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Los Ropajes De La Oscuridad Y Del Silencio
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Los Ropajes De La Oscuridad Y Del Silencio
Libro electrónico145 páginas1 hora

Los Ropajes De La Oscuridad Y Del Silencio

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Los Ropajes de la Oscuridad y del Silencio, es una recopilacin de los cuentos creados por Nelson Torres Pea, principalmente en la dcada de los noventas, en los que mezcla la fantasa con la oscuridad, y la vida en la dcada de los ochentas en su Ciudad natal, Cuernavaca; lugar turstico de fines de semana debido a su cercana con la Ciudad de Mxico.
En los cuentos de Nelson, la narrativa oscura es arropada por la poesa, y ambas crean interesantes historias que, si bien no siguen moda alguna, si logran hilar la costumbre con la fantasa y matizarlas de inocencia y fatalidad.
IdiomaEspañol
EditorialPalibrio
Fecha de lanzamiento8 feb 2011
ISBN9781617645174
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    Los Ropajes De La Oscuridad Y Del Silencio - Nelson Torres Peña

    Índice

    El Concierto

    Lamento

    Sin Rumbo Alguno

    La Ascensión

    Cena De Gala

    Nelly

    El Caracol

    Cybertoño

    Bluedevil666

    Un Diamante Para Lilith

    Ave María

    Innominada

    La Novia

    Lily

    La Cruz De Ocote

    Demonios

    Partus

    Equis

    La Puesta Del Sol

    Fin De Temporada

    Un Fin De Semana

    Mi Tercer Deseo

    En Punto De Las Seis De La Tarde

    El Concierto

    El reloj marcó las doce de la tarde. Memo sobrellevaba con ansias la espera de ocho horas para que el gran concierto diera inicio.

    Bauhaus en la ciudad de México, dijo en voz alta, ¿cuánto tiempo aguanté para ver aunque fuera a uno de ellos? Bueno, cuando vino al país el guitarrista de los Bauhaus, Daniel Ash, con su banda, los Love and Rockets, no sabía yo de rock gótico. Seguro que vienen personas de todo el país, pensó cuando se deleitaba con el emblema láser en el boleto azul; tesoro canjeable por un paraíso de sombras y espectros.

    Sigo sin creer que estaré en la única función de mis ídolos. Se dijo Memo a sí mismo, sonriendo nervioso. Me prepararé de una vez. Quiero llegar temprano y estar justo enfrente, pensó.

    Se calzó el par de botas Doctor Marteens de veinticuatro ojales como si fueran nuevas, se puso su pantalón de vestir predilecto: negro, cortado a la altura de las rodillas, junto con aquella camisa blanca con olanes que tanto le había costado que le regalara el abuelo. Tomó la gabardina de terciopelo azul oscuro, la mochila y algo de maquillaje para arreglarse en el camino.

    Abordó el autobús de las trece horas rumbo al Distrito Federal, tratando de dormir en el transcurso del viaje, para relajarse. Ya en Taxqueña, entró al baño para completar su transformación. Al salir, la gente lo vio como a un espectro de rostro cadavérico, cejas delgadas en arco ascendente, párpados grises, ojos delineados en un tono cercano a la sangre fresca y ásperos labios de luto. Él disfrutaba sentirse diferente.

    Buscó en el metro más personas vestidas como él, pero ni siquiera en las estaciones lucía alguien un poco parecido a Memo.

    Las puertas del Cine Ópera estaban cerradas. No había movimiento dentro, como si el evento fuera a realizarse otro día. Memo revisó su boleto y leyó otra vez doce de octubre de mil novecientos noventa y ocho. Veinte horas; para confirmar que era el día indicado. Fue a un puesto de tacos y comió con lentitud para hacer tiempo. Apenas eran las tres y media de la tarde y el sol no tenía intenciones de esconderse todavía. Memo decidió ver la fayuca de los puestos que estaban sobre las aceras. Después de un instante regresó al teatro a sentarse en las escaleras.

    Al caer la noche, había varios comerciantes ofreciendo playeras estampadas con fotos de Bauhaus, discos compactos, encendedores, fotografías referentes al evento y fanáticos decididos a entrar antes que cualquier otro. A las siete treinta, el caos llegó a las cercanías del lugar. Había cientos de jóvenes con peinados puntiagudos tratando en vano de conseguir un boleto gratis para entrar. Elementos de seguridad con perros guardianes y revendedores de boletos inundaron la calle. Todo este movimiento lo puso más nervioso aún.

    Memo comenzó a defender su lugar en la fila. A pesar de haber llegado antes que todos, de pronto ya había varias personas formadas delante de él. Primero dejaron entrar a los que tenían boleto; Memo subió deprisa los escalones, un guardia revisó el contenido de la mochila y le palpó los costados en busca de objetos prohibidos. El corazón se le aceleró cuando desprendieron una parte del boleto. Llegó al vestíbulo, fue a guardar la mochila en el improvisado estante y entró a la sala. Observó con detalle el lugar, vestigios Art Decó en dorado, desniveles donde antes hubo butacas y el raído telón de terciopelo rojo. Esto debe haber sido impresionante, es de verdadero lujo, pensó. Fue a la barra y compró un trago de tequila. Qué increíble, por fin estoy aquí. Jamás me hubiera perdido este concierto. Es lo mejor que me ha pasado en la vida, dijo para sí mismo, acabándose el tequila de un sorbo. Luego regresó a comprar una cerveza.

    El tiempo parecía arrastrarse con lentitud. Seres andróginos usando faldas de otro siglo, en negro, saturaron el antiguo cine. El aire, ahora denso y perfumado con olores viejos, flotaba entre peinados que imitaban a uno que otro cuento deformado de hadas; maquillaje sobre rostros pálidos como lienzo con un desliz rojo en la boca, mirada ennegrecida por contornos desquiciados.

    La alfombra rancia se ennoblecía con pasos tenues de botas del medioevo y soportaba la agresividad de zapatos industriales. El vestuario antiguo, encajes y terciopelo, se mezclaron con los detalles dorados en el techo y el telón que permanecía más por costumbre que por fuerza; daban la impresión de una pintura gótica.

    A Memo le atrajo una chica que tenía la mirada fija en el suelo. Era de tez blanca, y su entallado vestido negro de seda le delineaba el esbelto cuerpo hasta la cadera, con la caída amplia de la falda y una sugerente abertura que dejaba ver los muslos. Sus botas industriales, en mal estado, hacían un contraste burdo, pero seductor.

    — De seguro tendrán problemas técnicos, ¿no?—Le dijo.

    — No lo creo. Faltan quince minutos—respondió ella—. Esta es la experiencia más oscura de toda mi vida. Esperé años para verlos. Creí que nunca se reunirían. Por cierto, mi nombre es Lourdes—. Dijo la chica, torciendo la boca hacia el lado derecho.

    — Mucho gusto, Lourdes. Soy Memo y vengo de Morelos. También deseaba verlos desde hace rato. De hecho me perdí a Love and Rockets, porque en ese entonces no sabía de . . . Oye, hay un misterio en ti que deseo descubrir. Tienes una personalidad muy impactante—. Dijo Memo, gustoso.

    — ¿Crees?—Inquirió la chica agachando la cabeza y acomodándose con gracia el cabello detrás de la oreja.

    — Seguro—afirmó él con franqueza—. Tu mirada es totalmente ojival. ¿Quieres una cerveza? Te disparo una.

    — ¿Ojival? ¡Qué simpático eres! Acepto la cerveza. Gracias—. Respondió Lourdes sonriendo.

    El muchacho fue a comprar las cervezas y regresó. De pronto, ella le dijo:

    — Oye, tengo mota, ¿quieres?—Encendió el cigarrillo, aspiró con fuerza y se lo ofreció al chico.

    — Claro que sí—. Respondió Memo, aparentando serenidad, como si supiera lo que iba a hacer. Angustiado, fumó sin decir nada, a pesar de sentir que se le desconectaba el cuerpo del punto que lo mantenía erguido. De pronto, apagaron las luces. Un televisor a la mitad del escenario mostró el rostro cadavérico, casi gris, de Peter Murphy, el vocalista, que con voz grave y melódica pronunció algo en inglés.

    Memo trató con torpeza de acercarse al entarimado para observar bien la imagen medio borrosa y, justo cuando iba a alcanzarlo, las luces alumbraron toda la estancia, iluminando como divinidades a los cuatro ingleses.

    El guitarrista saludó al público. Memo cerró los ojos un instante, y al abrirlos estaba casi en escena. Recordó a Lourdes y fue hacia una orilla para ver si la encontraba. El sonido distorsionado de la guitarra aumentó de volumen, la batería apresuró el ritmo, las luces comenzaron una danza frenética. De pronto, la masa de gente lo aventó contra la pared. Memo creyó caer en espiral, lentamente, como si las notas retorcidas de su grupo favorito detuvieran la caída. El dolor agudo en el estómago y la presión inaudita en la cabeza precedieron al vómito. Luego se quitó de ahí casi rodando.

    La música a la que era devoto, ahora lo torturaba arañándole la piel, atacándole la cabeza con agudas punzadas que le herían los oídos. Lo único que veía eran sombras y destellos que parecían lumbre. Los gritos se fundieron con los aplausos; las palabras de Peter Murphy se desvanecieron en los silencios que sirven de preludio a una nueva melodía. Ritmos, secuencias y pausas eran agobiantes carcajadas que gozaban con la tortura de Memo.

    Memo escuchó un beat deforme, enmarañado, que surgía con pesadez como un doloroso rugido agudo provocado por sopranos trastornadas. Fue reconociendo con esfuerzo su canción favorita: Bela Lugosi is dead.

    Creyó sentir que cientos de navajas pequeñas se deslizaban sobre su cuerpo, provocándole un sufrimiento que se perdía en el lapso de esos segundos convertidos en minutos y viceversa. Martillos azotando metales delgados y gruesos; la voz de la muerte diciéndole en otro idioma que ha venido por él. El ruido y los gritos le entraron a la cabeza, la sala giró con tal rapidez que el suelo parecía estar arriba y él se desplomaba del techo con la sensación de una caída que se reproducía como el delay de los instrumentos.

    El silencio eterno inundó la sala. Una voz particular, lejana, lo despertó. Después de oírla decir varias veces lo mismo, la vio partir convertida en pisadas ligeras. Percibió el olor del polvo; manchas incoloras, sin forma, aparecieron en su campo visual. Frente a él, una figura leve, triangulada, oscura, se deslizó en línea recta sobre la superficie roja, entró por un rectángulo para ser tragada por la luz cobriza que la divinizaba. Después de un rato de observar el rectángulo, leyó SALIDA con letras rojas. Apoyó las manos en el suelo, se levantó luchando contra el vértigo y caminó con dificultad hacia la calle. Encontró las escaleras de la entrada y se sentó a esperar el movimiento de la ciudad, que permanecía quieta.

    Memo se sintió más tranquilo a causa del frío. La lluvia le deslavó la cara. Recordó la sombra, la voz, el humo, el tequila, el nerviosismo y el cintilar del tiempo realidad-fantasía. Vio escrito en la palma de su mano rasgos y números ininteligibles que le quemaban la piel a medida que los detalles de lo acontecido en las últimas horas se esclarecían, desatando en él un llanto amargo.

    Lamento

    La Ciudad tiembla cuando voy a visitarla. A lo lejos, la veo parpadear. Espera ofrecerme el espectáculo

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