Lago y Sáenz. La materia y el vacío
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El libro a través de magníficas fotografías, gran cantidad de material documental inédito y la fuerza expresiva de los dibujos y bocetos, expone la evolución de una firma emblemática en la arquitectura moderna colombiana y muestra su exploración de la materia y el espacio en la oposición de cualidades: lleno-vacío; peso-levedad; natural-artificial, para destacar las condiciones del paisaje a través de volúmenes elementales con honestidad constructiva. Asimismo, exalta el uso del vacío como medio para establecer e intensificar las relaciones de los edificios con el entorno inmediato a través de la construcción de espacios urbanos, públicos y abiertos de carácter colectivo.
Este libro permite además una lectura simultánea e interpretativa de la obra realizada por Lago & Sáenz y constituye un verdadero aporte a la historia cultural, al ir más allá de la valoración crítica y la historiografía tradicional de la arquitectura, y al abordar el contexto de las redes profesionales, académicas, artísticas, económicas y sociales en que se producen sus obras.
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Lago y Sáenz. La materia y el vacío - Francisco Ramírez Potes
FORMACIÓN
En 1958, en el número 80 de Septiembre-Octubre la revista francesa L’Architecture d’aujourd’hui incluyó tres casas construidas en Cali y que constituían la temprana obra de una joven firma de arquitectos formada por Manuel Lago Franco (Popayán, 1932) y Jaime Sáenz Caicedo (Cali, 1932). La emblemática revista —fundada en 1930 por el arquitecto, pintor y escultor André Bloc—, impulsaba desde sus páginas el ideario formal y técnico del Movimiento Moderno a través de la cuidadosa selección de los proyectos publicados, en un ejercicio editorial que pretendía no solo avalar la calidad, sino, a través de ellos, ejemplificar las posibilidades de la nueva arquitectura.
La publicación de estas obras construidas lejos de los centros de irradiación de la arquitectura moderna puede considerarse como un hito, no solo por la relativamente joven profesión en Colombia¹, sino sobre todo, por tratarse de un país hasta entonces culturalmente conservador donde no se había contado con movimientos artísticos de vanguardia no obstante el contacto con expresiones del arte moderno europeo ya en la década de los años veinte del siglo pasado², y el impulso dado por el gobierno nacional a partir de 1930 a la renovación formal en la arquitectura estatal en el dentro de las políticas de modernización del país.
Según Darío Ruíz Gómez,
Esta primera modernidad responde pues a un contenido ético, a los sueños que en el año 30 se tuvo por parte de una nueva generación política de tener un país democrático. Y al deseo de alejarse mediante la calidad del hábitat común, de los fantasmas presentes de la miseria y el atraso, de la intolerancia política y religiosa³.
En este contexto se enmarcó la fundación de la primera facultad de arquitectura en la Universidad Nacional a la que se vincularon como docentes, arquitectos como Bruno Violi y Leopoldo Rother, vinculados a la dirección de Edificios Nacionales del Ministerio de Obras Públicas —entidad clave en la modernización arquitectónica que se estaba promoviendo en el país en la esfera de la arquitectura institucional—⁴, el urbanista austríaco Karl Brunner quien trabajaba con la Alcaldía de Bogotá y a un grupo de arquitectos colombianos formados en su mayoría en el exterior, como Guillermo Herrera Carrizosa quien había estudiado en la Universidad de Michigan. Jorge Ramírez Nieto ha señalado como:
La aparición inicial del programa de arquitectura coincidió con la necesidad política y social de generar imágenes locales de transformación hacia la modernidad. En el ámbito de las ciudades colombianas, un reducido número de ciudadanos con labores de tipo político, financiero y comercial y algunos de los nuevos industriales, entusiasmados con la idea del cambio, estuvieron dispuestos a acoger y patrocinar los planteamientos estéticos de la arquitectura y a dar respaldo a la elaboración objetiva de sus primeras prácticas modernas en el contexto nacional.⁵
La adopción de las técnicas y formas modernas en la arquitectura colombiana no solo fue muy rápida, sino que muy temprano se diseñaron y construyeron proyectos que se destacarían en el contexto internacional por su temprana madurez. La calidad de la producción arquitectónica de los jóvenes arquitectos graduados de la Universidad Nacional avaló su pronta vinculación como profesores a la misma, consolidando así el proyecto moderno en la Facultad de Arquitectura, al tiempo que animó a otros egresados como Alfonso Caycedo Herrera y a Jorge Gaitán Cortés a fundar otras Facultades de arquitectura en el país a finales de la década de los años cuarenta⁶. Un grupo de estos arquitectos liderados por el mismo Gaitán Cortes, conformado por Jorge Arango Sanín, Álvaro Ortega, Gabriel Solano, Fernando Martínez, Juvenal Moya, Eduardo Mejía, Alberto Iriarte, Gonzalo Samper, y el venezolano Augusto Tobito —vinculados casi todos a la Oficina de Edificios Nacionales— conformarían el grupo colombiano del CIAM⁷ que sería admitido para su séptimo Congreso en Bérgamo (1949) donde presentarían el proyecto de reconstrucción de Tumaco, realizado —tras el incendio de esta ciudad del Pacífico colombiano— bajo la dirección de José Luis Sert. Animado por la calidad de la arquitectura moderna colombiana, el mismo Sert plantearía a Walter Gropius la posibilidad de realizar un Congreso en Bogotá en 1951 con la esperanza de poder contar con muchas obras previstas en los Planes Piloto de Tumaco, Bogotá, Medellín y Cali, en los que se encontraba trabajando⁸.
En 1946, la revista norteamericana Architectural Forum registraba como para 1946 Colombia contaba con solo 150 arquitectos graduados (50% de ellos educados en el extranjero), insuficientes leyes de registro profesional y dos escuelas de arquitectura, en una nación de once millones
⁹, por lo que un buen número de arquitectos colombianos que consideraron estudiar arquitectura en la primera mitad del siglo XX habían optado por adelantar sus estudios universitarios en el exterior. Sólo en la segunda mitad de la década de los cuarenta, el país pudo contar con otras facultades de arquitectura: en 1947 se fundaron las de la Universidad del Valle y de la Universidad Nacional en Medellín y en 1949 la de la Universidad de los Andes.
El crecimiento urbano, el desarrollo industrial, el progreso en la educación pública en el contexto de las reformas liberales favorecieron el rápido crecimiento de una clase media urbana de empleados y profesionales universitarios con capacidad de ahorro y expectativas culturales que encontraban en las imágenes del life style norteamericano difundido por las revistas, un modelo de modernidad asociado al confort y al progreso. De esta forma, la circunstancia histórica de la postguerra, con una Europa destrozada, hizo que Norteamérica fuese una atrayente opción para quienes estuvieran en condición de estudiar en el exterior.
Si bien existían edificios diseñados por arquitectos norteamericanos en Colombia, como el Gimnasio Moderno y el Banco López en Bogotá de Robert Farrington o el Banco de la República en Cali de Fred T. Ley —arquitecto quien había trabajado con William Van Alen en el diseño del célebre Edificio Chrysler en Nueva York—, y varios destacados arquitectos como Alberto Wills Ferro, Hernando González Varona, Julio Luzardo, Juan Restrepo Álvarez, Jaime Gómez Hoyos, José Gnecco Fallon, Guillermo y Hernando Herrera Carrizosa se habían formado también en Norteamérica, las circunstancias bélicas en Europa hacia finales de la década de los treinta prácticamente obligó a quienes contemplaban la opción de adelantar estudios de arquitectura en el exterior a considerar a Norteamérica como una mejor opción. Este hecho es muy significativo porque, hasta antes de la II Guerra Mundial, Europa era el principal referente para la arquitectura, el arte y en general para todas las expresiones artísticas y de hecho eran europeos la mayoría de los arquitectos extranjeros que habían llegado a trabajar al país así como el viejo continente había sido el lugar de formación de los primeros arquitectos colombianos, tanto en el caso de quienes practicaron el academicismo Beaux Arts a finales del siglo XIX y principios del XX (como Pietro Cantini, Gastón Lelarge entre otros) sino también de quienes en la década de los treinta se habían encargado de introducir la arquitectura moderna (Vicente Nasi, Bruno Violi, Leopoldo Rother o Carlos Martínez, entre otros)¹⁰.
Las formas de la arquitectura moderna, además, no fueron conocidas por los textos teóricos publicados en revistas de la vanguardia, sino en las imágenes y publicidad que aparecían en revistas que no eran del ámbito de la arquitectura y las artes pero que difundían imágenes que se convertirían en las aspiraciones de los sectores medios. Y buscando encajar en esta nueva realidad fue, cómo buscaron conquistar —como profesionales de la arquitectura con oficio reconocido— la confianza de una nueva clientela.
Hernando Téllez registraría, refiriéndose al caso de Bogotá, el desplazamiento de unas influencias culturales por otras nuevas:
Europa, y en especial España y Francia, que habían sido los modelos esenciales del pensamiento y de los hábitos sociales para el bogotano, empezaron a ser sustituidas por los Estados Unidos. La técnica norteamericana se encargaba de arreglar nuestras finanzas públicas y ofrecía, además, un ideal físico de comodidades con su prodigiosa reserva de herramientas, de dispositivos, creados con el único propósito de funcionalizar la existencia personal y la existencia colectiva¹¹.
En el caso de la generalización de la arquitectura moderna en el medio profesional y académico jugó también un papel importante la visita a universidades norteamericanas de algunos de los más influyentes arquitectos colombianos. En 1939 Gabriel Serrano Camargo —quien sería uno de los más decisivos promotores de la arquitectura moderna en Colombia, como arquitecto, docente y escritor— visitó las facultades de arquitectura de Columbia, Harvard, MIT y Yale¹². Un viaje similar lo realizaron Jorge Triana —decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional— y Roberto Ancízar Sordo —decano de Arquitectura—, en 1940. Por su parte, Jorge Arango Sanín, fundador —con Carlos Martínez y Edgar Burbano— de la revista Proa en 1946 —y que fuera, durante décadas, la más importante publicación de arquitectura colombiana—, fue invitado a Norteamérica por el MoMA y el Departamento de Estado, lo que le permitió adelantar estudios de posgrado en Harvard, trabando estrecha amistad con Walter Gropius, Marcel Breuer, Sigfried Giedion, Charles Eames, Eero Saarinen y Philip Johnson¹³.
A la influencia de las imágenes de las revistas, y al contacto de arquitectos colombianos con Norteamérica, habría que sumar la diplomacia cultural norteamericana que logró aproximar a los sectores de clase alta y media a la cultura norteamericana. Ejemplo de ello fue la labor del Centro Colombo-Americano de Bogotá en los años cuarenta, que —tal como reseñó el periodista Andrés Samper— permitió que esa inmensa e insospechada vida cultural de los Estados Unidos —una vida cuya calidad no deja de sorprender a los latinos— se asomara al panorama de la cultura colombiana
. Una de las tareas importantes que adelantó el Centro Colombo Americano fue el
(…) de servir de representante y oficina de contacto a todas las Universidades de los Estados Unidos, en sus relaciones con Colombia (…) Los prospectos y catálogos de estos institutos se encuentran listos para ser consultados en cualquier momento y gracias a las gestiones e informaciones realizadas y suministradas por el Colombo-Americano, veintinueve estudiantes colombianos se encuentran en estos momentos (1944) en los Estados Unidos, sostenidos con fondos que administra el Centro y ciento cincuenta y seis más están matriculados en facultades a las cuales
