Mejor no leer el fin: cuento de suspenso psicológico y literario
Por Byron Rizzo
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Si un libro funciona en forma de universo en miniatura, ¿en qué se convierte entonces su creador? ¿Debe tener cuidado con las decisiones que tome a lo largo de su relato, administrar justicia con sabiduría, o ser responsable de lo que sus personajes hagan?
En este pequeño libro se plantean muchas de estas preguntas, y se aventuran algunas respuestas a discreción del lector. Acompañando el camino de un escritor que ha empezado a preguntarse, quizás por vez primera en su dilatada carrera, qué tan responsable es por el destino que tomen sus hijos de tinta y papel. En especial, si alguno de ellos osa rebelarse contra su autoridad imperturbable, y cruzar las barreras de la realidad para defender tal argumento.
Byron Rizzo
Hola, me llamo Byron Rizzo. Soy un escritor independiente argentino nacido en Neuquén, al Norte de la Patagonia y Sur del resto del mundo, tierra poblada de cuentos y carente de personas. Vine al mundo en el alegórico año de 1990. La influencia de la década puede intuirse en cada afición, gusto y letra de mi autoría. Desde la presencia literaria del realismo mágico, al anime japonés, o la obsesión por la música de todo el mundo. Llevo escribiendo o intentando hacerlo desde una muy temprana edad. «Antes de que te des cuenta», data de cuando tenía 10 años, por ejemplo La adolescencia y juventud me vieron publicando en medios digitales de todo tipo. Algunos pueden encontrarse aún en línea, como mis artículos sobre tecnología, cultura, videojuegos, arqueología digital, redes, nostalgia e informática en Tecnovortex. Mis libros publicados versan sobre temáticas contemporáneas, y pasean entre géneros. Ciencia ficción, cultura cyberpunk, relatos fantásticos de terror adaptados a una era casi sin secretos a simple vista, y otras inquietudes del ciberespacio. Busco escribir sobre la época que nos ha tocado vivir, encontrando la magia y misterios escondidos en las máquinas. A partir del 2020 comencé a publicar esas mismas inquietudes en formato libro, siendo el primero en la cosecha «Videojuego y Adicción». A finales de ese mismo año la primera ficción en ver la luz fue «Polypticon», una novela (ya no tan) distópica epistolar a través de chats y mensajes en foros. Pronto la acompañaron obras como «El Sonido», una noveleta sobre el aislamiento y la obsesión; «¿Conoces a Tsuki-chan?», que trata sobre la transmigración humana-digital; o «VA-Tek», experimento literario Neo-gótico transhumanista que mezcla alquimia y computación cuántica. Agradezco que hayas llegado a este punto. Te invito a seguir mi camino y valorar mis libros, dejando que me vuelva otro personaje secundario en la narrativa de tu vida. Uno que espero disfrutes y enriquezca tu propia historia.
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Mejor no leer el fin - Byron Rizzo
Mejor no leer el fin: cuento de suspenso psicológico y literario
Byron Rizzo
Published by Byron Rizzo, 2024.
This is a work of fiction. Similarities to real people, places, or events are entirely coincidental.
MEJOR NO LEER EL FIN: CUENTO DE SUSPENSO PSICOLÓGICO Y LITERARIO
First edition. April 17, 2024.
Copyright © 2024 Byron Rizzo.
ISBN: 979-8224091980
Written by Byron Rizzo.
1
Así, luego de tanto tecleo, noches de insomnio, mañanas de ansiedad, tardes durmiendo, sacrificios hechos, excusas reiteradas, salidas pospuestas; llegó al final. Los ojos estaban cansados, llenos de lágrimas secas que habían dejado surcos en forma de arrugas. Los años, y los libros, no venían solos. Todo lo contrario, en realidad. Se iban llevando gente. Y le dejaban a cambio, arrugas y más canas. Tantas, que ya no podía contarlas, como hiciera durante su juventud. En la cabeza, la barba, las cejas; otros lugares inconfesables.
Pero esa noche, nada importaba. Su trabajo estaba terminado y, por fin, gozaría del buen sueño que tanto merecía. La mayoría de la gente no lo sabe, pero para un autor, su trabajo es una enorme piedra que lleva sobre los hombros. Con gusto, con orgullo, como un lujo. Mas, todo ello no la hace menos pesada. Tampoco agrega asas a sus costados. Ni libera del empedrado, retorcido, descuidado camino por el que hay que subirla. Al principio, se lleva casi sin notarla. Con bríos, ganas de aventura y toda la motivación del mundo posible. Con el correr de los días, el monstruo se va revelando ante su creador. Como una enfermedad que empeora con cada diagnóstico, cada palabra escrita lo va volviendo menos ideal, y más libro. En el proceso, se transforma en un corset que va quitando la capacidad de respirar a quien lo usa. Uno que tampoco puede quitarse del cuerpo, puesto que si no lo emplea, nadie más lo hará.
Allí comienza la verdadera tortura. El trabajo duro, picapedrero. Contar palabras que se van juntando, al igual que un preso enumera sus días para volver a la libertad. Así, con esa atmósfera de terror en cámara lenta, empiezan las dudas. Lo que semejaba chistoso, distinto, original, resulta luego no serlo tanto. Es apenas otra idea, tan buena o mala como cualquiera. De esa gran luz que hace dar gracias a fuerzas superiores, el concepto primigenio, poco va quedando. Las falencias, miedos, hasta la vida de quien escribe va saliendo allí, desnuda. A la intemperie literaria. Tanto, que el creador se pregunta hasta qué punto ha escrito, o se ha plagiado a sí mismo, a su vida y entorno. Las cosas comienzan a rimar con una peligrosidad pasmosa, a la vez que inevitable. Temáticas, personajes, géneros, estilos. Nada de lo que uno pueda hacer es por completo original. Se empieza a dudar, incluso, de estar escribiendo una y otra vez el mismo libro, en un acto de locura programada e inconsciente.
Los días comienzan a hacerse largos. Las noches, eternas. Medidos ambos por el baremo de la producción, manufactura de letras. Las mañanas, por su parte, quedan vedadas por oscuros dioses paganos. Limitada queda su productividad luego de los comienzos. Las tardes, en cambio, son un intermedio. El punto para simular decidir, si en la noche se cabalgará hacia lo desconocido; o bien si la luz diurna se ha llevado la poca voluntad disponible en cada ciclo solar. Incluso en la cama, las ideas pueden acosar al autor, de forma más eficiente que la peor de las pesadillas recurrentes. Tanto, que a menudo deberá levantarse de su semi letargo, para poder escribir esa abusiva creatividad indeseada. La misma que pone en riesgo a quien intenta narrar, de terminar haciéndolo con cada pequeña acción de su vida. Relatando paso a paso lo cotidiano de forma involuntaria. Desde lavarse los dientes a tomar un cubierto. O irse a la cama, con los sesos destrozados por estar con voz activa de escritor durante todo el día. Así, una y otra vez, consecutiva detrás de la anterior.
Pero no esa noche, ¡no señor! Se lo había ganado al fin. El libro yacía ahí, en formato digital. En algún lugar extraño, incomprensible, de magnetismo en un disco rígido. Ya no estaba en su cabeza, ni le correspondía obligación sobre aquel mundo ficticio. Podía morir esa noche, sin ningún tipo de problema, sabiendo que alguien más encontraría el manuscrito. Sacarle brillo al bronce de sus letras era otra ocupación en sí, era verdad. Mas, en la oscuridad abatida y silenciosa, poco y nada le importaba. El descanso más plácido que un humano pudiera lograr, luego de conseguir un gran objetivo, lo esperaba. ¡Y qué disfrute le generaba saberlo, saborearlo con antelación siquiera!
Por eso mismo, evitó cualquier tipo de ritual trillado. No fumaría tabaco en pipa. Tampoco descorcharía bebida espirituosa alguna. Los amigos, lectores, familiares interesados; todos tendrían que esperar. Quizás habría tiempo un par de días después, luego de la maratón onírica que le esperaba. Aquel día fundido en tinieblas, arropado en la vaporosa neblina de la confusión temporo-espacial, nada. Ni un músculo movería para reclamar el premio a su infinita dedicación. Había vencido sobre esa obsesiva marca del perfeccionista, que de una vez por todas se marchaba derrotada. Aceptando el sometimiento como el libro acepta la contratapa cuando acaba y se cierra.
Una pequeña sonrisa asaltó su rostro, al mirar por sobre el hombro en dirección al escritorio. El vistazo final con las luces apagadas, de su eficiente campo de batalla. Al girar la cabeza, alejándose con los pies del lugar, tuvo una sensación profunda de extrañeza. De incomodidad imposible de explicar. Vellos alzados en los brazos, piernas, y en especial, la nuca. Inyección inmediata de cortisol y otras hormonas, que obligó a sus ojos a abrirse grandes. Y volver a mirar, incluso sin llegar a comprender aún lo que le sucedía, hacia el escritorio. Fijado, con los ojos perdidos en las siluetas de la noche, que apenas si dibujaban formas de lo que había, esperó. ¿A qué? No hay respuesta para una pregunta que no debía hacerse. Aguardaba una confirmación de su inquietud. Algo, lo que fuera. Un ruido le respondió. Lejano, desde los confines del universo observable. Al menos así le pareció, tratando de contestar la disyuntiva principal: ¿de verdad había escuchado algo, o era solamente su imaginación?
El silencio fue la única respuesta que recibió. Intranquilo, sacudiendo la cabeza y sabiéndose demasiado agotado para continuar dando crédito a cualquier cosa, se dirigió, al fin, a su merecido descanso. El último pensamiento que
