Matar a Lutero
Por Mario Escobar
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"Temo más lo que está dentro de mí, que lo que viene de fuera".—Martín Lutero
Un cuento apasionante de Martín Lutero de las mismas páginas de la historia.
Era medianoche cuando el grupo de caballeros abandonó la ciudad. Los cascos de los caballos repiquetearon en el empedrado de sus calles hasta atravesar el Rin, la antigua frontera entre el civilizado mundo de Roma y los bárbaros. No habían tenido tiempo para recoger el equipaje, tan grave era la amenaza que se cernía sobre el protegido del príncipe Federico de Sajonia, y no había tiempo que perder. El grupo era reducido, sólo tres escoltas y el propio Lutero que cabalgaba torpemente sobre el caballo, poco acostumbrado a montar. El pobre monje se esforzaba por no retrasar el paso de su escolta. Mientras los fugitivos recorrían los campos próximos a la ciudad, sus habitaciones eran registradas por soldados del emperador Carlos. El capitán Felipe Diego de Mendoza se quejó: «Alguien les ha advertido, ahora tendremos que seguirlos por toda Alemania».
Mario Escobar
Mario Escobar, novelista, historiador y colaborador habitual de National Geographic Historia, ha dedicado su vida a la investigación de los grandes conflictos humanos. Sus libros han sido traducidos a más de doce idiomas, convirtiéndose en bestsellers en países como los Estados Unidos, Brasil, China, Rusia, Italia, México, Argentina y Japón. Es el autor más vendido en formato digital en español en Amazon.
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Matar a Lutero - Mario Escobar
MARIO ESCOBAR
9781602554634_INT_0001_002© 2011 por Mario Escobar
Publicado en Nashville, Tennessee, Estados Unidos de América.
Grupo Nelson, Inc. es una subsidiaria que pertenece completamente a Thomas Nelson, Inc. Grupo Nelson es una marca registrada de Thomas Nelson, Inc. www.gruponelson.com
Todos los derechos reservados. Ninguna porción de este libro podrá ser reproducida, almacenada en algún sistema de recuperación, o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio —mecánicos, fotocopias, grabación u otro— excepto por citas breves en revistas impresas, sin la autorización previa por escrito de la editorial.
Las citas bíblicas son de las siguientes versiones y son usadas con permiso: La Santa Biblia, Versión Reina-Valera Antigua; traducción por Casiodoro de Reina en 1569, revisión por Cipriano de Valera en 1602.
Citas bíblicas marcadas RVR60
son de la Santa Biblia, Versión Reina-Valera 1960 © 1960 por Sociedades Bíblicas en América Latina, © renovado 1988 por Sociedades Bíblicas Unidas. Usados con permiso. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de la American Bible Society, y puede ser usada solamente bajo licencia.
Editora general: Graciela Lelli
Diseño: Blomerus.org
ISBN: 978-1-60255-463-4
Impreso en Estados Unidos de América
11 12 13 14 15 QGF 9 8 7 6 5 4 3 2 1
Para Eli, gracias por soñar conmigo cada día.
Para Alejandro y Andrea, mis mejores obras.
Para José Luis y Nereida, que me cuidan como a un hijo.
«Temo más lo que está dentro de mí que lo que viene de fuera».
—MARTÍN LUTERO
«Tengo tres perros peligrosos: la ingratitud, la soberbia y la envidia. Cuando muerden dejan una herida profunda».
—MARTÍN LUTERO
«Ya que Dios nos ha dado el papado, gocémoslo».
—PAPA LEÓN X
«Gran vergüenza y afrenta nuestra es que un sólo fraile (Martín Lutero), contra Dios, errado en su opinión contra toda la cristiandad, así del tiempo pasado de mil años ha, y más como del presente, nos quiera pervertir y hacer conocer, según su opinión, que toda la dicha cristiandad sería y habría estado todas horas en error. Por lo cual, yo estoy determinado de emplear mis reinos y señoríos, mis amigos, mi cuerpo, mi sangre, mi vida y mi alma».
—EMPMPERADOR CARLOS V
Contents
Prólogo
Parte 1: La huida
1. Worms, 2 de mayo de 1521
2. Bensheim, 2 de mayo de 1521
3. Worms, 2 de mayo de 1521
4. Wittenberg, 2 de mayo de 1521
5. Lautertal, 2 de mayo de 1521
6. Worms, 2 de mayo de 1521
7. Darmstadt, 2 de mayo de 1521
8. Lautertal, 3 de mayo de 1521
9. Worms, 3 de mayo de 1521
10. Dieburg, 4 de mayo de 1521
11. Dieburg, 4 de mayo de 1521
12. Dieburg, 4 de mayo de 1521
13. Worms, 4 de mayo de 1521
14. Worms, 4 de mayo de 1521
15. Hessische, 5 de mayo de 1521
16. Wittenberg, 5 de mayo de 1521
17. Ebersburg, 6 de mayo de 1521
18. Ebersburg, 6 de mayo de 1521
19. Ebersburg, 6 de mayo de 1521
20. Roma, 6 de mayo de 1521
21. Hilders, 7 de mayo de 1521
22. Worms, 7 de mayo de 1521
23. Worms, 7 de mayo de 1521
24. Dermbach, 8 de mayo de 1521
25. Dermbach, 8 de mayo de 1521
26. Wittenberg, 8 de mayo de 1521
27. Dermbach, 8 de mayo de 1521
28. Dermbach, 8 de mayo de 1521
29. Dermbach, 8 de mayo de 1521
30. Dermbach, 8 de mayo de 1521
31. Dermbach, 9 de mayo de 1521
Parte 2: Un escondite perfecto
32. Worms, 10 de mayo de 1521
33. Wittenberg, 10 de mayo de 1521
34. Castillo de Wartburg, 10 de mayo de 1521
35. Roma, 12 de mayo de 1521
36. Castillo de Wartburg, 13 de mayo de 1521
37. Castillo de Wartburg, 15 de mayo de 1521
38. Wittenberg, 17 de mayo de 1521
39. Worms, 17 de mayo de 1521
40. Castillo de Wartburg, 19 de mayo de 1521
41. Castillo de Wartburg, 24 de mayo de 1521
42. Worms, 25 de mayo de 1521
43. Castillo de Wartburg, 27 de mayo de 1521
44. Wittenberg, 29 de mayo de 1521
45. Castillo de Wartburg, 2 de junio de 1521
46. Maguncia, 2 de junio de 1521
47. Castillo de Wartburg, 2 de junio de 1521
48. Wittenberg, 3 de junio de 1521
49. Castillo de Wartburg, 3 de junio de 1521
50. Castillo de Wartburg, 5 de junio de 1521
51. Castillo de Wartburg, 6 de junio de 1521
52. Wittenberg, 8 de junio de 1521
53. Castillo de Wartburg, 10 de junio de 1521
54. Castillo de Wartburg, 10 de junio de 1521
55. Wittenberg, 12 de junio de 1521
56. Roma, 13 de junio de 1521
57. Castillo de Wartburg, 13 de junio de 1521
58. Castillo de Wartburg, 14 de junio de 1521
59. Wittenberg, 16 de junio de 1521
60. Castillo de Wartburg, 18 de junio de 1521
61. Castillo de Wartburg, 18 de junio de 1521
62. Castillo de Wartburg, 19 de junio de 1521
63. Castillo de Wartburg, 20 de junio de 1521
64. Castillo de Wartburg, 20 de junio de 1521
65. Castillo de Wartburg, 20 de junio de 1521
66. Worms, 21 de junio de 1521
67. Castillo de Wartburg, 23 de junio de 1521
68. Wittenberg, 29 de junio de 1521
69. Castillo de Wartburg, 3 de julio de 1521
70. Zwickau, 20 de julio de 1521
71. Castillo de Wartburg, 30 de julio de 1521
72. Castillo de Wartburg, 31 de julio de 1521
73. Castillo de Wartburg, 31 de julio de 1521
74. Valladolid, 14 de agosto de 1521
75. Roma, 29 de agosto de 1521
76. Wittenberg, 15 de septiembre de 1521
77. Castillo de Wartburg, 30 de septiembre de 1521
78. Castillo de Wartburg, 1 de octubre de 1521
79. Castillo de Wartburg, 10 de noviembre de 1521
80. Roma, 24 de noviembre de 1521
81. Wittenberg, 4 de diciembre de 1521
82. Castillo de Wartburg, 5 de diciembre de 1521
Parte 3: El poder de la Palabra
83. Valladolid, 9 de diciembre de 1521
84. París, 10 de diciembre de 1521
85. Castillo de Wartburg, 9 de diciembre de 1521
86. Wittenberg, 10 de diciembre de 1521
87. Wittenberg, 23 de diciembre de 1521
88. Wittenberg, 25 de diciembre de 1521
89. Castillo de Wartburg, 27 de diciembre de 1521
90. Roma, 9 de enero de 1522
91. Castillo de Wartburg, 14 de enero de 1522
92. Madrid, 15 de febrero de 1522
93. Wittenberg, 6 de marzo de 1522
94. Wittenberg, 7 de marzo de 1522
95. Wittenberg, 9 de marzo de 1522
96. Wittenberg, 9 de marzo de 1522
97. Wittenberg, 11 de marzo de 1522
98. Wittenberg, 12 de marzo de 1522
99. Wittenberg, 12 de marzo de 1522
100. Wittenberg, 12 de marzo de 1522
Epílogo
Acerca del autor
Agradecimientos
Prólogo
Era media noche cuando el grupo de caballeros abandonó la ciudad. Los cascos de los caballos repiquetearon en el empedrado de sus calles hasta atravesar el Rin, la antigua frontera entre el civilizado mundo de Roma y los bárbaros. No habían tenido tiempo para recoger el equipaje, una grave amenaza se cernía sobre el protegido del príncipe Federico de Sajonia y no había tiempo que perder.
El grupo era reducido: tres escoltas y el propio Lutero, que cabalgaba torpemente sobre el caballo, poco acostumbrado a montar. El pobre monje se esforzaba por no retrasar el paso de su escolta.
Mientras los fugitivos recorrían los campos próximos a la ciudad, sus habitaciones eran registradas por soldados del emperador Carlos.
Uno de los capitanes, Felipe Diego de Mendoza, rebuscó por los jergones e incluso debajo de la cama.
—¿Por qué buscas ahí Felipe? —le preguntó el otro oficial.
—Uno nunca sabe dónde se refugian estos herejes —dijo con su voz socarrona.
—Ha volado el pájaro —comentó el compañero.
—Alguien le ha advertido, ahora tendremos que seguirlo por toda Alemania —se quejó Felipe.
—Ya sabes que su detención no es oficial, el monje aún tiene el indulto —–contestó su compañero.
—Papel mojado, tenemos órdenes de encontrarlo y matarlo sin miramientos. Los españoles no nos andamos con remilgos. Cogeremos a ese mal nacido, le cortaremos la cabeza y se la llevaremos en bandeja al emperador —dijo Felipe.
Los cuatro soldados salieron de la habitación. Fuera de la casa les esperaban otros cinco hombres a caballo.
—Será mejor que nos demos prisa, aún podemos alcanzarles —dijo Felipe, mientras espoleaba a su caballo.
—Pero, si desconocemos su destino —dijo el compañero.
—¿Dónde se esconde la zorra? En su guarida. Hay que tomar el camino a Sajonia, vuelven a Wittenberg.
Por segunda vez en aquella noche fresca de mayo, un grupo de caballeros cruza el Rin. Todavía se puede olfatear el miedo del monje hereje en el aire, piensa el capitán Felipe, mientras galopa sobre su caballo en dirección a Sajonia.
9781602554634_INT_0007_001PARTE 1
La huida
1
Worms, 2 de mayo de 1521
—Excelencia —dijo el criado, temeroso.
El príncipe podía ser terrible cuando se enfadaba. Federico se levantó de la cama con dificultad, la humedad del río le paralizaba el cuerpo, se aproximó a la puerta y con voz fuerte preguntó:
—¿Quién diablos osa molestar mi sueño?
—Hay noticias de Lutero.
El príncipe abrió presuroso la puerta e hincó la mirada en el criado.
—Decidme, ¿a qué esperáis?
—Lo siento excelencia, pero uno de sus soldados ha visto partir a un grupo de españoles tras los pasos de su protegido.
—¡Maldición! Worms es un nido de espías. Que salga ahora mismo Jakob con veinte hombres, debe advertirles y procurar que Lutero no regrese a Wittenberg, allí no está seguro. Será mejor que le escondamos un tiempo —dijo el príncipe, meditabundo.
—Pero, ¿a dónde tienen que llevarle?
—Que se dirijan al castillo de Wartburg, pero que nadie los vea entrar. Lutero tiene que cambiar sus ropas y guardarse de extraños hasta que le crezca la barba y se le pueble la rasura. ¿Entendido? —dijo Federico enfadado.
—Sí, excelencia.
—Pues apresúrate, el tiempo apremia —dijo el príncipe con un gesto al criado.
El hombre corrió escalera abajo y puso en pie a parte de la escolta del príncipe. Jakob era el mejor mercenario de Sajonia y sus hombres los más fieros de Alemania. Sin duda, el fraile estaba en buenas manos, pensó el criado después de dar las instrucciones del príncipe a sus soldados.
Un tercer grupo de hombres salió de la ciudad al galope; aunque habían partido los últimos, tenían que llegar los primeros a su destino.
2
Bensheim, 2 de mayo de 1521
Era mediodía cuando llegaron al pueblo. Atravesaron el puente empedrado y pararon a comer. Estaban hambrientos después de toda una noche cabalgando, pero afortunadamente parecía que nadie les había seguido.
Entraron en la posada, pidieron algo de cerveza, queso y pan. Cuando Lutero se sentó frente a la mesa, comió con avidez; en los últimos días apenas había tomado bocado, por miedo a que lo envenenaran. Eran tantos y tan poderosos los enemigos que buscaban terminar con él que no estaba a salvo en ninguna parte.
—¿Tiene hambre, doctor? —preguntó su amigo Schurf.
—No lo negaré, aunque vuestra amistad es más preciada que el pan —contestó Lutero alegre, sobreponiéndose de sus temores.
—Entramos en Worms en un carro tapizado de terciopelo y ayer partimos de noche como ladrones —se quejó Pedro Suaven, su abogado y consejero.
—Ya sabes que las Sagradas Escrituras dicen que hay que ser mansos como corderos, pero astutos como serpientes. ¿Qué nos esperaba en la ciudad? Tal vez la horca —dijo Justo Jonás, el teólogo.
En la mesa de al lado, cuatro escoltas comían aparte, con los ojos puestos en la entrada y la mano sobre la espada. Su jefe, Juan Márquez, bebía vino dulce, era la única manera de poder tragar los malos caldos de Alemania, pero no quitaba ojo a Lutero, debía protegerle de cualquier peligro, aunque él mismo le hubiera estrangulado sin dudarlo ante una orden de su señor Federico.
—La verdad es que, tal y como fue el viaje de ida, nunca hubiera pensado que volviéramos a casa de este modo. Alemania te recibía como a un héroe —dijo Pedro Suaven.
—Los mismos que aclamaron a Jesús a su entrada a Jerusalén, después pidieron su crucifixión —dijo Lutero tomando algo de queso.
—La gente salía a ver la escolta. Nos acompañaban cuarenta caballeros, debían de pensar que éramos reyes o cardenales —bromeó Schurf.
—Muchos me animaron —confesó Lutero—, ¿os acordáis de aquel hombre que me dio el retrato de Savonarola?
—Hasta el bueno de Bucero salió a tu encuentro —dijo Justo Jonás.
—Para advertirme que no fuera a Worms. Únicamente fui allí por obediencia a Dios, respeto al emperador y agradecimiento al príncipe Federico —dijo Lutero más serio.
—Has salido ileso, ¡brindemos por ello! —dijo Pedro Suaven.
Los cuatro hombres chocaron sus jarras y se entregaron a la comida en silencio, como si estuvieran en la receptoría de un convento.
Juan Márquez comió rápido y se acercó a la puerta. Desde su salida de la ciudad se encontraba inquieto. No creía que el emperador dejara escapar tan pronto a su presa, tampoco el legado del Papa se conformaría con volver a Roma con las manos vacías. Tenían que apresurarse y entrar en Sajonia antes de que les dieran alcance.
—Doctor Martín. Tenemos que partir —dijo Márquez acercándose al monje.
Lutero miró al hombre y con una sonrisa le dijo:
—Estimado guardián, disfrutamos de un merecido descanso. Somos hombres de letras y no estamos acostumbrados a la vida de los soldados.
—Imagino que no quiere terminar en la hoguera, doctor Martín. Mi misión es llevarle de regreso a Wittenberg y lo llevaré ¡pardiez!, cueste lo que cueste.
El grupo de amigos se alborotó. ¿Quién se creía ese mercenario español que se atrevía a tratar de esa manera al teólogo más grande de Alemania?
—Entiendo su preocupación, pero estamos en manos de Dios —contestó Lutero.
—En manos de Dios o del diablo, no me importa, pero debemos partir antes de que nos den alcance, porque cuando lleguen los hombres del emperador no importará a cuál de los dos invoque su señoría.
—¡Qué impertinencia! —dijo Justo Jonás.
Lutero se puso en pie e intentó calmar los ánimos.
—Partamos. No quiero poner en más apuros al príncipe Federico, yo también estoy deseando llegar a casa.
—Tendremos que evitar las ciudades. Sería mejor que se vistiera con otras ropas
