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Los miserables: Edición enriquecida. Clásicos de la literatura
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Libro electrónico898 páginas9 horas

Los miserables: Edición enriquecida. Clásicos de la literatura

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"Los Miserables", una de las obras más emblemáticas de Victor Hugo, es un profundo análisis de la condición humana, que se despliega en el contexto de la Francia del siglo XIX, marcada por la Revolución y el sufrimiento social. La novela narra la vida de Jean Valjean, un exconvicto que busca redención y transformación en un mundo cruel y en constante cambio. Hugo utiliza un estilo literario poético y cargado de simbolismo, combinando vívidas descripciones con reflexiones filosóficas, creando un tejido narrativo que explora temas de justicia, amor y sacrificio. A través de un rico elenco de personajes, desde Fantine hasta Javert, la obra nos presenta una crítica mordaz a las injusticias sociales y políticas de su tiempo. Victor Hugo, un destacado escritor y poeta francés, fue un ferviente defensor de las causas sociales y humanitarias. Su vida estuvo marcada por la pobreza, la injusticia y la lucha por la libertad, experiencias que sin duda influyeron en su deseo de plasmar las complejidades de la existencia humana en sus obras. "Los Miserables" no solo refleja su profundo compromiso con la igualdad social, sino que también muestra su maestría literaria y su habilidad para retratar el sufrimiento y la esperanza en una Francia en crisis. Recomiendo encarecidamente "Los Miserables" a cualquier lector que busque una novela que no solo entretenga, sino que también provoque una reflexión profunda sobre la moralidad y la justicia. La obra de Hugo es un relato perenne que resuena con las luchas contemporáneas por la dignidad humana y la justicia social, lo que la convierte en un clásico que debe ser leído y reevaluado en cada generación.

En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
IdiomaEspañol
EditorialDigiCat
Fecha de lanzamiento4 dic 2023
ISBN8596547742043
Los miserables: Edición enriquecida. Clásicos de la literatura
Autor

Victor Hugo

Victor Hugo (1802-1885) nació en Besançon, Francia. Educado en escuelas privadas de París, empezó a escribir siendo muy joven. Poeta, novelista y dramaturgo, llevó a sus obras su espíritu inconformista, que sazonó con grandes dosis de sentimentalismo y anécdotas históricas. En sus obras, exponentes máximos del romanticismo literario, siempre volcó su ideologíaliberal, que le obligó a exiliarse de su país en más de una ocasión. Tras el volumen de poesía Odas y poesías diversas (1822), las novelas Han de Islandia (1823) y Bug-Jargal (1824), y los poemas de Odas y baladas (1826), escribió Cromwell (1827), extenso drama histórico, y Marion de Lorme (1829), obra teatral censuradapor ser demasiado liberal. Pero no fue hasta 1830, con la publicación y el estreno de Hernani, posteriormente adaptada por Verdi, cuando logró el reconocimiento del público y de la crítica. A Hernani siguieron la novela Notre-Dame de París (1831), la obra teatral El rey sedivierte (1832, adaptada por Verdi en Rigoletto), Lucrecia Borgia (1833), Claude Gueux (1834), Ruy Blas (1838) y Les Burgraves (1843), también obra teatral, que le supusieron su ingreso en la Academia Francesa en 1841. Durante el Segundo Imperio emigró a Bélgica, donde escribió la sátira Napoleón el pequeño (1852), el poema épico La leyenda de los siglos (1859-1883) y terminó la que sería su obra más extensa y famosa, Los miserables (1862). Regresó a Francia en 1870, donde siguió publicando: El noventa y tres (1874) y El arte de ser abuelo (1877). Murió en París, y sus restos fueron expuestos en el Arco de Triunfo y luego trasladados al Panteón, donde fue sepultado junto a las mayores celebridades francesas.

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    Los miserables - Victor Hugo

    Victor Hugo

    Los miserables

    Edición enriquecida. Clásicos de la literatura

    Introducción, estudios y comentarios de Néstor Garrido

    EAN 8596547742043

    Editado y publicado por DigiCat, 2023

    Índice

    Introducción

    Sinopsis

    Contexto Histórico

    Biografía del Autor

    Los miserables (Clásicos de la literatura)

    Análisis

    Reflexión

    Citas memorables

    Notas

    Introducción

    Índice

    Un hombre marcado por una cifra y por la rigidez de la ley avanza entre sombras en busca de un nombre, de una conciencia y de un prójimo. Ese impulso de sobrevivir a la vergüenza, de disputarle a la miseria un espacio para la dignidad, es el latido inicial de Los miserables. La novela se abre como una pregunta insistente: ¿qué le debemos al que cae, y qué le debe el caído a sí mismo? La respuesta se despliega en un mundo donde la pobreza no es decorado, sino fuerza que modela destinos. Allí, la compasión y la justicia se miden sin tregua.

    Victor Hugo, figura central del romanticismo francés, escribió y publicó Los miserables en 1862. El proyecto había germinado desde mediados de la década de 1840 y tomó forma definitiva durante su exilio en las islas del Canal, en especial en Guernsey. Esta larga gestación se percibe en la amplitud de su ambición: abrazar, con mirada moral y poética, la vida social del siglo XIX. Hugo, poeta, dramaturgo y novelista, volcó aquí su energía cívica y su imaginación narrativa, dando a la obra una densidad singular. No es una novela escrita al margen de la historia, sino a contraluz de ella.

    El planteamiento central es claro y poderoso: un antiguo presidiario intenta reconstruir su destino en una sociedad que le niega segundas oportunidades. Perseguido por un servidor de la ley para quien la norma es un absoluto, el protagonista se enfrenta a la pregunta de si la bondad puede revertir el estigma. En su camino, la inocencia vulnerable de una niña y la indefensión de los pobres le exigen elegir entre la supervivencia egoísta y la responsabilidad. El libro no oculta la dureza del mundo que retrata, pero tampoco renuncia a la posibilidad de la transformación moral.

    Los miserables fue concebida como una obra total, donde la ética, la política y la intimidad se entrelazan. Hugo explora la tensión entre ley y misericordia, culpa y redención, deber y amor. La novela propone que la justicia no puede limitarse a castigar: debe comprender, reparar y prevenir. En ese horizonte, la caridad se vuelve exigencia social, y la fraternidad, criterio de civilización. Las decisiones de los personajes no son solo personales: revelan la estructura de un orden que a menudo castiga la pobreza como si fuera delito y confunde la obediencia con virtud.

    Sin convertirse en tratado, la novela levanta un retrato social de la Francia del primer tercio del siglo XIX. Vemos el peso de las instituciones, la trama de oficios humildes, el laberinto de las ciudades, la vida religiosa y las fisuras de un sistema penal que marca a los suyos para siempre. Hugo se detiene en aquello que la sociedad prefiere no mirar: el hambre, el trabajo infantil, la vulnerabilidad de las mujeres, el analfabetismo, el hacinamiento. El paisaje urbano no es un telón de fondo; es un actor que condiciona la esperanza y la desesperación de quienes lo habitan.

    Desde el punto de vista literario, Los miserables combina la energía del relato popular con la reflexión ensayística. El narrador ofrece digresiones que iluminan el contexto moral y material de los hechos, sin perder el pulso de la intriga. La prosa alterna lo íntimo y lo épico, lo anecdótico y lo simbólico, construyendo una arquitectura vasta pero cuidadosamente hilada. Ese equilibrio entre verosimilitud y aliento poético permitió a Hugo proponer una forma de novela que, sin renunciar al espectáculo narrativo, invita a pensar el sentido de la vida común y la medida de nuestras instituciones.

    El estatus de clásico se explica por la confluencia de ambición estética, hondura ética e impacto cultural. Desde su aparición en 1862, la obra alcanzó un público amplio y generó debates sobre la pobreza, la educación y la función del castigo. Sus lectores encontraron un espejo incómodo, pero también una promesa de reparación. Con el tiempo, la novela ha acompañado diversas generaciones, cruzando fronteras lingüísticas y sociales. El término clásico, aquí, no significa inmóvil, sino inagotable: cada lectura renueva la pregunta por lo humano cuando lo humano está cercado por la necesidad y el prejuicio.

    La influencia de Los miserables se percibe en la tradición de la novela social y en autores que han hecho del sufrimiento colectivo una materia literaria. La obra consolidó el alcance público del género narrativo, mostrando que una historia puede conmover y, a la vez, contribuir a la conversación cívica. Su huella se advierte en la atención a los márgenes, en la idea de que la épica puede surgir de vidas anónimas y en la aspiración de unir entretenimiento y conciencia. Además, su potencia simbólica ha inspirado adaptaciones escénicas y cinematográficas que reafirman su presencia en la cultura.

    Los personajes que habitan esta historia son, a la vez, figuras morales y seres de carne y hueso. Jean Valjean y el inspector que lo persigue condensan la oposición entre una legalidad rígida y una justicia que se atreve a mirar circunstancias. La niña cuya suerte se entrecruza con la del protagonista encarna la fragilidad que exige protección. Ninguno de ellos existe para ilustrar un esquema; viven en la tensión de elecciones concretas, con consecuencias concretas. Esa mezcla de arquetipo y humanidad ofrece al lector un espejo múltiple donde reconocer sus propias lealtades y dudas.

    Hugo articula una ética de la responsabilidad que interroga tanto al individuo como a la sociedad. La redención no se presenta como un acto repentino, sino como una práctica sostenida, hecha de deberes, silencios y renuncias. La ley, por su parte, aparece como un marco necesario que, cuando se vuelve ciego, pierde su razón de ser. Los miserables sugiere que la compasión no niega la justicia: la perfecciona. En ese cruce de principios, la novela desafía al lector a considerar cuánto de nuestras instituciones responde a la dignidad y cuánto a la costumbre.

    Leer Los miserables es aceptar una travesía amplia: episodios de vida cotidiana, estampas de calles y talleres, estancias de oración y de violencia, instantes de introspección. El ritmo alterna el suspenso con la contemplación, lo que permite al lector descansar y, a la vez, no abandonar la inquietud moral. La obra demanda atención, pero recompensa con una comprensión más rica de la experiencia humana. Su lenguaje, accesible y solemne cuando hace falta, sostiene el impulso narrativo sin sacrificar la profundidad de las preguntas que lo alimentan.

    Hoy, cuando persisten la desigualdad, el estigma y debates sobre el sentido del castigo, Los miserables conserva una vigencia evidente. La novela nos recuerda que ninguna sociedad puede llamarse justa si tolera que la necesidad destruya vidas, y que ninguna ley es honorable si ignora la posibilidad de cambiar. Su atractivo duradero nace de esa doble fidelidad: a la realidad y a la esperanza. Volver a Hugo es recuperar una brújula moral y estética que orienta, conmueve y desafía. He aquí una obra que, al iluminar el pasado, nos obliga a mirar el presente con mayor claridad.

    Sinopsis

    Índice

    Publicada en 1862, Los miserables, del escritor francés Victor Hugo, es una extensa novela social que abarca desde la caída napoleónica hasta las agitaciones de 1832. Situada principalmente en Francia, sigue varias vidas entrecruzadas, con especial foco en Jean Valjean, antiguo presidiario marcado por el estigma, y en el inspector Javert, representante inflexible de la ley. La historia se abre con la liberación condicional de Valjean tras años de trabajos forzados por un delito menor. Rechazado por todos, recibe una inesperada muestra de compasión de un obispo, experiencia que lo impulsa a replantear su destino y a buscar una existencia orientada al bien.

    Tiempo después, bajo una identidad renovada, Valjean se convierte en un próspero industrial y autoridad local, decidido a revertir la miseria que conoció. Su fábrica da trabajo a numerosas mujeres, entre ellas Fantine, joven obrera que oculta a su hija para conservar su empleo. Un conflicto banal la deja en la calle, y su caída social expone la dureza de una época sin redes de protección. Mientras la salud y la dignidad de Fantine se deterioran, una confusión judicial amenaza con descubrir el pasado de Valjean. Javert, atento a cualquier incoherencia, empieza a sospechar que ese benefactor pudiera ser el fugitivo que persigue.

    En el centro del drama late el vínculo entre madres e hijas. Fantine, asediada por la necesidad, confía la suerte de Cosette a los Thénardier, posaderos de provincia que prometen cuidarla a cambio de dinero. Lejos de la protección prometida, la niña crece en un entorno de explotación. Cuando Valjean conoce la situación, asume la responsabilidad de rescatarla y brindarle un hogar. La intervención desencadena nuevas tensiones con Javert, cuyas pesquisas se intensifican. Obligados a desplazarse, Valjean y la niña inician una vida de discreción y constante vigilancia, aprendiendo a construir afecto bajo la amenaza persistente de la persecución policial.

    París ofrece a la pareja un refugio provisional. Durante años de ocultamiento, que incluyen la clausura y el recogimiento en espacios religiosos, Cosette pasa de niña maltratada a joven educada, mientras Valjean consolida un amor paternal atento y temeroso. El recuerdo del presidio convive con actos discretos de caridad, y el pasado se mantiene fuera de vista mediante prudencia y cambios de domicilio. A distancia, los Thénardier descienden hacia el hampa urbana, convencidos de haber sido perjudicados. La ciudad, vasta y contradictoria, se convierte en escenario donde virtudes y miserias coexisten, y donde cada paso de los protagonistas exige cautela y silencio.

    En paralelo, Marius Pontmercy, joven de origen burgués criado por un abuelo conservador, atraviesa un despertar político y sentimental. Su descubrimiento de otras memorias familiares y la precariedad de su vida independiente lo acercan a un grupo de estudiantes republicanos comprometidos con la justicia social. En los jardines de la ciudad, un encuentro fugaz con Cosette suscita un amor idealizado, alimentado por miradas y ausencias. Éponine, hija de los Thénardier, observa esa historia desde la marginalidad con lealtades complejas. Las tensiones generacionales, los ideales y la pobreza confluyen en la figura de Marius, cuyo camino terminará cruzándose con el de Valjean.

    Los hilos del mundo criminal se tensan. En París opera una banda organizada que encarna la miseria convertida en delito, y alrededor de ella gravitan los Thénardier, dispuestos a explotar cualquier oportunidad. Una maniobra para extorsionar a un viajero respetable deriva en amenaza contra la seguridad de Valjean, situación que revela la porosidad entre la respetabilidad aparente y los peligros de la noche. Éponine desempeña un papel ambiguo, debatida entre afectos y supervivencia. Javert, desde la vigilancia constante, sigue juntando indicios. El relato exhibe cómo la pobreza extrema, la astucia y la represión policial se entrelazan en un mismo entramado.

    En 1832, una epidemia y el funeral de un líder popular catalizan descontentos que estallan en las calles de París. Marius y sus amigos, animados por ideales republicanos, levantan barricadas donde se decide algo más que una disputa política: el sentido de la fraternidad y el sacrificio. Gavroche, niño de las calles, simboliza la energía del pueblo. Valjean se ve arrastrado a ese escenario por lealtades personales y un impulso de protección. Javert, atrapado entre su deber y lo que presencia, confronta tensiones morales que lo exceden. La acción se condensa en combates, vigilias y decisiones que pondrán a prueba a todos.

    Las consecuencias de los hechos se desbordan en la intimidad de los personajes. La relación entre Marius y Cosette, nacida en el silencio, busca afirmarse frente a secretos, diferencias sociales y viejas heridas. Valjean enfrenta el peso de su pasado y la necesidad de decidir cuánto revelar, consciente de que su identidad puede condicionar el bienestar de quienes ama. Javert continúa encarnando la tensión entre la letra de la ley y los dilemas que plantean la compasión y la justicia. Los Thénardier persisten en su oportunismo. La trama avanza hacia definiciones afectivas y morales sin cerrar aún las preguntas que la sostienen.

    Más allá de sus peripecias, la obra propone una reflexión amplia sobre la dignidad humana, el poder transformador del perdón y la obligación social de aliviar la miseria. Hugo combina melodrama, crónica histórica y ensayo moral para interrogar instituciones, prejuicios y responsabilidades individuales. La novela observa cómo la ley puede volverse injusta cuando olvida a las personas, y cómo la solidaridad abre caminos inesperados. Con personajes que trascienden su contexto, Los miserables permanece vigente al iluminar desigualdades y dilemas éticos aún presentes. Sin adelantar desenlaces, su llamada final es a mirar al otro con empatía y a sostener la esperanza.

    Contexto Histórico

    Índice

    Ambientada principalmente en Francia entre 1815 y comienzos de la década de 1830, Los miserables transcurre en espacios urbanos y provinciales donde confluyen instituciones dominantes: la monarquía restaurada, la Iglesia católica, la policía centralizada y un aparato judicial heredero del Código napoleónico. París, con sus barrios populares y sus centros de poder, concentra tensiones sociales y políticas que se replican en ciudades de provincia. En ese marco, la obra observa la vida de los sectores humildes y las respuestas del Estado y la sociedad ante la miseria, contraponiendo la caridad individual, la represión legal y las incipientes aspiraciones igualitarias de la ciudadanía moderna.

    El punto de partida histórico es la derrota de Napoleón en Waterloo (junio de 1815) y el inicio de la Restauración borbónica. Regresan Luis XVIII y, luego, Carlos X, con un régimen que intenta recomponer jerarquías tradicionales, fortalecer a la Iglesia y limitar libertades políticas. Tras años de guerras, el país sufre ocupación, deudas, inflación y desempleo, especialmente en regiones desmovilizadas. La novela refleja ese clima de recomposición conservadora y resentimiento social: vencedores y vencidos conviven en un paisaje de penuria, control político y litigio moral, en el que los pobres cargan con el peso de decisiones tomadas lejos de sus vidas cotidianas.

    Un rasgo crucial del periodo es el sistema penal, codificado en 1810, severo con la propiedad y la reincidencia. Los grandes presidios portuarios (bagnes) como el de Tolón concentraban penados sometidos a trabajos forzados y disciplina implacable. La marca del pasado carcelario persistía mediante documentos de identidad y vigilancia policial, dificultando la reinserción. La obra examina las consecuencias humanas de esa estructura: el choque entre una ley concebida para disuadir y un ideal de rehabilitación casi inexistente. En el contraste entre legalidad y justicia, la novela convierte al antiguo penado en prisma de una sociedad que castiga más de lo que comprende.

    Bajo la Restauración, la Iglesia recuperó influencia en educación, beneficencia y vida pública, sin anular el modelo concordatario heredado de 1801. Obispos y órdenes religiosas participaron en hospitales, escuelas y socorros, en ocasiones supliendo carencias estatales. La novela acentúa la ambivalencia de ese protagonismo: la fe puede inspirar acogida y perdón radical, pero no sustituye reformas estructurales. La tensión entre caridad cristiana y justicia social recorre el relato, no como disputa doctrinal, sino como examen de prácticas concretas que alivian o perpetúan la miseria, y de cómo la moral personal interactúa con instituciones a menudo indiferentes.

    Las políticas de asistencia a los pobres en las primeras décadas del siglo XIX combinaban iniciativas municipales (bureaux de bienfaisance), hospitales, hospicios y reglamentos contra la mendicidad. El Estado perseguía a vagabundos y pedía certificados de residencia o trabajo, mientras las ayudas eran escasas e irregulares. El resultado fue una red de socorros insuficiente, atravesada por criterios morales y sospecha hacia los necesitados. La novela denuncia esa lógica mediante historias donde el infortunio deviene infracción, y donde la culpa social se desplaza al individuo. Critica una cultura que trata la miseria como delito o vicio antes que como responsabilidad colectiva.

    La temprana industrialización francesa avanzó con desigualdad regional en textiles, metalurgia y manufacturas, impulsando fábricas y talleres urbanos. El trabajo a destajo, los salarios inestables y la competencia deterioraron condiciones para artesanos y obreros, incluidas muchas mujeres. El livret ouvrier, instaurado bajo el Imperio, obligaba a los trabajadores a portar un cuaderno visado por patronos, instrumento de control laboral. La novela se hace eco de ese mundo de empleos precarios, disciplina fabril y honorabilidad exigida a los pobres, mostrando cómo la pérdida de trabajo se transforma en caída social, en un entorno que ofrece pocas salidas legales a la desesperación.

    La legislación civil napoleónica restringía la autonomía femenina: tutela marital, limitaciones patrimoniales y estigma sobre la maternidad extramatrimonial. En ciudades y villas, mujeres migrantes llenaban ocupaciones de baja paga, expuestas a patronos, intermediarios y prejuicios. La circulación de niños hacia amas de cría o pensiones baratas respondía a la necesidad y a la presión social. La obra registra esa precariedad legal y cultural, concentrándose en cómo la reputación condiciona el acceso al empleo, la custodia de los hijos y la supervivencia. Al hacerlo, conecta la cuestión de género con la economía moral de la época y su severidad punitiva.

    París, antes de las grandes reformas urbanas del Segundo Imperio, era una ciudad de calles estrechas, pasajes, patios insalubres y barrios populares densamente poblados. La red de alcantarillas existía pero era incompleta y desigual; los vertidos y basuras afectaban salud y convivencia. El alumbrado de gas se extendió desde la década de 1820, sin erradicar la inseguridad nocturna. Los primeros ferrocarriles eran aún incipientes; el transporte regular dependía de diligencias, carruajes y barcazas. En este marco material, la novela explora la ciudad como organismo físico y moral, con subterráneos, plazas y talleres que modelan destinos y decisiones.

    La centralización policial, consolidada desde 1800, articuló la Prefectura de Policía de París y brigadas especializadas. En 1812 surgió la Sûreté, asociada a figuras como Vidocq, antiguo delincuente vuelto investigador, que contribuyó a profesionalizar la pesquisa. Registros, pasaportes internos y redes de informantes nutrían una vigilancia persistente, enfocada tanto en el delito común como en la disidencia política. En la obra, el legalismo inflexible y la identificación del orden con la obediencia absoluta se vuelven objeto de examen. No se cuestiona la necesidad de la ley, sino su aplicación ciega a contextos marcados por necesidad y desigualdad.

    El acceso a la educación primaria era limitado y desparejo, frecuentemente en manos clericales o de métodos de enseñanza mutua. La alfabetización crecía lentamente, y la lectura de periódicos y panfletos aumentaba en cafés, talleres y sociedades. La ley Guizot de 1833, ya tras los hechos principales del relato, exigió a los municipios mantener escuelas de niños, marcando un avance. La novela valora el saber como herramienta de emancipación individual y social, desde el manual escolar hasta el periódico callejero. Esa confianza en la instrucción se opone a una sociedad que a menudo condena sin comprender, y que conoce poco a quienes sanciona.

    En lo cultural, el Romanticismo transformó la sensibilidad europea desde la década de 1820. Victor Hugo fue figura central en Francia, impulsando una estética que mezcló lo sublime y lo grotesco, otorgó dignidad literaria a las periferias y ensanchó la noción de lo heroico. La célebre batalla de Hernani (1830) simbolizó el choque con el clasicismo. La novela hereda ese programa: historia, filosofía, sátira y crónica social conviven para interpelar al lector no solo estéticamente, sino cívicamente. Al dar voz a marginados, el libro convierte la miseria en asunto nacional y literario, rompiendo barreras entre alta cultura y vida popular.

    La Restauración estuvo marcada por tensiones entre ultrarrealistas partidarios de restituir privilegios y liberales que reclamaban libertades públicas. Tras el asesinato del duque de Berry (1820), se aprobaron leyes represivas sobre prensa y reunión, y se reforzó la censura. Los opositores organizaron círculos clandestinos, y la universidad y los cafés se volvieron espacios de debate. La novela refleja ese clima de control y resistencia, poniendo de relieve la fragilidad de las garantías jurídicas para los humildes. En el trasfondo, la política afecta la vida cotidiana a través de decretos que parecen abstractos, pero que deciden destinos concretos en tribunales y calles.

    La Revolución de Julio de 1830 estalló contra las Ordenanzas de Saint-Cloud, que suspendían la libertad de prensa y alteraban el sistema electoral. En tres días de barricadas, Carlos X abdicó y ascendió Luis Felipe, rey de los franceses, bajo una Carta constitucional revisada. Muchos esperaban una monarquía más liberal; sin embargo, persistieron desigualdades y exclusiones del sufragio censitario. Esa oscilación entre esperanza y desengaño atraviesa la novela. El cambio de régimen no transformó la vida de los más pobres, y la brecha entre legalidad y justicia social quedó expuesta, alimentando nuevas oleadas de protesta republicana.

    Durante la Monarquía de Julio, florecieron sociedades políticas y círculos republicanos, como la Société des Amis du Peuple, con fuerte presencia estudiantil y artesanal. La tradición de barricadas, heredada de 1789 y reactivada en 1830, se consolidó como táctica urbana. La vigilancia estatal y la Guardia Nacional respondieron con detenciones y juicios. La novela condensa ese repertorio de acción y represión en episodios de insurrección que, más allá del desenlace, retratan la fraternidad, el coraje y las divisiones de una generación. La barricada aparece como microcosmos político y moral, donde chocan proyectos de país y se miden compromisos individuales.

    En 1832, una epidemia de cólera asoló París y otras regiones, con decenas de miles de muertos en Francia y más de 18.000 en la capital, según recuentos contemporáneos aproximados. El miedo, la desinformación y la miseria exacerbaron tensiones sociales; los más pobres fueron los más golpeados. La muerte del general Lamarque, popular por su oposición a políticas conservadoras, desencadenó manifestaciones que derivaron en una insurrección en junio, rápidamente reprimida. La novela integra esta coyuntura sanitaria y política, mostrando cómo la enfermedad y el luto colectivo catalizan pasiones cívicas, y cómo el Estado responde priorizando el orden sobre la escucha social.

    Victor Hugo evolucionó políticamente desde posturas monárquicas juveniles hacia un liberalismo humanitario. Ya en 1829–1834 atacó la pena de muerte en obras como El último día de un condenado y Claude Gueux. La Revolución de 1848 lo llevó a la Asamblea, y el golpe de Estado de Luis Napoleón en 1851 lo empujó al exilio (Bruselas, Jersey, Guernsey). Comenzada en 1845 y concluida en el exilio, publicada en 1862, la novela se nutre de lecturas, expedientes, observación de calles, estudio del argot y reflexión ética. Ese trayecto vital explica la combinación de compasión literaria y programa reformista que sostiene el libro.

    La técnica narrativa de Hugo dialoga con avances editoriales y de circulación: tiradas masivas, traducciones rápidas y un público europeo en expansión. En 1862, la aparición casi simultánea en varios países y una hábil campaña hicieron del libro un acontecimiento. Su recepción fue ambivalente: fervor popular y recelos de quienes veían peligrosa su crítica social. Al situar sus personajes en coyunturas concretas —Restauración, 1830, 1832—, la obra funciona como espejo de la Francia posrevolucionaria. Su apuesta ética interroga a las instituciones sobre su capacidad de redimir, no de destruir, y propone que una nación se mide por el modo en que trata a los más vulnerables.

    Biografía del Autor

    Índice

    Introducción

    Victor Hugo (1802–1885) fue poeta, novelista, dramaturgo y figura pública central del Romanticismo francés. Su obra abarca desde la lírica íntima y metafísica hasta el drama histórico y la novela social de gran aliento. Títulos como Notre-Dame de Paris y Les Misérables lo convirtieron en un autor de alcance mundial, leído más allá de su época y su país. Aunó experimentación formal con un agudo sentido moral, y participó activamente en la vida política de su tiempo. Su nombre quedó ligado a debates sobre libertad, justicia y memoria histórica, y a la expansión internacional de la literatura francesa.

    Su producción combina ambición estética y compromiso cívico. Alternó el verso profético con la reflexión autobiográfica, el drama innovador con relatos que examinan instituciones y desigualdades. Contribuyó a consolidar al novelista moderno como observador de la sociedad y al poeta como conciencia pública. Su influencia se extiende a la conservación del patrimonio medieval, a la evolución del teatro en lengua francesa y a la idea de que la literatura puede incidir en reformas. Traducido y adaptado de forma constante, Hugo encarna la transición entre la Francia posrevolucionaria y la modernidad urbana del siglo XIX.

    Formación e influencias literarias

    Formado en París, Hugo estudió Derecho pero se inclinó pronto por la literatura, frecuentando círculos intelectuales donde su talento precoz obtuvo reconocimiento. Desde la adolescencia escribió poesía premiada y fundó, junto con sus hermanos, una revista literaria que lo vinculó a debates estéticos de su tiempo. La capital, con su dinamismo editorial y sus salones, fue su escuela decisiva. El joven autor se dio a conocer con odas que insinuaban ya una voz singular, capaz de aunar devoción, historia y visión política. Esa temprana notoriedad lo situó en la primera línea del naciente Romanticismo francés.

    Sus influencias literarias abarcaron a Chateaubriand, a los trágicos clásicos y a Shakespeare, cuya libertad formal y potencia dramática admiraba. También lo marcaron la Biblia y la tradición épica, que nutrieron su imaginería simbólica. El Romanticismo le ofreció un programa estético: mezclar lo sublime y lo grotesco, rescatar lo medieval y lo popular, liberar el verso de rigideces. En ese espíritu, el célebre prefacio de Cromwell formuló un manifiesto para el teatro moderno. A ello se sumaron corrientes filosóficas y el clima político de las revoluciones del siglo XIX, que ampliaron su horizonte ético y social.

    Carrera literaria

    Los inicios de Hugo combinan poesía y narrativa con ambición histórica. Publicó colecciones que renovaron la lírica y novelas tempranas que exploraban lo fantástico y lo social. Su apuesta teatral transformó la escena francesa: con Cromwell delineó un programa dramático, y con Hernani desató un enfrentamiento estético que consagró la ruptura romántica. Piezas como Marion Delorme, Le Roi s’amuse, Lucrèce Borgia, Marie Tudor y Ruy Blas consolidaron su prestigio, desafiando convenciones métricas y temáticas. El teatro de Hugo propuso héroes enfrentados a sistemas opresivos, una dicción elástica y una teatralidad exuberante que influyó en generaciones de dramaturgos.

    Notre-Dame de Paris situó al público ante un París medieval vivo, donde la arquitectura adquiría protagonismo literario. La novela tejió historia, reflexión y aventura para denunciar prejuicios y celebrar la energía popular. Su éxito internacional amplió la idea de que la ciudad, sus monumentos y sus lenguas ocultas podían convertirse en materia narrativa. La obra revitalizó el interés por el patrimonio gótico, al tiempo que mostraba la capacidad del novelista para articular grandes coros sociales. La mezcla de desamparo, ironía y compasión perfiló un estilo que integraba la descripción monumental con el impulso lírico.

    En paralelo, Hugo consolidó una voz poética de hondura excepcional. Les Contemplations exploró memoria, pérdida y esperanza; La Légende des siècles trazó un vasto arco mítico e histórico que convirtió al poeta en cronista de la humanidad; Les Châtiments, por su parte, empleó la sátira para interpelar al poder. Estos libros, escritos en parte durante su exilio, combinaron invención formal y meditación moral. La experiencia personal y los conflictos públicos se fundieron en una lírica que alterna el canto íntimo con la visión profética. La crítica reconoció su altura poética, aunque debatió su retórica enfática.

    Les Misérables elevó la novela social a escala épica. El libro, fruto de largos años de maduración, entrelazó destinos individuales y estructuras institucionales para interrogar la ley, la culpa y la posibilidad de redención. Su recepción fue inmediata entre el gran público y más matizada en ciertos sectores críticos, que discutieron su didactismo. Sin revelar el desarrollo del argumento, puede decirse que la obra propone una ética de la misericordia y la educación como vías de transformación. En la misma década, Les Travailleurs de la mer y L’Homme qui rit profundizaron en la lucha humana frente a fuerzas naturales y sociales.

    Convicciones y activismo

    La trayectoria política de Hugo evolucionó desde posiciones conservadoras iniciales hacia un firme republicanismo liberal. Defendió la libertad de prensa, el sufragio y el control de los abusos del poder. Su enfrentamiento con el régimen surgido del golpe de Estado de 1851 lo llevó al exilio en las islas del Canal, desde donde publicó textos de combate como Napoléon le Petit y, posteriormente, Histoire d’un crime. También propuso una idea de federación europea como horizonte de paz. Su literatura y su oratoria se retroalimentaron: la tribuna y la página fueron, para él, espacios complementarios de intervención cívica.

    Hugo sostuvo causas sociales que atraviesan su obra: la condena de la pena de muerte, la lucha contra la miseria y la defensa de la instrucción popular. En Le Dernier Jour d’un Condamné y Claude Gueux articuló argumentos contra la crueldad punitiva; en poemas y discursos abogó por la dignidad de los desposeídos y por una ética pública basada en la compasión. Se manifestó también contra la esclavitud y la explotación infantil, y consideró la educación como una palanca de igualdad. Estas convicciones no fueron meros enunciados: marcaron la arquitectura narrativa y la tonalidad moral de sus libros.

    Últimos años y legado

    El derrumbe del Segundo Imperio permitió su regreso a Francia en la década de 1870. Presenció el asedio de París y plasmó ese trance en L’Année terrible, testimonio de dolor y resistencia. Continuó publicando con vigor: Quatrevingt-treize retomó su reflexión sobre la violencia política y los dilemas de la revolución; también reunió intervenciones públicas en Actes et Paroles y estrenó nuevas piezas. Participó de la vida parlamentaria de la Tercera República en distintos periodos. Aunque la salud se resintió con los años, mantuvo una intensa actividad intelectual y una presencia simbólica que excedía los límites del campo literario.

    Victor Hugo murió en 1885 en París. Su funeral fue multitudinario y precedió a su traslado al Panteón, donde quedó consagrado como figura nacional. Su legado pervive en la lengua —que expandió con audacia—, en la renovación del teatro y en una concepción de la novela como instrumento de crítica social. La poesía posterior lo leyó con mezcla de admiración y distancia, pero su influencia resultó ineludible. Sus libros siguen traduciéndose y originan adaptaciones escénicas y cinematográficas que reactivan sus preguntas éticas. La persistencia de su obra confirma que un ideal literario puede dialogar con la historia y desafiarla.

    Los miserables (Clásicos de la literatura)

    Tabla de Contenidos Principal

    PRIMERA PARTE

    LIBRO PRIMERO

    I

    II

    III

    LIBRO SEGUNDO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    VII

    VIII

    IX

    X

    LIBRO TERCERO

    I

    II

    LIBRO CUARTO

    I

    II

    III

    LIBRO QUINTO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    VII

    VIII

    IX

    LIBRO SEXTO

    I

    II

    LIBRO SEPTIMO

    I

    II

    III

    IV

    V

    LIBRO OCTAVO

    I

    II

    III

    IV

    SEGUNDA PARTE

    LIBRO PRIMERO

    I

    II

    LIBRO SEGUNDO

    I

    II

    III

    LIBRO TERCERO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    VII

    VIII

    IX

    X

    LIBRO CUARTO

    I

    II

    III

    IV

    LIBRO QUINTO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    LIBRO SEXTO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    VII

    TERCERA PARTE

    LIBRO PRIMERO

    I

    II

    LIBRO SEGUNDO

    I

    II

    LIBRO TERCERO

    I

    II

    III

    IV

    V

    LIBRO CUARTO

    I

    II

    III

    IV

    LIBRO QUINTO

    I

    II

    III

    IV

    LIBRO SEXTO

    I

    II

    III

    IV

    V

    LIBRO SEPTIMO

    I

    II

    LIBRO OCTAVO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    VII

    VIII

    IX

    X

    XI

    XII

    XIII

    XIV

    CUARTA PARTE

    LIBRO PRIMERO

    I

    II

    LIBRO SEGUNDO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    VII

    VIII

    IX

    X

    LIBRO TERCERO

    I

    II

    III

    LIBRO CUARTO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    VII

    LIBRO QUINTO

    I

    II

    III

    LIBRO SEXTO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    LIBRO SEPTIMO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    VII

    VIII

    QUINTA PARTE

    LIBRO PRIMERO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    VII

    VIII

    IX

    LIBRO SEGUNDO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    VII

    LIBRO TERCERO

    I

    LIBRO CUARTO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VII

    VIII

    LIBRO QUINTO

    I

    II

    III

    LIBRO SEXTO

    I

    II

    LIBRO SEPTIMO

    I

    II

    III

    IV

    LIBRO OCTAVO

    I

    II

    III

    IV

    V

    VI

    PRIMERA PARTE

    FANTINA

    Índice

    LIBRO PRIMERO

    Un justo

    Índice

    I

    Monseñor Myriel

    Índice

    En 1815, era obispo de D. el ilustrísimo Carlos Francisco Bienvenido Myriel, un anciano de unos setenta y cinco años, que ocupaba esa sede desde 1806. Quizás no será inútil indicar aquí los rumores y las habladurías que habían circulado acerca de su persona cuando llegó por primera vez a su diócesis.

    Lo que de los hombres se dice, verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida, como lo que hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del Parlamento de Aix, nobleza de toga. Se decía que su padre, pensando que heredara su puesto, lo había casado muy joven. Se decía que Carlos Myriel, no obstante este matrimonio, había dado mucho que hablar. Era de buena presencia, aunque de estatura pequeña, elegante, inteligente; y se decía que toda la primera parte de su vida la habían ocupado el mundo y la galantería.

    Sobrevino la Revolución; se precipitaron los sucesos; las familias ligadas al antiguo régimen, perseguidas, acosadas, se dispersaron, y Carlos Myriel emigró a Italia. Su mujer murió allí de tisis. No habían tenido hijos. ¿Qué pasó después en los destinos del señor Myriel?

    El hundimiento de la antigua sociedad francesa, la caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, ¿hicieron germinar tal vez en su alma ideas de retiro y de soledad? Nadie hubiera podido decirlo; sólo se sabía que a su vuelta de Italia era sacerdote.

    En 1804 el señor Myriel se desempeñaba como cura de Brignolles. Era ya anciano y vivía en un profundo retiro.

    Hacia la época de la coronación de Napoleón, un asunto de su parroquia lo llevó a París; y entre otras personas poderosas cuyo amparo fue a solicitar en favor de sus feligreses, visitó al cardenal Fesch. Un día en que el Emperador fue también a visitarlo, el digno cura que esperaba en la antesala se halló al paso de Su Majestad Imperial. Napoleón, notando la curiosidad con que aquel anciano lo miraba, se volvió, y dijo bruscamente:

    ¿Quién es ese buen hombre que me mira?

    Majestad —dijo el señor Myriel—, vos miráis a un buen hombre y yo miro a un gran hombre. Cada uno de nosotros puede beneficiarse de lo que mira.

    Esa misma noche el Emperador pidió al cardenal el nombre de aquel cura y algún tiempo después el señor Myriel quedó sorprendido al saber que había sido nombrado obispo de D.

    Llegó a D. acompañado de su hermana, la señorita Baptistina, diez años menor que él. Por toda servidumbre tenían a la señora Maglóire, una criada de la misma edad de la hermana del obispo.

    La señorita Baptistina era alta, pálida, delgada, de modales muy suaves. Nunca había sido bonita, pero al envejecer adquirió lo que se podría llamar la belleza de la bondad. Irradiaba una transparencia a través de la cual se veía, no a la mujer, sino al ángel.

    La señora Magloire era una viejecilla blanca, gorda, siempre afanada y siempre sofocada, tanto a causa de su actividad como de su asma.

    A su llegada instalaron al señor Myriel en su palacio episcopal, con todos los honores dispuestos por los decretos imperiales, que clasificaban al obispo inmediatamente después del mariscal de campo.

    Terminada la instalación, la población aguardó a ver cómo se conducía su obispo.

    II

    El señor Myriel se convierte en monseñor Bienvenido

    Índice

    El palacio episcopal d[1]e D. estaba contiguo al hospital, y era un vasto y hermoso edificio construido en piedra a principios del último siglo. Todo en él respiraba cierto aire de grandeza: las habitaciones del obispo, los salones, las habitaciones interiores, el patio de honor muy amplio con galerías de arcos según la antigua costumbre florentina, los jardines plantados de magníficos árboles.

    El hospital era una casa estrecha y baja, de dos pisos, con un pequeño jardín atrás.

    Tres días después de su llegada, el obispo visitó el hospital. Terminada la visita, le pidió al director que tuviera a bien acompañarlo a su palacio.

    —Señor director —le dijo una vez llegados allí—: ¿cuántos enfermos tenéis en este momento?

    Veintiséis, monseñor.

    —Son los que había contado —dijo el obispo.

    —Las camas —replicó el director— están muy próximas las unas a las otras.

    —Lo había notado.

    —Las salas, más que salas, son celdas, y el aire en ellas se renueva difícilmente.

    —Me había parecido lo mismo.

    —Y luego, cuando un rayo de sol penetra en el edificio, el jardín es muy pequeño para los convalecientes.

    También me lo había figurado.

    —En tiempo de epidemia, este año hemos tenido el tifus, se juntan tantos enfermos; más de ciento, que no sabemos qué hacer.

    —Ya se me había ocurrido esa idea.

    —¡Qué queréis, monseñor! —dijo el director—: es menester resignarse.

    Esta conversación se mantenía en el comedor del piso bajo.

    El obispo calló un momento; luego, volviéndose súbitamente hacia el director del hospital, preguntó:

    ¿Cuántas camas creéis que podrán caber en esta sala?

    —¿En el comedor de Su Ilustrísima?¾ exclamó el director estupefacto.

    El obispo recorría la sala con la vista, y parecía que sus ojos tomaban medidas y hacían cálculos.

    —Bien veinte camas —dijo como hablando consigo mismo; después, alzando la voz, añadió: Mirad, señor director, aquí evidentemente hay un error. En el hospital sois veintiséis personas repartidas en cinco o seis pequeños cuartos. Nosotros somos aquí tres y tenemos sitio para sesenta. Hay un error, os digo; vos tenéis mi casa y yo la vuestra. Devolvedme la mía, pues aquí estoy en vuestra casa.

    Al día siguiente, los veintiséis enfermos estaban instalados en el palacio del obispo, y éste en el hospital.

    Monseñor Myriel no tenía bienes. Su hermana cobraba una renta vitalicia de quinientos francos y monseñor Myriel recibía del Estado, como obispo, una asignación de quince mil francos. El día mismo en que se trasladó a vivir al hospital, el prelado determinó de una vez para siempre el empleo de esta suma, del modo que consta en la nota que transcribimos aquí, escrita de su puño y letra:

    Lista de dos gastos de mi casa

    ¾ Para el seminario 1500

    ¾ Congregación de la misión 100

    ¾ Para los lazaristas de Montdidier 100

    ¾ Seminario de las misiones extranjeras de París 200

    ¾ Congregación del Espíritu Santo 150

    ¾ Establecimientos religiosos de la Tierra Santa 100

    ¾ Sociedades para madres solteras 350

    ¾ Obra para mejora de las prisiones 400

    ¾ Obra para el alivio y rescate de los presos 500

    ¾ Para libertar a padres de familia presos por deudas 1000

    ¾ Suplemento a la asignación de los maestros de escuela de la diócesis 2000

    ¾ Cooperativa de los Altos Alpes 100

    ¾ Congregación de señoras para la enseñanza gratuita de niñas pobres 1500

    ¾ Para los pobres 6000

    ¾ Mi gasto personal 1000

    Total 15000

    Durante todo el tiempo que ocupó el obispado de D., monseñor Myriel no cambió en nada este presupuesto, que fue aceptado con absoluta sumisión por la señorita Baptistina. Para aquella santa mujer, monseñor Myriel era a la vez su hermano y su obispo; lo amaba y lo veneraba con toda su sencillez.

    Al cabo de algún tiempo afluyeron las ofrendas de dinero. Los que tenían y los que no tenían llamaban a la puerta de monseñor Myriel, los unos yendo a buscar la limosna que los otros acababan de depositar. En menos de un año el obispo llegó a ser el tesorero de todos los beneficios, y el cajero de todas las estrecheces. Grandes sumas pasaban por sus manos pero nada hacía que cambiara o modificase su género de vida, ni que añadiera lo más ínfimo de lo superfluo a lo que le era puramente necesario.

    Lejos de esto, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad arriba, todo estaba, por decirlo así, dado antes de ser recibido.

    Es costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de bautismo sus escritos y cartas pastorales. Los pobres de la comarca habían elegido, con una especie de instinto afectuoso, de todos los nombres del obispo aquel que les ofrecía una significación adecuada; y entre ellos sólo le designaban como monseñor Bienvenido. Haremos lo que ellos y lo llamaremos del mismo modo cuando sea ocasión. Por lo demás, al obispo le agradaba esta designación.

    —Me gusta ese nombre —decía: Bienvenido suaviza un poco lo de monseñor.

    III

    Las obras en armonía con las palabras

    Índice

    Su conversación era afable y alegre; se acomodaba a la mentalidad de las dos ancianas que pasaban la vida a su lado: cuando reía, era su risa la de un escolar.

    La señora Magloire lo llamaba siempre Vuestra Grandeza. Un día monseñor se levantó de su sillón y fue a la biblioteca a buscar un libro.

    Estaba éste en una de las tablas más altas del estante, y como el obispo era de corta estatura, no pudo alcanzarlo.

    —Señora Magloire —dijo—, traedme una silla, porque mi Grandeza no alcanza a esa tabla.

    No condenaba nada ni a nadie apresuradamente y sin tener en cuenta las circunstancias; y solía decir: Veamos el camino por donde ha pasado la falta.

    Siendo un ex pecador, como se calificaba a sí mismo sonriendo, no tenía ninguna de las asperezas del rigorismo, y profesaba muy alto, sin cuidarse para nada de ciertos fruncimientos de cejas, una doctrina que podría resumirse en estas palabras:

    El hombre tiene sobre sí la carne, que es a la vez su carga y su tentación. La lleva, y cede a ella. Debe vigilarla, contenerla, reprimirla; mas si a pesar de sus esfuerzos cae, la falta así cometida es venial. Es una caída; pero caída sobre las rodillas, que puede transformarse y acabar en oración.

    Frecuentemente escribía algunas líneas en los márgenes del libro que estaba leyendo. Como éstas:

    "Oh, Vos, ¿quién sois? El Eclesiástico os llama Todopoderoso; los Macabeos[2] os nombran Creador; la Epístola a los Efesios os llama.Libertad; Baruch os nombra Inmensidad; los Salmos os llaman Sabiduría y Verdad; Juan os llama Luz; los reyes os nombran Señor; el Éxodo os apellida Providencia; el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la creación os llama Dios; el hombre os llama Padre; pero Salomón os llama Misericordia, y éste es el más bello de vuestros nombres".

    En otra parte había escrito: No preguntéis su nombre a quien os pide asilo. Precisamente quien más necesidad tiene de asilo es el que tiene más dificultad en decir su nombre.

    Añadía también:

    A los ignorantes enseñadles lo más que podáis; la sociedad es culpable por no dar instrucción gratis; es responsable de la oscuridad que con esto produce. Si un alma sumida en las tinieblas comete un pecado, el culpable no es en realidad el que peca, sino el que no disipa las tinieblas.

    Como se ve, tenía un modo extraño y peculiar de juzgar las cosas. Sospecho que lo había tomado del Evangelio.

    Un día oyó relatar una causa célebre que se estaba instruyendo, y que muy pronto debía sentenciarse. Un infeliz, por amor a una mujer y al hijo que de ella tenía, falto de todo recurso, había acuñado moneda falsa. En aquella época se castigaba este delito con la pena de muerte. La mujer fue apresada al poner en circulación la primera moneda falsa fabricada por el hombre. El obispo escuchó en silencio. Cuando concluyó el relato, preguntó:

    —¿Dónde se juzgará a ese hombre y a esa mujer?

    —En el tribunal de la Audiencia.

    Y replicó:

    ¿Y dónde juzgarán al fiscal?

    Cuando paseaba apoyado en un gran bastón, se diría que su paso esparcía por donde iba luz y animación. Los niños y los ancianos salían al umbral de sus puertas para ver al obispo. Bendecía y lo bendecían. A cualquiera que necesitara algo se le indicaba la casa del obispo. Visitaba a los pobres mientras tenía dinero, y cuando éste se le acababa, visitaba a los ricos.

    Hacía durar sus sotanas mucho tiempo, y como no quería que nadie lo notase, nunca se presentaba en público sino con su traje de obispo, lo cual en verano le molestaba un poco.

    Su comida diaria se componía de algunas legumbres cocidas en agua, y de una sopa.

    Ya dijimos que la casa que habitaba tenía sólo dos pisos. En el bajo había tres piezas, otras tres en el alto, encima un desván, y detrás de la casa, el jardín; el obispo habitaba el bajo. La primera pieza, que daba a la calle, le servía de comedor; la segunda, de dormitorio, y de oratorio la tercera. No se podía salir del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni de éste sin pasar por el comedor. En el fondo del oratorio había una alcoba cerrada, con una cama para cuando llegaba algún huésped. El obispo solía ofrecer esta cama a los curas de aldea, cuyos asuntos parroquiales los llevaban a D.

    Había además en el jardín un establo, que era la antigua cocina del hospital, y donde el obispo tenía dos vacas. Cualquiera fuera la cantidad de leche que éstas dieran, enviaba invariablemente todas las mañanas la mitad a los enfermos del hospital. Pago mis diezmos, decía.

    Un aparador, convenientemente revestido de mantelitos blancos, servía de altar y adornaba el oratorio de Su Ilustrísima.

    —Pero el más bello altar —decía— es el alma de un infeliz consolado en su infortunio, y que da gracias a Dios.

    No es posible figurarse nada más sencillo que el dormitorio del obispo. Una puerta-ventana que daba al jardín; enfrente, la cama, una cama de hospital, con colcha de sarga verde; detrás de una cortina, los utensilios de tocador, que revelaban todavía los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo; dos puertas, una cerca de la chimenea que daba paso al oratorio; otra cerca de la biblioteca que daba paso al comedor. La biblioteca era un armario grande con puertas vidrieras, lleno de libros; la chimenea era de madera, pero pintada imitando mármol, habitualmente sin fuego. Encima de la chimenea, un crucifijo de cobre, que en su tiempo fue plateado, estaba clavado sobre terciopelo negro algo raído y colocado bajo un dosel de madera; cerca de la puerta-ventana había una gran mesa con un tintero, repleta de papeles y gruesos libros.

    La casa, cuidada por dos mujeres, respiraba de un extremo al otro una exquisita limpieza. Era el único lujo que el obispo se permitía. De él decía: Esto no les quita nada a los pobres.

    Menester es confesar, sin embargo, que le quedaban de lo que en otro tiempo había poseído seis cubiertos de plata y un cucharón, que la señora Magloire miraba con cierta satisfacción todos los días relucir espléndidamente sobre el blanco mantel de gruesa tela. Y como procuramos pintar aquí al obispo de D. tal cual era, debemos añadir que más de una vez había dicho: Renunciaría difícilmente a comer con cubiertos que no fuesen de plata.

    A estas alhajas deben añadirse dos grandes candeleros de plata maciza que eran herencia de una tía abuela. Aquellos candeleros sostenían dos velas de cera, y habitualmente figuraban sobre la chimenea del obispo. Cuando había convidados a cenar, la señora Magloire encendía las dos velas y ponía los dos candelabros en la mesa.

    A la cabecera de la cama del obispo, había pequeña alacena, donde la señora Magloire guardaba todas las noches los seis cubiertos de plata y el cucharón. Debemos añadir que nunca quitaba la llave de la cerradura.

    La señora Magloire cultivaba legumbres en el jardín; el obispo, por su parte, había sembrado flores en otro rincón. Crecían también algunos árboles frutales.

    Una vez, la señora Magloire dijo a Su Ilustrísima con cierta dulce malicia:

    —Monseñor, vos que sacáis partido de todo, tenéis ahí un pedazo de tierra inútil. Más valdría que eso produjera frutos que flores.

    —Señora Magloire —respondió el obispo—, os engañáis: lo bello vale tanto como lo útil.

    Y añadió después de una pausa: Tal vez más.

    LIBRO SEGUNDO

    La caída

    Índice

    I

    La noche de un día de marcha

    Índice

    En los primeros días del mes de octubre de 1815, como una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba a pie entraba en la pequeña ciudad de D. Los pocos habitantes que en aquel momento estaban asomados a sus ventanas o en el umbral de sus casas, miraron a aquel viajero con cierta inquietud. Difícil sería hallar un transeúnte de aspecto más miserable. Era un hombre de mediana estatura, robusto, de unos cuarenta y seis a cuarenta y ocho años. Una gorra de cuero con visera calada hasta los ojos ocultaba en parte su rostro tostado por el sol y todo cubierto de sudor. Su camisa, de una tela gruesa y amarillenta, dejaba ver su velludo pecho; llevaba una corbata retorcida como una cuerda; un pantalón azul usado y roto; una vieja chaqueta gris hecha jirones; un morral de soldado a la espalda, bien repleto, bien cerrado y nuevo; en la mano un enorme palo nudoso, los pies sin medias, calzados con gruesos zapatos claveteados.

    Sus cabellos estaban cortados al rape y, sin embargo, erizados, porque comenzaban a crecer un poco y parecía que no habían sido cortados hacía algún tiempo.

    Nadie lo conocía. Evidentemente era forastero. ¿De dónde venía? Debía haber caminado todo el día, pues se veía muy fatigado.

    Se dirigió hacia el Ayuntamiento. Entró en él y volvió a salir un cuarto de hora después. Un gendarme[3] estaba sentado a la puerta. El hombre se quitó la gorra y lo saludó humildemente.

    Había entonces en D. una buena posada que, según la muestra, se titulaba La Cruz de Colbas, y hacia ella se encaminó el hombre. Entró en la cocina; todos los hornos estaban encendidos y un gran fuego ardía alegremente en la chimenea. El posadero estaba muy ocupado en vigilar la excelente comida destinada a unos carreteros, a quienes se oía hablar y reír ruidosamente en la pieza inmediata. Al oír abrirse la puerta preguntó sin apartar la vista de sus cacerolas:

    —¿Qué ocurre?

    —Cama y comida —dijo el hombre.

    —Al momento —replicó el posadero.

    Entonces volvió la cabeza, dio una rápida ojeada al viajero, y añadió:

    —Pagando, por supuesto.

    El

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