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Mayo
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Libro electrónico152 páginas1 hora

Mayo

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Información de este libro electrónico

Después de «Dos hermanos», Sergio Dubcovsky vuelve a Villa Laura y

cuenta la historia de un duelo familiar.
Sergio Dubcovsky cuenta otra historia de asordinada, exacta emotividad:

la de una familia tipo que sobrevive a la muerte del padre, hombre de

pocas palabras y, como se irá viendo, muchos misterios. Un hijo con

ansias de escaparle al encierro pueblerino, una esposa disciplinada cuya

procesión -como suele decirse- va por dentro y un Ford Taunus de color

amarillo que se despega violentamente del fondo en sepia de la vida

cotidiana, son los protagonistas de un relato agridulce y absorbente,

cuyos ecos, como una invitación o como una amenaza, reverberan mucho

después de agotada la última página.
IdiomaEspañol
EditorialMONDADORI
Fecha de lanzamiento1 ene 2012
ISBN9789876581103
Mayo
Autor

Sergio Dubcovsky

Sergio Dubcovsky nació en Buenos Aires en 1967. Estudió periodismo y se graduó de licenciado en Comunicación Social en la Universidad de Buenos Aires. Dos hermanos (previamente conocida como Villa Laura) es su primera novela, y fue llevada al cine por el director Daniel Burman. También escribió Las cenizas (2007) y Mayo (aún inédita).

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    Mayo - Sergio Dubcovsky

    Cubierta

    SERGIO DUBCOVSKY

    MAYO

    MONDADORI

    A Mateo y a Lara

    Es difícil admitirlo, pero cuando me enteré de que mi padre había muerto, sentí alivio. Antes alivio que tristeza o desesperación o desamparo. Fue un latigazo de alivio, una ráfaga que me atravesó sin lastimarme. Después, sí, la culpa. Estaba sentado en la sala de espera de la oficina de correo. Hacía calor. Humedad tremenda. Una tarde pegajosa, incómoda. Tenía la camisa blanca transpirada. Aureolas grisáceas debajo de los sobacos. Faltaba poco para que terminara mi día de trabajo y descontaba los minutos, uno a uno. Miraba el reloj para empujar las agujas. Carlota estaba subida a una banqueta y ordenaba en una caja de cartón las cartas que yo iba a tener que repartir al día siguiente. Lo hacía despacio. El vestidito floreado se le levantaba por el viento que el ventilador de techo soplaba a pulmón. Se le veía la bombacha blanca a Carlota. Yo se la miraba. También la tenía transpiradita. Me acuerdo que miré el reloj y retuve la hora: sólo faltaban unos segundos para las 2. Marisa entró como una tromba. La campana de la puerta quedó tintineando un rato largo.

    —Ángel, vení. Rápido. Se murió tu papá —me dijo. Lo largó como un vómito. Lloraba.

    Ahora puedo decir que sentí alivio porque la noticia no me provocó ninguna urgencia. La reacción fue la misma que si me hubiera dicho que se inundaba el campo de los Roldán o que la perra de Braulio estaba pariendo. La desgracia me rozaba, apenas me raspaba la piel. Me la sacudí como quien espanta una mosca que lo está molestando. Me paré. Marisa se me tiró encima. Temblaba. Mi camisa se pegó a su piel. Sentí un escalofrío. Nunca pude saber si era un efecto retardado de la noticia o la corriente eléctrica que salía de los pezones de Marisa. La abracé fuerte a mi prima. Estuvimos así un rato largo. Carlota nos espiaba. Tenía una carta en la mano y se había quedado dura. La vi recién cuando levanté la cabeza. La miré a los ojos. Ella no aguantó y enterró la mirada en el suelo.

    —¿Dónde está mi vieja?

    Fue lo primero que pregunté. Era mi única preocupación. No pregunté cómo había muerto mi padre ni dónde estaba el cuerpo. Pregunté dónde estaba mi vieja.

    —En la casa —me dijo Marisa. Ella ya tenía la ropa empapada. Yo la había empapado. Me fui sin saludar a Carlota. No tenía que pedirle permiso para irme. Ya era la hora de salida.

    En Villa Laura no había más de mil quinientos o dos mil habitantes, me parece. Muchos, más de lo que imaginaba, fueron al funeral de mi padre. El cementerio está a la entrada del pueblo, sobre el camino de tierra que une la ruta 35 y el caserío de Lauría Calvo. El cortejo recorrió las dos o tres cuadras en silencio. Ni llantos se escuchaban. Llevé a pulso el cajón con otros cinco hombres. Ninguno era familiar. Daniel, mi hermano, era chico. Mi tío Eduardo, el esposo de la hermana de mi vieja, estaba enfermo y débil para hacerse cargo de la tarea. Pesaba un montón el cajón de mi padre. Los brazos sentían el esfuerzo. No sé bien en qué pensé en ese viaje obligado bajo el sol abrasador del verano. Me sentía seco, sin lágrimas, sin sentimientos. Cuando llegamos al cementerio, dejamos el cajón en la capilla y yo me quedé parado al lado de mi vieja. La gente, vestida de negro y blanco, iba pasando y nos saludaba. Ponían cara de tristeza. Me palmeaban el hombro. Metele para adelante, Angelito, me decían. Después se acomodaban como podían y esperaban.

    El cura dio la orden a las seis y caminamos hacia la fosa por una callecita estrecha. En este último tramo no cargué el cajón. Mi vieja me agarraba de un brazo, se apoyaba en mí y también en Daniel. Yo leía las lápidas mientras sentía en la pesadumbre del aire la sensación de pena de las personas que nos escoltaban. Después, fueron sólo sonidos. La voz nasal del párroco leyendo una elegía. El ruido de la pala incrustándose contra la tierra reseca. El chirrido de las sogas descolgando el ataúd. El estruendo seco de la madera contra el fondo de la fosa. El llanto conmovedor de mi vieja. Los rasguños de las flores cayendo con liviandad sobre el cajón. La andanada de piedrazos que sepultaban una vida.

    Al final de todo, el silencio.

    —Se la vio venir, seguro. Eusebio me contó en el cementerio que antes de caerse le vio el miedo en los ojos. Estaba arreglando el alternador de un rastrojero…

    —¿De quién era el rastrojero? —preguntó Daniel.

    —Eso que importa, Dani. Dejala hablar a Marisa —le pidió mi vieja.

    —Decía que Eusebio me dijo que Raúl se la vio venir. Estaba arreglando el alternador del rastrojero ese, de pronto se agarró el pecho, lo miró a Eusebio, se quiso apoyar en una pared y se cayó al suelo. No se levantó más. A Eusebio le quedó grabada la expresión de los ojos. Él cree que supo antes que nadie que se moría. Eusebio estaba destrozado. Hasta me llegó a decir que le parece que con esa mirada le quiso decir algo, como que le estaba pidiendo un favor. No sé. Para mí que a Eusebio se le vinieron encima los veintipico de años trabajando juntos. Está mal. No quiere ni pisar el taller. ¿Vos qué pensás, Ángel?

    —Yo no pienso nada, Mari. ¿Qué importa lo que yo piense ahora? —le dije y seguí jugando al solitario con un mazo de cartas viejas.

    Marisa se fue al rato. Cenamos, a pesar del calor, guiso de papa e hígado de chancho. Daniel, mi vieja y yo. Solos. Pensé que, al cabo, las cenas cuando vivía mi padre no eran tan distintas. Él estaba en su mundo. Apenas si rozaba el nuestro. Era un fantasma que flotaba por la casa, atravesaba paredes y también la vida de los demás. No podría decir que tuviera una relación distinta con la vieja. Mi padre era igual con todos. No es fácil recordar su sonrisa. La reciedumbre de su cara imponía respeto. Y mucho más sus manos. Manos de mecánico, tal vez. Manos callosas. Manos negras. Manos poderosas. Podía abrir el frasco que se les resistía a todos o sacar la tuerca oxidada que hacía sudar a mares al pobre Eusebio. Eso sí, no servían para acariciar. Raspaban. Eran lijas. Sus caricias dolían. Era una buena excusa, entonces: no acariciaba para no lastimar. Nunca advertí que tuviera un gesto cariñoso con mi vieja, sólo la formalidad de pasarle el brazo por sobre el hombro los domingos cuando volvíamos de misa. Él la tomaba con firmeza, como marcando territorio, y caminaban así por la calle principal. Yo iba delante de ellos con Daniel. Pateábamos piedritas.

    —¿Cuántos años tenía mi padre?

    —Más o menos sesenta, Ángel.

    —¿Tantos?

    —No los aparentaba. Era fuerte, hijo.

    No sé si no los aparentaba. Yo lo sentía lejano, como a años luz de distancia. Como si nos separara más de una o dos generaciones. Yo tenía veintiún años y él había muerto a los sesenta y tantos, decía mi vieja. Había un océano entre los dos.

    —Vieja, ¿dónde nació mi padre? No era de Villa Laura, ¿no?

    —No, él no nació en Villa Laura. Vino ya de grande. Yo lo conocí, al poco tiempo nos casamos y al año viniste vos. Creo que él había nacido en Armstrong o en un pueblito por ahí. No sé bien. Alguna vez me lo dijo, pero yo ya no me acuerdo. Andá a dormir, Angelito. Fue un día tremendo para todos. Muy triste. No preguntes más y anda a la cama.

    Le hice caso y me fui a la cama.

    Me desperté a la madrugada. Llovía. Me desperté porque llovía, entonces. Siempre que llueve me despierto. El repiqueteo del agua sobre las chapas me saca de la cama. Me paré frente a la ventana a mirar la lluvia. Caía agua a baldazos. Una mancha de humedad crecía cerca del techo. Estuve no sé cuánto tiempo con la mente en blanco hasta que me ganó otra vez el sueño y volví a la cama.

    A Raúl lo conocí cuando tenía veinte años más o menos. Yo había andado de novia a los quince, nada más, con un pibito que después se fue para Uranga. Raúl era mayor que yo, bastante mayor. Tal vez me lo dijo varias veces, pero yo ya no estoy segura de nada. Cuando lo conocí debía tener cerca de cuarenta. Se le notaban los años vividos en la mirada. Miraba como un hombre que había vivido mucho. Eso fue lo que me atrajo. No era un tipo lindo, de ésos que se dice lindos. Medía un poco más que yo, era morocho, el pelo cortado al ras, ojos negros, manos fuertes, piel áspera, como gastada. Su voz era grave y apenas si se escuchaba. Todo lo decía en secreto. No era tímido, más bien era reservado.

    Cuando lo conocí a Raúl, yo vivía con mi madre y mi hermana. Mi padre nos había abandonado hacía mucho tiempo. Mi madre cosía. Arreglaba ropa que los vecinos le traían y a veces copiaba moldes de las revistas para clientas que podían pagar más. Yo aportaba mi sueldo. Ganaba unos pesos trabajando a la mañana en la pensión. Limpiaba las habitaciones y ayudaba a la dueña a hacer el desayuno para los viajantes que paraban en el pueblo. La pensión de Villa Laura era de las mejorcitas de la zona. Se comía bien. Así se había hecho fama. Muchos comisionistas y vendedores de baratijas elegían Villa Laura para dormir. Me parece que también la pensión era buena para hombres solos porque sobre la ruta 35 había un cabaret y la dueña no tenía problemas en que

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