Cristina. La historia de mi vida
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Sin embargo, cuando parecía que habíamos alcanzado esa estabilidad que tanto anhelábamos, la vida me arrancó lo más valioso en un abrir y cerrar de ojos. La muerte inesperada de mi marido fue el golpe más brutal que jamás imaginé. En un instante, todo lo que daba sentido a mi existencia se desmoronó. El hombre con quien había compartido mis mayores ilusiones se fue sin despedirse, dejándome en medio de un abismo oscuro, con una hija a quien mirar a los ojos sin saber qué palabras darle para consolar su dolor… y el mío.
Hoy sobrevivo, día tras día, con la mente en la tierra y el corazón roto, vacío. He aprendido que, a veces, la vida no te da tiempo de sanar antes de que te lance al siguiente desafío, y me pregunto cómo se sigue adelante cuando el alma parece haberse quedado en el pasado, junto a esa persona que ya no está.
Sin embargo, sigo de pie. Porque mi hija me mira, y en sus ojos veo la esperanza que debo seguir alimentando. Ella es lo único que aún me mantiene atada a este mundo. Cada día me esfuerzo por enseñarle que, aunque la vida nos arranque lo que más queremos, no puede arrebatarnos la capacidad de amar y seguir siendo fuertes. En su risa, a veces, escucho ecos de mi propia infancia, de mi pasado feliz, y me aferro a esos momentos como quien se aferra a una cuerda en medio de la tormenta.
Esta es mi historia. La historia de una mujer que amó con todo el alma, que lo perdió todo, pero que sigue luchando por aquellos que todavía dependen de su fuerza. Porque aunque mi corazón esté muerto, no he dejado de vivir para ella, para mi hija. Y tal vez, en algún rincón de esta vida, todavía pueda encontrar la paz que tanto anhelo.
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Cristina. La historia de mi vida - Mª del Carmen Valiente González
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info@Letrame.com
© Mª del Carmen Valiente González
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1089-604-8
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Porque es tocando fondo, aunque sea en la amargura y la degradación, donde uno llega a saber quién es, y donde entonces empieza a pisar firme.
(José Luis Sampedro)
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Quiero expresar mi más profundo agradecimiento a mis hijos, que llenan de luz mis días con su amor y alegría constante. A mi pareja, por ser mi roca, por apoyarme en cada uno de mis proyectos y creer en mí incluso cuando yo misma dudaba. Y a mi hermana Cristina, mi referente y mi inspiración para escribir este libro; su valentía, su fuerza y su resiliencia me han guiado en cada palabra. Sin vosotros, este sueño no habría sido posible.
Prólogo
Este libro nace de la necesidad de contar la historia de mi hermana, María Cristina, una vida que, aunque fascinante, siempre ha estado marcada por la tragedia. Desde que vino al mundo, su existencia ha sido un constante desafío, lleno de momentos luminosos pero también de sombras que nunca dejaron de acecharla. María Cristina vive, y cada día sigue enfrentando la vida con una fortaleza admirable. Sin embargo, las dificultades que ha atravesado y las pruebas que la han marcado no pueden quedar en el olvido.
Su historia merece ser contada, no solo por lo que ha vivido, sino también por lo que representa: la lucha incansable de alguien que, a pesar de todo, sigue adelante. Escribo este libro porque desde que tengo memoria, he sentido un profundo sentido de protección hacia ella. Quizá por ser la mayor de las tres hermanas pequeñas o tal vez porque, de alguna manera, siempre supe que necesitaría de ese apoyo. Contar su vida es, para mí, una forma de honrar ese lazo que nos une, y de dar a conocer una historia que, aunque íntima, creo que puede resonar en muchos corazones.
María Cristina ha atravesado alegrías y sufrimientos que podrían haber quebrado a cualquiera. Pero, en su fortaleza y vulnerabilidad, hay una lección poderosa. Este libro es mi forma de ofrecer esa lección al mundo y de mostrar que, a pesar de las adversidades, siempre hay esperanza, siempre hay amor, siempre hay lucha.
Su vida merece ser recordada, no solo por mí, que la he acompañado en cada paso, sino por todos aquellos que creen en la capacidad del ser humano para resistir, para encontrar la luz incluso en medio de la oscuridad.
Capítulo 1
El nacimiento de María Cristina
Era septiembre de 1979 cuando nació María Cristina, la sexta hija de la familia. Aquella tarde, el hospital de Cáceres, con su trajín habitual, fue testigo de la llegada de una niña a un hogar que, aunque numeroso, nunca dejó de recibir con los brazos abiertos a un nuevo miembro. María Cristina llegó al seno de una familia humilde de Coria, un pequeño pueblo cacereño. Mi padre, un hombre incansable, trabajaba en la construcción, y mi madre, siempre ocupada, se encargaba de las tareas del hogar y de la crianza de seis hijos, lo que no le dejaba mucho espacio para dulzuras ni para cuentos de buenas noches.
Mi madre no era de esas mujeres que cantaban mientras cocinaban, ni tenía tiempo para juegos o canciones. La vida le había forjado un carácter duro, quizás por las circunstancias, por la presión de sacar adelante a tantos hijos con los pocos recursos que teníamos. No era que no nos quisiera, pero el amor, en nuestra casa, se expresaba de otras maneras: en la comida caliente siempre a la hora, en la ropa limpia o en el orden riguroso que mantenía a flote nuestro hogar. Recuerdo que, de niña, anhelaba esos momentos de cariño, de conexión. Sin embargo, también entendí, con el tiempo, que su distancia no era falta de amor, sino el peso del sacrificio.
Yo tenía seis años cuando mi hermana nació, pero no era la menor, ocupaba el cuarto lugar en nuestra numerosa fila de hermanos, y a esa edad ya entendía un poco cómo funcionaban las cosas en casa. Sabía que cada nuevo nacimiento traía consigo una mezcla de alegría y preocupación. Alegría por la vida que se sumaba, y preocupación por cómo gestionar un hogar cada vez más lleno.
Sin embargo, cuando supe que tenía una nueva hermana, una chispa de emoción se encendió en mi interior. En el fondo, la inocencia de mis seis años me hizo sentir especial, como si la llegada de María Cristina fuera, de alguna manera, también un regalo para mí.
Recuerdo el momento en que la vi por primera vez, pequeña y envuelta en una manta. No lloraba, solo miraba alrededor con esos ojos nuevos, curiosos, que aún no comprendían el mundo al que había llegado. Supe, en ese preciso instante, que siempre la querría y que, a mi manera, la protegería. En medio del bullicio y el caos que era nuestra vida diaria, ella se convirtió en mi pequeño refugio. Sentía que, aunque éramos muchos en casa, siempre encontraría un espacio para compartir con ella, para acompañarla.
Pese a las dificultades, en casa celebramos su llegada con alegría. Quizás no había grandes fiestas ni tiempo para grandes muestras de cariño, pero sí existía una especie de satisfacción interna, una aceptación de que, aunque fuéramos seis, siempre habría lugar para más amor. A mi manera, sentía que ella completaba algo en nuestra familia, que su llegada traía un nuevo equilibrio.
En aquellos días, mientras el país avanzaba torpemente hacia la democracia, después de décadas de dictadura, nuestras preocupaciones eran mucho más inmediatas: las largas jornadas de trabajo de mi padre, los escasos recursos, las tareas interminables que ocupaban a mi madre. La transición política parecía lejana, como si ocurriera en otro mundo.
Nosotros vivíamos el día a día, tratando de salir adelante. En cuanto al nombre de María Cristina, algo curioso sucedió. Por aquella época sonaba mucho una canción que decía: «María Cristina me quiere gobernar, y yo le sigo, le sigo la corriente, porque no quiero que diga la gente que María Cristina me quiere gobernar». La canción estaba en boca de todos y, aunque mi madre no era de cantar, aquella melodía parecía perseguirnos en cada esquina. La ironía no se nos escapaba: con su nombre, María Cristina nos gobernaría a todos de alguna manera. Quizás no con su voluntad, pero sí con su presencia, con su llegada que lo transformaba todo. Coria continuaba con su vida tranquila, pero para nuestra familia, la llegada de María Cristina marcó el inicio de una nueva etapa. Mientras el país lidiaba con los cambios, nosotros también nos adaptábamos a la llegada de un nuevo miembro. No había tiempo para lamentaciones o quejas; simplemente, la vida seguía y nosotros, uno más, continuábamos adelante.
Y así, esa niña creció en medio de esa vorágine, rodeada de manos que, aunque a veces cansadas, siempre estaban dispuestas a cuidarla. Desde su llegada, supe que, sin importar lo que la vida nos deparara, la querría y protegería siempre, como si aquel lazo que nació entre nosotras en esos primeros días fuera indestructible.
Ahora, al recordar ese momento, siento que, a pesar de los años y de las dificultades que vinieron después, la promesa silenciosa que me hice cuando la vi por primera vez sigue intacta. Porque, aunque la vida a veces no es como la imaginamos, el amor entre hermanas, ese amor que nace en lo más profundo, permanece inquebrantable.
Capítulo 2
La pequeña Cristina y algunos incidentes
Mi hermana Cristina era una niña verdaderamente especial desde sus primeros años. A diferencia de muchos niños de su edad, que suelen ser un poco más torpes o tímidos, ella siempre fue muy despierta y espabilada. Desde que aprendió a caminar, no paraba quieta, explorando cada rincón de la casa con una curiosidad imparable. Pero lo más destacable de Cristina no era solo su agudeza, sino el enorme cariño que irradiaba. Era de esas niñas que, si te descuidabas un segundo, ya estaba abrazándote o dándote un beso. En resumen, era pura ternura en acción.
Yo siempre decía que me seguía como un perrito faldero, y no lo digo en broma. Allá donde iba yo, iba ella, como mi sombra. Si estaba jugando en el patio, ella detrás; si me sentaba en el sofá,
