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Es en esos momentos cuando una de sus alumnas más difíciles, pero también brillante, decide presentarle a su mejor amigo. Rafael Ochoa se encuentra cronológica, cultural y filosóficamente a mundos de distancia de James, pero también es guapo, amable y todo un desafío para su corazón. Juntos, forjarán un puente entre la susceptibilidad de la costa Este de James y la informalidad de la costa Oeste de Rafael. Sin embargo, ¿podrá su encuentro sobrevivir a la pérdida de fe de James en los finales felices?
Amy Lane
Award winning author Amy Lane lives in a crumbling crapmansion with a couple of teenagers, a passel of furbabies, and a bemused spouse. She has too damned much yarn, a penchant for action-adventure movies, and a need to know that somewhere in all the pain is a story of Wuv, Twu Wuv, which she continues to believe in to this day! She writes contemporary romance, paranormal romance, urban fantasy, and romantic suspense, teaches the occasional writing class, and likes to pretend her very simple life is as exciting as the lives of the people who live in her head. She’ll also tell you that sacrifices, large and small, are worth the urge to write. Website: www.greenshill.com Blog: www.writerslane.blogspot.com Email: amylane@greenshill.com Facebook: www.facebook.com/amy.lane.167 Twitter: @amymaclane
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No es Shakespeare - Amy Lane
Capítulo 1
img1.pngDISTOPÍA ADULTA
JAMES ALAN RICHARDS odiaba su nombre. Bueno, odiaba su nombre, odiaba su maldito pelo rubio, odiaba sus ojos color avellana, y sobre todo odiaba el último par de gafas que su astigmatismo le obligaba a llevar. También odiaba su viejo teléfono móvil, la chatarra a la que se atrevía a llamar coche, al pesado de su agente y al incompetente del jefe de departamento. Y odiaba su diminuta oficina con esos muebles antiguos de madera, cubiertos de polvo tras el verano y que olían a una mezcla de queso, pulimento para madera y calcetines sudados. Pero realmente, lo que más odiaba, en esos momentos, era cumplir cuarenta y tres. No importaba cuánto cuidase su dieta o cuánto trabajase en el gimnasio, sus músculos simplemente parecían ir decayendo con la edad, en vez de mantenerse firmes y bonitos.
Sin embargo, y a pesar de todo eso, no se sentía una persona amargada.
Y había una razón para ello: amaba su trabajo.
Bueno, y también amaba a su Boston Terrier, Marlowe. Le encantaba su elegante cara negra, con su garganta y estómago blancos, su sonrosada y feliz lengua, y sus protuberantes ojos, que siempre parecían mirarle con sorpresa. Le gustaba el hecho de que, sin importar la hora del día o de la noche, Marlowe siempre acudía a lamer su cara, sus manos, sus tobillos, el bajo de sus pantalones o los dedos de los pies, si se olvidaba de ponerse las zapatillas. Le encantaba la forma en que se acostaba, a los pies de su cama; sin embargo, a lo largo de la noche se las ingeniaba para colarse bajo los cobertores y, cuando la alarma del despertador sonaba, él ponía su granito de arena lamiéndole los pies para despertarle.
También disfrutaba llevando a Marlowe al parque para perros que había a diez minutos en coche del campus de Rocklin. Le resultaba divertido lanzarle la pelota a esa pequeña y babeante bola de pelo hasta que estaba tan cansado que rodaba sobre sí mismo y le miraba suplicando piedad. Siempre se apiadaba de él y le llevaba de vuelta al coche en brazos, como si fuera un cachorrito o un gatito.
De hecho, le encantaba que Marlowe le mirase de esa forma. Le hacía sentirse especial y necesario, como si él fuera el único humano sobre la faz de la tierra capaz de entender esa necesidad de ayuda. James era su salvavidas. Tenía dos doctorados en literatura, era profesor titular, poseía una casa decente, pero nada de eso significaba algo para él. Su mayor logro en esos días era conseguir llevar a su perrito al coche porque creía a ese pequeño bastardo cuando sacaba la lengua y le decía en su idioma perruno: «¡Oh, humano encantador, si tú no llevas mi gordo y vago culo de terrier hasta el coche, estoy seguro de que moriré!».
Bueno, tal vez sí que estaba un poco amargado, pero intentaba no pagarlo con Marlowe. Al fin y al cabo, él no tenía la culpa de ser el único ser vivo en su penosa existencia que conocía el significado de las palabras lealtad y devoción.
Aun así, esas horas robadas en el parque para perros de Roseville eran el único rayo de luz en su penosa existencia.
Un bonito día de principios de abril, unas tres semanas antes de las vacaciones de primavera, James estaba de pie en la puerta de la clase H-12, en el edificio de humanidades. Estaba pensando con resignación en esa hora que iba a pasar en el parque para perros, y en la siguiente que perdería trabajando con el equipo que había montado en su pequeño gimnasio particular en casa. Estaba totalmente concentrado en sus pensamientos, cuando una chica andrógina, con el pelo teñido de negro azulado y peinado en una complicada mezcla de pinchos y crestas, se levantó de su asiento, en una esquina de la habitación, para ir a apoyarse en el lado contrario del marco de la puerta. Permaneció allí de pie, observándole. Llevaba los ojos pintados de negro, sombra, perfilador, máscara…, todo era de color negro, incluso la barra de labios. Y parecía que no tenía nada mejor que hacer que permanecer allí de pie, respirando y atrapando la luz del fluorescente en los piercings que llevaba alineados en las orejas, los que atravesaban su nariz, su labio inferior y su ceja izquierda.
James le sonrió con candidez. Le encantaba enseñar literatura, y Sophie era una de las alumnas de su clase de literatura fantástica y de ficción. Tuvo que pedir un permiso especial para poder enseñar ese tipo de lecturas en el campus de South Placer. Se suponía que ese tipo de libros eran para alumnos ya graduados, pero se las arreglaron para ajustar el contenido a una clase de alumnos pre-universitarios.
—Bueno, Sophie, ¿te resultó entretenida la charla sobre Silverberg?
Sophie Winchester frunció su pecosa nariz, o al menos parecía pecosa debajo de todo ese maquillaje.
—Más o menos —gruñó—. Pero me gustaría hacerle una pregunta.
James no pudo evitar alzar las cejas, más o menos
era un elogio viniendo de Sophie. Lo había aprendido cuando le dio clases de inglés en primero y le entregó una de las tradicionales encuestas para que los alumnos pudieran evaluar la labor del profesor al final de las clases. La suya decía que no era un completo inepto y, al principio se había sentido ofendido, pero luego había visto a uno de sus compañeros leyendo una larga y detallada diatriba, en la misma caligrafía, que ponía de manifiesto las deficiencias del hombre en historia, incluso con anotaciones exactas de ciertos comentarios erróneos. Como esas encuestas eran anónimas, podría haber pensado en cualquier otro alumno, pero la forma de expresarse de Sophie, como si nada ni nadie pudiera afectarla, era demasiado característica como para pasarla por alto. Así que, en ese momento, decidió que su comentario sobre que no era un completo inepto bien podría ser su manera de decir que enseñaba como un maldito dios.
—Vale —aceptó James con cautela. Los trabajos de Sophie eran brillantes, pero estaban escritos en un tono ácido y sarcástico, por lo que casi tenía miedo de lo que ella pudiera decir a continuación.
—Bien, puedo aceptar lo de la psicología, incluso puedo pasar por toda la escuela de interpretación de Freud, ¿pero, de verdad, tenías que decir que la torre de cristal era un símbolo fálico? Quiero decir, que podríamos dejar que todos esos objetos con forma fálica representaran nuestra forma de agresión al universo. ¿Por qué tiene que ser un pene gigante? Porque, si tengo que serte sincera, eso no deja nada bien al sexo masculino. Y me cabrearía muchísimo si, de repente, empezaras a referirte a todas las energías negativas como cavernosas vaginas necesitadas de energía.
James no pudo más que mirarla asombrado. Se dio cuenta de que tenía la boca abierta por la sorpresa, y la cerró antes de mirar incómodo a Marlowe, al cual empezaba a considerar cada vez con más fuerza como el único capaz de mostrarle algo de simpatía de vez en cuando.
—Eerr —murmuró, intentando organizar sus ideas un poco—. Supongo que, eerr, los objetos con forma fálica se han visto tradicionalmente como una fuerza masculina. Quiero decir que, eerr, nosotros estamos equipados con algo parecido desde que nacemos, ¿verdad? Quiero decir que entiendo cómo podrías hacer que esas energías se vieran como neutrales, pero si empezara a hablar en términos de energía positiva agresiva y de energía negativa cambiante, la gente de la clase se quedaría dormida antes de que pudiera explicarles el sentido de todo, ¿no lo crees así?
Sophie le escuchó con atención, y luego pareció sopesar sus palabras durante un par de latidos de corazón. Luego suspiró meditabunda.
—Sí, bueno, como sea, ¿no existe ningún tipo de literatura donde los roles sexuales sean explotados y donde las energías no tengan esa división tradicional y sexista?
James tuvo que luchar contra la tentación de repetir «división tradicional y sexista», simplemente porque demostraba una inteligencia increíble que estaba siendo desperdiciada allí, y pensó con cuidado una manera de responder a su pregunta.
—Bueno, el posmodernismo suele explotar las formas de la literatura tradicional, —comentó con seriedad—, pero yo no doy esa clase. Tendrás que esperar a terminar el bachillerato, probablemente en la universidad. Eerr, ¿por qué estás en South Placer?
—Mis padres son profesores. Son una fuente inagotable de conocimiento. Pero ganan el dinero justo para pagar esta jodida escuela —replicó Sophie.
—Maldito NCLB —murmuró James. Sophie puso los ojos en blanco y asintió. El programa del gobierno que se aseguraba de que ningún niño fuera dejado atrás era una de las grandes mentiras de los políticos sobre la educación para todos. La ley había provocado un curioso efecto: cada alumno con un mínimo de ambición intentaba seguir con el bachillerato cuando lo que en realidad tendrían que hacer es matricularse en una formación profesional o en cualquier ciclo formativo. El resultado era que los profesores de bachillerato se encontraban con clases llenas de alumnos poco preparados que eran incapaces de seguir sus clases y que hacían que el resto de sus compañeros tuvieran que ir más lentos. Además, había incrementado el número de alumnos que abandonaban por ser incapaces de pagar las facturas.
Pero ése no era el caso de Sophie, pensó James lleno de admiración. Sophie conseguiría llegar hasta el final o mataría a alguien en el intento.
Además, se sentía aliviado de no ser uno de los que se encontraban en su punto de mira. Pero, en momentos como ése, cuando ella miraba su reloj de forma nerviosa mientras gruñía por lo bajo como si estuviera pensando en alguien, le ponía nervioso.
—Eerr —musitó James inquieto—, ¿estás esperando a alguien?
—No —replicó, meneando la cabeza con desagrado—. Estaba esperando a alguien pero, oficialmente llega demasiado tarde, y ahora estoy cabreada.
Por primera vez, al menos que él supiera, ella parecía un poco demasiado consciente de sí misma. Sophie le miró y se dio cuenta de que la estaba observando con simpatía, eso hizo que frunciera el ceño y se agachara para acariciar a Marlowe entre las orejas.
—Tú sí que lo entiendes, ¿verdad Marlowe? —preguntó Sophie y James se sintió como si le hubieran golpeado en la cabeza. Si él no hubiera sabido que ésa era la voz de Sophie, habría pensado que se trataba de una chica normal—. Los hombres son todos unos imbéciles, incluso los que se supone que son capaces de ponerse en el lugar de una mujer.
James se sintió fatal. Era obvio que estaba matando el tiempo mientras esperaba a su novio y, en esos momentos, se sentía avergonzada porque no había aparecido.
—Lo siento, Sophie, ¿tu cita no se ha presentado?
—La mía no, la suya —murmuró. Sophie volvió a suspirar y le miró a los ojos con enfado—. ¡Maldita sea! Él realmente quería conocerle. Lo siento, profesor, le veré el miércoles.
James la observó totalmente fuera de sí.
—¿Sophie? —preguntó notando cómo su tono de voz subía al menos dos octavas—. ¿Me habías organizado una cita con un hombre?
—Bueno, es gay ¿no? —replicó Sophie pareciendo incómoda por primera vez desde que se habían conocido.
—Bueno, sí, pero no es que sea de dominio público —espetó.
—¿No? —Sophie frunció el ceño y echó la cabeza hacia atrás con sorpresa.
—No, bueno, se supone que no.
En esta ocasión, Sophie no contestó. Simplemente le observó por un segundo, antes de darse la vuelta y empezar a alejarse musitando algo sobre la cantidad de idiotas que había en este mundo, y sobre cómo podían extrañarse sobre su apariencia cuando no eran más que un montón de estúpidos cegatos. James la observó marchar sintiéndose como un pez fuera del agua; con la sensación de que estaba abriendo y cerrando la boca en un intento por encontrar algo que decir. Fue Marlowe quien consiguió sacarle de su estupefacción al apoyarse contra sus piernas en un intento de reclamar su atención. James se agachó a su lado y le acarició entre las orejas.
—No es como si yo me paseara por el campus con un cartel en la frente, ¿verdad? —le comentó en voz baja.
Marlowe le lamió la mano como si estuviera intentando asegurarle que no era así en absoluto, que James no se paseaba por el campus pavoneándose y dejándole claro a todos que era gay. Y cuando empezaba a sentirse mejor una sombra se cernió sobre ellos.
James levantó la mirada y sonrió amablemente, pensando que se trataba de alguien que se había desorientado y necesitaba ayuda, pero lo que vio le dejó con la boca abierta y la garganta seca.
—Eerr —por todos los infiernos—, eerr. —Ésa parecía ser la palabra del día para él. Tenía uno o dos doctorados en algo relacionado con las palabras, ¿no? Pero esa mañana, todo parecía dejarle en blanco.
El joven que se encontraba a su lado era… ¡por todos los santos! La última vez que había visto a alguien así había sido la noche anterior en la pantalla de su ordenador, en una de esas páginas de porno de pago, cuando se había sentido tan solo que había alquilado una película y se había masturbado en la soledad de su habitación. Y, realmente, ese joven era su tipo. O, al menos, lo era en el ciberespacio; en la vida real James solía citarse con hombres pálidos y con pinta de estudiosos, más o menos como él, excepto que en su caso, él tenía el gran fallo de poseer un perro y un extraño sentido del humor. El joven era una cuarta más bajo que James, y llevaba el pelo largo, de un modo en el que parecía que iba a caerle sobre los ojos pero que, por alguna extraña razón, se mantenía en su sitio enmarcándole la cara. Tenía los ojos marrones, casi negros, y la piel bronceada de los latinos. También tenía grandes tatuajes en los antebrazos, unos poderosos dragones y unos alambres que dibujaban sus músculos desde el codo hasta el hombro. Sus bíceps eran firmes, musculosos y totalmente impresionantes. La camiseta roja, sin mangas, se pegaba a su estrecha cintura, resaltando el ancho de su torso. Y su boca era tan apetecible como la del chico del anuncio de Martini.
Y justo en esos momentos, esa boca de ensueño estaba fruncida en un gesto de disgusto.
—¿Es aquí donde Sophie Winchester tiene clases? —preguntó, y el corazón de James latió con tanta fuerza que le sorprendió que no se le saliera del pecho. ¿Éste era el chico con el que Sophie había intentado organizar una cita a ciegas? Su opinión sobre el gusto de Sophie en cuestión de hombres mejoró hasta límites insospechados, pero su opinión sobre la inteligencia de la muchacha bajó unos cuantos puestos. No había forma humana en que ese Adonis estuviera interesado en alguien tan pálido, aburrido y mundano como él.
—Sí —contestó James a pesar de que tenía la boca seca—. Se marchó por ahí —añadió señalando el lugar por el que su alumna había desaparecido hacía unos minutos.
Y, de nuevo, pudo disfrutar de la visión de ese Adonis frunciendo los labios de una manera increíblemente sexy.
—Gracias.
—No tiene importancia. —Y aunque le hubiera ido la vida en ello, James no hubiera sido capaz de pensar en otra maldita cosa que decirle.
El joven echó un vistazo hacia abajo, hacia Marlowe, que estaba sentado sobre su trasero y mantenía una de sus patas en equilibrio sobre el pantalón de James.
—Bonito perro —comentó con sinceridad.
James contestó con una
