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Cinco horas para la libertad
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Libro electrónico103 páginas1 hora

Cinco horas para la libertad

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Zaragoza, 1838.
A punto de caer en manos carlistas, la ciudad resiste con uñas, pólvora y orgullo. Pero en las entrañas de la muralla, Joaquín Espés —excombatiente renegado, herrero marcado por la traición y la pérdida— se enfrenta a una decisión imposible: salvar a su hijo secuestrado por sus antiguos camaradas… o mantener intacta la defensa de la ciudad que lo ha rechazado.


En apenas cinco horas, mientras la pólvora tiembla bajo tierra y los cañones rugen en la superficie, Joaquín deberá elegir entre la sangre que le queda y la ciudad que lo repudia.


Cinco horas para la libertad es una novela histórica breve, de tensión moral asfixiante, que retrata con crudeza el precio de la redención y la ambigüedad del heroísmo. Basada en hechos reales —la heroica Cincomarzada que frustró la toma carlista de Zaragoza—, combina la precisión documental con una narración íntima, sobria y devastadora.


Una historia sobre la libertad, sí. Pero también sobre las heridas que deja.

IdiomaEspañol
EditorialEager Dragon Publishing
Fecha de lanzamiento20 sept 2025
ISBN9788785410191
Cinco horas para la libertad

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    Cinco horas para la libertad - Carlos Cabezas López

    Cinco horas para la libertad

    Carlos Cabezas López

    Cinco horas para la libertad

    © 2025 Carlos Cabezas López

    Publicado y editado por Carlos Cabezas López

    (imprint: Eager Dragon Publishing)

    Østerbrogade 226 St. 1, 2100 København Ø, Denmark

    Diseño de cubierta, maquetación, corrección y edición: Carlos Cabezas López

    ISBN (eBook en español): 978‑87‑85410‑19‑1

    ISBN (Paperback en español): 979-82-66325-26-5

    Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación o transmitida en ninguna forma ni por ningún medio —electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros— sin la autorización previa y por escrito del titular del copyright.

    Este libro es una obra de ficción basada en hechos históricos reales. Aunque muchos de los eventos, lugares y personajes están inspirados en sucesos verídicos —en particular, la Cincomarzada de 1838 en Zaragoza—, esta obra incorpora elementos dramatizados, diálogos imaginados y personajes ficticios. Cualquier semejanza con personas reales en contextos distintos, vivas o muertas, es puramente coincidental.

    Depósito legal: Biblioteca Real de Dinamarca (Pligtaflevering). Se entregarán dos copias digitales dentro de los seis meses posteriores a la publicación, conforme a la normativa danesa sobre depósito legal de obras digitales.

    Primera edición – 2025

    Índice de Contenidos

    Capítulo 1: El Último Encargo

    Capítulo 2: Cinco Campanadas

    Capítulo 2: El Yunque de la Elección

    Capítulo 4: Hierro y Miel

    Capítulo 5: El Eco de la Traición

    Capítulo 6: El Mapa Bajo la Iglesia

    Capítulo 7: La Trinchera Silenciosa

    Capítulo 8: El Estratega y el Hierro

    Capítulo 9: El Fuego No Era Rojo

    Capítulo 10: El Corazón del Laberinto

    Capítulo 11: La Brecha Fingida y el Río de Fuego

    Capítulo 12: La Voz de los Jóvenes

    Capítulo 13: La Ciudad que Sangra y Resiste

    Capítulo 14: Las Cenizas del Hogar

    Capítulo 15: Los Muros no Olvidan

    Capítulo 16: Los Héroes Sin Nombre

    Capítulo 17: La Última Forja

    Epílogo: Años Después

    Nota Histórica

    Capítulo 1: El Último Encargo

    El sonido del martillo de Joaquín Espés era el latido de un corazón viejo y cansado, resonando en la penumbra de su herrería como un eco en un valle solitario. Cada golpe sobre el hierro al rojo vivo era un lamento sordo, una confesión de su dolor físico y de su aislamiento. La tarde del 3 de marzo de 1838 se arrastraba sobre Zaragoza con una quietud inusual, casi ominosa, pero para Joaquín, la quietud era su compañera perpetua. Sus hombros, antes robustos como yunques, ahora se quejaban bajo el peso de los años y de las viejas heridas de guerra, un mapa de batallas olvidadas grabadas en su carne. La espalda, un arco tenso por el esfuerzo, le recordaba cada día el precio de una vida forjada a martillo.

    Sus manos, nudosas y ennegrecidas por el hollín incrustado en los surcos de su piel, se movían con la lentitud pausada de quien conoce cada fibra del metal, cada truco del fuego. Pero la pasión de antaño, el brillo en sus ojos al domar el hierro, se había desvanecido, reemplazado por la resignación de una rutina ineludible. El calor de la fragua, que en otro tiempo lo revitalizaba, ahora solo acentuaba el sudor frío de su frente y el dolor punzante en sus articulaciones. Él era un paria en su propia ciudad, un herrero que había perdido la chispa, tanto en el yunque como en el alma. La herrería, antes un foco de actividad y charla, ahora era un santuario de silencio, roto solo por el susurro del fuelle y el metálico golpe de su martillo.

    Un carruaje ostentoso, con los herrajes pulcros y los caballos de crin reluciente, se detuvo con un chirrido de frenos de hierro frente a su herrería, rompiendo la paz impuesta. Joaquín levantó la vista, entrecerrando los ojos ante el sol de la tarde que se filtraba por la puerta. De él descendió un hombre atildado, de rostro afilado y ojos pequeños, seguido de una mujer con ropas de seda que rehuía la mirada, su nariz arrugada por el olor a carbón y sudor. Eran los Condes de Monteflor, una familia de ricos comerciantes liberales que, a pesar de su fortuna, aún dependían de las hábiles manos de un herrero para sus necesidades mundanas.

    Espés, espetó el Conde, sin dignarse a entrar más allá del umbral, su voz untuosa pero cargada de un desprecio apenas disimulado. Sus ojos, antes que en Joaquín, se posaron con disgusto en el desorden del taller, en el hollín que cubría cada superficie. Necesitamos la verja de nuestra casa de campo reparada. Las bisagras están flojas y el hierro corroído. Debe estar lista para el alba del día de pasado mañana. Y no intentes regatear, sabemos de tu 'condición' y de lo poco que has trabajado últimamente. El precio será justo, pero no extravagante. La voz llevaba el veneno de la superioridad, la suficiencia del que sabe que tiene el poder. Joaquín, el herrero, el hombre que una vez había empuñado el fusil con honor, ahora era un mero sirviente, un paria que mendigaba encargos, un recuerdo incómodo del pasado.

    La Condesa, con un abanico de plumas finas, se abanicó el rostro, como si el aire de la herrería le ensuciara el aliento. Asegúrese de que el trabajo sea impecable, Espés. Mi jardín no merece una chapuza. Y limpie el óxido antes de traerla. No queremos suciedad. Su tono era el de quien habla a un sirviente, a un objeto, no a un hombre que le había entregado la vida, que había derramado sangre por su libertad. Joaquín asintió en silencio, sintiendo el ardor de la humillación subirle por la garganta, una bilis amarga. Su orgullo, si es que le quedaba alguno, se tragó el insulto, la ofensa silenciosa. Necesitaba el dinero. Necesitaba alimentar a Lucas.

    El Conde, antes de subir a su carruaje, le lanzó una moneda de cobre al suelo, un gesto de desprecio calculado. Ah, y asegúrese de que el trabajo no huela a *pasado*, Espés. El aire de la ciudad necesita ser puro. No queremos fantasmas. Las palabras eran una puñalada directa, una alusión a su pasado carlista, a su traición, a las sombras que lo perseguían desde que había regresado a Zaragoza, cojeando y solo, con un niño huérfano. Los ricos liberales, que se beneficiaban de su trabajo, eran los mismos que lo miraban con recelo, los que lo habían condenado al ostracismo, al olvido.

    Mientras el carruaje se alejaba con un repiqueteo de cascos, dejando una estela de polvo que se mezclaba con el hollín de su taller, Joaquín se agachó con dificultad, recogiendo la moneda del suelo, su frente perlada de sudor y la vergüenza quemándole la piel. El metal, frío en su palma, era el precio de su silencio, de su supervivencia.

    El trabajo de un herrero es digno, hijo, resonó una voz grave y amable desde la puerta. Joaquín levantó la vista, sorprendido. Allí estaba el Padre Anselmo, el párroco de San Pablo, su figura enjuta y su rostro bondadoso enmarcado por una sotana gastada. Llevaba una cesta de pan fresco, su aroma dulce, un contraste con el hedor a carbón. No dejes que los ricos te digan lo contrario. Dios ve el trabajo de tus manos, no el oro de sus cofres.

    Joaquín se enderezó, intentando ocultar la moneda en su puño. Padre Anselmo. No esperaba verlo. Su voz

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