Dos gardenias y otros cuentos
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Dos gardenias y otros cuentos - Eduardo Contreras
Guantanamera del sur
(con tiempos equivocados)
Hoy al despertar vi a Carolina por televisión. En todos estos años desde que regresé de Cuba, no había tenido noticias de ella. Me sorprendió verla igual de atractiva y eso que debe tener ya unos cincuenta y tantos. A través de mi duermevela comenzó a abrirse paso la preocupación, recordaba haber escuchado acerca de una acusación contra una profesora que mantenía relaciones con un alumno.
La conocí en sus treinta, en Santiago de Cuba. Hasta hoy no sabía que hubiera regresado también a Chile.
Estábamos en el exilio, yo estudiaba en un internado cerca de Guantánamo, lo que en la isla llaman «beca en el campo». Vivía como un niño cubano más. En las mañanas partía nuestra rutina de «chapear» con machetes las malas hierbas en torno a los limoneros y naranjos, deshijar los árboles en primavera y regarlos durante todo el año. En las tardes estudiar, o tratar de hacerlo. La rebelión de nuestras hormonas conspiraba contra el aprendizaje, éramos más de doscientos becados en albergues distribuidos en un edificio de tres pisos. Intentaban separar a hembras y varones alojándolos en los extremos opuestos, divididos por la escalera y una amplia sala de estar común en cada piso.
Las niñas empezaron a cambiar mucho antes que nosotros. Cuando estaba en el séptimo año, empezamos a verlas con otros ojos. En las noches, antes de dormirnos, comentábamos sobre el tamaño de sus pechos, discutíamos sobre quién de ellas tenía el mejor «fondillo» y fantaseábamos sobre supuestos romances. Los más precoces ya habían logrado algunos toqueteos, pero nada más allá de eso.
Yo mismo fui testigo de esos aprontes. Una tarde no tuve ganas de ir a trabajar y cuando íbamos camino a los carriles de limoneros, me escabullí con mi azadón hacia unos matorrales en la orilla del sendero. Normalmente salíamos en fila por cursos, en esa época todavía no pasaban lista, y si llegaban menos alumnos a trabajar, se asumía que los ausentes no habían ido por razones de salud, así que cuando no queríamos ir simplemente nos quedábamos por ahí, unos nos suponían en la enfermería y otros en el campo, mientras los escapados disfrutábamos de una siesta o de un baño en el río.
El día aquel me dormí, ya el sol declinaba cuando me despertó el ruido de unos pasos. Era Luis Enrique, el mayor de nosotros. Había repetido un par de cursos en básica, así que estaba cursando el séptimo con unos quince años o más. Llevaba de la mano a la más exuberante de nuestras compañeras, quien tenía trece y aparentaba dieciocho o veinte, bien abundante en carnes, más bien bajita, mulata, de pelo negro, una belleza a lo Rubens pero con piel canela, justo el tipo de mujer con el que más fantaseábamos en nuestras tertulias nocturnas.
Se recostaron a los pies de una guásima rodeada por ceibas, a metros del matorral en el que yo descansaba. Se comenzaron a besar con furia, como desesperados, él la sostenía con un brazo y con el otro le desabotonó la blusa y zafó uno de los tirantes de los ajustadores liberando sus pechos morenos. Durante un rato se los acarició, pero luego su mano fue descendiendo hacia la falda, la levantó y se perdió entre los muslos que la muchacha le ofrecía separando las rodillas. Me quedé quieto, observando sus caricias. Ella también lo comenzó a manosear entre las piernas, podía escuchar sus respiraciones entrecortadas, los gemidos de la muchacha, entonces sentí la presión de mi sexo duro contra la bragueta del pantalón, me bajé el cierre y con las dos manos comencé a frotarme, me quedé así un rato, observándolos y acariciándome. Tuve mi primer orgasmo.
En octavo se fueron haciendo habituales las carreras nocturnas desde y hacia el albergue de las mujeres. Yo seguía sin tener más experiencias sexuales que algunas masturbaciones en mi casa o cuando salía de pase los fines de semana. No me atrevía a abordar a mis compañeras, pensaba que mi pecho flaco, los músculos demasiado incipientes de mis brazos y mi cara blanca, que fácilmente se ruborizaba, alejaban a las mujeres.
Más de una vez me tocó pasar la noche en vela en mi litera del albergue de becados, con las ropas de cama pegadas a mi cuerpo por la humedad, escuchando el ruido del amor en algún camarote vecino. La novia del compañero que dormía en la cama contigua, venía a pasar las noches con él. Solo tapados por las sábanas, y a veces a vista de todos, ella se le subía arriba y cabalgaba sobre sus caderas, sacudiendo sus pechos al compás de sus embestidas.
Al terminar el primer semestre llegó Carolina, la profesora chilena de Literatura. Causó sensación entre mis compañeros. Su piel, aun cuando llevaba algún tiempo bajo el sol del trópico, era más clara que la de las cubanas. Les llamaba la atención sus pechos, porque estaban más acostumbrados a las nalgas prominentes de sus mujeres, que compensaban con esa exuberancia la falta de busto. Y en cintura, ella no tenía nada que envidiar a las caribeñas
Por mi mamá, que era conocida de la maestra, supe que antes de llegar a Cuba había estado presa en Chile, nunca me contaron qué atrocidades tuvo que soportar, pero podía imaginarlo. Siempre participaba en los actos de solidaridad de los chilenos. Los fines de semana cuando salía de pase, la divisaba a veces, casi siempre sola. Me llamaba la atención que no tuviera pareja siendo tan buenamoza.
El mismo día que llegó a la beca se acercó a conversar, dijo que mi madre le había encargado que me cuidara. No me hizo ninguna gracia, le pedí que no me tratara de forma distinta, ya me resultaba complicado ser extranjero, y si me dedicaba algún cuidado especial, mis amigos me podrían molestar. Había visto cómo hostigaban a otros, y no deseaba pasar por eso.
Al principio nuestra relación fue distante. Hasta el día en que me enfermé y fui a parar a la enfermería, justo cuando ella estaba de guardia. Los profesores se turnaban los primeros auxilios durante todas las jornadas del internado. Yo iba ardiendo en fiebre, y me indicó con un gesto que me tendiera en la camilla.
–¿Qué te pasó, Antonio? ¿Te ha dolido algo?
–No –balbuceé mientras me acostaba–, la cabeza un poquito, nada más.
Vi que ella sacaba cosas de un botiquín, luego se aproximó y me aplicó unas compresas frías en la frente y me dio a tomar unas aspirinas.
Me desabrochó la camisa dejando el pecho aún lampiño al desnudo. Sentí vergüenza que viera mi vello incipiente medio rubio, algunos de mis compañeros ya tenían pelo en el pecho. Pareció notar mi bochorno porque dijo que con el calor del trópico era mejor pasar las fiebres con poca ropa, así que mejor que no me diera vergüenza. Parada al lado de la camilla despejó mi frente de los cabellos empapados en transpiración y luego acarició mi cara durante un rato. Me fui relajando.
Sumido en el atontamiento de la fiebre sentí cómo comenzó a secar la transpiración de mi pecho con una toallita, luego la dejó de lado y me pasó las dos manos, lentamente hacia mi cintura, llegaba hasta el cinturón y luego volvía con sus manos a los hombros y me acariciaba el torso, con mis tetillas hinchadas de hormonas. Y comencé a sentir una erección. Me dio mucha vergüenza, y desde el mareo deseé que ella no se diera cuenta, entones miró mi entrepierna y lo notó.
Con una mano continuó acariciando mi pecho mientras con la otra me desabrochaba el cinturón, desabotonó el pantalón y lo bajó, tirando del calzoncillo. Tomó mi miembro entre sus manos, no tenía casi pelos en esa zona, en ese momento quise ser mayor y tener un miembro más respetable. Me dio mucho calor en la cara y no supe si era de timidez o por la fiebre, levanté un poco la cabeza y vi cómo lo empuñaba haciéndolo desaparecer entre sus palmas. Sentí que toda la sangre del cuerpo se iba a mi centro. Entonces se agachó y su largo cabello liso quedó desparramado sobre mi vientre. Tuve la sensación de que algo suave y cálido acariciaba mi pene, cada vez más rápido, cada vez más fuerte, entonces eyaculé y sentí que toda la salud volvía a mi cuerpo. Ella se levantó seria, ordenando su pelo hacia atrás, sobre sus orejas, y pasó el dorso de su mano sobre su boca limpiándose. Se quedó un rato mirando fijo a mis ojos, sin decir nada, luego me preguntó si me sentía mejor. Le dije que sí. Me invadió un tibio sopor y me dormí. Cuando desperté todavía estaba conmigo. Dijo que volviera a mi albergue si ya me sentía bien. Algo confundido le di las gracias y me fui.
Al día siguiente no noté ninguna mirada especial de parte de ella. Cuando pasó una semana comencé a sentir una pena que me aplastaba, la sentía lejana. Dudaba sobre lo ocurrido, llegué a pensar que todo había sido fruto de mi fiebre.
El fin de semana del pase volvimos a Santiago de Cuba. Ella iba en la misma guagua. Pasé todo el viaje tratando de concentrarme en las filas de palmeras que desfilaban ante nuestras ventanas. No quería que me sorprendiera mirándola. A ratos no podía evitarlo y le dirigía la mirada. Sentada en uno de los primeros asientos, ella tendría que haberse vuelto para encontrar mis ojos clavados en su nuca. Desde mi puesto, varios asientos atrás, maquiné el pretexto para ir a visitarla a su casa ese fin de semana.
Al llegar al terminal mi madre me estaba esperando con un compañero de trabajo que la había llevado en auto. Le ofrecieron a Carolina encaminarla a su departamento, ella vivía en el mismo reparto que nosotros, a unas ocho cuadras del nuestro.
No recuerdo de qué hablaron en el camino. Yo me sentía incómodo y nervioso. Quizás con algo de culpa. Cuando nos detuvimos frente a su edificio para que bajara, respiré hondo y traté de ser natural cuando le dije:
–Chao, Carolina. ¿Me podrías prestar ese libro del que nos hablaste en clase?
–¿Cien años de soledad? Claro, ven a buscarlo. Por ejemplo, mañana sábado por la tarde con seguridad estaré en el departamento.
–Gracias.
Traté de poner cara seria, para ocultar la alegría que me daba con su respuesta. Había temido que me dijera
