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Mientras viva en la tierra
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Libro electrónico163 páginas2 horas

Mientras viva en la tierra

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Ganadora del Premio Juan Rulfo para Primera Novela 2023, Mientras viva en la tierra de Gallo Molina narra, en episodios breves, la vida de Lucas y su relación con los miembros del Club de los 27 —Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain y Amy Winehouse—, en un viaje nostálgico, emotivo y de autodescubrimiento. Gallo Molina cuestiona la fama de aquellos ídolos musicales contrastándola con la inquietud, la soledad y la incertidumbre, y revisa las nociones de éxito y fracaso de una generación cuyas expectativas personales y familiares pueden resultar abrumadoras.
IdiomaEspañol
EditorialFondo de Cultura Económica
Fecha de lanzamiento21 abr 2025
ISBN9786071686848
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    Mientras viva en la tierra - Jose Antonio "Gallo Molina" Molina

    1. #NoTengasÍdolos

    LES VOY a contar la historia de cómo no logré aparecer en la Wikipedia. De cómo a mis 28 años (edad en la que empiezas a sentir la amenaza de los 30 cuando te descubres con menos pelo y más problemas estomacales) sé que jamás obtendré el título de leyenda porque, a diferencia de los más grandes, no morí a los 27.

    Verán, ellos vivían de una forma, en apariencia, tan hedonista que le sacaron el lado bueno a eso de colgar los tenis a los 27: si a esa edad lo has logrado todo, significa que lo único que te queda es la decadencia, y morir pronto se convierte en otra forma de vivir para siempre. De hecho, uno de estos grandes dijo una vez durante una entrevista que, si para finales de sus 27 aún no tenía esposa e hijos, no creía vivir hasta los 28 porque ¿qué más quedaba para él?

    Como no me quiero adelantar, mejor comienzo por mi nombre, igual que las biografías que nos hacían redactar en la primaria. Me llamo Lucas y, durante algún tiempo, estuve obsesionado con estos personajes, un selecto grupo de artistas que murió en la cima de sus carreras y que fue bautizado como el Club de los 27.

    A mis 28 soy consciente de que estos artistas lograron evitar con su muerte varias de las tragedias cotidianas que lo acompañan a uno a lo largo de su vida, como el pago de una hipoteca o tener que dejar el café porque te produce agruras; y a pesar de que morirse a los 27 pueda sonar como un excelente plan de retiro, la realidad es que esta bola de genios dejó este mundo de maneras bastante escabrosas. También soy consciente de que ponerme a hablar del Club de los 27 puede sonar a tu tío cuarentón que dice que después de Pink Floyd lo demás es basura, pero este relato no va de recomendar artistas viejitos sino de conocer sus historias para poder contar la mía.

    El primer miembro del Club (aunque nadie lo supiera en ese momento) fue también el primer rolling stone: Brian Jones, que se mudó de Londres después de pasar un tiempo en el bote por posesión de drogas tras dos redadas policiacas de credibilidad cuestionable. El destino elegido por Jones fue una granja llamada Cotchford que había pertenecido al escritor (y creador de un oso de peluche amarillo tan famoso como los Rolling Stones) Alan Alexander Milne. Era sabido que Jones se empedaba seguido y consumía pastillas con prescripción médica, pero la combinación de estos dos factores no fue la causa de su muerte. Los rumores dicen que lo mató el albañil encargado de las remodelaciones de su nuevo hogar porque le debía dinero. Asesinado o no, Brian Jones murió ahogado en su alberca. La policía cerró el caso e ignoró las pruebas y testimonios que apuntaban a un posible homicidio, esto con el fin de restregarle en primera plana a la juventud inglesa de la época las consecuencias provocadas por el rock, el alcohol y las drogas.

    Brian Jones no fue el primer caso documentado de un músico muerto a los 27, pero sí marcó el precedente de algo que con el tiempo cobraría fuerza: la leyenda del Club, alimentada por esa infancia perdida que, al parecer, Jones intentó recuperar viviendo en la granja donde nacieron varios de los cuentos que lo acompañaron de pequeño.

    El segundo fue Jimi Hendrix, uno de los mejores guitarristas que ha pisado este planeta y que también murió ahogado, aunque de manera menos decorosa: con su propio vómito, producto de una sobredosis de pastillas para dormir. Él y Brian Jones se conocían, pensaron en crear una superbanda juntos y se dice que iban de compras motivados por una intensa y compartida devoción a la moda (en este sentido, Hendrix marcó su sello con bandanas y prendas de satín y terciopelo, además de su prominente afro). De hecho, fue Linda Keith, en ese entonces novia de Keith Richards (compa de Brian Jones en los Stones), quien descubrió su enorme potencial y logró que Chas Chandler, ex miembro de la banda The Animals, se interesara en él y se lo llevara a Londres a firmar un contrato discográfico. Hendrix llegó a Inglaterra, se echó un concierto improvisado y para la noche ya tenía novia, todo en sus primeras 24 horas; nada mal para alguien que durante una etapa de su vida dependió de las ganancias de una prostituta en Nueva York mientras intentaba levantar su carrera. Días después, el cabrón se subió al escenario durante un concierto de Cream, la banda de Eric Clapton (otra pinche eminencia), robándose el show. Hendrix no le tenía miedo a nada, excepto, tal vez, al futuro, ya que fue él quien mencionó lo que citaba antes: ¿qué más quedaba para él? si no lograba formar una familia antes de los 28.

    ¿Jimi Hendrix, el icono que le prendió fuego a su guitarra durante un show, ingirió esa cantidad de pastillas sabiendo que ya había llegado su hora? ¿Escogió su destino? ¿Quiso comenzar un exclusivo club de leyendas de la música uniéndose a Jones, marcando ese número, el 27, en la eternidad? No lo sé. Lo que sí sé es que se ganó la inmortalidad gracias a sus riffs de guitarra.

    Jimi murió en 1970, el mismo año que Janis Joplin.

    La nacida en Texas irradiaba una energía electrizante que se acentuaba aún más con una inconfundible melena que solía decorar con boas de plumas de distintos colores y una voz rasposa, difícil de olvidar. Ella fue, en cierto modo, la primera víctima del Club cuya muerte fue causada de manera directa por alguna droga ilegal: la heroína. Durante su trayecto hacia la autodestrucción participó, al igual que Hendrix, en los festivales de Monterey y Woodstock. Decía que estar sobre el escenario era como: hacerle el amor a 25 mil personas al mismo tiempo y, aunque no consumía drogas ni antes ni durante un show, sí lo hacía al terminar, en medio de su soledad. Creo que Janis no pudo aprender a vivir consigo misma y sus pensamientos, y que eso la llevó a darse una última, y fatal, dosis de heroína. Las semanas previas a su muerte las pasó trabajando en un nuevo disco con Paul Rotchild (quien también fuera productor de The Doors, la banda de Jim Morrison) hasta que un día no se presentó a grabar.

    La encontraron muerta en su cuarto de hotel.

    Recuerdo que cuando descubrí al Club viendo un documental en la tele, aparecía Joplin en pantalla durante una entrevista contestando a la pregunta: ¿qué busca hoy en día la gente joven?, a lo que respondió: sinceridad… y pasarla bien. Se me quedó grabado. Creo que muchos, hasta el día de hoy, buscamos lo mismo.

    Entre 1969 y 1970 tres estrellas de la música murieron a los 27 de maneras extrañas, pero la leyenda del Club terminó de consumarse con la muerte de Jim Morrison o Rey Lagarto, como se hacía llamar porque de niño desarrolló una poderosa afición a los reptiles cuando vivía en Albuquerque. En esa misma época experimentó algo que, según él, cambió su vida para siempre: durante un viaje en carretera presenció la volcadura de un camión que transportaba nativos americanos. El vehículo quedó destrozado, había cadáveres desparramados en el desierto y Jim cuenta que, en medio del caos, su cuerpo fue poseído por el espíritu de uno de los nativos. Varios años después fundó la banda The Doors e impuso un estilo sobre el escenario que, para mucha gente, estaba subido de tono y que en más de una ocasión le trajo problemas con la ley. Fue a juicio y, durante los meses en los que éste transcurrió, murieron Jimi Hendrix y Janis Joplin. Uno de sus amigos cuenta que una noche, mientras bebían, Jim les dijo: están bebiendo con el tercero (aunque en realidad vendría siendo el cuarto). Y así fue. Su novia lo encontró muerto en la bañera de su departamento en París.

    No hubo autopsia pero se determinó que la causa de muerte fue un paro cardiaco. A mí me gusta pensar que el espíritu del indio que había tomado su cuerpo lo abandonó.

    La leyenda del Club se mantuvo en pausa por poco más de 20 años. Supongo que la música disco y el rock ochentero amainaron varias depresiones o que los artistas del momento corrieron con mayor suerte (¿qué habría sido de Michael Jackson si hubiera muerto a los 27? ¿Su legado no estaría manchado por los escándalos? ¿El último recuerdo que tendríamos de él sería su disco, y obra maestra, Thriller?)

    Entonces llegó 1994, y Kurt Cobain se metió un balazo.

    Kurt había logrado con Nirvana algo soberbio: convertirse en la voz de una generación perdida. Según las entrevistas sobre su persona, esto lo confundía. No quería ser famoso. No quería ser el referente de nadie, pero no podía evitarlo y, pienso que, en el fondo, le agradaba, aunque no pareciera. Cantaba enojado y tenía buenas razones para estarlo porque guardaba un profundo resentimiento desde su infancia hacia los que alguna vez lo humillaron. Esto le provocaba intensos dolores estomacales y comenzó a utilizar la heroína como analgésico. Esto, combinado con un rumor sobre su irresponsable paternidad, lo llevó a un intento de suicidio con pastillas. Cuando estaba en rehabilitación pensó que ya había sido suficiente. Saltó la barda de la clínica y desapareció varios días hasta que encontraron su cadáver junto a una nota de suicidio dedicada a Boddah, su amigo imaginario de la infancia.

    Después de morir, su madre mencionó en una entrevista: ahora se ha ido y se ha unido a ese estúpido club. Algunos especulan que se refería a un club familiar, ya que existen varios antecedentes de suicidio en la familia. Otros piensan que Kurt, en efecto, quería unirse al Club. Tiendo a pensar que, cuando decidió que se iba a matar, en algún momento, aunque fuera tan sólo una fracción de segundo, pasó por su mente que lo haría estando en sus 27, una coincidencia macabra, aunque no creo que ésa haya sido su principal razón.

    Brian, Jimi, Janis, Jim y Kurt. Un quinteto de ensueño al que le faltaba un miembro más contemporáneo, alguien que hubiera surgido en la época de los smartphones, de las redes sociales y los videos musicales en YouTube. Una estrella de la que pudieran obtenerse fotografías de sus peores momentos, unas que reflejaran la podredumbre del show business y de cómo éste te consume hasta el tuétano, chupándose los dedos junto a tu cadáver. Esa (hasta ahora) última pieza fue Amy Winehouse.

    Su historia, a diferencia de las demás, es una historia de autodestrucción a través del amor (o lo que muchas veces creemos que es el amor). Verán, Amy se enamoró del músico Blake Fielder, y eso la llevó a la muerte; pero no en un sentido shakesperiano, no, sino a través de una dependencia llena de crack, cocaína y heroína. Fielder la introdujo a este mundo y, aunque logró salir, ya no pudo ser ella misma de nuevo. Su adicción al alcohol y ser la carnada favorita de los tabloides la consumieron. Amy, al igual que Cobain, tuvo un encuentro cercano con la muerte por una sobredosis, pero esto, al igual que con Cobain, no sirvió como una segunda oportunidad.

    Recuerdo que en

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