Sempiternos
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Un tipo inicia un viaje detrás de una obsesión y comparte el camino con un alacrán; un manual para desaparecer interpela al lector en segunda persona; un pueblo pesquero es el lugar para una fábula de tiempo incierto pero con un perfil siniestro: las atmósferas de Jauregui se imponen en la lectura y logran transportarnos, por un momento, al más extraño de los universos.
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Sempiternos - Elías Jauregui Castro
Elías Jauregui Castro
Sempiternos
Ril%20-%202006%20-%20Logo%20general.tifSempiternos
Primera edición: mayo de 2013
© Elías Jauregui Castro, 2013
Registro de Propiedad Intelectual
Nº 202.159
© RIL® editores, 2013
Los Leones 2258
cp 7511055 Providencia
Santiago de Chile
Tel. Fax. (56-2) 22238100
ril@rileditores.com • www.rileditores.com
Composición, diseño de portada e impresión: RIL® editores
Epub hecho en Chile • Epub made in Chile
ISBN 978-956-284-979-1
Derechos reservados.
A la Chabela cantando tangos.
En memoria de Leontina Concha y Juan Modesto Castro.
En memoria de Antonia Romero y Heriberto Jauregui.
El color del alacrán
Imaginaba que iba en un auto de juguete, sintiéndose diminuto en esa inmensa carretera sin fin.
Cuando miró por el espejo retrovisor no lo seguía ningún vehículo y enfrente hacía horas que no veía nada. Sonrió de satisfacción; en ese momento el pavimento estaba siendo aplastado solo por él. Lo único malo de ese instante sublime era el calor, un calor enrarecido que hacía que todo se viera como en un sueño.
No sabía con qué se encontraría más adelante, pero debía seguir. Se había propuesto viajar sin rumbo hasta donde lo llevara el Jeep de tercera mano que compró por muy buen precio, más el poco dinero que logró ahorrar trabajando como mecánico en un taller de Santiago.
Todo valía la pena. Por fin estaba cumpliendo su sueño de recorrer el norte de Chile. En verdad, no sabía por qué desde pequeño tuvo esa obsesión; sus amigos querían una bicicleta para el cumpleaños y él quería ir al norte; los jóvenes soñaban con conquistar a una hermosa jovencita y él quería ir al norte; los otros adultos se casaban, tenían hijos, y él quería ir al norte. Desde siempre, desde que tuvo uso de razón quiso conocerlo y al fin lo estaba logrando. Claro que nadie le advirtió del calor, eso lo tenía deshecho.
Se detuvo a un costado de la carretera (una parada obligada). Caminó unos pasos adentrándose en el paisaje y comenzó a orinar. Mientras lo hacía, observaba a su alrededor. Estaba solo. Forzó la vista lo más que pudo para ver algo; una lagartija, un insecto, algún animal, pero nada; en verdad estaba parado solo en medio del desierto. «No puede ser mejor», pensó. Dirigió su fuente hacia un costado, jugando. De pronto lo vio y una molesta constricción de la próstata frenó su emisión. Un alacrán, un negruzco representante del reino arácnido estaba a menos de un palmo de sus pies. Apuró la evacuación y se dispuso a recogerlo. Fue a su auto y trajo un vaso de plumavit que había sido el contenedor del café de la mañana. Lo empujó con un palito hasta que el alacrán estuvo dentro. Sus tenazas estaban levantadas amenazantes y giraba brusco, brincando rápido, tratando de divisar a su atacante; no se enteraba de que era él mismo el que, en ese espacio tan pequeño, se empujaba contra las paredes del vaso.
–Serás mi compañero de viaje –le dijo, y sonriendo se lo llevó al Jeep. Fijó el vaso en el porta bebidas que tenía a un costado de la palanca de cambios y partió. De vez en cuando lo miraba para verificar que siguiera ahí.
Le sirvió de compañía. Condujo varios kilómetros hablándole como si fuera un antiguo amigo; le comentaba lo que veía en el paisaje; le reveló sus sueños más íntimos, sus triunfos y fracasos; le contó de dónde venía y cómo estuvo planificando casi toda su vida ese viaje. Después de unas horas, notó que el alacrán se había acostumbrado a su nuevo hogar, sus tenazas ya no estaban levantadas y casi no se movía.
Comenzó a anochecer. Había conducido un buen trecho y ya estaba cansado. Tendría que dormir en el auto ya que el último pueblo lo había pasado hacía horas. Era el momento de despedirse de su amigo, supuso que durmiendo patearía el vaso y el bicho podría picarlo; era un riesgo que no correría.
Detuvo el vehículo a un costado de la carretera y sacó el vaso con el alacrán dentro. Lo iba a arrojar al desierto, pero cambió de idea. Eso hubiera sido muy descortés; después de todo él lo conocía mejor que muchas personas y lo había acompañado casi toda la jornada sin molestar.
Dejó el vaso inclinado en la carretera, cerca del vehículo, para ver cuando su amigo se fuera. Fue al auto y se acomodó. El vaso se distinguía apenas en la avanzada tarde rojiza del desierto y pensó que sería difícil ver al arácnido irse. Se durmió imaginando qué haría el alacrán cuando saliera y recorriera el terreno constatando que ya no estaba en su hogar, que había sido abducido y luego abandonado en un lugar inhóspito, a kilómetros de sus dominios. Se durmió imaginando qué haría él si fuera el alacrán.
Cuando despertó, un hilo de saliva colgaba de su boca. La apartó con un gesto de desagrado. Restregó su rostro con sus manos. «A falta de una ducha, bueno son los apretones», pensó mientras lo hacía. Limpió sus lagrimales de alguna legaña furtiva. El correspondiente bostezo, estirón y estertores típicos del despabilo mañanero y después salió del auto; quiso estirar las piernas.
Un breve punto blanco exclamaba en la extensa carretera gris uniforme, era el vasito-hogar de alacranes que había improvisado ayer. Se acordó de su amigo «el pobre, ¿quizás dónde pasó la noche?». El vaso daba vueltas irregulares, impedido de alejarse más rápido por el peso de su base. Caminó hacia él para recogerlo; no quiso contribuir a la fea línea de basura que delimitada la carretera. Mientras lo hacía, miró lejos a ambos extremos del camino. No venía nada. Le pareció extraño no haber visto a nadie durante más de un día; ni un camionero, ni un lugareño, ningún turista. Seguía solo en medio del desierto.
Ni siquiera alcanzó a gritar. El alacrán fue mucho, muchísimo más rápido que él para asestarle el primer golpe, aunque el contraataque fue devastador. Tomó con fuerzas el dedo que el arácnido perforó con su aguijón al mismo tiempo que pisaba el vaso enfurecido.
–¡¡Bicho maldito!! –repetía a gritos mientras trituraba al alacrán mezclando su exoesqueleto y sus jugos con el blanco plumavit del vaso que rechinaba con cada violento tacazo de las botas negras estilo hippie sesentero que siempre, para la buena suerte, usaba. Con cada golpe fue descargando la rabia, la decepción, la inesperada y oscura sensación que todo cambiaría a partir de ese instante.
Seguía apretando su dedo que comenzaba a hincharse sin cesar mientras un dolor agudo le inmovilizaba casi toda la mano.
–¡No! ¡¿Qué voy a hacer ahora?! Bicho maricón –tacazo–, alacrán maldito –tacazo–, traicionero de mierda –tacazo, tacazo–. ¡¡¡Me cagaste el viaje, alacrán y la conchadetumadre!!! –tacazo final.
Corrió hacia el Jeep e intentó encenderlo, pero el dolor era muy fuerte. Transpiraba, no paraba de hacerlo. De pronto una puntada incesante fue creciendo desde su abdomen. Náuseas. Mareo. Seguía sudando. Escalofríos recorrían su cuerpo. Sed. Sintió mucha sed. Torpe, descargó una botella de agua mineral tratando de que entrara en su boca chorreando la ropa, el asiento, el volante, el panel y todo a su alrededor; pero la sed continuó. Se miraba el dedo deforme por la hinchazón y atinó a sacar con sus dientes el estilete, el maldito aguijón de su desgracia. Lo escupió por la ventana y ahí se quedó inventando un rezo nuevo, una mezcla con frases del Padrenuestro, que la Santísima Virgencita del Carmen, que la eterna compañía de un ángel guardián. Pequeños trozos de recuerdos de su breve niñez, cuando su madre le enseñaba a rezar.
Se le enturbió la vista. Los dolores aún estaban ahí, pero los sintió lejanos. Un sueño intenso lo tomó de improviso y no pudo resistirse. Perdió la conciencia.
Cuando despertó, un hilo de saliva colgaba de su boca. La apartó con un gesto de desagrado. Restregó su rostro con sus manos. «A falta de una ducha, bueno son los apretones», pensó mientras lo hacía. Limpió sus lagrimales de alguna legaña furtiva. El correspondiente bostezo, estirón y estertores típicos del despabilo mañanero y después salió del auto; quiso estirar las piernas.
Un pequeño punto blanco exclamaba en la extensa carretera gris uniforme. Era el vasito-hogar de alacranes que había improvisado ayer. Se acordó de su amigo: «El pobre, ¿quizás dónde pasó la noche?». El vaso dibujaba torpes espirales, impedido de alejarse más rápido por el peso de su base. Iba a comenzar a caminar para recogerlo, pero se detuvo, le dio flojera; además, «¿qué daño le va hacer un plástico más al basural carretero?», pensó. Subió a su vehículo y partió. Al avanzar rozó el vaso con un costado de las llantas. El alacrán salió de adentro moviéndose rápido para perderse entre la basura y los pequeños arbustos del costado del camino. Todo eso él no lo vio; ya se dirigía, a toda velocidad, hacia su nueva parada.
Manejó liberado, con el viento nortino entrando por la ventana refrescándolo, despertándolo; haciendo que todo el esfuerzo valiera la pena. Condujo así por algunos minutos hasta que comenzó a ver, a lo lejos, lo que parecían automóviles y camiones estacionados en la platabanda a un costado de una gran casona con banderas multicolores erguidas en su fachada; un restaurante, el típico restaurante carretero.
Estacionó el Jeep. Tomó la billetera, las llaves, y fue por su desayuno. Cuando entró, varias personas se giraron para verlo. Sonrió para sí.
–Fantástico, parece una película de cowboy –murmuró. Siguió en su papel de forastero misterioso y caminó hasta una mesa de mantel blanco. Se sentó a esperar que lo atendieran mientras miraba de reojo a los otros clientes, la decoración del restaurante, las meseras y, a través del vidrio, a su automóvil. Se quedó viéndolo como hipnotizado, pensando en lo bien que se había portado hasta ahora. Observaba el barro seco en los neumáticos, los vidrios polarizados, la gran antena que sobresalía orgullosa del capó. De pronto una voz.
–Señor, señor, ¿qué se va a servir? –giró su cabeza algo asustado. Una mesera le estaba hablando hacía unos segundos.
–Perdón. Estaba distraído. Tráigame un bistec, huevos fritos y un café muy cargado, por favor. Disculpe, ¿dónde estoy? ¿Cómo se llama el local?
La mesera le respondió mientras anotaba la orden, sin mirarlo: «La picá del alacrán», le dijo, y se fue por el pedido. Él sonrió, se acordó de su amigo. Sin duda era señal de que iba por buen camino.
–Señor, señor. ¿Le puedo ayudar? Por favor, despierte.
A lo lejos escuchaba una voz femenina que lo llamaba «señor»; nunca le habían dicho así. Trató de abrir los ojos, pero no pudo; solo un gemido salió de su boca. Mostró su mano, la imaginaba enorme por la hinchazón y el dolor y, para su desgracia, lo estaba. La levantó lo más que pudo para que la joven pudiera verla desde la ventanilla y dijo susurrando: «alacrán». Fue lo único que pudo expresar antes de desmayarse otra vez.
Abría los ojos lentamente, le dolían los párpados. Un segundo después constató que le dolía todo el cuerpo. Eran los resabios del veneno.
Cuando por fin dejó de luchar contra los dolores y encontró una postura que no fuera tan molesta, pudo fijarse en donde estaba: un cuarto de madera barnizada, con un decorado sobrio, muy limpio y ordenado. Estaba tendido en medio de una cama grande con unas sábanas blancas que olían a rosas. A un costado un gran ventanal cubierto con unos visillos de encaje dejaba entrar, grumosa, la luz de un sol que se adivinaba radiante.
De a poco su cuerpo fue despertando. Una punzada le dobló el estómago, pero esta vez no fue de dolor, fue de hambre; un apetito incontenible hacía que las tripas le sonaran. Se quiso levantar, pero no pudo, al apoyar su mano derecha se dio cuenta de que estaba vendada y con el esfuerzo le dolió muchísimo.
Estaba maldiciendo su penosa condición cuando se abrió la puerta del cuarto y vio aparecer a una joven hermosa. Vestía unos jeans azules que se pegaban a sus piernas mostrándolas largas, torneadas; y unas botas negras, como las que él usaba para la buena suerte. Una blusa blanca, lisa, sin encajes ni adornos, le dibujaba unos pechos perfectos, ni grandes ni pequeños, firmes, redondos, morenos, porque morena era la piel del ángel de la guarda que entraba a la habitación.
–¿Está usted bien? –él no respondió, intentaba recordar en qué momento ella entró a su vida, pero la insistencia de la joven lo obligó a hacerlo–. Sí, eso creo. Muchas gracias –dijo sin convicción. Una sonrisa de cortesía fue la respuesta de la jovencita que él acogió agradecido porque la pudo ver más bella, más hermosa que hacía medio segundo atrás y pudo fijarse en su boca, una boca perfecta que, aun sin rouge, era muy roja y húmeda, con los labios delineados, entreabiertos, invitando a ser besados, incitando a morderlos tiernamente. El hambre, de nuevo el hambre le torció la panza. Ella lo adivinó.
–¿Quiere algo de comer? Debe estar hambriento –disimulando los dolores, logró apoyar medio cuerpo sobre el respaldo de la cama.
–Se lo agradecería de verdad. Pero antes, por favor, dígame, ¿qué hago acá? –ella cambió la expresión risueña por una muy seria.
–El alacrán. ¿No se acuerda? Usted debe ser un buen hombre porque Dios quiso que se salvara o tal vez solo tuvo buena suerte –arrugó el entrecejo, no entendió lo que quiso decirle la joven. Ella continuó–. Si no me hubiese detenido, usted ahora estaría al otro lado, muerto. ¿Me entiende? Esos bichos son traicioneros. Usted es turista, ¿cierto?, porque todos por acá les hacemos el quite, ni siquiera los miramos; para nosotros son de mala suerte. Pero usted quiso tomar alguno y recibió su merecido. ¿No fue así?
Entonces recordó el episodio, todos los recuerdos se atropellaron en su cabeza como si su cerebro los hubiera contenido hasta ese momento y ahora se los largara ordenándolos en un up-grade de memoria que lo situó, en un segundo, en tiempo y espacio. Volvió a ser él.
–Muchas, muchísimas gracias. Usted me salvó la vida. No tengo como pagarle –ella volvió a sonreír.
–No se preocupe. Siempre ayudo en lo que puedo para lavar algunos pecados… Usted me entiende.
Él correspondió la sonrisa y siguió preguntando apresurado.
–¿Cómo quitaron el veneno? ¿Cuánto dinero le debo? ¿Dónde estoy? ¿Dónde está mi Jeep? –ella lo interrumpió.
–No se preocupe por nada. Su auto está estacionado acá. Mi padre y yo nos encargamos de todo. Usted ahora debe comer y descansar. Iré a buscar su desayuno.
Quedó en silencio, pensando en la suerte que había tenido, viendo salir a la joven que al poco rato volvió con una bandeja, en ella, un plato grande con un trozo de carne, huevos fritos y café.
–Espero que su estómago resista esta ración, aunque, por lo que pude ver, es usted un hombre sano; no creo que comer bien le haga mal.
Era su plato preferido, con cada bocado sentía cómo las fuerzas volvían. En ese momento comía el mejor bistec con huevos de su vida, además, imaginaba que ella los había preparado especialmente para él así que paladeaba lento, disfrutando, saboreando todo con calma.
Devoraba su desayuno. Era el mejor bistec con huevos que había probado desde hacía mucho tiempo.
De pronto, por el rabillo del ojo, vio que un Jeep del tipo militar, mucho más grande que el de él, se estacionaba contiguo a su vehículo haciendo que ahora no se viera tan especial. Bajaron unos hombres raros, disímiles en apariencia pero con un aura común, como una pandilla, delatando ser un grupo que se ha mantenido junto durante largo tiempo; sin embargo, y aunque no parecían malas personas, irradiaban un halo oscuro, misterioso. Los siguió con la mirada, sin dejar de comer, hasta que entraron, en completo silencio, al restaurante. Se sentaron en una mesa detrás de la suya. Eran cinco. No dijeron nada hasta que una de las muchachas que atendían se acercó a preguntar su orden: cinco cafés cargados y diez sándwiches de tomate y queso de cabra. Se concentró en escucharlos; habían logrado interesarlo. «Estos sí parecen cowboy de verdad», pensó.
Los hombres hablaban en voz baja, escondiendo un secreto. Por más que intentó masticar lento para que su mandíbula triturando la carne no molestara a su oído, solo pudo escuchar algunas frases inconexas: «¿y si son yuta?»; «está bueno el queso»; «no, no creo que nos falle»; «el verdadero problema es la hija»; «está picante esto»; «debimos cobrarle un adelanto»; «¿en verdad crees que venga?»;» a mí me gusta el tomate bien rojo»; «y si tienen más familia»; «yo no conozco a ninguno de los dos»; «en la cueva del alacrán»; «alcánzame el pebre»; «solo el viejo sabe»; «¿y cómo los escondió allí?»; «pásame la sal»; «dijo que eran varios paquetes»; «¿y quién de nosotros lo va a hacer?». De pronto, uno de los hombres le habló.
–Perdón, ¿está ocupando la sal? –Aprovechó su oportunidad. Le intrigó mucho lo que había logrado oír y aunque por el tono en que hablaban los hombres no parecía nada bueno, algo en su interior, ese demonio que todos llevamos, lo incitó a saber más. Se volteó y mientras le pasaba la sal en la mano al que se la había pedido, les habló desde su silla.
–Disculpen, pero ¿cómo puedo llegar a la cueva del alacrán? –Los hombres lo
