Elogio de las vagabundas: Hierbas, árboles y flores a la conquista del mundo
Por Gilles Clément
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El botánico y paisajista francés Gilles Clément alaba estas especies de nombres exóticos y originales comportamientos que campan felices en su "jardín en movimiento". En este bello alegato, nos describe los orígenes y la historia de una variada selección y nos permite entender cómo la acción de los seres humanos es en gran medida la causante de sus vagabundeos.
Una magnífica defensa del mestizaje planetario escrita desde la sabiduría del jardinero y la poética del escritor.
Gilles Clément
Gilles Clément (Argenton-sur-Creuse, 1943) jardinero, paisajista, botánico y ensayista francés, ha sido profesor de la Escuela Superior de Paisaje de Versalles desde 1980 y es el artífice de diversos parques y espacios públicos como los jardines Le Domaine du Rayol (Var), el parque Matisse (Lille), los jardines del Musée du Quai Branly (París) y el parque André Citroën (París). Ha escrito numerosos libros relacionados con el paisajismo, además de novelas, ensayos y otras publicaciones en colaboración con artistas, y ha publicado el fundamental tratado del paisajismo contemporáneo El jardín en movimiento (2012), Manifiesto del Tercer paisaje (2018), Breve historia del jardín (2019), La sabiduría del jardinero (2021) y Especies vagabundas (2021) junto con Francis Hallé y François Latourneux, todos ellos publicados por esta misma editorial.
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Elogio de las vagabundas - Gilles Clément
Editorial GG, SL
Via Laietana 47, 3.º2.ª, 08003 Barcelona, España. Tel. (+34) 933 228 161
www.editorialgg.com
IllustrationTítulo original: Éloge des vagabondes, publicado por NiL éditions, París, 2002
Edición a cargo de Moisés Puente
Revisión de estilo: Unai Velasco
Diseño de la colección: Setanta
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
La Editorial no se pronuncia ni expresa ni implícitamente respecto a la exactitud de la información contenida en este libro, razón por la cual no puede asumir responsabilidad alguna en caso de error u omisión.
© Gilles Clément
© NiL éditions, 2002
© de la traducción: Cristina Zelich
y para esta edición
© Editorial GG, Barcelona, 2022
ISBN: 978-84-252-3355-5 (Epub)
Producción digital de Booqlab
Índice
Introducción
Algunas vagabundas
El perejil gigante del Cáucaso
Los gordolobos
Las onagras
El cardo borriquero
El tojo
El hinojo
El árbol del cielo
La chumbera
El cocotero
La neguilla
La ambrosía
La salicaria
El altramuz arbóreo
La acacia cyclops
Las ludwigias
La hierba de la Pampa
El arbusto de las mariposas
La hierba nudosa japonesa
La adormidera
La lantana
El cosmos
La caulerpa
Las arañuelas
Planeta, país sin bandera
Bibliografía
Introducción
Si reflexionamos sobre cualquier fenómeno vital, incluso ateniéndonos a su más estrecho significado, que es biológico, comprendemos que violencia y vida son más o menos sinónimos. El grano de trigo que germina y resquebraja la tierra helada, el pico del polluelo que rompe la cáscara del huevo, la fecundación de la mujer, el nacimiento de un bebé son tildados de violentos. Y nadie culpa al bebé, a la mujer, al polluelo, a la yema, al grano de trigo
.
Jean Genet
Las plantas viajan, sobre todo las hierbas. Se desplazan en silencio, a semejanza de los vientos; nada puede hacerse en su contra.
Si cosecháramos las nubes, nos sorprendería recoger imponderables simientes mezcladas con loess, polvos fértiles. Ya en el cielo se dibujan paisajes imprevisibles.
El azar organiza los detalles, utiliza todos los posibles vectores para distribuir las especies. Todo sirve para el transporte, desde las corrientes marinas hasta las suelas de los zapatos. La parte esencial del viaje corresponde a los animales. La naturaleza fleta pájaros consumidores de bayas, hormigas jardineras, ovejas tranquilas, subversivas, cuya lana contiene campos y campos de semillas. Y luego el ser humano. Animal inquieto en incesante movimiento, libre actor del intercambio de la diversidad.
La evolución sale ganando. La sociedad no. El más mínimo proyecto de gestión choca con el calendario previsto. ¿Cómo ordenar, jerarquizar, tasar?, lo posible surge en todo momento. ¿Cómo mantener el paisaje, gestionar sus gastos si se transforma a merced de los huracanes? ¿Qué plantilla tecnocrática aplicar a los excesos de la naturaleza, a su violencia?
Frente a los vientos, frente a los pájaros, queda la cuestión de las prohibiciones. La naturaleza inventiva condena al legislador a revisar los textos, a buscar las palabras tranquilizadoras.
¿Y si se estuviera asegurando contra la vida?
Un proyecto así —el seguro a cualquier precio— encuentra aliados inesperados: los radicales de la ecología, los que se aferran a la nostalgia. Nada tiene que cambiar, nuestro pasado depende de ello dicen los unos; nada tiene que cambiar, la diversidad depende de ello dicen los otros. Clamor contra el vagabundeo.
El discurso va más allá. Al político: reúne a quienes piensan que es necesario erradicar las especies procedentes de otros lugares. ¿Qué pasará si los extranjeros ocupan el terreno? Hablamos de supervivencia.
La ciencia acude a socorrernos: la ecología, rehén de sus propios integristas, se utiliza como argumento. Aquí nace el engaño: los cálculos estadísticos, la recogida de datos para elaborar los censos llevan a un genocidio tranquilo, planetario y legal. Al mismo tiempo, se dibuja un engaño más amplio: designar como patrimonio el más mínimo carácter identitario —un paraje, un paisaje, un ecosistema— para así poder rechazar todo aquello que no lo refuerza.
Todo en nombre de la diversidad, tesoro que hay que preservar para inconfesables propósitos. Quizás pueda conseguirse algún dinero o algunas denominaciones; las energías se movilizan contra el proceso intolerable de la evolución.
Para empezar, se ataca a los seres que no tienen nada que hacer aquí, sobre todo si aquí se sienten felices. En primer lugar, hay que eliminar; después ya se verá. Regular, contabilizar, fijar las normas de un paisaje, las cuotas de existencia. Declarar enemigos, pestes y amenazas a los seres que osan traspasar estos límites. Iniciar un procedimiento, definir un protocolo de acción: ir a la guerra.
Este libro se opone a una actitud ciegamente conservadora. Considera la multiplicidad de los encuentros y la diversidad de los seres como riquezas que se suman al territorio.
Observo la vida en su dinámica, con su tasa ordinaria de amoralidad. No juzgo, pero sí tomo partido a favor de las energías capaces de inventar situaciones nuevas en detrimento probable de la cantidad. Diversidad de configuraciones contra diversidad de seres. Una cosa no impide la otra. Elogio de las vagabundas se remite al jardín: al planeta considerado como tal. Al jardinero, pasajero de la Tierra, mediador privilegiado de maridajes inesperados, actor directo e indirecto del vagabundeo, vagabundo él también.
I
Algunas vagabundas
El perejil gigante del Cáucaso
Heracleum mantegazzianum. Sommier y Levier
Apiáceas. Umbelíferas
¡Pasen y vean!
, decía la señora con el pelo recogido en un moño y una voz ronca a causa del tabaco y la audacia, e invitaba a los clientes a cruzar su tienda de cazuelas, que brillaba con aquel amasijo de trastos y objetos indispensables, como aquel embudo centelleante, recuerdo, con un agujero lateral cuya finalidad era un misterio. La señora no sabía para qué servía, aunque tampoco parecía importarle. Quizá algún día un cliente descubriría el tesoro y su uso. Mientras tanto, esperaba colgado de una viga junto a utensilios llenos de polvo, cordeles y cables oxidados. ¡Pasen al jardín! Es más interesante, tengo plantas gigantes. No se las enseño a todo el mundo
, decía. Fue así como descubrí el perejil gigante del Cáucaso, un día de junio, junto al muro de una casa modesta situada al final de un pueblo sin encanto en algún lugar de la Francia central. La planta estaba en flor.
Sin duda, fue todo un hallazgo, no fue ninguna pérdida de tiempo rebuscar en el centro del país. Aunque para ello había que llegar, como si del juego de la oca se tratara, hasta la parcela de las hierbas, embutida al final de la tienda. El último compartimento valía la pena: tallos de tres metros que acababan en enormes umbelas llenas de una constelación de moscas y diversos coleópteros. (Tiempo después, en mi jardín, observé cetonias en abundancia, escarabajos longicornios de colores, cientos de dípteros y algunas mariposas.) La flor del perejil gigante —en realidad una gran inflorescencia— estaba de recibimiento aquel día. La corte y la ciudad de la entomofauna se daban cita allí; esa era mi impresión.
No hay otra igual en toda la región y nadie sabe decirme cómo se llama.
La señora del moño esperaba con entusiasmo la llegada de un botánico experto, o, a falta de uno, de un especialista en embudos. Descubrí la especie, atónito ante su tamaño y fogosidad. No pude darle un nombre, pero sí clasificarla en una familia. Se trata de una umbelífera, dije, sin arriesgarme. Vi iluminarse el rostro de la mujer: ¡Estaba segura de ello!
. Estaba exultante, y nos hicimos amigos. Ella fue quien me dio las semillas que dieron lugar a los perejiles gigantes de mi jardín. Debo los comienzos de El jardín en movimiento a estas plantas gigantes. Fue a partir del propio desplazamiento de estos perejiles sobre el terreno que elaboré la gestión del movimiento, extendiendo el principio a todas las vagabundas.
¿De dónde venían?
Entre 1880 y 1887, el antropólogo italiano Paolo Mantegazza hizo un viaje junto a Émile Levier y Stéphane Sommier, con quienes entabló amistad. De vuelta de un viaje al Cáucaso en agosto de 1890, al que no fue el gran sabio, los dos botánicos trajeron del monte Elbrús, en Abjasia, las semillas de la umbelífera más grande y hermosa nunca vista. En honor a su amigo común, la planta gigante se conoce hoy como Heracleum mantegazzianum. Quedaba hacer su descripción y verla crecer. La suerte recayó en el horticultor genovés Henri Correvon, quien sembró las semillas del perejil gigante recogidas a orillas del río Kliutch, a 1.800 metros de altitud.1 Desde el cantón suizo de Vaud, la planta se extendió rápidamente por Europa, donde tuvo mucho éxito en los jardines. Algunas fotografías de la década de 1900 realizadas en los jardines Albert-Khan en Boulogne-Billancourt, en Francia, muestran el perejil gigante bien colocado, aislado en el césped, tal como recomendaba Correvon, posando junto a una dama con sombrilla.
La planta sorprende por su prestancia. Las descripciones más serias hablan de un porte arquitectónico y grandioso
. Correvon consigue hacer germinar las primeras semillas dos años después de la expedición de Levier y Sommier, pero tardó cinco años más en poder observar las flores: Las hojas son elegantemente irregulares; el limbo, de más de un metro de largo, es sostenido por un peciolo rojizo de la misma longitud, de modo que la mata alcanza un diámetro de ¡cuatro metros! ¡Tallo erguido de color rojo cobrizo de dos metros de altura o más, que sostiene una umbela de metro y medio de diámetro compuesta de más de diez mil flores blancas!
.
La biología del perejil gigante parece adaptada a las condiciones cambiantes del entorno. Esta plasticidad hace que sea una conquistadora capaz de adaptarse a cualquier lugar donde el suelo, lo suficientemente húmedo y profundo, y el clima, bastante fresco y con inviernos fríos, le permitan vivir, y, sobre todo, regenerarse, producir flores y semillas. El perejil gigante a veces es monocárpico —muere después de florecer—, otras plurianual o vivaz (como el caso de los ejemplares de la señora de la tienda de cazuelas), manifiesta en cualquier circunstancia una robustez espectacular y, cuando arraiga, tiende a proliferar. Ocupa los limos fértiles del río Théols, cerca de la localidad francesa de Issoudun, a lo largo de varios kilómetros en sus orillas; es frecuente
