La Resonancia de Sewell
Por Claudio Díaz
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Sewell, Chile. Invierno de 1972. Un pueblo minero abandonado que se aferra a la ladera de la Cordillera, conocido como la "Ciudad de las Escaleras". Para Nélida Reyes, este es el purgatorio al que regresa en busca de respuestas sobre su pasado familiar y la enigmática desaparición de su padrastro, Eliseo Fuentes.
Pero Sewell no es un pueblo fantasma común. Bajo su silencio opresivo, en las profundidades de los túneles sellados, algo pulsa con una fuerza antigua e insondable, una resonancia capaz de distorsionar la realidad.
A medida que Nélida se adentra en el misterio, guiada por un antiguo amuleto Mapuche llamado trarilonko y el diario secreto de su padre, Alistair Reyes, descubre la verdad que su madre intentó esconder:
El Proyecto Lucifer: Un oscuro legado de los Reyes, fundadores de la mina, y de científicos nazis que buscaban dominar y corromper la energía vital de la montaña, la Ñuke Mapu.
El Agente Base: Una sustancia negra y bioluminiscente que brota de la roca, utilizada en experimentos neonatales para crear "conductos" vivos de la resonancia.
El Símbolo Corrupto: Un glifo híbrido de tres líneas que estrangulan el ancestral espiral de la vida, una marca de esclavitud y control grabada en la propia roca.
Perseguida por la secta de los Herederos de Lucifer y enfrentando el terror de las sombras azules que acechan en las ruinas, Nélida deberá restaurar el poder de su trarilonko completo y convertirse en la Guardiana que su linaje siempre temió.
¿Podrá Nélida liberar el alma de la montaña y romper el ciclo de ambición y sacrificio antes de que la Ñuke Mapu, consumida por su dolor, colapse y arrastre a todos a un abismo de cristal y olvido?
Un escalofriante viaje a las profundidades de la Cordillera chilena, donde el pasado no es solo historia, sino una frecuencia viva y malevolente.
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La Resonancia de Sewell - Claudio Díaz
LA RESONANCIA DE SEWELL
por Claudio Díaz
NOTA DEL AUTOR
El terror y la ficción son la forma más honesta que encontré para hablar de lo que perdí. Las sombras de Sewell son, en realidad, los contornos de mis recuerdos, y la resonancia del cuarzo es el eco incesante de las voces que se fueron.
Esta novela es mi antídoto contra el olvido: un ancla de tinta y papel. Un lugar donde mis seres amados no se desvanecen, sino que se cristalizan y permanecen, más vivos que nunca.
Para mis padres Eliana y Eliseo, mi hermana Nelly, mi querido Víctor, y mi apreciado compañero de vida Eduardo (Dudu/Edu).
En este silencio, la memoria es indestructible.
PRÓLOGO: EL PACTO DE PIEDRA
Sewell, Chile. Primavera de 1910.
Don Anselmo Reyes no creía en presagios hasta la mañana en que la montaña le habló.
Había descendido al túnel nuevo —apenas un arañazo en la ladera— buscando la veta de cobre que los viejos mineros juraban haber visto brillar en la oscuridad. Su lámpara de carburo proyectaba sombras nerviosas contra las paredes húmedas.
Entonces la escuchó.
No fue un sonido. Fue una vibración que comenzó en sus muelas y descendió por su columna vertebral como agua helada. Sus empastes de plata resonaron con una frecuencia que le hizo sangrar las encías.
Se detuvo, sosteniendo la pared para no caer.
La vibración cesó.
En su lugar: silencio absoluto. Ni goteo de agua. Ni crujido de madera. Ni el eco de su propia respiración.
Y entonces la vio.
Una grieta en la pared del fondo, tan delgada que casi la pasa por alto. Pero de ella emanaba luz. No amarilla como su lámpara. Azul. Pulsante. Como si algo respirara detrás de la roca.
Anselmo acercó su mano.
El trarilonko que llevaba oculto bajo la camisa —regalo de despedida del lonko picunche que había bendecido la excavación tres días atrás— se calentó súbitamente contra su pecho.
No es un regalo
, había dicho el anciano mapuche, sus ojos nublados pero penetrantes. Es una condena. Tu familia ahora es guardiana. Y los guardianes nunca descansan.
Anselmo había aceptado el amuleto por cortesía, sin entender. Ahora, con la mano a centímetros de la grieta azul, comprendió que el lonko no había estado siendo poético. Había estado siendo literal.
Tocó la grieta.
El mundo estalló.
Imágenes fracturadas, no vistas sino sabidas, inundaron su mente en un segundo: el océano primordial retrocediendo; el magma enfriándose durante eones; la formación de cristales de cuarzo del tamaño de edificios, estructuras geométricas tan perfectas que resonaban con la rotación misma del planeta.
Vio a los primeros humanos llegando. Picunches. Sintiendo la resonancia. Aprendiendo a escucharla sin enloquecerse. Vio los rituales. Los guardianes voluntarios que descendían cada generación para hablar
con la montaña, para mantener el equilibrio entre su consciencia geológica y el mundo superficial de carne y sangre.
Y vio el momento en que los rituales cesaron.
Invasión española. Genocidio. Silencio forzado.
La montaña, sin guardianes, comenzó a soñar.
Y sus sueños eran hambrientos.
Anselmo retiró la mano, jadeando. Cayó de rodillas. Vomitó bilis y sangre. Cuando pudo ponerse de pie, la grieta había desaparecido. No. No había desaparecido. Simplemente ya no brillaba. Como si hubiera cumplido su propósito: marcar al nuevo guardián.
Tres días después, el alemán llegó.
Kapitän Dieter Steiner. Treinta y ocho años. Uniforme civil impecable. Acento cerrado. Ojos grises que calculaban todo. Se sentó en la choza que Anselmo llamaba oficina y desplegó mapas sobre la mesa astillada.
—He estudiado sus montañas durante dos años, Herr Reyes. —Su español era correcto pero mecánico—. La geología aquí es... única. Formaciones cristalinas inusuales. Resonancias electromagnéticas anómalas.
Anselmo bebió mate amargo, sin responder.
—Mi compañía está dispuesta a invertir. Maquinaria moderna. Explosivos. Ingenieros capacitados. —Steiner trazó una línea roja en el mapa—. Excavaremos profundo. Más
