Explora más de 1,5 millones de audiolibros y libros electrónicos gratis durante días

Al terminar tu prueba, sigue disfrutando por $11.99 al mes. Cancela cuando quieras.

El Vestuario
El Vestuario
El Vestuario
Libro electrónico363 páginas4 horas

El Vestuario

Calificación: 0 de 5 estrellas

()

Leer vista previa

Información de este libro electrónico

Xander Karcek había querido sólo dos cosas en su vida: Christian Edwards y el baloncesto —el hombre que amaba y el juego que le había permitido escapar de una infancia que prefería olvidar. Sus dos obsesiones le habían venido bien. Él y Christian habían vencido las dificultades y habían permanecido juntos durante el instituto, la universidad y lo máximo, en la NBA.
Pero la vida bajo el microscopio de la fama no era fácil, en especial cuando dos hombres pretendían ser compañeros de alojamiento, para que el mundo no supiera que eran lo más parecido al matrimonio. Su relación había sobrevivido a los sacrificios que debieron hacer y a las mentiras que debieron contar para permanecer juntos, pero cuando su secreto es expuesto a la luz, la caída podría destruirlos donde nadie había podido.
Chris y el baloncesto son las dos cosas que mantienen entero a Xander. Ahora el mundo le está pidiendo que elija. ¿Existe alguna opción que incluya un futuro con el hombre que ama?
IdiomaEspañol
EditorialDreamspinner Press
Fecha de lanzamiento7 ago 2012
ISBN9781613728802
El Vestuario
Autor

Amy Lane

Award winning author Amy Lane lives in a crumbling crapmansion with a couple of teenagers, a passel of furbabies, and a bemused spouse. She has too damned much yarn, a penchant for action-adventure movies, and a need to know that somewhere in all the pain is a story of Wuv, Twu Wuv, which she continues to believe in to this day! She writes contemporary romance, paranormal romance, urban fantasy, and romantic suspense, teaches the occasional writing class, and likes to pretend her very simple life is as exciting as the lives of the people who live in her head. She’ll also tell you that sacrifices, large and small, are worth the urge to write. Website: www.greenshill.com Blog: www.writerslane.blogspot.com Email: amylane@greenshill.com Facebook: www.facebook.com/amy.lane.167 Twitter: @amymaclane

Autores relacionados

Relacionado con El Vestuario

Libros electrónicos relacionados

Romance LGBTQIA+ para usted

Ver más

Categorías relacionadas

Comentarios para El Vestuario

Calificación: 0 de 5 estrellas
0 calificaciones

0 clasificaciones0 comentarios

¿Qué te pareció?

Toca para calificar

Los comentarios deben tener al menos 10 palabras

    Vista previa del libro

    El Vestuario - Amy Lane

    cover.jpgimg1.png

    Copyright

    Publicado por

    Dreamspinner Press

    382 NE 191st Street #88329

    Miami, FL 33179-3899, USA

    http://www.dreamspinnerpress.com/

    Esta historia es ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autor o utilizados para la ficción y cualquier semejanza con personas vivas o muertas, negocios, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

    El Vestuario

    Copyright © 2011 de Amy Lane

    Traducido por Georgette Asi

    Portada: DWS Photography    cerberuspic@gmail.com

    Diseño de Portada:   Mara McKennen

    La licencia de este libro pertenece exclusivamente al comprador original. Duplicarlo o reproducirlo por cualquier medio es ilegal y constituye una violación a la ley de Derechos de Autor Internacional. Este eBook no puede ser prestado legalmente o regalado a otros. Ninguna parte de este eBook puede ser compartida o reproducida sin el permiso expreso de la editorial. Para solicitar el permiso y resolver cualquier duda, contacte con Dreamspinner Press 382 NE 191st Street #88329, Miami, FL 33179-3899, USA.

    http://www.dreamspinnerpress.com/

    Publicado en los Estados Unidos de América

    Abril  2011

    Edición eBook en español: 978-1-61372-880-2

    Para Mate — Siempre seré su fan más fiel

    PROLOGO

    JUGANDO

    Arco Arena, Sacramento, California. Sede de los Kings.

    Xander Karcek golpeaba la madera brillante de la cancha con los músculos de los muslos tensos, los enormes bíceps hinchados y el sudor del pelo negro cayéndole por los ojos. La pelota cantó contra las tablas que tenía frente a él y regresó a la palma de una mano de dedos grandes mientras él driblaba frenéticamente, yendo a grandes zancadas directo hacia el enemigo, en posición perfecta para  marcar.

    No lo hizo.

    En cambio, con el siguiente bote, pasó el balón por detrás y Christian Edwards lo agarró con una mano y continuó driblando hacia el centro de la cancha. No tenía que mirar atrás para saber que Chris estaba justo detrás de sus talones; nunca había tenido que mirar atrás. Chris estaría allí. No sabía cómo fallar. Y así, cuando los oponentes vinieran hasta él con los brazos extendidos, las piernas abiertas, listos para bloquear el tiro, ahí estaría esperándolos con unos hombros sorprendentemente anchos para un hombre que medía dos metros y dos centímetros descalzo.

    Y Chris, el central, saltó por el aire, giró la parte superior del cuerpo y metió un mate. Las quince mil voces fieras que hacían eco alrededor de ellos, hasta convertirse en un sonido tan denso que se podía cortar con una mano sudorosa, explotaron en gritos furibundos, en una alegría virulenta que entonaba alabanzas a Chris.

    Justo como tenía que ser. El mundo entero debería cantar alabanzas a Chris.

    Xander y Chris pasaron uno junto al otro a medida que éste recobraba su zancada tras el mate y mientras se ponían en posición de interceptar al otro equipo, miraron en dirección contraria, bajaron los brazos desde los codos, entrechocaron los dedos y gruñeron triunfantes.

    Dios, Xander amaba ese jodido juego. Podía vivir para él, Chris morir por él y juntos, nunca dejarían de crear espectaculares hazañas mágicas dentro de la cancha. Así eran y no había nadie en el planeta que pudiera quitarles eso.

    Oh, Dios, por favor. No dejes que nadie nos quite esto. Por favor.

    La mano de Chris palmeó con suavidad la cadera de Xander y éste bajó los ojos, un momento de suavidad en medio de la lupa atenta de ese mundo duro, de brillante y cálida cubierta.

    Xander había aprendido hacía mucho tiempo que el mundo solía quitar cosas. Chris había sido su única razón para creer que Dios, a veces, las devolvía.

    COCINANDO EN CASA

    Quince años atrás

    Hacía frío y la luz se desvanecía, pero Xander no quería volver a casa. Su madre estaría allí, con su novio de turno fumando crack, inhalando, luchando, exhalando y follando. El apartamento apestaría, no habría comida y si alguno de ellos oyera que estaba allí, intentaría darle una paliza.

    Xander era alto (ya a los catorce años medía un metro y ochenta y dos centímetros), pero a veces podría decir que los huesos de la muñeca eran más anchos que sus bíceps, a lo que no ayudaba el hecho de que nunca hubiera comida en la casa y él no creía que tuviera que fumar crack para parar el hambre, como no dejaba de decirle su madre.

    Así que, era tarde y hacía frío, pero allí, en la cancha de baloncesto del parque comunitario, solo estaban él, una farola y el vapor de su aliento. No tenía importancia que no tuviera sudadera, ni que no hubiera comido desde el día anterior por la mañana. Lo único que importaba era que el balón (su única posesión, robado en Walmart en un momento de desesperación), se sentía bien en la palma de su mano, que podía botar de forma rítmica a través de la ajada pista y oír el regular silbido del asfalto mientras golpeaba a través de la red de la canasta.

    Pero era difícil centrarse cuando se tenía tanta hambre y cuando una voz intentó llamar su atención, Xander tuvo que entrecerrar los ojos y concentrarse para ver de dónde procedía.

    —¡Oh, venga ya! ¿No me la vas a tirar?

    Xander estaba tan sorprendido que lo hizo.

    El chico medía unos quince centímetros menos que él, pero era de la misma edad. Tenía el pelo rubio oscuro y ondulado, vestía unos vaqueros modernos y una sudadera azul con un grabado en la parte delantera. Tenía los ojos tan marrones que desde el otro lado de la cancha parecían negros, la barbilla puntiaguda con un hoyuelo en el centro, boca carnosa y una sonrisa tan alegre y distendida que Xander casi sintió que le debía el balón. ¿Quién podría resistir ese humor tan lleno de vida, o esa increíble felicidad que no variaba aunque el cielo oscureciera hacia el crepúsculo?

    El chico alcanzó el balón con facilidad y dribló con gracia natural hacia la canasta. Tiró y falló, volvió a tirar y esta vez el balón entró; luego alzó la vista con una sonrisa ancha.

    —Bueno. ¿No íbamos a jugar?

    ¿Por qué no?

    Xander olvidó el hambre y empezó a defender la canasta.

    El chico era bueno. No tanto como él, quizá porque no se había visto obligado a utilizar un aro en un parque vacío como refugio de demasiadas cosas como para contarlas, pero era rápido y ágil y mantenía un flujo constante de bromas eludiendo a Xander mientras jugaban.

    —¿Qué, crees que no he visto eso? Era una trampa, lo pillé. ¡No! ¡Has pasado a mi lado como si nada! ¡Eso está bien, la atraparé…no, no, no, no, él tira, él gira y él anota!

    Xander ganaba por cinco tiros de veinte y estaba pasando el mejor momento de su vida, cuando llegó un repentino olor a comida y se oyó una voz a través de la cancha.

    —¿Chris? ¡Chris, querido, lamento mucho llegar tarde!

    Chris (aparentemente) ralentizó mientras se aproximaba a la canasta, giraba hacia la  voz y Xander aprovechó el momento para robar el balón y anotar.

    —Oh, tío, eso no es justo —Chris se giró hacia él con una sonrisa tímida y Xander se ruborizó.

    —Lo siento —dijo en voz baja. El olor a comida lo golpeó de nuevo y la vista se le puso un poco negra. Falló al agarrar la bola después de un bote e intentó mantener las rodillas firmes mientras se daba la vuelta para decir adiós al chico que, durante una hora al menos, había sido su amigo, su familia y su entretenimiento, todo a la vez.

    Pero el otro no se iba.

    —Eh, mamá. ¿Puede venir el chico a casa y comer con nosotros? ¡Es un jugador increíble, mamá, tienes que verlo lanzar!

    Xander se ruborizó hasta la raíz de su pelo liso y oscuro y miró a su compañero con un poco de sobrecogimiento. Sonaba como…como…como un niño pequeño, la clase de niño que esperaba que alguien le contestara cuando hablaba y, en el vecindario de Xander, nunca se había hablado de ese modo a ninguno de los padres, porque eso nunca pasaba. Jamás.

    —No lo sé, Christian. Es tarde. ¿Es posible alguien lo espere en casa? —la mujer había formulado la pregunta como si esperara que Xander le contestara y este rebuscó durante un momento. Nunca había sido bueno con las palabras, más que nada porque nunca esperaba tener que usarlas.

    —No le importo a nadie —dijo y se sintió estúpido. Tenía que haber un modo mejor de decirlo, pero no podía pensar. Luego, en medio de un silencio casi estupefacto, su estómago hizo ruido. Fuerte.

    La mujer lo miró con una media sonrisa, como si entendiera lo que era ser joven y estar creciendo, pero algo en su expresión cambió la de ella.

    —Es bienvenido, Chris. Pero antes necesitamos un nombre. ¿De acuerdo?

    —Xander —murmuró, tan desesperado por lo que fuera que olía que podría haber hecho cualquier tipo de cosas terribles, ilegales y desagradables, con tal de probar un bocado.

    El sudor, la adrenalina y la alegría del juego se había apagado y lo único que quedaba era la náusea metalizada y lo puntos que le bailaban en los ojos, cosa de ser joven, estar creciendo y literalmente estar muriéndose de hambre.

    —Xander—repitió la mujer con suavidad—. Soy Andi, la mamá de Christian. Ven con nosotros y te daremos de comer. ¿Sí?

    Xander asintió, atraído por el olor de pollo y la sonrisa triunfante de Chris; colocó la pelota debajo del brazo y los siguió hasta la casa.

    El barrio donde vivía Xander era una mezcla curiosa de casas antiguas y edificios de apartamentos, a los que uno podía mudarse sin tener que pagar una fianza por el primer y último mes de contrato. Él vivía en una casa de apartamentos a una calle del Instituto, razón principal por la que iba al colegio; estaba cerca y tenía almuerzo gratis, porque había rellenado los papeles y falsificado la firma de su madre al comienzo del curso.

    Chris vivía en una de las casas más antiguas, de dos plantas, gran jardín y, por el sonido proveniente de la parte trasera, un perro. Mientras los seguía al interior de la casa (incluso a esa edad ya tenía que agachar la cabeza para entrar), pudo ver que por dentro era aún mejor que por fuera.

    Estaba abarrotada (había libros encima de la mesa de café y en las estanterías llenas del salón), los sillones estaban gastados y un poco raídos en los apoyabrazos. Una chica que se parecía mucho a Christian estaba tirada sobre su estómago en uno de ellos, con los pies en el aire, enfrascada en un libro de historia y en la cocina, abierta por la parte opuesta a la entrada hacia el salón, un hombre lavaba los platos.

    —¡Cielos, Andi, pensé que íbamos a traer comida de fuera porque era más rápido que cocinar! —dijo el hombre y la madre de Chris fue hacia él. Tenía casi la misma estatura que Xander, pelo marrón, gafas, cara pequeña y bonita. Lo besó en la mejilla. A la luz, ella tenía el pelo rubio y rizado, caderas un poco amplias, pecho normal y vestía vaqueros y una sudadera con capucha. Se rió de su marido (supuso Xander) y puso la comida sobre la abarrotada mesa de la cocina para poder abrazarlo.

    —No podrías creer la cola que había en el KFC, de verdad. Era horrorosa. Y mientras estaba allí, Chris fue al parque y nos trajimos a casa a un chico extraviado.

    Xander se sintió el centro de una inspección alegre.

    —Dios santo. Darte de comer debe ser un trabajo a jornada completa.

    Xander sonrió ingenuamente y se preguntó si la luz era verdaderamente tan tenue o todo era producto de no haber comido.

    —Sí. Me gustaría que fuera así —contestó en voz baja.

    Se ganó unas risas y su siguiente sonrisa fue un poco más segura.

    —Venga, vamos a limpiar la mesa, Xander, así podemos comer —dijo Chris.

    —No te preocupes por eso —dijo el ¿padrastro? ¿El novio de la madre? ¿Qué era el hombre? —. Comeremos en el salón. Se está haciendo tarde y tenemos que terminar para hacer los deberes.

    —¡Vaya! —dijo Chris con una mueca sarcástica—. Qué forma de quitarle la alegría a la comida, papá.

    —Solo hacía mi parte —contestó el padre de Chris y Xander trató de no alucinar. Había pensado que esas situaciones eran una leyenda urbana.

    No pasó mucho tiempo antes de que Xander se sentara en silencio, con un plato de pollo y acompañamientos balanceándose sobre su regazo y escuchara en silencio las bromas familiares. Cuando terminó la cena, ya sabía que Penny, la hermana de Chris, iba a clases avanzadas, que Chris luchaba con el álgebra, que Andi era abogada del Sindicato de profesores, que no podía hablar de su trabajo, pero ponía los ojos en blanco cuando ciertos temas del colegio salían a colación y Jed era el padre de Chris y daba clases de matemáticas en el primer ciclo de secundaria, en otro distrito.

    Podía sentarse ahí y escucharlos hablar durante horas.

    Por supuesto, él no contó nada de sí mismo, pero miró a Andi con gratitud cuando, después de terminar los primeros, ésta le puso dos trozos más de pollo en el plato. Cuando terminó, vio que Jed le había dado lo último que quedaba de patatas y salsa y también lo miró agradecido. Luego, como siempre, se dio cuenta de que las cosas tenían un precio, porque se convirtió en el centro de atención cuando Jed le preguntó qué tal le iba en el colegio.

    Empezó a sentir que el sudor le corría por debajo de la camiseta holgada.

    —Duermo mucho —farfulló. Bueno, el colegio era limpio, seguro, no había ruidos, nadie que practicara sexo o se colocara. ¿Cómo se suponía que no durmiera allí?

    —¡No te puedes dormir durante las clases! —Chris habló con pasión tan contenida que Xander se ruborizó aún más y deseó una muerte rápida debajo del gastado y confortable sillón—. Si te duermes, ¿cómo vas a pasar las pruebas para el equipo?

    —¿El equipo? –preguntó Xander sin comprender.

    —¡Sí, el equipo de baloncesto! Empiezan a jugar dentro de un mes. ¡Aún puedes intentarlo, pero tienes que subir las notas!

    Xander lo miró, indefenso.

    —¿Crees que podría entrar en el equipo? –Oh, Dios. Él amaba el baloncesto. De verdad. Solía colarse en algún sport-bar o restaurante{1}, solo para ver los partidos por televisión. Cuando había partido, era capaz de caminar los cinco kilómetros que había hasta el Arco Arena y esconderse entre las sombras, solo para ver a Vlade Divac y a Peja Stojakovic caminar hacia la zona de entrenamiento. ¿Pero permanecer despierto en clase? Jesús…

    Miró la cara expectante y excitada de Chris.

    No, no Chris. Christian. Lo haría por Christian.

    —Hablaré con mis profesores —dijo con la boca seca, aunque no estaba seguro de recordar los nombres—. Mañana hablaré con ellos. A lo mejor lo puedo arreglar —quizá pueda mover montañas, cambiar el color del cielo y ladear el centro del mundo, solo por jugar al baloncesto, solo por verte mirarme como si yo pudiera lograr cualquier cosa, solo para no fallarte.

    Cuando por fin la cena terminó, ayudó a limpiar e incluso pudo comprobar que esa familia agradable lo envolvía todo. Al final contó su primera mentira, al decir que se iba a casa a dormir y se marchó. Antes de hacerlo con el balón bien metido debajo del brazo, le comentó a Chris que lo vería al día siguiente, al otro lado de la calle, y así podrían ir caminando juntos al colegio.

    Fue a casa. Su madre y quienquiera que estuviera con ella ese día, estaban desparramados en el sillón, completamente colgados e inconscientes. Tuvo tiempo de mirarla a través de unos ojos que acababan de contemplar a una pequeña familia funcional y sintió un poco de ira. Maldita sea, lo único que siempre había pedido era algo de comida y un poco de atención, pero ya desde antes de las drogas, eso no había estado en el programa, ¿o sí? Pero esta vez no se quedó mucho tiempo. En cambio, se dio una ducha rápida, se cambió de ropa, agarró una manta y una almohada y se escabulló por las escaleras hasta el cuatro de lavado. La secadora solía funcionar toda la noche y podría mantenerse un poco caliente.

    Más tarde, comprobaría que sus profesores habían estado apoyándolo todo el tiempo. Lo habían dejado dormir porque lo necesitaba y cuando preguntó por su trabajo, se lo dieron. Su profesor de inglés le regaló los cuadernos y los bolígrafos. El de matemáticas le permitió limpiar los escritorios durante la hora del almuerzo para darle créditos extra. El de francés le dijo que podía comer en las reuniones del club Asiático, donde solía quedar comida y se aseguró de que siempre le quedara algo envuelto en papel de aluminio después que terminara con su almuerzo gratuito del quiosco. Su entrenador de baloncesto le dio clases particulares de historia, porque esa era la materia que enseñaba antes de entrenar.

    Chris le regaló una vieja mochila. –La misma vieja mochila que Xander recordaba haberle visto el primer día que fueron caminando juntos al colegio, tras la cena del pollo y el puré del KFC.

    Ese día había marcado el comienzo de la tradición de ir andando juntos hasta el colegio. Les daba tiempo para hablar de las clases, de las pruebas de baloncesto (ambos fueron considerados candidatos perfectos desde el principio), de casi todo aquello de lo que quisieran hablar y dicha tradición continuó hasta que empezaron el segundo curso, al año siguiente.

    Pasaron el verano practicando, porque les encantaba, buscaron un trabajo para Xander, porque lo necesitaba y porque estaba cansado de no comer. Su plan era hacer ver que tenía dieciséis años y descargar cajas en Walmart a última hora de la tarde, dedicar las mañanas a los deberes, mientras esperaba a Chris sentado en la parada del autobús, los días en el colegio y las tardes practicando baloncesto, donde sentía que pertenecía.

    Le dijo a Chris que necesitaba el trabajo, pero no le explicó la causa y hasta ese día, a finales del mes de septiembre, Chris no supo lo verdaderamente necesario que era.

    —¿Qué te pasa con las gafas? –Chris había crecido unos diez centímetros a lo largo de su primer año de instituto, pero Xander también. Seguían arreglándose para caminar confortablemente y Xander nunca sentía que sobrepasaba a su amigo, lo que era agradable, ya que era mucho más alto que el resto.

    —Hay mucho brillo —murmuró y Chris se paró y lo miró, recto e irritado.

    —Es el mismo brillo de cualquier otro día y esos parecen…Jesús, Xan, siguen teniendo la etiqueta en el frente y son endemoniadamente caras…—Chris entrecerró los ojos y ladeó la cabeza peligrosamente, furioso y traicionado al mismo tiempo.

    —Xander, ¿las robaste?

    Tras los cristales de las gafas, uno de los ojos de Xander se abrió desmesuradamente. El otro estaba cerrado a causa de la hinchazón.

    —Tuve que hacerlo —dijo en tono áspero—. Lo…lo siento, Chris, yo…¡De acuerdo, las necesitaba! –trató que su voz sonara enfadada, pero Chris parecía tan herido. Terminó hablando con voz rota y giró la cara para poder escapar, pero antes de dar el primer paso, Chris alargó la mano y le arrancó las gafas.

    —Joder.

    —¿Sabe tu madre que hablas así? —dijo Xander con brusquedad, recuperando las gafas y colocándoselas de nuevo. Tenía el ojo y la nariz hinchados y ahora que Chris podía verle toda la cara, probablemente pudiera ver que lo que parecía un labio agrietado, en realidad era un labio roto.

    —¡Xan…Xander, espera! ¡Maldita sea, espera! –Chris corrió cerca de él y la fría mañana de otoño estaba enturbiada por las manchas de sus pies en la acera sombreada de verde. La mano de Chris se posó sobre su hombro y lo giró. Xander, que podía enfrentarse a un oponente en la cancha sin inmutarse, se encogió ante ese contacto en su brazo como un niño lo haría por una palmada en el trasero.

    Se sintió encogido y empezó a retroceder hacia los setos que separaban las residencias de la carretera; y tratar de escapar de su mejor amigo era como si una araña asustadiza escapara de una niña que gritara.

    Pero Chris no gritaba.

    —¿Qué ha pasado? –preguntó en voz baja.

    Xander se alzó de hombros.

    —No quiero hablar de ello —murmuró.

    —Me importa un bledo. Me lo cuentas, y lo haces ahora o me doy la vuelta, voy a casa a telefonear a mi padre y él tendrá que denunciar abusos, es la maldita ley y sería un jodido lío. Habla conmigo, Xander —Chris tenía la piel clara, bonita, una piel pálida como las estrellas, que resaltaba sus ojos oscuros como la noche, y ahora la tenía llena de manchas y roja, le temblaba la barbilla y los ojos estaban muy brillantes y húmedos. Xander luchó contra la urgencia de sostener esa barbilla, acariciar con el dedo el carnoso labio inferior y pedirle que no llorara.

    No llores, Chris. Estoy bien. Estoy aquí, contigo.

    —El novio de mi madre —ni siquiera conocía su nombre—. Quería el dinero que tenía para el uniforme de baloncesto. Le dije que no.

    Chris abrió mucho los ojos y miró espantado a su alrededor.

    —¿Dónde está? Jesús, ¿te ha quitado el dinero? Xander, este año vamos a jugar con el equipo de la universidad. No puedes dejar de inscribirte –Los estudiantes de segundo curso jugando con la universidad. Había sido el año anterior y no se vislumbraba menos glorioso ahora. Partidos más duros, jugadores más duros –una oportunidad para Xander de correr, correr, correr y quitarse el dolor diario en la pista, con más dureza que nunca. Jugar con el equipo universitario. Hasta sonaba sexy.

    En eso Christian se dio cuenta. Xander notó el momento exacto y casi se sintió mal por su amigo.

    —¡Oh, Dios mío! –hablaba como un niño pequeño—. ¡Xander, ni siquiera sé dónde vives!

    Xander curvó el labio lastimado hacia arriba y todo ese lado le dolió con intensidad.

    —¿No crees que tiene que haber una razón para ello? –preguntó y Chris se tapó la boca con la mano.

    —Nunca dijiste nada. Todo estaba muy mal y nunca dijiste nada; solo aparecías en mi puerta –murmuró devastado.

    Xander tiró del hombro de forma protectora y se volvió a poner las gafas.

    —Christian, tú tienes una buena vida, una buena familia. No quería que pensarais que yo representaba un problema, ¿de acuerdo?

    —¡No! –Chris estaba dolido de verdad y Xander no sabía qué hacer. De hecho, sus manos revolotearon y se posaron sobre los hombros de su amigo; miró alrededor ansioso. El y Chris siempre salían temprano, pero existía la posibilidad de que alguien los pillara actuando como maricones en una esquina y eso significaría…bueno, el baloncesto. No podía imaginarse jugando al baloncesto y con algo así danzando a su alrededor. Perdería el respeto de sus profesores y toda la mierda por la que había trabajado tan duro el año anterior. No. No. Tan solo calmaría a Chris y así podrían volver a caminar, uno al lado del otro, hasta el colegio.

    —Mira, tío –Susurró furioso—. ¡Cálmate! ¡Cálmate! Normalmente soy más inteligente, ¿entendido? Pero llegué a casa tarde y el vio el dinero en mi mochila, porque me pagaron anoche y, bueno, ¡no sé qué diablos decir! ¡Fui estúpido! ¡Me pillaron! ¡No volverá a pasar!

    De alguna manera, eso hizo llorar aún más a Chris.

    —No fuiste estúpido –Murmuró, con voz ahogada y Xander miró alrededor, frenético.

    —¿Qué? –preguntó, distraído. Joder, Chris y su familia. Si algún día tuviera que ocultar algo de sí mismo, se cuidaría mucho de no derrumbarse en una esquina, donde cualquiera pudiera verlo.

    —¡He dicho que no fuiste estúpido! –gritó Chris y Xander podía haberse pegado en la frente, pero le dolía toda la cara.

    —¡Bueno, ahora mismo estamos siendo estúpidos! –siseó y Chris, el abierto, fácil y confiado Chris, le contestó con brusquedad.

    —¡Bueno, alguien tiene que apoyarte! –Xander vio que otros estudiantes venían caminando, bastante lejos aún como para verlos, pero se dirigían hacia donde estaban ellos.

    ¡Maldita sea! Sabía que no los podían ver, pero eso no lo detuvo de dar la vuelta, agarrar a Chris de la mano, tirar de él alrededor del seto y arrastrarlo hasta un pequeño hueco entre el seto y la puerta trasera de la casa de algún pobre gandul. Lo más probable era que estuvieran invadiendo la propiedad, pero a Xander le importaba un bledo. Estaban ocultos, detrás de la marquesina de la parada del autobús y de un seto. Estaban a salvo.

    Se quedaron parados un momento, mirándose ferozmente el uno al otro mientras Chris se secaba la cara con la manga e intentaba recomponerse.

    —No te mereces esto —dijo después de un momento. Miraba el suelo y, de forma perversa, Xander echó de menos cuando se miraban con ferocidad.

    —No es cuestión de merecerlo

    ¿Disfrutas la vista previa?
    Página 1 de 1