Testimonio de una diplomacia activa: Colombia: 1990-1992 y 1997-2000
Por Fernando Gerbasi
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Para conocer y entender la relación colombo-venezolana a principios de los años 90 del siglo XX y su impacto en el devenir de estos países.
Este libro es un testimonio diplomático de la importante relación bilateral Colombia-Venezuela, en períodos en que ambos gobiernos convienen en aplicar, como política de estado, mecanismos de confianza mutua tendentes a facilitar la integración binacional.
Igualmente se relatan hechos, que por su importancia, influyeron favorablemente en este proceso o por el contrario se convirtieron en serios obstáculos. Se describen acuerdos, entendimientos, procesos de toma de decisión y la participación en ellos de actores esenciales.
Fernando Gerbasi
Fernando Gerbasi. Diplomático y economista. Egresado de la Universidad de Ginebra, Suiza. Se especializó en comercio internacional en el GATT y obtuvo la maestría en relaciones internacionales en el Centre d´Etudes Diplomatiques et Strategiques de París. Ingresó al servicio exterior venezolano en 1968, al cual renunció en diciembre de 2002. Hoy en día está jubilado, con el rango de embajador. Los principales cargos desempeñados fueron los de viceministro de relaciones exteriores; embajador en Brasil; dos veces embajador en Colombia y dos en Italia; embajador ante las comunidades europeas y ante la República Democrática Alemana; embajador alterno ante las Naciones Unidas con sede en Ginebra, Suiza. Además, tres veces representante permanente ante la Organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura, FAO. Ha presidido organismos internacionales como el Grupo de los 77, capítulo de Roma; el Grupo de Países de América Latina y el Caribe (GRULAC) en Roma y en Ginebra; el consejo de gobernadores del FIDA; la comisión de recursos genéticos para la alimentación y la agricultura, FAO, desde 1996 a 2002, donde dirigió las negociaciones que concluyeron con la adopción del tratado internacional sobre los recursos filogenéticos para la alimentación y la agricultura. De enero de 2003 a abril de 2007 presidió, a título personal, el fondo mundial para la diversidad de los cultivos. Ha participado en más de 141 reuniones internacionales, tanto dentro como fuera del sistema de las Naciones Unidas. Profesor en la Universidad Metropolitana de Caracas. Ha publicado varios libros y una docena de ensayos. José Egidio Rodríguez. Periodista y diplomático. Fue reportero de economía de los diarios El Nacional y El Universal, de Caracas; jefe de la sección internacional y coordinador de economía en el primero de esos medios de comunicación. En el ministerio de relaciones exteriores de Venezuela prestó servicios en la embajada en Washington; la misión ante la CE, la Comunidad Europea; la embajada en el Reino de Bélgica y el Gran Ducado de Luxemburgo; las embajadas en el Reino de España y en la RFA, República Federal de Alemania. Asimismo, encargado de Negocios, a.i. en España y Alemania; cónsul general en Cartagena, y jefe interino del consulado general en San Francisco. Adscrito al escritorio Colombia, en la dirección de las Américas; jefe de división de América Latina y el Caribe; jefe de la unidad Colombia en la dirección de las Américas y encargado de esa dirección. Ha publicado los siguientes libros: Necesidad de un Nuevo Periodismo Económico, Colegio Nacional de Periodistas, 1979, Caracas. Periodismo Económico para el Desarrollo, Academia Nacional de Ciencias Económicas, l987, Caracas. Imagen y Política Internacional, editorial Ateneo de Caracas, l987, Caracas. Asimismo, los folletos: El Pacto Andino, evolución de un proceso de integración. Instituto de comercio Exterior, ICE, 1977, Caracas. 8 Enfoques sobre la inflación, centro de orientación económica, 1987, Caracas. Bolívar, Cartagena y Mompox, edición conjunta consulado general de la República Bolivariana de Venezuela y academia de historia de Santa Cruz de Mompox. Cartagena, 2003.
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Testimonio de una diplomacia activa - Fernando Gerbasi
Primera edición: Enero 2016
© 2016, Fernando Gerbasi
© 2016, megustaescribir
Ctra. Nacional II, Km 599,7. 08780 Pallejà (Barcelona) España
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ISBN: Tapa Blanda 978-8-4911-2319-4
Libro Electrónico 978-8-4911-2320-0
Contenido
Presentación
Nota de introducción metodológica
PRIMERA ETAPA
1. Ofrecimiento de la Embajada en Colombia
2. La experiencia previa a Bogotá
3. La Juramentación como Embajador ante la República de Colombia
4. El viaje a Bogotá y la presentación de las Cartas Credenciales
5. El Equipo de la Embajada
6. El primer 5 de julio en Bogotá.
7. Los primeros pasos en Bogotá.
8. El 7 de agosto de 1990
9. Conozco a Noemí Sanín
10. El asesinato de Luis Carlos Galán
11. Una visita cuasi inoportuna
12. La Delimitación de las Áreas Marinas y Submarinas en el Golfo de Venezuela.
13. Acuerdos y Declaraciones
14. La toma de la embajada
15. De la toma de la embajada a la toma cultural de Bogotá
16. El comercio bilateral, elemento dinamizador de la integración binacional.
17. El regreso a la promoción económica
18. Mi esposa Irene y sus iniciativas.
19. Vallenato
20. El golpe de estado en Venezuela
21. El robo de vehículos y aviones
22. Impresiones, estereotipos y sentimientos
23. La despedida
SEGUNDA ETAPA
1. Retorno a Bogotá
2. Visita a Antioquia y encuentro con Alvaro Uribe Vélez.
3. Primera Visita del Presidente Electo de Venezuela a Colombia
4. El Embajador conoce a su futuro jefe
5. El equipo de la embajada
6. Se cancela la primera reunión Chávez - Pastrana
7. Visita del canciller Rangel a Bogotá
8. La reunión Chávez Pastrana en Ureña
9. El proceso 8000 y Samper.
10. El proceso de paz bajo Pastrana
11. La entrega de rehenes del Eln
12. La transformación de la COPAF en COPIAF
13. Cuatro venezolanos capturados en zona guerrillera
14. Cooperación policial
15. Negociaciones permanentes
16. La diplomacia del micrófono
.
17. Reunión en Guasdualito
18. Puesta al día
19. Conclusiones
Sobre el autor y el colaborador
Fernando Gerbasi
Testimonio de una Diplomacia Activa
Colombia: 1990 – 1992 y 1997 – 2000
En colaboración con
José Egidio Rodríguez
Presentación
Desde pequeño siempre estuve en contacto con la carrera diplomática. En el año de 1945, mi padre, Vicente Gerbasi, fue nombrado agregado cultural de la Embajada de Venezuela en Colombia. Al tiempo fue trasladado a La Habana como Cónsul General cargo que luego desempeñó en Ginebra, Suiza, hasta que renunció al mismo a raíz del derrocamiento del gobierno de Rómulo Gallegos a finales de 1948. Los diez años de la dictadura de Marcos Pérez Jimenez los pasó en nuestro país, oponiéndose al régimen y siendo perseguido por él y ejerciendo distintos oficios para sustentar a su familia. Lo que nunca abandonó o no lo abandonó a él fue la poesía.
Al retornar la democracia a Venezuela, en enero de 1958, se reincorporó al servicio exterior siendo designado Consejero de nuestra Embajada en Chile. Hacia allá partimos en marzo de ese mismo año y el mismo mes de 1959, casi día por día, regresamos pues fue ascendido al rango de Embajador y como tal enviado a Puerto Príncipe, Haití, adonde no lo acompañé, por razones de estudios. El continuó como embajador en distintos destinos, Israel, Dinamarca, Noruega y finalmente Polonia, hasta 1972 cuando solicitó su jubilación, ya que el Congreso Nacional le había reconocido los diez años de la dictadura como años de servicio en el Ministerio de Relaciones Exteriores. En todos esos destinos visité y compartí con mis padres pero debido a mis estudios, primero de bachillerato y luego universitarios, no volví a vivir con ellos.
Como consecuencia de lo anterior no me fue nada extraño ingresar, en 1968, al servicio exterior venezolano a raíz del ofrecimiento que me hiciera el embajador François Moanack, quien estaba al frente de nuestra Misión Permanente ante la Oficina de las Naciones Unidas y Organismos Internacionales con sede en Ginebra, Suiza. Como había concluido mis estudios en economía en la Universidad de esa misma ciudad, el embajador Moanack -a quien no conocía pero buscaba dos jóvenes recién graduados, uno en derecho y el otro en economía- me ofreció el cargo de Agregado Económico, previa consulta con el Ministerio de Relaciones Exteriores. A Héctor Maurice Griffin lo nombraron Agregado Laboral. Ambos comenzamos a trabajar el 1º de noviembre de 1968.
Mientras Héctor tenía como responsabilidad principal ocuparse de la Organización Internacional del Trabajo, a mi me correspondió la Conferencia de las Naciones sobre Comercio y Desarrollo, UNCTAD, y el Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles, GATT. Fueron años de intenso aprendizaje en el manejo de la diplomacia multilateral, que en definitiva se asemeja mucho a un parlamento pero integrado por países, de ahí que sea fundamental el relacionarse con otros diplomáticos, para poder negociar mejor las resoluciones y decisiones que en esos organismos se adoptan. También es primordial conocer los reglamentos que los rigen para hacer el uso apropiado de las distintas mociones y en su orden de precedencia, a fin de poder utilizarlas adecuadamente a la hora de defender posiciones en pro de los intereses nacionales.
De mis 34 años en la carrera diplomática, 17 de ellos los dediqué a la diplomacia multilateral, lo que me llevó a participar en 141 reuniones internacionales dentro y fuera del sistema de las Naciones Unidas. En algunos casos, como las dos veces en que fui Embajador ante la República de Italia y simultáneamente Embajador ante la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, compartí lo bilateral con lo multilateral.
Seis veces estuve en Nueva York en la Asamblea General de las Naciones Unidas, dos Asambleas extraordinarias y cuatro ordinarias, así como en un número importante de reuniones del Consejo Económico y Social de la Organización, mejor conocido como el ECOSOC. No cabe duda que lo que ocurre en Nueva York en la sede de la ONU, donde el elemento político está presente en todas las negociaciones y decisiones, tiene repercusión mundial; de ahí que ese centro sea expresión máxima de la diplomacia multilateral pues es también donde concurren los grandes líderes mundiales, como Henry Kissinger para mencionar uno, a quien tuve el gusto de tratar en dos ocasiones. Mi gran maestro en ese mundo y quien me abrió muchas puertas y presentó ilustres diplomáticos de todas partes del mundo, fue el doctor Manuel Pérez Guerrero.
De los cargos que ejercí en Caracas hay dos que siempre recordaré, de manera muy particular. El primero de ellos, el de Director de Organismos Económicos Internacionales, el cual desempeñé durante cuatro años, entre 1974 y 1978. Fueron años de un intenso trajinar por el mundo, asistiendo a innumerables reuniones internacionales pues estábamos comprometidos con las reivindicaciones del llamado Tercer Mundo y en la lucha por el establecimiento de un nuevo orden económico internacional. El equipo que en ese entonces me acompañó tenía una mística y vocación de servicio extraordinaria, a pesar de lo jóvenes que éramos. La mayoría de ellos alcanzaron el rango de embajador.
El otro que me dejó grandes satisfacciones, por la responsabilidad intrínseca que él representa, fue el de Viceministro de Relaciones Exteriores, cargo que desempeñé desde 1992 hasta 1994. El ministro era el general Fernando Ochoa Antich, con quien sorteamos situaciones difíciles que vivió el país en esa época, ya que comenzamos con el gobierno de Carlos Andrés Pérez y culminamos con el de Ramón J. Velásquez. Fueron casi dos años sumamente gratificantes. Había que preservar los grandes logros de la política exterior venezolana en momentos de fuerte turbulencia en la política interna, especialmente a raíz de la defenestración del presidente Pérez y el gobierno de transición administrativa que fue el de Velásquez. Quedé encargado 14 veces del Ministerio para un total de 83 días, lo que me permitió concurrir más de diez veces al consejo de ministros, tanto durante la presidencia de Pérez como la de Velásquez. Esta experiencia me enseñó mucho sobre cómo se manejan las delicadas decisiones en el alto gobierno.
Con lo bilateral tomé contacto, por primera vez, en la República Democrática Alemana, en el año de 1981, cuando ejercí el cargo de embajador en Berlín hasta 1984. Luego fue, por un período de casi cinco años, entre inicios de 1986 y mediados de 1990, Brasil, experiencia que me enriqueció mucho, pues me correspondió restablecer el diálogo y la cooperación entre los dos países que se había mantenido en una larga situación de estancamiento entre 1964 y 1985, a raíz de los gobiernos militares que ejercieron el poder en esa gran nación suramericana.
Pero Colombia fue, sin lugar a dudas, la mejor y más completa experiencia de toda mi vida diplomática y ello por varias razones.
En primer lugar, por lo que tradicionalmente Colombia había representado para nosotros; el país de la mayor importancia en nuestras relaciones externas pero con el cual nunca habíamos sido capaces de entablar un verdadero proceso de cooperación mientras prevalecían, de lado y lado de la frontera, prejuicios dañinos de los unos sobre los otros e imágenes estereotipadas que no se correspondían con la realidad de lo que cada uno de nosotros somos como pueblo.
En segundo lugar, porque había que desmontar el falso concepto de que Colombia era nuestro enemigo, lo que nos impedía avanzar en una relación constructiva. La cuestión de la delimitación de las áreas marinas y submarinas en el Golfo de Venezuela generó una animosidad, particularmente en ciertos estamentos de la sociedad venezolana, hacia el país vecino que impedía ver las extraordinarias oportunidades que una sana relación, basada en la confianza mutua, generaría para ambas partes.
En tercer lugar y como consecuencia de las dos anteriores, fui a Bogotá a construir sobre bases nuevas, lo que siempre hace más que interesante la labor de un diplomático.
En cuarto lugar, porque los colombianos, sin distingos de rangos o de clases sociales, tuvieron para mí y mi familia siempre un trato cordial, afectuoso, amistoso, lo que nos hizo sentir siempre como en casa y me facilitó en mucho mis funciones.
Este libro, escrito con la colaboración de José Egidio Rodríguez pero bajo mi absoluta responsabilidad, es la presentación de un conjunto de hechos, que en mi opinión, merecen ser resguardados porque representan lo que ha sido una de las etapas más fructíferas y positivas en las relaciones bilaterales entre Colombia y Venezuela, pero no exenta de dificultades.
Caracas, 2011. Fernando Gerbasi
Nota de introducción metodológica
La tentación y el reto de contar lo vivido en otros países, encuentra entre los diplomáticos, una comunidad motivada a transmitir sus experiencias, y dejar huella, a ratos con amplitud, en ocasiones con reticencias. Un libro de un diplomático casi siempre es una reminiscencia de hechos, episodios y acontecimientos de otro país, presentados bajo la visión de alguien que si bien vino de afuera, puede contribuir a explicar o interpretar trazos de la historia, despejar malentendidos, y a exponer claves para comprender lo desconocido, o misterioso, quizá por aquello de la lejanía, no solo geográfica sino social y cultural.
El ámbito de la literatura, en el mundo, en el que aparecen diplomáticos, aparte de las novelas y cuentos, abarca las memorias, diarios, biografías, autobiografías, relatos de viajes, crónicas, ensayos, investigaciones y textos de historia. Son géneros apropiados para mostrar normas, costumbres y usos de otros pueblos, revelar secretos, y dar a conocer rasgos de la personalidad de los hombres que viven del poder; o narrar anécdotas que revelan la catadura moral de ciertos personajes; refrescar iniciativas que se lanzaron, éxitos que se lograron; o justificar lo que no pudo ser, y rememorar los sueños que se tuvieron o las nostalgias adormecidas.
En ¨Testimonio de una Diplomacia Activa¨, el embajador Fernando Gerbasi, quien representó a Venezuela ante la República de Colombia, en dos tiempos diferentes, relata su historia, sus logros y expectativas, y su versión de cómo vivió algunos sucesos que normalmente no se presentan en el ejercicio del oficio diplomático. Para un Embajador en Colombia, acudir a citas con guerrilleros, o ser víctima de la toma de su embajada, no era la norma, pero tampoco quedaba afuera del guión en un país donde ya había ocurrido otra toma no hacía tanto tiempo, y donde las guerrillas forman parte del drama nacional.
El libro aborda temas que siguen siendo de actualidad en el campo de las relaciones diplomáticas entre Venezuela y Colombia, y se escribió con el propósito de conocer y comprender un poco más a esa nación hermana, que tiene tantas raíces provenientes de Venezuela, de la misma manera que en Venezuela las colombianas están bien asentadas.
También cuenta lo del día a día, la rutina de las piezas que deben funcionar coordinadamente, para realizar la promoción del país en sus diferentes planos: cultural, económico y político.
La redacción del texto es una mezcla de narración autobiográfica del embajador Fernando Gerbasi, con su estilo propio, y otras secciones que corresponden a entrevistas que le hicimos, para conocer sus vivencias, ahondar en sus análisis y reflexiones sobre hechos y personajes, desvelar algunas situaciones envueltas en dudas, así como precisar ciertos detalles, y contrastar algunas posiciones. También son de su autoría las conclusiones, las cuales recogen su visión sobre cómo se desarrollaron las relaciones bilaterales bajo los gobiernos de Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera, Ramón J. Velásquez y Hugo Chávez; y del lado colombiano, Virgilio Barco, César Gaviria, Ernesto Samper y Andrés Pastrana.
Además de las entrevistas y diálogos y la revisión de libros, documentos y publicaciones de diversa índole, contamos con el aporte del embajador Héctor Cassy Azocar, y el ministro consejero Rafael Quevedo, para clarificar algunas informaciones sobre la apertura económica, el comercio y las inversiones bilaterales, a partir de 1990. Sucedió también que Héctor Cassy Azocar viajó a Caracas con los guerrilleros tomistas de la Embajada de Venezuela, y aportó un dato esclarecedor sobre la toma. Asimismo aprovechamos para ahondar en el tema del hurto de vehículos en Venezuela, que terminaban en Colombia. También nos reunimos con el ministro consejero Alberto Armas, para revisar diversos aspectos sobre asistencia jurídica, cooperación policial y la adquisición de la nueva sede de la Embajada en Bogotá. Vaya para ellos nuestro agradecimiento por su generosa colaboración con este esfuerzo editorial.
Adicionalmente se incluyen algunos textos que son citas de trabajos periodísticos, comunicados, y documentos oficiales públicos, que contribuyen a enriquecer los datos e informaciones comentadas en el libro.
Conviene recordar los tiempos, a principios de 1990, y a finales de esa década, en que se desarrollan las dos misiones de Gerbasi: una Colombia agobiada por las amenazas internas del narcotráfico, las guerrillas y el paramilitarismo. Una relación diplomática que apenas comenzaba a surgir luego del acto de provocación de la corbeta/fragata Caldas, en el Golfo de Venezuela; y cierto temor, y dudas, por lo que podría ser la nueva relación al iniciarse el gobierno del presidente Hugo Chávez.
Los temas abordados no me eran ajenos, principalmente porque durante su segunda misión en Bogotá en 1997, yo estaba del otro lado de la mesa, como Ministro Consejero a cargo de la Unidad Colombia, en la Dirección de las Américas, de la Dirección General de Política Internacional, del MRE, el Ministerio de Relaciones Exteriores; y desde febrero de 1999 al frente de la Dirección de las Américas. Ello facilitó el tratamiento de los temas y la verificación de informaciones y posiciones adoptadas.
Caracas 2011 José Egidio Rodríguez
PRIMERA ETAPA
16-06-1990 al 30-09-1992
1. Ofrecimiento de la Embajada en Colombia
El 2 de diciembre de 1989 recibí en Brasilia, donde me encontraba como Embajador, una llamada telefónica del canciller Reinaldo Figueredo Planchart, para ofrecerme en nombre del Presidente de la República, el cargo de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en la República de Colombia.
Aunque estaba esperando el traslado pues ya llevaba casi cuatro años en Brasilia, donde llegué el 7 de febrero de 1986, la llamada me sorprendió particularmente por el lugar de destino ya que era casi una tradición, al menos hasta ese momento, que nuestros embajadores en ese país fuesen políticos y no miembros del servicio exterior; por ello, le solicité al Ministro unos días de reflexión. En verdad tomé muy poco tiempo para adoptar una decisión positiva, la cual le comuniqué el cuatro de diciembre.
Para esa época Colombia no era un destino muy deseado para un diplomático venezolano, pues pocos años antes habíamos sufrido la llamada crisis de la Corbeta Caldas, que había afectado severamente las relaciones bilaterales. Además, y eso era harto conocido, la acción terrorista llevada a cabo por el narcotráfico, a cuya cabeza estaba Pablo Escobar, generaba inquietud y zozobra; a este terrorismo había que unirle las acciones de los distintos grupos guerrilleros que combatían para aquel entonces al interior de ese país.
Tampoco lo era para diplomáticos de terceros países. La violencia proveniente del narcotráfico, las guerrillas y el hampa común, no daba tregua, antes bien, era una amenaza permanente, diaria. Recordemos que en 1989, el 18 de agosto habían asesinado al candidato presidencial del liberalismo y posible ganador de la contienda, Luis Carlos Galán, por orden de Pablo Escobar, el capo del cartel de Medellín. Tengo siempre presente a Luis Carlos Galán, pues aún conservo enmarcada en mi biblioteca la carta sin fecha que él enviaría para convocar a un encuentro binacional para evaluar el devenir conjunto de nuestros dos países y la cual comienza con esta frase: Venezuela ha sido siempre el país más importante en nuestras relaciones exteriores
. Fue Iván Marulanda, mi colega en Ginebra a principio de los ochenta, quien en su calidad de Presidente de la Fundación Luis Carlos Galán me la obsequió hacia mediados de 1991.
Se cuentan por miles los asesinatos y actos terroristas por orden de Escobar, entre ellos: el director del diario El Espectador
Guillermo Cano, el procurador general Carlos Mauro Hoyos, y el ministro de Justicia Rodrigo Lara. Quizás los casos más emblemáticos, tanto por las personas mismas como por lo que ellas representaban en la cotidianidad colombiana. A ellos hay que agregar el secuestro y posterior muerte de la hija del ex presidente Julio César Turbay Ayala, la periodista Diana Turbay así como el secuestro de Francisco Santos, hijo del entonces director del periódico El Tiempo, Hernando Santos, y quien años más tarde fuera vicepresidente de la república con Alvaro Uribe Vélez.
El 6 de diciembre de 1989 hubo un atentado contra el edificio del DAS, el Departamento Administrativo de Seguridad del gobierno colombiano, que dejó 104 muertos y unos 600 heridos, hecho atribuible a Pablo Escobar Gaviria y a Gonzalo Rodríguez Gacha, como parte de la guerra contra el Estado, para evitar que fuese aprobada una ley que permitiría la extradición hacia los Estados Unidos. El ambiente que se vivía en Colombia y especialmente en Bogotá era de tensión.
Unos meses antes de mi arribo a Bogotá fue asesinado Carlos Pizarro Leóngómez, líder del M-19 y candidato presidencial de ese grupo, que había decidido abandonar la vía subversiva y participar abiertamente en la política activa. Su muerte fue ordenada por jefes de carteles de narcotraficantes y grupos paramilitares, una combinación letal que le haría mucho daño a Colombia.
La solicitud de plácet se realizó en febrero de 1990, pero no sería hasta principios de junio de ese año cuando arribaría a Bogotá, ya que el presidente Carlos Andrés Pérez me había solicitado permanecer en Brasilia hasta el fin del mandato del presidente José Sarney, con quien me unían lazos de amistad.
En marzo de 1990 acompañé al Presidente y al Ministro de Relaciones Exteriores, a la firma del Acta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta, que tuvo lugar el seis de ese mes. Ese documento, sin lugar a dudas, ha sido el gran hito en las relaciones venezolano-colombianas, pues en él se convinieron los procedimientos y acciones a seguir para el tratamiento de los principales temas que habíamos determinando conjuntamente como nueva agenda binacional. Se convino, además, poner en práctica la tesis de la globalidad y la negociación directa, lo que no implicaba tratar todos los temas a la vez y hacerlos formar parte de un acuerdo único sino disminuir los aspectos conflictivos para destacar los distintos elementos de cooperación e integración que nos unen que son, en definitiva, la gran mayoría.
En esa oportunidad conocí a los Altos Comisionados venezolanos y colombianos; a saber, Isidro Morales Paúl, Rafael Pizani, Pedro Gómez Barrero y Carlos Holguín Holguín. El día anterior sostuvimos reuniones con altos personeros del gobierno Barco en Bogotá, en el marco de una visita oficial del ministro Figueredo, a quien le fue ofrecida una cena en su honor e impuesta la Orden de Boyacá, en el Palacio de San Carlos, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia.
2. La experiencia previa a Bogotá
La llegada a Bogotá el 16 de junio de 1990, para mi primera misión como Embajador allí, estuvo precedida de un periodo de estudio sobre el tema siempre en evolución de Colombia. Después de que el presidente Pérez me ofreció la embajada en Bogotá -la más importante para nuestro país junto con la de Washington- me dispuse a asimilar los grandes temas de la relación bilateral, los cuales si bien no me eran ajenos, demandaban un ejercicio de profundización.
En el Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela existía abundante material en libros, estudios, mapas e informes, tanto sobre los temas permanentes como de los asuntos del día a día que requerían de la atención y muchas veces respuestas oportunas de las autoridades nacionales; de modo que en varias jornadas me dediqué a estudiar lo más relevante sobre Colombia, y obtuve pistas para comprender a un país que aunque muy cercano también nos parecía muy distante. Un país con el que habíamos mantenido, a lo largo de siglo y medio, una relación que como mínimo podía calificarse de tormentosa, signada por la búsqueda de soluciones a las cuestiones limítrofes
