Rechazo a primera vista
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"Fue ese verano, no recuerdo exactamente el día, durante los ensayos del nuevo espectáculo que tengo la imagen de Alejandro entrando por la sala vacía y yo mirando desde el escenario. Venía acompañado de dos amigos a cada lado, a cual más 'afrancesado', según mi humilde opinión de lumpen-zurdito-artista-de-Lanús. Lo mío fue, sin duda, rechazo a primera vista." ERNESTO
De orígenes sociales distintos, y emulando las novelas que el propio Ernesto protagonizaba, estos dos hombres tuvieron que superar algo más que las diferencias de clase. Fueron protagonistas ellos mismos de la lucha por sus derechos hasta el logro de la ley de matrimonio igualitario.
Alejandro y Ernesto llevan más de cuarenta años de pareja, armaron una familia ensamblada, lucharon sin cesar por las convicciones sociales y políticas que los unieron desde siempre. Se casaron en 2010 y fueron la primera pareja que lo hizo bajo la nueva ley en la ciudad de Buenos Aires.
"Va a ser difícil equiparar esos instantes con otro momento de nuestra vida. Lo que sentimos, tomados de la mano, entrando por ese espacio totalmente colmado de gente, es indescriptible e irrepetible. Cuánto amor sentimos alrededor nuestro. Cuántas lágrimas derramadas por la emoción. Todos estábamos compartiendo un momento único y todos éramos uno." ALEJANDRO
Esta es la biografía de un amor. Un relato hecho de muchos. Una biografía escrita a cuatro manos y a dos voces, que se unen a veces, se distancian otras… como en todas las parejas del mundo, como en la vida.
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Rechazo a primera vista - Ernesto Larrese
Rechazo a primera vista
Rechazo a primera vista
Una historia de amor y militancia
Ernesto Larresse
Alejandro Vannelli
Índice de contenido
Portadilla
Legales
Prólogo, por Norma Aleandro
Desde el comienzo
Juntos a la par… pero no tanto
Yo me quiero casar…
Mensajes
Epílogo. Después del matrimonio
Imágenes
© 2018, Ernesto Rodríguez Larresse y Alejandro Jorge Vannelli
Diseño de cubierta: Departamento de Arte de Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.
Foto de cubierta: Sebastián Freire
Todos los derechos reservados
© 2018, Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.
Publicado bajo el sello Planeta®
AV. Independencia 1682, C1100ABQ, C.A.B.A.
www.editorialplaneta.com.ar
Primera edición en formato digital: noviembre de 2018
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright
, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-950-49-6468-1
A nuestros padres.
A todxs lxs que militan y luchan por conseguir leyes que ayudan a ampliar los derechos de las personas.
PRÓLOGO
por Norma Aleandro
Mis amigos Alejandro y Ernesto, antes de ser la primera pareja del matrimonio igualitario en la ciudad de Buenos Aires, ya eran la pareja de amigos, compañeros que se aman, se acompañan y caminan alegremente por la vida desde hace más de cuarenta y dos años.
La hija y los dos nietos amados por Alejandro son amados de la misma manera por Ernesto.
Cuando Alejandro decide cantar, Ernesto lo apoya y ahí está, feliz, cantando. El otro día fuimos con Eduardo, mi marido, a escuchar a Alejandro y cuando apagaron las luces de la platea, ahí en el fondo, sentado en la escalera, en la penumbra, estaba Ernesto mirándolo y escuchándolo de la manera en que se mira al amado.
Cuarenta y dos años queriéndose y apoyándose, y parece que se enamoraron ayer.
Juntos viven y militan y apoyan causas en las que creen los dos.
Dicen que dijo el Buda que encontrar el amor amante, el amor amigo, el para siempre en felicidad, es como enlazar en la mano una pulsera en el océano, sin buscarla, sin proponérselo. Ahí está y es la única.
Así de difícil consideró el Buda esto de encontrar el Amor.
He conocido mucha gente feliz, enloquecida, amante, con y sin pulsera.
Yo tengo en mi vida un amor de océano y pulsera. Por eso, Alejandro y Ernesto, pareja amiga, me pidieron unas pocas palabras para contar ese encuentro feliz que han tenido en el océano, donde coincidieron sin proponérselo al enlazar la pulsera.
DESDE EL COMIENZO
ALEJANDRO
«A Alejandro lo atropelló un coche».
Mi hermana Dolly, de 12 años, le escuchó decir eso a Vladimiro, el portero del edificio familiar de avenida del Libertador y Salguero. Era la mañana del 16 de marzo de 1955 y yo tenía 6 años. Salí porque Dolly me había pedido que le comprara una revista de espectáculos, posiblemente Radiolandia, Antena, Radiofilm o la chilena Ecran, que eran sus preferidas. Estaba un poco enojado, protestando porque me daba bronca que, por ser el más chico, mis tres hermanos mayores me usaran para hacer sus mandados. «Vamos trompudo
… dejá de protestar y traeme lo que te pedí», me apuró Dolly. Y con esas palabras en mi cabeza salí de casa rezongando, pero se me pasó cuando se me ocurrió comprar con mis ahorros (una costumbre que siempre tuve) el último ejemplar de la revista del Pato Donald, Billiken o alguna de Porky o Bugs Bunny.
Llegué a la esquina de mi casa. Desde allí reconocí y saludé al policía que dirigía el tránsito y con quien siempre conversaba en la puerta de casa esperando al transporte escolar que me llevaba al colegio. Tiempo después me enteré de que el policía tenía que hacer guardia como seguridad de un señor que vivía en el cuarto piso y al que yo siempre veía bajar en uniforme y gorra. Se trataba del general Franklin Lucero, ministro de Guerra de Perón, entre 1949 y 1955.
El policía me saludó de lejos y al ver que quería ir al kiosco de diarios y revistas, que estaba en la esquina de casa, me dio el paso a mí, cuando de pronto, y sin respetar el semáforo, apareció un taxi a toda velocidad desde Libertador doblando por Salguero. Según me dijeron después, llevaba a una embarazada. Sin prestar demasiada atención, y rumiando mi bronca por hacer los mandados de mis hermanos mayores, escuché los gritos de la gente y me di vuelta. Después de eso, nada.
«¿Dónde estoy? ¿Porqué estoy viendo todo desde arriba?¿A dónde me llevan? ¿Puede ser que esté mi tía Lidia?», decía mientras me trasladaban en una camilla por pasillos interminables. Me tranquilicé cuando vi a mi padre caminando a un costado. Sentía que las puertas se abrían a mi paso y en ese trayecto creí reconocer otras caras. Finalmente, entré a un lugar lleno de luz y mucha gente. Me sentía raro pero bien. De pronto, una sensación vertiginosa y luego, la caída. Regresé a mi cuerpo. Y ahí, recién ahí, aparecieron los dolores.
Quebradura del húmero del brazo izquierdo, rotura del fémur de la pierna derecha, el bazo estropeado, cortes en la frente, abajo del ojo derecho y en el maxilar inferior. Y un gran tajo transversal en la lengua. Mi papá me contó que ni bien llegó a la guardia del Hospital Fernández le dijeron que yo estaba muerto. Pero luego le explicaron que, en verdad, estaba vivo pero clínicamente no había nada para hacer.
Sin dudarlo, y consultando a amigos médicos, mi padre llamó a una ambulancia y me hizo trasladar al Sanatorio Marini, que quedaba cerca, donde me operaron y me salvaron la vida. Fueron largos meses internado. Y de sufrimiento. La cabeza vendada, el brazo colgado durante un tiempo primero y luego con un yeso, la pierna con un clavo y colgada, múltiples transfusiones de sangre que donaban mis tíos, primos y amigos de la familia, y cientos de inyecciones de todo tipo. Las que más recuerdo son las de penicilina, que dolían muchísimo. Blancas y aceitosas, se aplicaban lentamente en el cachete del culo, que quedaba duro mucho tiempo.
Después de varios meses en el sanatorio, me llevaron a casa, donde pasé gran parte del tiempo en una cama ortopédica y seguía recibiendo alguna que otra transfusión y más inyecciones de penicilina. Tiempo después intenté levantarme solo de la cama: caí al piso con todo mi peso. Fue muy duro sentir que mis piernas no me podían sostener. No podía caminar. Debía aprender a hacerlo otra vez. Fue como volver a ser un bebé.
Nací una mañana del sábado 16 de octubre de 1948 en el Sanatorio Otamendi y Miroli de la ciudad de Buenos Aires. Dicen las malas lenguas que parte de mi familia le pedía a mi madre que apurara el parto para que yo no naciera el 17 y tuvieran que ponerme Juan Domingo, como, se decía, el peronismo exigía. El parto fue natural. Nací sanito y sin complicaciones.
Mi padre se llamaba Humberto Américo y había nacido en la Argentina el 23 de abril de 1906. Hijo de Fernando Vannelli y Regina Zucchi, italianos de nacimiento, su abuelo (o sea mi bisabuelo) había llegado a la Argentina con sus hijos Américo, Fernando y Humberto, contratado para construir las vías y las estaciones del tren de Villa María, en Córdoba, y de Rufino, Santa Fe. Con su empresa constructora, Andrés Vannelli e hijos, realizó obras como la primera Cámara de Senadores (cuando estaba en Balcarce al 100), el Ministerio de Agricultura y Ganadería de la avenida Paseo Colón y pabellones de los hospitales Teodoro Álvarez, Fernández, Muñiz, Tornú, Ramos Mejía, Pirovano y Piñero.
Años más tarde, al morir mi bisabuelo, sus hijos se pelearon por problemas que nunca pude saber y mi abuelo fundó su propia empresa, a la que llamó Fernando Vannelli e hijos, con mi padre, que ya era ingeniero civil, y mis tíos Fernando (era arquitecto y en 1955 llegó a ser presidente de la AFA), Ludovico y Andrés. Con ellos hizo el Ministerio de Economía que está en Plaza de Mayo, el Autódromo de la Ciudad de Buenos Aires, el Embalse de Río Tercero (Córdoba), el Hospital Municipal de la ciudad de Buenos Aires, los cuarteles de Uspallata (Mendoza) y el Palacio de Justicia de Córdoba, entre muchas otras.
De mi abuela no tengo recuerdos porque murió cuando yo tenía 11 meses, frente a mi hermano Eduardo. De mi abuelo, en cambio, me acuerdo de sus ojos azules, de su parada recta, elegante. Su pelo canoso y sus anteojos sin marco. Le gustaba hacerme enojar y me hacía jodas por teléfono.
—¿Quién habla?
—Yo, Alejandro
—Ah… ¡Alejandro López!
—¡No! Soy Alejandro Vannelli —respondía yo, muy enojado.
Mi abuelo venía a almorzar a mi casa todos los domingos con mi tía Giulia que, como buena solterona, vivía con él. Ella era amante de la música y me llevaba a los conciertos del Mozarteum en el teatro Colón. Mi otra tía, Armida (pero a la que le decíamos Midola), era superelegante y estaba «muy bien casada» con Enrico Petrella, un empresario italiano.
Mi abuelo se movilizaba en un Buick negro con siete asientos con transportines, tapizado gris perla y hasta teléfono intercomunicador para hablar con el chofer, que estaba aislado por un vidrio. En un momento, mi tía Giulia se hizo cargo del volante. Mi abuelo murió un 12 de octubre de 1955 y fue velado en su piso de Quintana y Parera. Mi tía Giulia no volvió a manejar.
El fallecimiento de mi abuelo fue otra experiencia cercana a la muerte que marcó fuertemente el vínculo con mi padre, a quien esa vez vi llorar desconsoladamente por primera vez. Estuve en sus brazos todo el velorio. Por un lado, feliz de poder compartir con tanta familia y amigos el milagro de mi recuperación y, a la vez, con un dolor profundo y sin consuelo por la pérdida irreparable de mi abuelo.
Mi madre nació en Buenos Aires el 14 de julio de 1916 y se llamaba Dora Lidia París. Hubo varios problemas con su nombre. Primero, mi abuela quería que se llamara Nora pero mi abuelo no entendió el nombre y le puso Dora. Con París el tema fue que mi abuelo, como mi mamá nació el día de la Revolución Francesa, quería ponerle Francia pero el Registro Civil no aceptaba ese nombre.
Mis abuelos eran Alberto Eduardo Alfredo VielTemperley, hijo de Jean Pierre Viel Loeffler, francés, y Ana Constanza Temperley Knight, inglesa y nieta de George Temperley, uno de los fundadores de la Sociedad Rural y por quien esa localidad de la provincia de Buenos Aires lleva su nombre, y mi abuela Carlota Argentina Nowell Stant Ellis, hija de Nicolás Justo Nowell, quien vino a la Argentina contratado para adoquinar las calles con tacos de madera, y Emilia Stant. Los dos eran ingleses y protestantes, se enamoraron del país y se quedaron. Para mí, mi abuela siempre fue «Cai Cai», por una canción de Carmen Miranda que ella le cantaba a mi hermano Carlos. Y para que mi abuelo no fuera menos lo bautizamos «Con Con». Vivían en una casa de dos plantas en Caballito, en la que mi abuela tenía la voz de mando. Mi abuelo, que siempre estaba en su mundo, la dejaba hacer.
Mi abuela nos hablaba mucho en inglés y sus expresiones nunca eran en castellano. Las que más decía eran God bless you o God damnit. Con ella aprendí a jugar a las cartas. Era una excelente jugadora. En su casa había caramelos de fruta y de menta, limonada o té frío en la heladera. Siempre me hizo sentir que yo era su nieto preferido. ¿Habrá sido así?
De mi abuelo recuerdo su taller lleno de herramientas, con todo lo necesario para reparar cualquier cosa: relojes, lámparas, electrodomésticos… un mundo fascinante. Era alto, muy elegante y con buen humor. Tuvo un alto cargo en la Penitenciaría de la avenida Las Heras hasta que se jubiló y, junto a su familia, fundó la primera flota de taxis, La Flor de Lys, para la que trajo desde Francia los primeros autos Renault.
Presentada parte de mis antepasados, vuelvo a mis comienzos.
Mi sensación es que mis padres me cantaban cuando estaba en la panza de mi madre porque abrí los ojos en un hogar musical. Mi papá era una persona muy alegre y comunicativa, muy querido por su gran sentido del humor. Le gustaba cantar canzonettas italianas, tangos y milongas. Al llegar del trabajo siempre cantaba para que con mi hermana Dolly corriéramos a recibirlo. Nunca lo vi violentarse, salvo cuando a mis 9 años me encontró jugando con un rifle que tiraba corchitos, regalo de mi tío Ucho. En un segundo me lo sacó de las manos, lo quebró por la mitad y lo tiró a la basura. «Nunca más con un arma en la mano, ni siquiera con una que tira corchitos», fueron sus palabras.
Recuerdo haber vivido en un «paraíso» hasta los 6 años, cuando tuve el accidente. Mis padres se daban todo el tiempo muestras de cariño: él la besaba mucho mientras ella se reía y se ponía colorada.
Mi madre siempre estaba arreglada para esperarlo. Hermosa, elegante, rubia con ojos azules… Cómo no enamorarse de ella. Recuerdo sus manos, sus dedos finos, con uñas largas perfectamente pintadas. Y su risa. Gran cocinera, sabía todos los secretos de la cocina francesa, inglesa e italiana. Sus postres y tortas eran insuperables. De pequeño, cuando me acostaba, me hacía invocar a mis ángeles de la guarda para que cuidaran mi sueño y luego me cantaba dulcemente hasta que me quedaba dormido.
El resto de mi familia estaba compuesta por Eduardo, mi hermano mayor y padrino de bautismo, un amante de la música clásica que se recibió de ingeniero agrimensor y militó en la Unión Cívica Radical Intransigente. Se lo tomó tan en serio que en su cuarto había afiches que decían «Lave al país con piedra pómez, votando Frondizi / Gómez». Llegó a trabajar para ese gobierno y hasta me presentó a Frondizi, nada menos que cuando fue presidente de la Nación. Eduardo estaba muy interesado en todo lo referente al petróleo y sus posibilidades futuras.
El segundo, Carlos, era fanático del jazz y un gran músico. Tocaba el piano magistralmente y también la guitarra y el acordeón. Tenía una banda de jazz con la que se presentaban en fiestas. Era el artista de la casa porque también pintaba y escribía. Encima era el más lindo. Tenía la pinta de un galán de cine. Lamentablemente no se animó a vivir de su arte y nunca pudo sentirse totalmente realizado a pesar de su gran talento.
Después estaba Dolly, la hermana del medio, que amaba con locura el teatro, el cine, Hollywood y la TV. Era una persona muy especial, tenía una alegría e imaginación desbordantes. Desde que tengo uso de razón la veo llevándome de la mano por cuanto teatro o cine había en Buenos Aires, Mar del Plata o Punta del Este. Ella me inculcó la pasión por el mundo del espectáculo y la actuación. Gracias a ella quedan en mi memoria haber visto El Manto Sagrado en Cinemascope, ver la novedad que fue Esto es Cinerama o El museo de cera en 3D, en donde había un esqueleto que salía de la pantalla y casi nos tocaba. Dolly era muy generosa: me prestaba todos sus juguetes para que los rompiera y me permitía jugar con ella, sus amigas y nuestro primo Fernando.
Y por último, un 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, llegó un angelito llamado Alicia Regina, la más chica de nosotros, que nació en los últimos momentos de esplendor de la familia. No recuerdo a mi madre embarazada de ella. ¿Habrá sido una negación por no querer ceder el lugar del más pequeño? Recuerdo la alegría de mis padres con su llegada y la emoción de Dolly y mía al subir corriendo hasta la misma habitación en el cuarto piso de la clínica, la misma en la que nacimos ella y yo, para conocer a la nueva integrante de la familia. Era una gordita hermosísima con unos ojos azul grisáceo bellos, de gran profundidad. Nos sorprendía como crecía rápidamente. Muchas veces la cambiábamos y a veces nos dejaban bañarla.
