Explora más de 1,5 millones de audiolibros y libros electrónicos gratis durante días

Al terminar tu prueba, sigue disfrutando por $11.99 al mes. Cancela cuando quieras.

Autismo, discapacidad o c(u)alidad
Autismo, discapacidad o c(u)alidad
Autismo, discapacidad o c(u)alidad
Libro electrónico406 páginas13 horas

Autismo, discapacidad o c(u)alidad

Calificación: 0 de 5 estrellas

()

Leer vista previa

Información de este libro electrónico

Cada día sabemos más sobre cómo es (con)vivir con el espectro autista. Sin embargo, no tenemos tantas historias de primera mano relacionadas con el origen, la detección y esa primera vez en la que tomamos contacto con el autismo y cómo lo enfocamos: como una discapacidad, una cualidad o una calidad. Además, cuando se da en tu descendencia, todo es más complicado. ¿Qué se hace?

Aquí tienes un diario en el que verás reflejado el crecimiento de una persona que resulta estar dentro del espectro del autismo. Los retos son mayores, pero, igualmente, dan más orgullo al superarlos.
IdiomaEspañol
EditorialLetrame Grupo Editorial
Fecha de lanzamiento9 ago 2024
ISBN9788410689756
Autismo, discapacidad o c(u)alidad

Relacionado con Autismo, discapacidad o c(u)alidad

Libros electrónicos relacionados

Ficción general para usted

Ver más

Categorías relacionadas

Comentarios para Autismo, discapacidad o c(u)alidad

Calificación: 0 de 5 estrellas
0 calificaciones

0 clasificaciones0 comentarios

¿Qué te pareció?

Toca para calificar

Los comentarios deben tener al menos 10 palabras

    Vista previa del libro

    Autismo, discapacidad o c(u)alidad - Maaike Haaiveld

    Imagen de portada

    © Derechos de edición reservados.

    Letrame Editorial.

    www.Letrame.com

    info@Letrame.com

    © Maaike Haaiveld

    Diseño de edición: Letrame Editorial.

    Maquetación: Juan Muñoz

    Diseño de cubierta: Rubén García

    Dibujos de las flores de cubierta: Fernando Moreno

    Supervisión de corrección: Celia Jiménez

    ISBN: 978-84-1068-975-6

    Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

    «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

    Prólogo

    Autismo, discapacidad o c(u)alidad es una obra que relata sobre una familia con dos hijos: Edwin y Stanly. A los trece años diagnostican a Edwin con un trastorno del espectro autista (TEA). Esta primera parte trata sobre los años anteriores en que aún no hay un diagnóstico con todo lo que conlleva: inseguridades, dudas, incomprensión, alegría y sorpresas.

    .

    El título de mi obra es en honor a mi difunto cuñado, quien daba empleo a personas con TEA, un trastorno del espectro autista. Él veía el autismo como una cualidad.

    En este libro, los hechos se describen a partir de mi propia experiencia, tal como yo los veo, vivo y siento. He cambiado los nombres de personas, restaurantes, lugares y otros elementos similares que aparecen en él para proteger su intimidad.

    Asimismo, he adaptado situaciones, expresiones, afirmaciones, hechos, explicaciones y conversaciones con este fin, pero sin que ello afecte al eje de mi relato.

    .

    Mi mente es un caos. No sé cómo organizar mis pensamientos. Espero que escribir me ayude, ya que siempre me ha gustado. De pequeña, escribía cuentos cortos. Hoy en día, suelo escribir sobre lo que pienso, siento y hago. Mi nombre es Maaike Haaiveld. Estoy casada con Fernando. Juntos tenemos dos hijos: Edwin y Stanly. Edwin tiene TEA, un trastorno del espectro autista, algo que no sabíamos al nacer.

    Conocí a Fernando a los veinte años, cuando estaba de vacaciones en Rodana con mi amiga Christine. Nos alojábamos en el hostal donde él trabajaba. Cuatro años después, me licencié y me mudé a Rodana, donde Fernando había alquilado un apartamento para los dos.

    Un año y medio después, encontré trabajo como recepcionista en un hotel de Fraterniche, a cuatro kilómetros de casa. Fernando trabajaba en el mismo pueblo, pero en otro hotel y por la noche. Usábamos la misma bici para ir a trabajar.

    Nos casamos en 1999 y, a principios del 2000, me quedé embarazada. Estábamos en casa de mis padres cuando me hice la prueba de embarazo. Quería contárselo a mis padres, pero no pude por vergüenza. Al final, se lo dijo Fernando. El sexo siempre ha sido una especie de tabú para mí, algo que no se debe hacer, lo cual es comprensible cuando eres pequeño, pero no cuando ya has pasado los treinta.

    A las siete semanas de embarazo, choqué con un bolardo y caí de la bici. Dos días después, perdí unas gotas de sangre. Mis compañeras insistieron en que fuera al hospital. Tuve que guardar reposo debido a la placenta previa.

    Hay madres que disfrutan del embarazo, pero a mí me preocupaba el parto. Con tanto tiempo libre, mi mente no dejaba de dar vueltas. Me sentía insegura y culpable por no hacer nada en todo el día. Lo peor era mi miedo constante. Un miedo que había empezado trece años antes al entrenar con un expansor. De repente, sentí algo en la espalda. Solo duró un segundo, pero me asustó. No sabía lo que era. No se lo he contado a nadie. No recuerdo las veces siguientes en que lo sentí, pero el miedo persistió. Siempre está presente. Cuando me agacho, cuando me ato los cordones, cuando me siento, cuando chuto una pelota, etc. Como puede ocurrir en cualquier momento, me mantiene en alerta. He dejado de hacer ciertas cosas para no correr el riesgo de volver a sentir ese miedo. En realidad, no se le puede llamar dolor. Es más bien una sensación molesta, una advertencia de mi cuerpo de que algo anda mal. Es como cuando tienes una herida. La piel se rompe y empiezas a sangrar; tu cuerpo te avisa de que tengas cuidado. En el caso de una herida, te pones una tirita y al cabo de unos días se cura, pero en mi caso, no hay daño visible. Debería pensar que es por un mal gesto y que se pasará, pero no puedo. No sé por qué. ¿Tengo miedo de sufrir una lesión grave, temo acabar en una silla de ruedas, o qué más? Es difícil saberlo. Lo que sí sé es que me da pánico depender de otros. Si me pasara algo y no pudiera andar, ir en bici o simplemente coger algo del suelo, me sentiría incómoda si otros tuvieran que interrumpir sus actividades para ayudarme. Quizá tenga que ver con que a mí no me gusta que me interrumpan cuando estoy ocupada. Es posible. Me irrito fácilmente. (¿Será perfeccionismo?). De todos modos, el hecho de que no quiera depender de los demás es, cuando menos, curioso. Nunca he tenido que arreglármelas sola. Viví con mis padres hasta los 24 años y luego con Fernando. Nunca he vivido sola. No me gusta tomar la iniciativa, pienso que no lo haré bien. Para ser sincera, me da bastante miedo tener que depender de mí misma. Es una sensación desagradable que no mejora la autoestima.

    Martes, 26 de septiembre del 2000

    Aún estoy en la cama cuando Fernando vuelve del trabajo.

    —¿Cómo está hoy nuestro feto? —pregunta al abrir la puerta del dormitorio y se tumba a mi lado.

    —¿Sabías que hay diferentes tipos de llantos y que es necesario sostener al bebé unas tres horas al día?

    Me muestra unos artículos interesantes que ha recortado para mí. Se acerca más. Permanecemos así un rato hasta que me levanto para hacer mis ejercicios. Todavía no sabemos si será niño o niña. Mañana es la fecha prevista para el parto. Papá ya ha salido a correr y mamá está en la cocina. Una vez que he estirado todos mis miembros, me siento con ella para desayunar. Cuando papá vuelve, sube para ducharse.

    —¡Daisy! —llama después del baño.

    Probablemente porque no encuentra alguna prenda de ropa. Como esposa dedicada, mamá le prepara la ropa cada mañana. Se levanta rápidamente para ir a ayudarle.

    Después de un día de playa, me pongo a preparar arroz a la cubana. Ya es tarde. No podremos cenar a las seis como de costumbre. Me irrito y discuto con Fernando. Aunque me siento mal, no pido disculpas.

    Durante la cena, el ambiente es tenso. La comida, además, está sin sal, lo que tampoco ayuda. Después de cenar, papá termina de armar la cómoda, mientras Fernando, mamá y yo decidimos dónde colgar los cuadros de Tom y Jerry.

    Cuando voy al baño en el descanso del partido entre el FC Barcelona y el AC Milan, noto mucho moco cervical con un hilo de sangre.

    —Eso debe ser el tapón mucoso —comenta mamá.

    Fernando llama al consultorio médico. Nos informan que no es necesario que vayamos ya, pero que podemos hacerlo si nos tranquiliza más.

    Como no hay prisa, terminamos de ver el partido tranquilamente. Después de una ducha rápida, papá nos lleva al hospital.

    —No era motivo para venir a urgencias —me dicen tras un chequeo.

    Todavía no tengo contracciones y sigo con un centímetro de dilatación. Regresamos a casa. Fernando no sube con nosotros. Baja al garaje a coger la bici y se va al hotel.

    Nos acostamos tarde, pero no logro conciliar el sueño. Doy vueltas en la cama. Mi vientre abultado es un estorbo. A las tres de la madrugada, me levanto para ir al baño. Siento unos tirones en el vientre bajo. Intento respirar con calma. La sensación desaparece rápidamente. Al cabo de un rato vuelve, pero luego disminuye y así sucesivamente. Creo que ha llegado el momento.

    Mamá y papá están durmiendo arriba. No quiero despertarlos, es muy temprano. De repente, siento una patada seguida de una contracción. Tiemblo sin poder controlarlo. Me acerco al baño de vez en cuando. Tengo vómitos. Siento tanta presión en el ano que defeco todo. Se me mojan las braguitas. ¿Habré roto aguas? No estoy segura. Son las cuatro de la mañana cuando las contracciones son más frecuentes. Llamo a mamá. Le doy mucha lástima, lo veo en sus ojos. Se sienta en mi cama. Con cada contracción le aprieto el brazo. Solo pasan tres minutos entre contracción y contracción.

    —Es hora de llamar a Fernando —me dice con voz firme mientras me ayuda a levantarme.

    Las contracciones son cada vez más frecuentes.

    —Tenemos que ir al hospital ya —insiste mamá.

    —Quiero asearme un poco.

    —No hay tiempo —resopla—. Voy a llamar a papá.

    —¿Y Fernando?

    —Ya llegará. Debes irte ya.

    En el pasillo, siento una contracción enorme. Siento ganas de empujar. Papá baja corriendo a buscar el coche. Al subir al coche, vemos llegar a Fernando. Empapado de sudor y lluvia, se sienta junto a mamá en el asiento trasero. Con cada contracción, me sopla suavemente en la nuca. Las ganas de empujar son cada vez más fuertes. Llegamos al hospital a las cinco y cuarto. Ya estoy completamente dilatada.

    —Va a dar a luz. —Sonríe el mismo médico que, cinco horas antes, se preguntaba por qué había venido al hospital.

    Los treinta minutos de preparativos para la epidural se me hacen interminables. Me siento desamparada ante lo que está por venir. Debo permanecer quieta para el pinchazo, pero me resulta difícil. Estoy temblando de miedo. Hago todo lo posible, pero no consigo controlar los temblores. Me preocupa que algo salga mal y sufra algún daño en la espalda. Al final, logran pincharme. Debo esperar un tiempo hasta que la anestesia haga efecto, que resulta ser media hora. Las contracciones se vuelven casi insoportables. Durante todo ese tiempo, Fernando estuvo esperando en el pasillo junto a mamá y papá, justo cuando más necesitaba que estuviera a mi lado. Necesito más anestesia y, afortunadamente, esta vez pueden administrármela en el hombro. A las seis y media, dejan entrar a Fernando. Finalmente, ya no siento ningún dolor. Debo empujar, pero no lo hago bien. La segunda vez lo hago mejor y no es necesario repetirlo. Debido a un soplo en mi corazón, utilizan fórceps para ayudar en el parto.

    —Es un niño —oigo murmurar a mi alrededor.

    Lo llamamos Edwin. ¡Qué hermoso es, con sus tres kilos y medio, su cabeza redonda y sus miembros rechonchos! Después de limpiarlo y vestirlo, lo colocan sobre mi pecho unos minutos. No me siento eufórica, ni siquiera lloro de emoción. La enfermera se lo lleva para enseñárselo a mamá y a papá.

    —Tu madre se emocionó mucho. —Sonríe cariñosamente la enfermera al regresar sin Edwin.

    Después de suturarme, me trasladan a la sala de observación para supervisarme. No quieren correr riesgos debido al soplo cardíaco. Lo entiendo, pero resulta aburrido, especialmente porque Fernando está arriba en la habitación con Edwin. Papá y mamá se han ido a descansar un rato. Estoy sola y no sé cómo está Edwin allá arriba. Quiero darle el pecho, pero tengo que esperar.

    Una hora más tarde, Fernando baja a ver cómo estoy. Dice que tengo buen aspecto y me acaricia la frente. Ha llamado a su madre para que se quede con Edwin. El tiempo parece no pasar. De vez en cuando entra alguien para revisar los monitores, pero desaparecen rápidamente. Fernando está cansado, con los ojos enrojecidos, pero no se queja.

    Son casi las dos cuando Fernando puede ir a buscar a Edwin. Siete horas después de haber nacido. ¡Se ve tan guapo con su pelele de ositos! Su piel tiene un color saludable y se ve bonita. Fernando no para de limpiarle las mejillas de baba y acariciarle las orejas.

    —Eso le gusta —me comenta.

    A las cinco menos cuarto me llevan arriba. Papá nos graba desde el pasillo. Mamá se traga algunas lágrimas y viéndola, yo también. Mis cuñadas, Carmen y Rosa, miran el nombre escrito en la cuna.

    —Edwin, bonito nombre.

    A juzgar por la cara de mamá, está de acuerdo con ellas. A mi suegro no le gusta, pero no dice nada. Según él, debería llamarse Fernando, igual que su padre, su abuelo y bisabuelo. Me hace gracia, pero no le vamos a hacer caso. Lo siento, suegro.

    Me cuesta dar el pecho. No consigo que la criatura beba. La enfermera aprieta mis ya sensibles pechos. Duele. Me siento incómoda.

    De vez en cuando tengo visitas, pero no tengo ganas de hablar. Estoy cansada y deprimida. Prefiero estar sola. Quiero llorar. Me siento impotente. Empiezo a tener calor. Estoy sudando. Edwin no protesta. Está tranquilo. Cuando por fin estoy sola quiero darle el pecho, pero no me atrevo a levantarme por miedo a sentir algo en la espalda. No quiero usar el botón de llamada. Por suerte, entra una enfermera. Me pasa a Edwin y le doy el pecho derecho. Bebe bien. Consigo cambiar a Edwin encima de la cama por primera vez. Todo está muy pegado al trasero. La chica que entra para ver a mi compañera de habitación se ofrece a tirar el pañal sucio con las heces negras y a mojar las esponjas. Es toda una odisea. Me siento torpe y tengo que hacerlo sentada, ya que no me atrevo a ponerme de pie. No es la posición ideal. Con agua de una botella y una gota de gel, me lavo las manos. Me siento sucia.

    Estuve tres días en el hospital. No me gustó. No me sentí a gusto. Era demasiada responsabilidad. La enfermera me regañó por dejar a Edwin en la cama conmigo demasiado tiempo. Tenía razón, pero por miedo a lastimarme la espalda no me movía de la cama. Cuando me dolía la espalda, sentía un calor repentino y no me atrevía a moverme. Me dolían los pechos. Eran como globos. La primera vez que tuve que caminar fue por muy poco tiempo. Sentí presión en el pecho y vi borroso, así que rápidamente regresé a la cama. Echaba de menos a Fernando. No podía quedarse conmigo todo el tiempo porque tenía que hacer los trámites de nacimiento. Afortunadamente, las visitas de mamá y papá, mis suegros y algunos colegas me distraían lo suficiente. Fernando se quedó conmigo desde la segunda noche. Estaba muy constipado, pero no se quejaba.

    El sábado me dieron el alta. Había un hermoso ramo de rosas en la mesa con una tarjeta de mamá y papá. Papá grabó todo y Fernando tomó algunas fotos. Cuando fuimos a cambiar a Edwin, su presencia se hizo notar de inmediato. Fernando estaba agachado frente a la cómoda cuando de repente sintió humedad.

    —Eso les pasa a los niños varones. —Se rio mamá.

    Fue un bonito chorro.

    En esos días, a mamá le gustaba entrar en mi habitación cuando estaba amamantando a Edwin. Le encantaba ver cómo un ser tan indefenso e inofensivo, buscaba instintivamente el pecho. La naturaleza seguía su curso. Y a mí me gustaba tenerla cerca. Me enternecía que seguía refiriéndose a Edwin en femenino. Era una costumbre suya por tener dos hermanas menores, tres hijas y dos nietas.

    Fernando le hablaba a Edwin sobre la huelga de transportes, sus sobrinas, el tiempo o la política. A veces se impacientaba por la atención que requería. Aun así, no era un bebé difícil. Al menos no era llorón, pero todo era nuevo para nosotros. Acababa de dar a luz a un bebé y Fernando trabajaba siete noches a la semana, nueve horas seguidas. Además, estaba cursando una carrera y necesitaba dormir sus cuatro o cinco horas diarias.

    ¡Qué alegría sentí cuando papá me mostró el parque de madera que había adquirido de segunda mano! Con todo su esmero y perfección lo había adaptado para ajustar la altura. De esta manera, no tenía que agacharme tanto al sacar a Edwin.

    Edwin tenía diez días cuando lo tumbamos bocabajo y colocó las rodillas debajo de la barriga. Al hacerlo, movió la cabeza con tanta fuerza que la levantó durante una fracción de segundo. Parecía muy fuerte. Casi se desplazaba.

    En las tres semanas que mamá y papá se alojaron en nuestra casa, mamá se encargaba de la cena y papá realizaba diversas reparaciones en casa. Colocó un estante en el armario del fregadero de la cocina para optimizar el espacio, dejándolo impecable. Aunque no era necesario, siempre estaba dispuesto a ayudar. Sin embargo, también era firme en sus principios y podía ser bastante inflexible. Cuando fue a buscar agua con Fernando, estuvo a punto de enfrentarse al dueño de la tienda. Dado que Fernando y yo no teníamos coche, quería ayudarnos a traer muchas garrafas de agua para evitar tener que ir constantemente a comprar. El dueño quería cobrarle 170 pesetas, a pesar de que en la puerta indicaba 115. Papá no toleraba tales injusticias. Como el hombre se mantenía en sus trece y se negaba a admitir su error, papá tampoco se dio por vencido. Finalmente, Fernando tuvo que intervenir.

    —Tu padre tenía razón —me dijo más tarde en casa—. Si la situación se hubiera descontrolado, yo habría llegado a las manos con el otro.

    Por un lado, me sentía avergonzada, pero por otro comprendía que ser estafado puede sacar de quicio a cualquiera. Me alegré de no haber estado presente. Esperemos que el hombre haya aprendido la lección. Afirmó que a papá no le permitiría volver a entrar, pero a nosotros sí. Increíble. No tengo intención de volver a pisar esa tienda. De hecho, cuando me cruzo con el hombre en la calle, procuro mirar hacia otro lado. Por suerte, con cuarenta y una botellas teníamos un buen suministro.

    Fernando se preocupaba mucho por su hijo. Preferiría que no saliera con Edwin todos los días. Al no hacerle caso, me sentía con emociones encontradas. La tensión en casa era palpable. Ambos nos irritábamos bastante cuando Edwin nos reclamaba demasiado.

    Además de trabajar 63 horas semanales, Fernando aún tenía once exámenes por hacer. Me daba mucha pena, pero se irritaba fácilmente, lo que me hizo sentir incómoda. Nos irritábamos mutuamente, aunque en realidad sentíamos y queríamos lo mismo. En aquel entonces yo estaba muy ansiosa e insegura, y me alteraba por lo más mínimo. La responsabilidad sobre una criatura tan pequeña e inocente me asustaba. Mis episodios depresivos eran frecuentes.

    Extraer leche no era mi actividad favorita. Mi postura era muy forzada, por no mencionar la ansiedad que sentía.

    Me encantaba mirar a Fernando cuando sostenía a Edwin en brazos. Se reía porque Edwin solía echar la cabeza hacia atrás en vez de acurrucarse contra él. Era curioso. Me inquietaba un poco, ya que me parecía un comportamiento extraño para un bebé tan pequeño, pero como por lo demás era un bebé bastante común, no le di mucha importancia.

    2001

    Domingo, 7 de enero

    Al cambiar a Edwin, vimos a un miembro de la familia desde un ángulo diferente. Nos alegramos de que sus partes funcionen perfectamente.

    Miércoles, 10 de enero

    Después de darle el pecho, mantuve toda una conversación con él. No dejaba de mirarme atentamente y de vez en cuando intentaba decir algo. Las primeras palabras que pude descifrar de su balbuceo fueron «agua» y «ajo», o sea, nada de «mamá» o «papá».

    En aquel entonces cacareaba mucho. Con solo gritarle: «¡Bu!» o señalarle con el dedo, se echaba a reír. Si le acariciabas debajo de la barbilla, se partía de risa. Ya dormía bien por la noche. Incluso llegaba a dormir hasta trece horas seguidas y aún no había cumplido los cuatro meses.

    Miércoles, 7 de febrero

    Edwin estaba un poco llorón. Fernando intentó ver Star Trek. Estaba demasiado ocupado con sus estudios. Necesitaba algo de distracción, pero Edwin no le dejaba. Lo sacó del parque bruscamente. Me molestó y empezamos a discutir. Ninguno de los dos pudo contenerse. Cada vez nos enfadamos más. Le tiré una almohada. Edwin rompió a llorar.

    ¿Por qué causamos tanto escándalo?

    Jueves, 8 de febrero

    Cuando estaba dando el pecho me enfadé un poco. Edwin soltó el pezón para acompañarme en el llanto solidariamente.

    Dos días después, nos fuimos a los Países Bajos. Durante todo el trayecto en tren hasta el Prat y durante todo el vuelo Edwin estaba quieto mirando a su alrededor. Desde el aeropuerto de Schiphol, fue otro largo viaje en tren hasta Vlonder, donde viven papá y mamá. Antes de bajar, una señora que nos había estado observando me guiñó un ojo.

    —¡Qué marido tan cariñoso tienes! ¡Maravilloso!

    Los días con mamá y papá pasaron rápido. Intentamos darle el biberón a Edwin, pero no fue fácil. A Marsha, mi hermana mayor, se le ocurrieron todo tipo de ideas, pero seguía siendo complicado. Edwin protestaba mucho. Incluso se quedó afónico. Mamá se sorprendió de lo tranquila que estaba con Edwin, aunque yo lo dudaba. No lo esperaba de mí siendo una persona tensa. Conmigo todo debía hacerse en un tiempo determinado, decía. En cambio, Fernando no tenía mucha paciencia según ella, pero sí mucho cariño.

    Vinieron muchas visitas y llovían piropos.

    —Tiene un poco de canas —comentó mi sobrina Dafne de tres años.

    Se refería a la costra láctea.

    Lo trataba con mucha dulzura. Igual que Celestine, la hermana menor de Dafne.

    Edwin no tenía ni cinco meses cuando, estando tumbado bocabajo en el parque, se giró bocarriba.

    Al día siguiente de haber regresado a España, me reincorporé al trabajo.

    A finales de febrero, cuando tocaba la revisión médica de Edwin, la doctora volvió a comentar que tenía buena masa muscular. Nos preguntó si siempre estaba tan nervioso. Le pareció muy activo. Incluso mencionó hiperactividad. Nos dio un volante para un centro psicológico en Gerona. Nos pareció exagerado. Antes de acudir a la cita, Fernando llamó al centro para explicar la situación. Se sorprendieron, ya que era demasiado pronto para poder diagnosticar la hiperactividad. Decidimos cancelar la cita.

    A Edwin le encantaba estar en casa de mis suegros. Cuando mi suegra salía al balcón a tender la ropa, ponía a Edwin detrás de la ventana. Cada vez que se le caía una pinza, Edwin se partía de risa. Hacía reír a mi suegra. En aquella época usaba muchas más pinzas de las necesarias.

    Edwin era un niño alegre y observador. Cuando alguien le hablaba escuchaba atentamente. Una vez, Fernando lo sentó en su regazo. Me quité el calcetín y puse el pie junto al suyo. Observó mi pie, luego el suyo, nuevamente el mío, el suyo y así sucesivamente. Estaba comparándolos.

    A finales de mayo, mamá y papá vinieron a pasar unos días con nosotros antes de sus vacaciones en Benicàssim. A mamá le hizo mucha gracia cuando, mientras estaba dando el pecho, Edwin de repente tiró con fuerza de mi sujetador.

    —¡No! —le dije seriamente.

    Me miró inquisitivamente y volvió a tirar.

    —¡No! —repetí con firmeza.

    Seguimos un rato así. En la siguiente comida, volvió a coger el sujetador, pero esta vez no tiró. Primero me miró a mí. Cuando negué con la cabeza diciendo «No», lo soltó. Me había entendido.

    Tuvimos que decirle «No» cada vez más a menudo y en un momento dado le dijo «No» a Fernando y un poco más tarde «Nee» a mí.

    Le gustaba acompañarme en el buggy cuando salía a pasear. Cuando escuchaba una radio al pasar por un bar, bailaba al ritmo de la música moviendo la cabeza con fuerza. Incluso se emocionaba al pasar un tren.

    Quizás Edwin estuviera radiante, pero yo no lo estaba en absoluto. Me deprimía cada vez más. No tenía ganas de hacer nada. Ya no me interesaba nada, ni siquiera un partido de fútbol del Barça. Intentaba mantener las apariencias, pero cuando estaba sola, lloraba mucho. Fernando se esforzaba en consolarme. Hacía todo lo posible por complacerme: me dejaba notas cariñosas, me compraba bombones y me daba regalos. Nunca se enfadaba cuando dejaba de hacer cosas en casa y él tenía que ocuparse de «mis» tareas.

    —Te lo tomas todo muy a pecho. Quieres hacerlo todo tú solita. No pasa nada por pedir ayuda. No te preocupes por algo que no sabes si sucederá.

    Hablaba de mi espalda, la depresión, el embarazo, la maternidad, etc. Hasta me hacía resúmenes.

    —«En la prosperidad y la adversidad», ¿no lo dijo el cura? Tus hormonas están actuando. Es normal. Tu cuerpo necesita tiempo para recuperarse y tu ciclo menstrual necesita volver a la regularidad.

    El desencadenante de mi malestar solía ser algo que sentía en la espalda, algo trivial. De pronto, me invadía un intenso calor, empezaba a sudar, sentía que mi corazón se aceleraba y perdía el apetito. Me sumía fácilmente en la tristeza, pero me costaba mucho salir de ella. Ni siquiera ver a Edwin, que acababa de aprender a aplaudir y a descubrir su sombra, moviendo los brazos desafiándola, lograba sacarme de mi malestar.

    Mi amiga Christine me llamó a finales de julio para quedar. Estaba de vacaciones a cien kilómetros de nosotros. Le propuse ir a Marineland. A Fernando no le entusiasmó la idea por el calor, pero yo no quería recibir visitas en mi casa, así que nos fuimos de todos modos.

    A pesar de nuestros pequeños desacuerdos sobre la educación, estaba muy orgullosa de Fernando. De los ocho exámenes a los que se presentó, aprobó cinco. Increíble. Fue una gran bendición para él. Estudiar no había sido fácil. Cuando vivía con sus padres, estudiaba en la cama con una linterna para

    ¿Disfrutas la vista previa?
    Página 1 de 1