio de la última novela de intriga jurídica éxito en ventas, de este galardonado autor de quien los críticos comentan que es: "Uno de los mejores escritores de intriga jurídica y judicial del momento".
Una esposa que se enfrenta a un divorcio contrata a un asesino a sueldo para eliminar a su marido, luego cambia de opinión y aparece asesinada, o al menos así opinan la Policía y el abogado Brent Marks, que represente al esposo. No obstante, Marks tiene dudas sobre si su cliente ha tenido o no un papel activo en ese asesinato.
Los comentarios de la crítica señalan:
“Pocos autores del género de la intriga jurídica y judicial dominan la escena con la creatividad con que lo hace Kenneth Eade para presentar los hechos de modo que, con la ayuda de su protagonista, Brent Marks, podamos alcanzar a entender las complejidades jurídicas que nos rodean. Como ha quedado sobradamente dicho y repetido, Kenneth Eade es uno de los escritores contemporáneos más prominentes en el ámbito del suspense jurídico y el hecho de que escriba sus novelas basándose en el panorama filosófico actual exalta el interés en su trabajo.” Grady Harp, Amazon Hall of Fame, Top 100 and Vine Voice
“En particular, los aficionados al suspense jurídico y judicial (incluso los recién llegados al mundo de Brent) quedarán satisfechos y deleitados por la línea realista de la narrativa y la progresión del argumento que hacen de esta obra una excepcional lectura que atraerá incluso a los seguidores más avezados de la novela policial de investigación.” Midwest Book Review
“Condenas cruzadas” ha alcanzado la cumbre en los siguientes rubros de clasificación:
#1 Éxito en nuevas publicaciones de Intriga Jurídica
#1 Éxito en nuevas publicaciones de Suspense en encuadernación rústica
#3 Éxito en ventas en nuevas publicaciones de Suspense en encuadernación rústica
#15 Éxito en ventas en nuevas publicaciones de Intriga Jurídica
Los lectores opinan sobre el abogado Brent Marks:
Eade se destaca en los dos aspectos más importantes de la escritura: el desarrollo de los personajes y de la línea argumental. Compararlo con Grisham, Michael Connelly, Robert Crais, para mencionar a unos pocos no es en modo alguno exagerado. La complejidad de los personajes y la temática de sus novelas es de tan alta calidad como la de aquellos grandes escritores del género jurídico, judicial y policial”. Kristine Lovas
“Me ha capturado desde la primera a la última página. Recomiendo encarecidamente este libro así como las demás novelas de Kenneth Eade”. Diane G
“Esperar lo inesperado mientras el autor nos lleva a recorrer un emocionante camino con este argumento jurídico-policial que hace imposible dejar de leerlo.” Cyn
“Los giros argumentales y la gran duda sobre quién es el asesino, suposiciones y deducciones que hacen de este libro una gran novela policial.”
Kenneth Eade
This author's biography can also be found at the end of the translated file. Über den Autor: Der Schriftsteller Kenneth Eade, der für seine Justiz- und Politthriller bekannt ist, war bereits 30 Jahre vor der Veröffentlichung seines ersten Romans ›An Involuntary Spy‹ als Anwalt tätig. Eade, ein Nachwuchsautor im Genre Justizthriller und Gerichtsdrama, wurde von Kritikern als ›einer unserer stärksten Thrillerautoren unserer Zeit‹ beschrieben, und die Tatsache, dass er seine Geschichten aus der aktuellen philosophischen Landschaft inspiriert, macht ihm alle Ehre.‹ Kritiker haben auch gesagt, dass ›seine Romane die Leser an John Grisham erinnern werden, was beweist, dass es Kenneth Eade verdient, auf den gleichen Listen mit dem weltweit größten Thrillerautoren zu sein.‹ Kommentar von Eade zu diesem Vergleich: »John Grisham sagt von sich selbst, dass er es manchmal mag, eine gute Geschichte, um ein wichtiges Thema zu wickeln. In allen meinen Romanen findet man stets die Geschichte und das wichtige Thema.« Eade ist bekannt dafür, dass er mit seinen Lesern in Kontakt bleibt und all denjenigen kostenlose Geschenke und Rabatte bietet, die sich auf seiner Website anmelden, www.kennetheade.com.
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Condenas cruzadas - Kenneth Eade
CONDENAS CRUZADAS
––––––––
Kenneth Eade
Times Square Publishing Derechos de autor 2016 Kenneth Eade
ISBN: 978-1533122681
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Este libro es un trabajo de ficción. Los nombres, personajes, lugares y hechos son producto de la imaginación del autor o están usados de manera ficticia, y cualquier semejanza con personas vivas o muertas, empresas, comercios, lugares o hechos es mera coincidencia. El editor no posee control y no asume responsabilidad alguna por el contenido vertido, por el autor o por terceros, en páginas o sitios electrónicos.
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A mi esposa, Valentina, gracias a quien he descubierto que finalmente lo he logrado.
El divorcio no es una tragedia. Nadie se ha muerto por divorciarse
-Jennifer Weiner
––––––––
Mi esposo y yo nunca pensamos en divorciarnos... en matarnos, varias veces, pero en divorciarnos, jamás
-Joyce Brothers
PRÓLOGO
––––––––
Se sentó a la mesa, con paciencia. A primera vista tenía el aspecto de cualquier otra persona normal, a menos que se lo mirara con mayor detenimiento. Entonces, se podía apreciar que él era diferente del resto de las personas. Oh, él podía se encantador y actuar como todo el mundo. Sin embargo, esta vez, tenía la mirada petrificada; una mirada fija, intensa, inquebrantable, que impulsaba a desviar la propia vista y a salir corriendo.
—Eres bastante osado, ¿lo sabes?
—Como sea, tenemos que cerrar este tema.
Había oscuridad en sus ojos, y un abismo tan profundo que si se tenía la desgracia de atraer su mirada se sentía un escalofrío. Esos ojos continuaban mirando hacia adelante; dos pozos inexpresivos de ébano, de un vacío interminable; como agujeros negros.
—Esto no es un juego ¿lo sabes?
—Lo sé mejor que nadie. Debes cancelarlo inmediatamente.
Los labios se le curvaron hacia arriba, como para formar una sonrisa que terminó más bien siendo una mueca. Cerró los puños con fuerza hasta que se le enrojecieron los nudillos. Él era un profesional. Ser un profesional significaba no solo ser competente en lo que hacía sino también ser cuidadoso acerca de para quién lo hacía. Y a quién se lo hacía. No le gustaba cometer errores de juicio.
—Realmente tienes agallas; te lo reconozco.
—Llegados a este punto, cuando hay tanto en juego, no hay otra opción. Entonces, ¿tenemos un trato?
—No hay reembolsos. Es la regla.
—Puedes quedarte con el dinero; lo considero bien gastado.
Se inclinó sobre la mesa; sus ojos de reptil aún miraban hacia delante, inexpresivos y vacíos.
—¿Has traído el pago por la cancelación?
—Sí; está todo ahí dentro.
Colocó la bolsa negra sobre la mesa y, con la mirada inmutable durante todo el tiempo, la abrió y examinó su contenido. Entonces, sus labios formaron una mueca cínica.
—Bien; damos por concluido el trato.
CAPÍTULO I
––––––––
El abogado Brent Marks se movía inquieto en la silla de su escritorio y se pasaba la mano por la cabeza, desde la frente hacia atrás, mientras observaba la pila de facturas que se le habían amontonado. Tras haber pagado durante años el derecho de peaje en la profesión, llevando cantidad de casos de divorcio y de delitos de menor cuantía y otras causas civiles no tan menores, creía que finalmente había alcanzado una posición en la que podría concentrarse solamente en aquellos temas que le interesaban realmente: casos de contenido social. Sin embargo, a veces la vida le lanza a uno una bola curva y hay que reinventarse. Justamente, Brent debía hacer eso mismo después de dos casos que había llevado recientemente, que sí habían sido de importancia social, pero que lo habían puesto en jaque, y habían amenazado no solo la vigencia de su habilitación profesional para ejercer el Derecho sino su libertad misma. Ahora, era el momento de volver a aceptar, al menos por un tiempo, algunos de esos casos que no le gustaban tanto para, más adelante, poder volver a trabajar en los que sí le interesaban.
Brent odiaba los casos de divorcio pero, como abogado en ejercicio por cuenta propia en una ciudad pequeña, consideraba que aún cuando esos casos eran los que sacaban a un abogado de quicio, eran también los que permitían pagar las facturas a fin de mes. Tras 25 años de ejercicio profesional, Brent había aprendido que un divorcio era quizá la experiencia que más alteraba las relaciones humanas, casi con la misma intensidad que una muerte en la familia. Los afortunados vivían lo suficiente como para ver cómo sus consortes morían. Los desdichados habían pasado por, al menos, un divorcio que, dependiendo del momento de la vida en el que hubiera ocurrido, podía destrozarle a uno la vida tanto desde el punto de vista financiero como emocional. Brent solía tener una caja de Kleenex sobre el escritorio para ofrecer en las reuniones iniciales. Cuando Melinda, la asistente jurídica de Brent, le anunció la llegada de su último cliente, Brent suspiró.
—Vamos, Brent, ¡tú puedes hacerlo!— se dijo.
En seguida terminó de organizarse y se puso de pie para recibir al nuevo cliente. Sonriendo, extendió la mano hacia el hombre que atravesaba la puerta de su despacho. Era alto, esbelto y bien vestido; llevaba un abrigo sport color azul marino con pantalones grises.
—Robert Taylor.
—Brent Marks.
Se estrecharon las manos y Brent lo invitó a sentarse. Él tomó asiento en una de las sillas de madera frente al escritorio de Brent e inspeccionó la colección de diplomas que colgaban de las paredes revestidas en madera.
—Entiendo que desea presentar una demanda de divorcio.
—Así es.
—Comencemos con su cuestionario de Derecho de familia. El ponerlo todo por escrito facilita las cosas para ambos.
Taylor le entregó a Brent el cuestionario de cuatro páginas que acababa de completar en la sala de espera.
—Gracias.
Brent se centró en el documento que contenía todos los datos de la vida matrimonial de Taylor. El primer encuentro entre un abogado y su posible cliente era siempre un camino de ida y vuelta. Brent debía vender sus servicios al cliente mientras que, al mismo tiempo, tenía que estudiarlo para determinar no solo si le pagaría la factura sino también si tanto el caso como el cliente eran aceptables. El cliente, a su vez, debía ver en Brent un defensor aguerrido de sus derechos pero, al mismo tiempo, Brent no podía mostrarse demasiado resuelto como para llegar a comprometer sus principios éticos. Para Brent, la relación abogado-cliente era muy personal y, aunque ya había llevado casos de los cuales se había terminado arrepintiendo después, poseía un buen olfato para intuir cuándo una relación marcharía bien y, por ello, procuraba seguir siempre su intuición.
Desde el principio, Brent supo que Robert Taylor era el tipo de cliente que pagaría sus honorarios. Se trataba de un dermatólogo local, especializado en cirugía estética, al que le había ido muy bien. Lo que no podía intuir es si iba o no a estar del lado correcto
. Por supuesto, nunca existe un lado correcto o equivocado en un divorcio pero, dada la capacidad humana para el odio, la ruptura de una relación jurídica tan unida a las emociones como el matrimonio solía sacar lo peor de las personas. Si había de por medio criaturas, Brent nunca iba a estar de acuerdo en usar los derechos de custodia o de visita como arma arrojadiza en un combate por obtener algún tipo de beneficio económico. Y Brent tenía, además, un sentido de la equidad y de la justicia que no le permitía defender ninguna postura que considerara indigna.
—Veo que no tiene hijos pero que lleva casado aproximadamente diez años.
—Ajá. ¿Cree que tendré que pagar una pensión alimenticia muy alta?
—Existe algún riesgo, pero no será necesariamente una pensión a largo plazo. Por un lado, su mujer es menor que usted. Por otro lado, ella no ha trabajado durante el matrimonio. Por supuesto que, en última instancia es el juez quien decidirá pero, en mi opinión, no tendría que ser una pensión de carácter permanente. ¿Su mujer tiene pensado buscar trabajo o estudiar algo?
Taylor hizo una mueca burlona. —Creo que tiene pensado seguir haciendo lo que mejor se le da: estar todo el día sin hacer nada, que le hagan la manicura e ir de compras.
—Este será uno de los casos divertidos— pensó. —Lo que más me preocupa es que no haya celebrado capitulaciones matrimoniales— comentó en voz alta.
—Vaya, ¿qué le puedo decir? Estaba enamorado.
—Enamorarse es como practicar funambulismo: emocionante pero peligroso. Un acuerdo prematrimonial es como una red de seguridad.
Taylor se movía inquieto en su silla. —Lo sé, pero no es nada romántico sacarle un contrato a la novia antes de pedirle matrimonio.
—Lo entiendo perfectamente—. Brent volvió sobre el cuestionario. Tendrá que dividir su fondo de pensiones porque parece que todos los bienes son gananciales.
Taylor tragó saliva y contrajo el rostro. —Eso será duro. Lo tengo invertido en todo tipo de cosas.
—Forma parte del hecho de volver a comenzar.
—No me parece justo, ¿sabe?—. Me he deslomado trabajando y ahora ella va a vivir de lo que consiga sacarme en base a mi ruina financiera.
—Le repito, eso era 100% evitable. Sin embargo, ahora tenemos que afrontarlo.
—¿Y qué hay de la casa?
Taylor poseía una vasta propiedad en Montecito sobre la que pesaba una gravosa hipoteca que era sencilla de pagar con los beneficios derivados de sus inversiones pero que, cuando la mitad de ellos desapareciera, iba a ser imposible de mantener.
—También eso se compró durante el matrimonio y constan ambos en el título de propiedad. Puede ofrecerle comprar su parte, o bien, puede venderla y repartir el dinero.
—Ella dice que jamás se irá de allí.
—Entonces, ese será otro de los problemas con los que tendremos que lidiar. Pero lo conseguiremos; existe una vida después del divorcio. Mi mentor, Charles Stinson, solía decir: Ahora comenzarás a pagar con dinero en vez de con sangre
. Cuénteme un poco sobre su esposa. Necesito saber con quién estaré tratando.
Taylor respiró profundamente, con aire pensativo. —Me ha engañado.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que ante todos aparenta ser una mujer refinada, dulce y encantadora. Sin embargo, todo es una charada. Es mas bien la bruja que sostiene la manzana envenenada.
—Otra bruja—pensó Brent.
Una de las razones por las que a Brent le causaban tanto rechazo los casos de divorcio era porque tenían mucha carga emocional. El amor –o lo que hubiera habido entre esas dos personas– parecía transformarse inmediatamente en odio tras la ruptura. Si se pudieran extraer las emociones de cada una de las cuestiones, todas se resolverían con facilidad. Sin embargo, era imposible ignorar las emociones y había que buscarles la vuelta y quitarles hierro. A veces, las parejas peleaban por la tenencia de una mascota, o por un objeto que en una feria americana no se vendería ni a 100 dólares.
—Entonces, usted pensaba que era una princesa y después resultó ser una bruja.
—Sí.
—¿Diez años después?
—Ella sabe usar muy bien sus armas. Es una narcisista calculadora y traicionera, y una maestra de la manipulación. Sabe que los hombres deseamos a las mujeres y sabe cómo manejar a un hombre a través de ese deseo.
—Entonces, ¿lo sedujo con el sexo?
—No; el sexo nunca fue realmente bueno. Ella siempre actuaba como una pobre niña lastimada, desbordante de sensualidad pero sin experiencia sexual, sin siquiera
