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Dejaré de pensar en el mañana
Dejaré de pensar en el mañana
Dejaré de pensar en el mañana
Libro electrónico281 páginas3 horas

Dejaré de pensar en el mañana

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Información de este libro electrónico

Heredia recorre las calles de una ciudad dominada por un enemigo desconocido y letal. La muerte de una funcionaria vinculada a la compra de medicamentos lo hará explorar un mundo distorsionado por intereses económicos y afectos no correspondidos
IdiomaEspañol
EditorialLOM Ediciones
Fecha de lanzamiento18 dic 2024
ISBN9789560018915
Dejaré de pensar en el mañana

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    Dejaré de pensar en el mañana - Ramón Díaz Eterovic

    1

    Era un tiempo extraño, incierto, de esperanzas atropelladas por el virus invisible y el pobre reflejo de las existencias manipuladas por los medios que repetían la vieja historia de la caverna de Platón. Confundir la realidad con las sombras y creer en ellas como en una verdad irrefutable. Un tiempo en que la vida y la muerte se miraban intensamente a los ojos y cualquiera podía viajar en el metro con la fatalidad sentada a su lado, respirándole a la cara. Morir y vivir eran cartas lanzadas a la mesa y tan solo el azar podía definir el destino de los jugadores.

    Los ecos de la reciente revuelta ciudadana todavía estremecían las calles y sus efectos se confundían con la incertidumbre del virus que recorría la ciudad dibujando un paisaje apocalíptico, esbozo de un fin de mundo anticipado por escritores, científicos y agoreros de orígenes desconocidos. De pronto las horas carecían de sentido y los días eran olas condenadas a morir en la línea de un horizonte. Se cumplían dos meses desde el comienzo de la pandemia y mis desplazamientos estaban reducidos a los escasos momentos en que exploraba el paisaje desolado de mi barrio. Había pasado de la esperanza al desaliento provocado por el contagio y los acomodos políticos que amenazaban el fuego del reciente estallido social. Mi vida y todo lo que me rodeaba estaba en un punto de aparente sin retorno.

    El abandono de la ciudad me provocaba un sentimiento de irrealidad y asombro que a ratos parecía adquirir materialidad y deslizarse como una sombra tras mis movimientos. Ese sentimiento me acompañaba hasta que conseguía quedarme dormido luego de recordar que estaba prohibido salir a la calle sin contar con el salvoconducto que limitaba las horas y los motivos para abandonar la residencia habitual. Comencé a utilizar con mayor frecuencia el celular que me regaló mi hijo Goran para obtener los permisos que me permitían recorrer el barrio, comprar alimentos, café, cigarrillos, vodka y la comida para mis gatos. En las salidas me cruzaba con vecinos que caminaban apurados y parecían no reconocerme tras la máscara que me cubría parte del rostro. Los dejaba seguir sin saludarlos y continuaba mis compras con la sensación de ser uno de esos asaltantes enmascarados de las películas de vaqueros de mi adolescencia. Me estaba poniendo rabioso, como un perro que tiene muchas pulgas y pocas ganas de rascarse. Me molestaban demasiadas cosas, y el dolor de rodillas que me atacaba por las mañanas no me ayudaba a mejorar mi estado de ánimo. La vida era así, me decía después del primer café y el ibuprofeno que compraba al tipo que se instalaba con un carrito de remedios en el mercado Tirso de Molina. Quejarse era tan inútil como intentar abrazar al viento.

    La ciudad y yo languidecíamos. Los clientes ya no llegaban con el débil pero permanente flujo de antaño, y disminuían los billetes que guardaba en una lata de té verde que tiempo atrás había comprado en los alrededores de la Estación Central. A falta de clientes, y a pesar del desánimo provocado por el virus, seguía una rutina que consideraba media hora de ejercicios suaves o una caminata por el departamento; dos horas de lectura, un tiempo para preparar la comida, ver una película o escuchar la radio. Mi viejo gato Simenon resentía los cambios. Comía poco, pasaba gran parte del día dormitando al calor del sol y sus huesos envejecidos no le permitían salir a recorrer los tejados como hacía en otra época. Pugliese, el gato pequeño que cuidaba por encargo de mi amiga Griseta, seguía con atención sus movimientos, y cuando se aburría, husmeaba por las habitaciones o se aventuraba por los laberintos abandonados del barrio.

    Según las noticias, en los hospitales faltaban camas y equipos de respiración, y en sus accesos principales se juntaba una cantidad inusual de ambulancias que trasladaban a los contagiados. Estampas del caos producido por un enemigo para el que nadie parecía tener una fórmula de contención y que obligaba a la gente a enmascararse, a lavar sus manos con frecuencia y a limpiar los objetos de uso habitual con alcohol, amonio cuaternario o rayadura de hueso de tigre. Era una de las tantas caras de la humanidad disciplinada por el temor y el deseo de sobrevivir.

    La vida conocida hasta ese momento era una interminable fiesta de máscaras. La expansión del virus parecía una farsa manipulada por un todopoderoso titiritero que imponía el temor a la muerte. O peor aún, era producto de una estrategia de los poderosos para acallar las rebeldías que se expresaban en las calles de todo el mundo. En lo más íntimo, comenzaba a sentir que mi vida no volvería a ser la de antes. No temía morir de un día para otro ni nada parecido, pero había cosas que no volvería a hacer y lugares a los que no regresaría. Los viajes fuera de Santiago eran cada vez más complicados y seguramente faltarían amigos la próxima vez que saliera a la calle o entrara a los bares de mi gusto. No había día en el que no encontraba una de esas preguntas que tenían una respuesta amarga: ¿Te acuerdas de Opazo? ¿Sabes lo que le pasó a Villagra? ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con Abelardo Sorrel? Concluía una forma de vivir y empezaba otra de la que sólo podían hacerse vaticinios o ficciones, una vida de encierro y comunicaciones a través de redes cibernéticas.

    Con suerte sería un sobreviviente obligado a vivir con los restos de la existencia que conocía hasta el inicio de la pandemia. Sería incapaz de mirar el futuro con esperanza, salvo la de una muerte rápida y sin otro esfuerzo que cerrar los ojos y dejar de respirar, como la de un gato al que sorprende tendido sobre el choapino tejido por la abuela. De golpe y porrazo, de un día a otro, había quedado al margen del juego. Las relaciones entre las personas empezaban a ser otras. El lenguaje y las formas de comunicarse cambiaban a diario, los sueños dejaban de ser colectivos y se reducían a la imagen que proyectaban los espejos individuales. Tan solo el mal permanecía intacto en sus diversas condiciones y características.

    El sol seguiría alumbrando, pero el paisaje sufriría inesperadas transformaciones derivadas de daños originados por la humanidad. Hambre, deshielo, altas temperaturas, falta de energía y conta-minaciones nucleares. El fin de la existencia humana que no merecía las bondades de la Tierra. Un cambio de escenografía y la aparición de actores más dotados para la racionalidad y el amor.

    Simenon trepó con dificultad por una de las faldas de la cama y se tendió a mi lado. Acaricié sus orejas y él me observó con fastidio.

    –Nos queda poco. Debemos sentarnos a esperar que el aluvión cubra nuestras cabezas –dijo y acompañó su comentario con un ronroneo desganado.

    –¿Y qué hay con eso de las siete vidas de un gato?

    –Soy de los pesimistas que las consideran publicidad engañosa o fábulas de viejas hechiceras. Una mentira, igual que el paraíso de los humanos.

    –Mala cosa. Y yo que esperaba ser un gato en mi próxima vida. Un gato de existencia reposada.

    –Te podría tocar ser un gato de feria y callejones. Un gato con las orejas mordidas y cicatrices en el lomo.

    –¡No mates mis últimas ilusiones, Simenon! Sigamos creyendo en las siete vidas de los gatos y la eterna sonrisa de los payasos.

    –Come el pan que te toca y agradece que te quedan dientes en la boca.

    –De un tiempo a esta parte estás insoportable. No pienso renunciar a mis pequeñas esperanzas.

    –Me entretiene ver a los humanos encerrados en sus covachas mientras a los gatos nada ni nadie les impide ir de un techo a otro.

    –Ya pasará –añadí sin mucha confianza.

    –Seguramente, pero el virus dejará huellas y lamentos. No intentes ver oro donde sólo hay vidrio molido que brilla bajo el sol.

    2

    A las nueve en punto de la noche sonó el teléfono, como si la mujer que mencionó mi nombre al otro lado de la línea hubiera esperado llamar a una hora exacta y fácil de recordar. Repitió mi nombre y yo guardé silencio, esperando que algo, una inflexión de la voz o su respiración agitada, delatara en parte sus intenciones.

    Pero no ocurrió nada.

    –¿Qué necesita? –pregunté finalmente, tratando de disimular la curiosidad que me provocaba la misteriosa llamada.

    –¿Es usted Heredia? ¿El detective? –insistió.

    –¿En qué puedo serle útil? –pregunté obviando que la llamada estaba dentro de un horario poco usual.

    –Una amiga me habló de usted. No sé de dónde se conocen, pero no escatimó palabras para elogiarlo. Selma Briones.

    –¿Selma Briones? No recuerdo ninguna amiga con ese nombre. Tal vez usted desea hablar con otra persona y marcó mi número por equivocación.

    –Me contó que fueron compañeros en la universidad y que años después, cuando ya ejercía como abogada, se enteró por la prensa de sus labores detectivescas. Al parecer hizo un par de intentos por ubicarlo, y al no obtener resultados dejó la búsqueda para otro momento que nunca llegó. Yo tuve más suerte, empecé por buscar en la internet las antiguas páginas amarillas que antes se publicaban en papel. No quiero mirarlo en menos, pero su nombre y teléfono apenas ocupan dos líneas entre los avisos de otras agencias de investigadores privados.

    –La cantidad y la calidad no siempre andan de la mano –dije, dispuesto a llegar hasta ahí con la conversación.

    –Lo siento, no quise ser grosera –agregó la mujer, y enseguida volvió a mencionar a Selma Briones.

    –No recuerdo a su amiga y tampoco me extraña el olvido. El tiempo todo lo desordena y confunde. Y en eso se parece al viento, a las enfermedades y a las rupturas sentimentales.

    –Me llamo Carmen Urbina.

    No venía al caso, pero el nombre me recordó a Carmen Trigo, una amiga que no trataba desde hacía más de quince años, pero que veía en las portadas de los libros que publicaba cada cierto tiempo.

    –Puedo escuchar la historia que la llevó a marcar mi número –dije finalmente–. ¿De qué se trata?

    –Tengo miedo –comenzó a decir la mujer y luego se quedó callada, como arrepentida de sus palabras.

    –¿Miedo? ¿De qué tiene miedo?

    –Olvídese de lo que dije. No es el mejor comienzo para los hechos que deseo exponer.

    –¿De qué tiene miedo? –pregunté por segunda vez.

    –De lo que pueda pasar con mi esposo.

    –¿Cuál es su problema? ¿Cree que le es infiel? ¿Que la dejará por otra mujer?

    –No, claro que no. Una situación de esa naturaleza la resolvería por mi cuenta.

    –¿Su marido está enfermo?

    –En tal caso tampoco llamaría a un detective privado –dijo la señora Urbina, y luego de una pausa que me pareció excesivamente prolongada, agregó–: Me cuesta decirle ciertas cosas sin mirarlo a la cara y ver sus reacciones. Sé que no es época de citas y reuniones, pero ¿existe la posibilidad de que nos veamos? Pagaré el riesgo que corra y cada minuto que ocupe en escucharme.

    –Hay cosas por las cuales no es necesario pagar. Deme una pista para intuir de qué se trata. Hasta los peces más voraces necesitan de una carnada atractiva para morder el anzuelo.

    –Mi marido es un ejecutivo a cargo de adquisiciones en un ministerio. No suele hablar mucho de su trabajo, pero tengo información que me permite afirmar que está amenazado de muerte.

    –¿Compras? ¿Amenazas? Es raro que a alguien lo amenacen de muerte en una época en que se puede morir con sólo tomar una bocanada de aire contaminado. Usted debe saber que el Covid no respeta a ejecutivos ni peones, y se pasea a sus anchas por palacios y covachas.

    –Dígame un lugar y una hora, y mañana le cuento los detalles de mi historia.

    –A las diez en la Plaza Brasil, junto al escaño que está frente a unos juegos infantiles. ¿Se ubica? Poca gente, aire libre, discreción.

    –Conozco la plaza. Y por favor, sea puntual, porque los pases de movilización tienen un límite de tiempo. Y no olvide llevar mascarilla.

    –¡Cómo olvidarlo! Usted no imagina lo que me apasiona andar por la calle con aspecto de ladrón de banco.

    ***

    Dos perros giraban distraídamente alrededor de un basurero metálico y un obrero municipal vestido con overol amarillo regaba las plantas y arbustos del lugar. Carmen Urbina ocupaba el escaño que le había indicado en nuestra conversación telefónica. La vi consultar su reloj en dos oportunidades separadas por pocos segundos y me bastó eso para tener la certeza de que se trataba de una mujer preocupada. Era delgada, de mediana estatura y debía estar cerca de los sesenta. Llevaba los cabellos teñidos de un negro azabache y vestía un sencillo traje azul de dos piezas. Cuando me vio caminar a su encuentro, se puso de pie y ajustó la mascarilla con la que cubría su boca y nariz. Me presenté y ocupé un lugar en el escaño. Me incomoda conocer personas y no ver sus rostros. Uno ve la mitad de la cara, un tercio de la cara, un cuarto de la cara de las personas que tenemos a nuestro lado. No se pueden conocer sus reacciones y menos atisbar en sus emociones.

    –Pedí un permiso virtual de dos horas para ir a comprar remedios –dije–. No quisiera tener que dar explicaciones a los carabineros. Nunca oyen lo que uno les dice, y si llegan a escuchar da lo mismo. Son de ideas fijas.

    –Podría discutir sus ideas, pero no es lo que me interesa en estos momentos, Heredia.

    –¿Qué tiene que decirme acerca de su esposo?

    –Mi esposo es el doctor Valerio Luján. Lo habrá visto probablemente en la televisión o en la prensa –dijo ella con tono asertivo, como si estuviera hablado de un cantante popular o un actor de teleseries.

    –No me dice nada ese nombre –dije sin hacer concesiones a la simpatía–. Desde que empezó la pandemia evito la televisión y otros medios de prensa concertados para comunicar terroríficas estadísticas de muertos y contagiados. Toda una película de horror de la que prefiero quedar al margen y permitir que la muerte me sorprenda en calzoncillos.

    –Es médico y funcionario del Ministerio de Salud. Un buen profesional que ha sobrevivido a gobiernos de distintos colores y que en la actualidad tiene un rol clave en el combate de la pandemia.

    –¿Qué es un rol clave? –pregunté, interrumpiendo a la mujer.

    –Gestiona el programa que permitirá traer al país algunas de las vacunas que se estudian en el extranjero. Preside comisiones encargadas de tomar dos importantes decisiones: la vacuna que se comprará y la manera más eficiente de distribuirla por el país. Hay muchos ojos puestos sobre el trabajo y las decisiones de Valerio.

    –Decisiones que supongo están relacionadas con la amenaza.

    –Hace una semana recibí una carta que decía: «Cuide su salud y la de su esposo. Consiga que él actúe razonablemente. Dígale que no pierda la oportunidad de tener nuevos amigos». Le mostré la carta a Valerio. Señaló que a menudo recibía presiones de los proveedores que participaban en las licitaciones. Amenazas, ofertas de dinero y regalos que iban desde una caja de vino hasta cruceros por costas europeas. Restó importancia a la carta y no quiso hablar más del asunto. Entonces hablé con Sergio Vilcún, uno de sus asesores. Él y mi esposo se conocen desde la universidad. Han trabajado juntos durante muchos años y en más de una ocasión hemos compartido nuestras vacaciones. Es un hombre ponderado que no se deja llevar por los impulsos ni hace las cosas a tontas y locas.

    –¿Qué le dijo?

    –Mi marido no le había contado nada sobre la amenaza, pero, al igual que Valerio, le restó importancia. Dijo que cuando se realizan grandes compras, los proveedores utilizan infinitas formas de presión.

    –¿Incluso amenazas de muerte?

    –Le hice la misma pregunta a Valerio y se limitó a mover los hombros y sonreír.

    –¿Informó su marido a sus superiores en el ministerio?

    –No quiso. Teme que lo saquen de las comisiones que dirige. Mi esposo cree que está frente a la última oportunidad de hacer algo importante para la valoración de su desempeño profesional. Hasta ahora siempre ha estado en segundo plano. Pudo ser jefe de Servicio o ministro, pero nunca tuvo el respaldo de un partido político.

    –¿Y por qué ahora está a cargo de dos comisiones?

    –Valerio piensa que hay dos explicaciones posibles. La primera tiene que ver con un gobierno que tiene fecha de término a corto plazo. No es fácil encontrar a un partidario del gobierno que quiera asumir un cargo público por poco tiempo y para una tarea complicada. La segunda respuesta tiene que ver con el ministro, quien fue lo suficientemente listo para darse cuenta de que Valerio es capaz de hacer una gestión exitosa. En resumen, Valerio aportará sus conocimientos y el ministro su habitual desplante frente a las cámaras de televisión.

    –Por lo que usted cuenta, su marido parece contento con la música que le pusieron –dije, y después de una pausa que ocupé en observar la plaza, agregué–. No crea que me da lo mismo su preocupación, pero me parece exagerado contratar mis servicios.

    –Tengo miedo, señor Heredia. Miedo de que nos pase algo a los dos.

    –El asunto de la amenaza se resuelve con una conversación entre usted y su marido. Pídale que le explique sus razones para no dar importancia a la amenaza. Con eso es probable que usted dimensione de otra manera la nota que recibió. Y si las explicaciones no la convencen, pídale que informe al ministro para que la policía se preocupe de la seguridad de usted y el señor Luján. La solución a su problema está en sus manos, señora. No requiere un detective privado.

    –Veo que no quiere hacerse cargo

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