La lengua en corazón tengo bañada: Aproximaciones a la vida y obra de Miguel Hernández
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La lengua en corazón tengo bañada - Varios autores
LA LENGUA EN CORAZÓN TENGO BAÑADA
APROXIMACIONES A LA VIDA Y OBRA DE MIGUEL HERNÁNDEZ
Arcadio López-Casanova (ed.)
con la colaboración de Elia Saneleuterio
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
© Los autores, 2010
© De esta edición: Universitat de València, 2010
Coordinación editorial: Maite Simón
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Communico C.B.
ISBN: 978-84-370-7766-6
Realización ePub: produccioneditorial.com
A Ana, una mujer extraordinaria, después de treinta años de un caminar conjunto.
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
DEDICATORIA
LIMINAR
MIGUEL HERNÁNDEZ DE AYER A HOY
OBRA POÉTICA: EJES TEMÁTICOS, MODALIZACIÓN LÍRICA Y ESQUEMAS FORMALES
VIDA, MUERTE, AMOR: TRES POEMAS, TRES HERIDAS EN MIGUEL HERNÁNDEZ *
ESTRUCTURA COMUNICATIVAY FIGURAS PRAGMÁTICAS
ESQUEMAS FORMALES Y COMPOSICIÓN POEMÁTICA
OBRA TEATRAL: LOS SIGNOS DE UNA DRAMATURGIA
JUSTICIA SOCIAL, VIOLENCIA Y SACRIFICIO EN EL TEATRO DE MIGUEL HERNÁNDEZ
FUENTES E INFLUENCIA
FUENTES POÉTICAS DE MIGUEL HERNÁNDEZ (1933-1936): UNA RECAPITULACIÓN*
CATULO Y MIGUEL HERNÁNDEZ: CORRESPONDENCIAS TEMÁTICAS Y TOPOI
LA RECEPCIÓN DE MIGUEL HERNÁNDEZ EN LA POESÍA DE POSTGUERRA*
RAZÓN DE AMISTAD: LOS COMPAÑEROS DEL ALMA
MIGUEL HERNÁNDEZ Y RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN*
JUAN MARINELLO Y MIGUEL HERNÁNDEZ: APORTACIONES SOBRE UNA RELACIÓN AMISTOSA Y LITERARIA
HERNÁNDEZ-ALEIXANDRE: UNA AMISTAD EJEMPLAR*
EPÍLOGO: DOS HOMENAJES POÉTICOS
GUÍA BIBLIOGRÁFICA
LIMINAR
Miguel Hernández es hoy, a las puertas de su centenario (1910-2010), un autor de muy amplia aceptación lectora y muy valiosa atención crítica. Esa doble recepción –por parte de lectores, por parte de críticos– supone un significativo reconocimiento de quien es –para decirlo con certeras palabras de Carlos Bousoño– el «poeta más dotado de su grupo, el de mayor ingenio lingüístico, el de más temblorosa, humana emoción», y cuya obra representa una de las más altas cimas de nuestra lírica moderna.
Y se trata de una obra, además, en la que –como en muy pocos ejemplos– vida y creación van estrechamente unidas. La creación sentida, día a día, con apasionada vocación, y vida hecha pasión que se transmuta en acabada realidad artística. Una existencia –hay que subrayarlo– conmovida y llevada por oscuras fuerzas trágicas, y asumida siempre con ejemplar entereza humana, con radical autenticidad.
Esa obra, desarrollada con trabada coherencia en poco más de una década, presenta, por otra parte, otro importante valor, y es que acierta a interpretar y representar –quizás como ninguna de su tiempo– los signos de una época dinámica y compleja, abriendo a su vez renovadoras líneas de sentido en la lírica española del momento (y con enorme repercusión hacia el futuro).
Se trata de esa etapa que Cano Ballesta selló, con título de éxito, «entre pureza y revolución», y que, propiamente, viene marcada por la tensión entre una poética que se cierra de modo culminativo (la guiadora del unitario tronco de tradición simbolista y sus ramas) y otra que emerge, de signo «rehumanizador», con un decir poético de base realista o de razón histórica que tiene su foco cosmovisionario en el hombre «situado» en el mundo, enmarcado por unas concretas coordenadas espaciotemporales, y cuyo tema esencial –como señaló Aleixandre– va a ser «el cántico inmediato de la vida humana en su dimensión histórica». Una poética, en fin, que alcanza luego toda su dimensión en los «libros de guerra», y en la lírica existencial y testimonial de posguerra.
Pues bien, en tan significativas fechas hernandianas, el presente volumen –como su subtítulo subraya– pretende ser una aportación a la ya vasta e importante recepción crítica de tan decisivo autor, de tan fecunda obra. Una aportación que, con la colaboración valiosa de muy destacados especialistas, quiere ofrecer una visión del trabajo creador de Miguel Hernández –en su poesía, en su teatro–, y de aquel aspecto de su vida –las relaciones literarias y de amistad– que él sintió tan honda, tan entrañablemente.
Para dar esa visión de su obra, hemos seleccionado, de modo principal, estudios que respondiesen a perspectivas o enfoques que la crítica –por lo menos hasta el momento– menos ha considerado. De ahí, por ejemplo, el estudio en su poesía de los ejes temáticos (y su razón articuladora y unitaria), de las claves de la modalización lírica o de la tipología del soneto a la luz de varios esquemas formales; y, en cuanto al teatro, la innovadora propuesta sobre los signos miméticos y sacrificiales como caracterizadores de su dramaturgia. No podían faltar además, en este compendio, unas aportaciones –no menos iluminadoras– sobre las fuentes formativas hernandianas, sobre llamativas correspondencias temáticas y topoi y sobre la tan notable presencia de su palabra poética en la lírica española posterior, para la que representó, sin duda, un modelo estético y ético.
Se recogen en este volumen trabajos que ya estaban publicados y otros inéditos, preparados expresamente para esta ocasión. Los publicados han sido revisados de nuevo y, en su caso, ampliados para figurar en el presente compendio. Vaya nuestra gratitud a los autores, pues, por su dedicación y colaboración desinteresada.
Ya por último, he de expresar también mi agradecimiento al profesor Antoni Furió, director de Publicacions de la Universitat de València, por su atención y generosa aceptación, desde el primer momento, del proyecto hernandiano.
Y cerramos estas palabras liminares con el sentido deseo de que las páginas que aquí y ahora se presentan sean un digno reconocimiento y homenaje a quien quiso hacer siempre de su palabra un enaltecedor canto de amor, de vida, de libertad y de solidaridad entre los hombres.
ARCADIO LÓPEZ-CASANOVA
Universitat de València
P
MIGUEL HERNÁNDEZ DE AYER A HOY
Eduardo Alonso
Escritor
Hablo después de muerto.
M. H.
Al recibir en 1986 el premio Nobel de la Paz, Elie Wiesel recordó la turbación y el espanto que sintió de muchacho al descubrir el reino de la noche. Sucedió muy deprisa: el gueto, la deportación, el tren de ganado, la separación de sus padres, Auschwitz. Se puede encontrar en Internet la foto de aquel preso: es el sétimo de la segunda fila de literas. Cuarenta y cuatro años después aquel chico judío seguía vivo en el hombre adulto y lo interrogaba: ¿qué has hecho por mí? Y el hombre le contestaba con humildad y satisfacción: toda mi vida he intentado guardar viva la memoria, luchar contra los que se olvidan, porque «la indiferencia es personificación del mal».
A estas alturas Miguel Hernández está en la historia literaria, bien registrado y a resguardo gracias a una formidable documentación. Velan hoy por su memoria una Fundación, tenaces estudiosos y algunos lectores, no muchos, porque éstos no son tiempos propicios para la poesía. Contra la ignorancia y el olvido se guardan unas 6.500 piezas –por decirlo en términos de museo–, entre libros, artículos, cartas, documentos, fotos, dibujos, canciones..., sin contar los versos que su persona y obra inspiraron. Y al buscar en Google «Miguel Hernández, poeta», se abren setecientas mil referencias. ¿No está ya todo dicho de él? El centenario del nacimiento del autor de El rayo... tendrá cierta repercusión mediática, dará lugar a muchos actos de reconocimiento y difusión de su obra, entre otros sucesos se anuncia –¡risum teneatis, amici!– el envío al espacio del libro Perito en lunas en un satélite de la firma norteamericana Celestis. Pero el peligro acecha, el mal está emboscado, y es, como decía Wiesel, la indiferencia.
POETAS FUERA DE COMBATE
Hasta los años ochenta del siglo pasado el poeta, como hombre de letras, se integraba en la casta o grupo social del intelectual, y por mucha querencia que tuviera a encerrarse a cal y canto en su torre de marfil, la turbulencia histórica lo sacaba a menudo a la calle, y tenía que definirse y elegir entre estos o aquellos, aquí o allí, con estos o con los otros. No era posible la neutralidad ni concebir la poesía como un lujo cultural. El intelectual tenía un papel comprometido y crítico, era el que prescribía valores, suministraba criterios y se investía de una misión salvadora y utópica. El hombre de izquierdas –cuya estética disidente y misionera se manifestó en la etapa final con barbas, humo de pitillos, pantalones costrosos y mochila en bandolera– murió tras un coma largo. No es que hoy el poeta, un ciudadano invisible, sea indiferente a los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, porque los hombres siguen matándose y falta sopa a mucha gente, que diría Mafalda, pero ya no maneja su verso como blande el capitán su espada. La poesía hoy no es «arma de combate», ni puede serlo. El verso no es cosa necesaria «como el pan de cada día y el aire que respiramos trece veces por minuto...». Hoy el intelectual –y más aún el poeta– ha descubierto sus límites y la sociedad del zapping no le da cancha.
Una cara de la indiferencia se presenta al suponer que la obra de los poetas implicados con testimonio poético en el remolino de la historia ya no sirve para estos tiempos. Durante los años sesenta y setenta los versos de Miguel Hernández se usaron como eslóganes y su figura de soldado y poeta, Garcilaso rojo, pero pastor real, no zagal de églogas y ovejas líricas, se proyectó como bandera del pueblo tiránico contra el comendador. Hay poetas grandes cuya vida y obra dicen muy poco de su circunstancia histórica, pero él había prestado sus versos en la contienda civil, era ejemplo de compromiso y de testimonio personal, su obra fue luego proscrita y silenciada. Su reivindicación se hizo con lecturas, recitados, canciones, invocaciones asamblearias, homenajes al pie de la tumba... Se le asociaba a valores éticos, de libertad, de solidaridad, de militancia política y de representación popular. Era un paradigma de poeta del pueblo, por su origen pobre, por los destinatarios de su obra a los que daba voz, porque fue ruiseñor sobre las balas, porque el pueblo unido jamás será vencido y porque hablaba de millones de niños jornaleros, mujeres de ubres resecas y de que «nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente, / los que entienden la vida por un botín sangriento...». Todo eso es pasado y hoy parece antiguo. Empezando por la palabra pueblo, voz en desuso hasta en la acepción más genérica de «gente de un país», salvo en boca de nacionalistas terruñeros, heraldos del ayer. No soplan vientos del pueblo, ni ventalles de poetas, sino –no sé si por razones jurídicas, políticas o sociales– vientos de la ciudadanía. ¿Chapuzarse de pueblo?, como decía Unamuno. ¿Dónde está Blas de Otero?, el que proclamaba «yo no quiero ser famoso, / que quiero ser popular». «Los poetas somos vientos del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos...?».
¿Quién se cree hoy que el poeta sea conductor de ojos y sentimientos? Los tiempos han cambiado. Si ese papel del poeta como vigía de horizontes y afectos está ya anticuado y en desuso, no se necesita la poesía que surgió de un compromiso personal en tiempos turbulentos o de mordaza, no conmueve la poesía de encargo social, que diría Luckács, la poesía «militante o de circunstancias». Si se conmemora a Miguel Hernández, es por interés académico (congresos, publicaciones, créditos para el currículo, exposiciones varias), y por oportunismo político (inauguraciones, presupuestos, fastos localistas, resonancia mediática...), y por astucia mercantil (discos, reediciones, talleres escolares...).
LA POESÍA NOS DEJA FRÍOS
La pregunta es: ¿qué hacer hoy con Miguel Hernández y su obra? Se dirá: desbrocemos su poesía de aliento populista, de lo que tenga de alegato y arenga, de la brillante retórica del principiante y quedará aún poesía auténtica e intemporal. Se dirá: un poeta como MH es un caso único de aprendizaje y evolución, y queda aún mucho campo para el estudio científico, la deconstrucción del poema, el análisis de los ingredientes fónicos e imaginativos, como haría un bromatólogo en el laboratorio con los alimentos, la pesquisa
«hidrográfica» –la que busca fuentes, influjos, ecos de San Juan, joyería gongorina...–. Estos trabajos enseñan ciertamente a leer los versos, a entenderlos mejor, a desmontar sus mecanismos, a fijar sus ecos y sugerencias. Pero al despojar el texto de la vicisitud biográfica y la circunstancia histórica en que surgió, pierde sentido y resonancia afectiva, se ignora su intención, se formaliza y empobrece, creo yo. ¿Alguien escribe sin ninguna intención? Si el poeta ya no es ojo para el lector ni conductor de sentimientos, la poesía no se considera útil para satisfacer aspiraciones o enriquecer sensibilidades del presente, no interviene en lo que Luis Vives llamaba cultura animi, la cultura del corazón, tan rezagada hoy respecto a la cultura de la cabeza, la relacionada con el formidable progreso de la ciencia y de la técnica.
Hay hoy, en efecto, una general indiferencia hacia la poesía como bien cordial y cultural. Dicho en términos económicos y sociales, la poesía siempre fue un bien limitado, exquisito y «difícil». Pero tuvo cierto prestigio cuando en una sociedad mayoritariamente analfabeta los escritos gozaban de respeto y autoridad. Alcanzó cierta resonancia popular: versos del Tenorio, poemas de Bécquer en cartas de enamorados, lapidarias humoradas de Campoamor, romances gitanos de Lorca, poemas aprendidos de memoria en la escuela... Aquel prestigio y aquella resonancia se han desvanecido. Hay otros productos culturales que se fabrican en cantidades masivas, se transmiten urbi et orbi, están al alcance de la mano y llenan el tiempo de ocio. En la pantallita del teléfono se puede seguir una película de marcianos y con un aparatito en el bolsillo del chándal escuchar a Mozart trotando por la playa a pleno día. La imagen lo es todo y aunque el mundo es más sonoro que nunca, la palabra ha perdido valor artístico, poder dramático, uso poético y formal. A diario cae sobre cada uno de nosotros un diluvio babélico de palabras. En el cine, en la televisión, en el aula, la lengua, que es una especie de lasaña con variadas capas lingüísticas y registros sociales, ha quedado laminada en una pizza coloquial aliñada con cháchara y parloteo de moderno sainete. La moda pedagógica desdeña la palabra artística: la poesía no se considera útil en la formación sentimental ni en la magia verbal de los párvulos, no se lee en la escuela, no se comenta en el bachillerato, no se necesita a solas para el amor y el duelo, no se recita en ninguna parte. Ni siquiera se fomenta la lectura oral.
ESCRITURA Y VIVIDURA
Entonces, ¿qué semblanza interesada se puede hacer ahora de Miguel Hernández y qué proyección lectora? A estas alturas, en el 2010, derrengado o no el toro de España, no hay necesidad de salvadores. A casi 70 años de la muerte del autor del Cancionero y Romancero de Ausencias podría quedar bien sólido lo que en él es permanente: un compromiso ético y estético, un testimonio vital inseparable de sus versos, el reclamo civil y la conmovida voz de la experiencia íntima. Para no reducir su obra al estudio científico (tan completo ya), ni a la exégesis política (tan inservible hoy), lo imprescindible para que el poeta hable después de muerto es quizás relacionar vida y obra, el hombre y su trabajo, las vicisitudes personales y la creación artística. Surgiría así un relato, y los relatos no dejan indiferente a nadie. El relato sitúa en el tiempo a los protagonistas y sus hechos –el hombre y sus versos–, desarrolla un proceso de aprendizaje y experiencia, muestra en una dimensión temporal lo que queda y lo que se pierde, «el río que durando se destruye». Desde esa perspectiva Miguel Hernández es un caso apasionado, experimentador, laborioso y ejemplar de vividura –que diría Ortega– marcada por una suerte de fatum trágico y de destino artístico: nacido para poeta. Radicalmente humano, según el testimonio de Buero, y entrañable poeta. En la dedicatoria a Vicente Aleixandre de Viento del pueblo, escribió: «A nosotros, que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a todos los hombres». Sintió como un designio agónico hacer su vida y escribir versos, inseparablemente. Por eso, creo yo, en esta conmemoración la voz poética no puede desligarse de la circunstancia vital, como el caudal de un río sigue su curso entre el paisaje por el que se abre paso. Ese recorrido recoge el relato biográfico y el testimonio de sus allegados con el proceso de creación poética. El aprender a vivir es asignatura difícil y el aprender a escribir (poesía, novela...) es oficio que requiere maestros, mucha práctica, destreza y cierto don especial. En Miguel Hernández esos procesos son fervorosos e inseparables. Su formación escolar con los jesuitas fue breve, por lo que hay que considerar, como decía Lázaro, el mérito de los que con la suerte en contra, remando con fuerza y maña, llegan a buen puerto; en el caso de Miguel Hernández, con pasión, constancia y autenticidad llega a ser poeta, y ser reconocido, y ser poeta para el pueblo y para sí mismo. Una persona es una experiencia irrepetible y la de Miguel Hernández ofrece ese interés agónico por salir de la penuria y de la ignorancia, desclasarse culturalmente, conseguir la tutela magistral de Aleixandre y Neruda, ser poeta, sin perder su «faz térrea», su «rudeza de cuerpo», la «infinita delicadeza de su alma benevolente», según Aleixandre, sin desprenderse de lo que era ab origine. El proceso de abrirse paso, de hacerse persona y poeta, está ya en el relato de un viaje, de Orihuela a Madrid. Hay anécdotas que lo reflejan muy bien.
Baste una: pide a Aleixandre un ejemplar de La destrucción o el amor porque «no me es posible adquirirlo», y firma la carta con el añadido de un epíteto a la manera épica (Aquiles, «el de los pies ligeros», Mio Cid, «el que en buena hora nació», etc.) para identificar su estado y quizás favorecer la dádiva, más la referencia al lugar de origen: MIGUEL HERNÁNDEZ, PASTOR DE ORIHUELA. Pastor, y de Orihuela. No es lo mismo poeta de Orihuela que de Madrid. Indicar el modesto lugar de nacimiento era un modo mítico de enaltecer la figura de quien se había hecho a sí mismo, labrándose un destino: Jesús de Nazaret («¿puede salir algo bueno de Nazaret?» Juan, I-46); Ruy Díaz, el de Vivar; don Quijote de la Mancha. Luego, los pícaros señalan con ironía su condición antiheroica: Lázaro de Tormes...
El recorrido hacia el amor y la muerte es otro viaje vital y poético, construyen otro relato, cuya fatalidad está signada por marcas que a nadie dejan indiferentes. Pienso en ese brillante reloj de oro que el poeta lució el día de la boda, regalo del amigo y del maestro –la boda, al fin, con el pobre atuendo dominical de los novios–, tal vez el reloj y el mismo traje que vendió tras cruzar la raya de Portugal y cuyo comprador al parecer lo denunció. Fue devuelto a este lado de la frontera. ¿Enseñó a los guardias el ejemplar que llevaba de su auto sacramental, en defensa propia? Luego empieza la odisea carcelaria.
Un verso es una dimensión fónica y temporal y los hechos vitales se alzan sobre un espacio, con su luz y sus elementos. Los espacios en Miguel Hernández se reducen y ensombrecen. Del espacio libre y luminoso en la montaña de Orihuela donde cuidaba cabras, con la vida por delante, hasta la estricta enfermería de la cárcel. El balance se hace en breve lapso y el trayecto se resume así:
Yo que creía que la luz era mía,
precipitado en la sombra me veo...
Se podrían citar otros versos, porque de la poesía de Miguel Hernández es fácil entresacar citas muy breves y muy cargadas de emoción y expresión feliz. Los espacios se reducen, los versos se depuran. El recorrido poético de MH se inicia, como es habitual en cualquier poeta o novelista, con la imitación de modelos y una brillante exhibición de habilidades (¡vais a ver cómo manejo yo el adjetivo y, si quiero, el alejandrino y la octava!) y en el rumbo más o menos alterado por el oleaje personal e histórico, la voz se hace propia, se adelgaza de retórica y llega en el caso de Hernández a la isla de las ausencias. Murió ligero de equipaje, casi desnudo, pero con una obra poética muy extensa en sólo diez años. Recuerdo, con ocasión del cincuentenario de su muerte, una exposición en Alicante con variados materiales, fotos, documentos y pertenencias. Ofrecían informaciones interesantes, imágenes ilustradoras, curiosidades y objetos entrañables, pero destacaba un documento frío y patético: la nota que un escribano experto en inventarios administrativos redactó con los «efectos propiedad del fallecido: un mono, dos camisetas, un jersey, un calzoncillo, dos fundas de almohada, una correa, una toalla, una servilleta, dos pañuelos, un par de calcetines, una manta, una cazuela y un bote». Y la ordenanza final: «pase a desinfección, y de allí a almacenes de administración». ¿Ni un papel? Al parecer al director de la cárcel le llegó el dolido comentario de que ni siquiera le habían
cerrado los ojos, pero lo justificó con un informe del forense: «Miguel dormía siempre con los ojos abiertos porque estaba muy flaco». Aleixandre lo recordó como un hombre confiado, puntual, con puntualidad del corazón, al que nunca se le apagó su creencia en los hombres, esa luz que por encima de todo, trágicamente, le hizo morir con los ojos abiertos. Gil Albert, tan lejos del populismo, al que no podemos imaginar escribiendo un poema al sudor, señaló que en general nuestras muertes parecen más bien un desarraigo de la vida, pero en ciertos casos –como el de Miguel Hernández– la muerte se adhiere a la vida por una como exhalación común, y así sucede en los héroes y en las víctimas.
LA EXPERIENCIA DE LA ESCOBA
En algunos poetas la vida y la muerte hacen un todo con la obra, siguen una continuidad indisoluble. La circunstancia personal y la circunstancia social condicionan y dirigen la creación poética. Es el caso de Miguel Hernández, y quizás sea hoy, en la conmemoración del centenario, la manera de actualizarlo. De él sí se puede decir en el más amplio sentido personal e histórico que es poeta de la experiencia. Y sin referencia a la circunstancia biográfica e histórica algunos poemas suyos quedan tan desvirtuados de sentido que parecen puras piruetas de estilo, tracas de ingenio, escaparate de metáforas. Pondría un ejemplo: la oda a la escoba, a la que llama palma bajada de la altura, espada, flauta, azucena, lengua sublime y acordada... ¿Un juego? La profesora Geraldine C. Nichols advirtió que barrer era una tarea habitualmente femenina y que la escoba por su «forma y movimiento ascensional la asimilan al falo». Bueno. Pero el ingenioso poema se escribió tras un castigo a un hombre preso. Un vigilante había notado «algo raro» en Miguel Hernández a la hora de cantar un himno –¿sería el «Cara al sol»?–, obligatorio para los reclusos, y lo castigó a barrer el patio de la cárcel. Ironeia: el poema se titula ascensión de la escoba, y humillar es inclinar o doblar una parte del cuerpo, en señal de sumisión. La escoba es símbolo de la rebeldía y de la convicción del poeta: bajó la escoba de la altura para barrer la basura de este mundo –«para librar del polvo sin vuelo cada cosa»– y asciende al final, como «una palmera, columna hacia la aurora». Es una aurora visionaria: ¿la esperanza? El poema expone un espacio íntimo que enriquece el sentido poético del texto. En la cárcel, «fábrica del llanto, telar de la lágrima que no ha de ser estéril», pese al castigo y la vejación, el poeta se sobrepone y escribe una graciosa oda en la que reivindica su convicción de lucha y esperanza. Buero Vallejo lo confirmó: «sometidos a estrecha y numerosa convivencia, separados de nuestros familiares, vivíamos días de nostalgia y esperanza».
¿Será verdad aquel verso de Miguel Hernández: «hablo después de muerto»? El tiempo, ese gran escultor, que decía la Yourcenar, desbasta aristas y adherencias superficiales, pero quizá deje sólido y visible el testimonio vital y poético que el poeta construyó indisolublemente en un tiempo atroz de nuestra historia. Wiesel decía: no somos responsables del pasado, sino de cómo lo recordamos.
OBRA POÉTICA:
EJES TEMÁTICOS, MODALIZACIÓN LÍRICA Y ESQUEMAS FORMALES
VIDA, MUERTE, AMOR: TRES POEMAS, TRES HERIDAS EN MIGUEL HERNÁNDEZ [*]
Francisco Javier Díez de Revenga
Universidad de Murcia
La vida de un poeta contemporáneo, en pocos casos, es tan interesante para comprender su obra como en el de Miguel Hernández, cuya trayectoria existencial desde unos orígenes escasamente cultivados hasta un final patético, pasando por espacios de autoformación cultural y de compromiso político activo, tanto ha llamado la atención de los numerosos estudiosos que a su obra se han aproximado. Poeta excepcional, de gran fuerza y vitalidad juvenil mantenida siempre, fue también atento escucha de las novedades literarias más avanzadas de su tiempo, que le capacitaron para crear una poesía innovadora en cuanto a su formación, y personal en lo que a su ejecución se refiere, aunque siempre queda la duda de lo que el futuro de un poeta, muerto a los treinta y un años, podía habernos deparado. Porque está claro que, si bien logró, como nadie en su tiempo, en el que tantos y tan buenos poetas hicieron su aparición en España, crear un obra personal en las distintas facetas que cultivó, no es menos cierto que su producción comenzaba a madurar cuando sufrió las dos grandes calamidades que la delimitaron y la condujeron por caminos inesperados: la guerra y la cárcel. La muerte, temprana y singularmente cruel, vendría a dar al traste con lo que se ofrecía como gran promesa de la lírica española en la época de mayor esplendor de nuestro siglo.[1]
No ocupa el desarrollo de la actividad poética de Miguel Hernández un lapso temporal excesivamente extenso. Los primeros poemas que publicó son de los últimos años veinte y la muerte le sobrevino en marzo de 1942. Poco más de una década de producción nos permite, sin embargo, advertir una evolución muy intensa y una gran transformación de esquemas e intereses poéticos que van desde una obra inicial vinculada a la tradición a una poesía final, nuevamente vinculada a esquemas rítmicos muy tradicionales, pero de gran originalidad e intensa y patética emoción humana. En un escritor de tan corta existencia es raro establecer tantos espacios distintos como en Miguel Hernández, espacios que nos permiten asistir a diferentes momentos de una obra tan múltiple como variada. Y la explicación hay que hallarla desde luego en la intensidad de su existencia y en las múltiples experiencias vitales que definieron su poesía, su gran capacidad de creación y su extraordinaria vitalidad. Para acceder al conocimiento de su trayectoria hay que tener en cuenta la gran permeabilidad de un escritor que es capaz de asumir diversas influencias determinadoras de su personalidad a través del tiempo y forjadoras también de su originalidad incuestionable, entre el gongorismo, la escuela de Calderón, la huella de Quevedo y Garcilaso, la presencia de Pablo Neruda y Vicente Aleixandre, hasta integrarse en la poesía épico-lírica de la guerra y la oscura experiencia de la cárcel. Sobre estos espacios, brilla la fuerte personalidad de un joven poeta que va aportando sus rasgos propios.
Podríamos asegurar, sin temor a equivocarnos, que en la poesía de Miguel Hernández sólo hay tres temas, tres grandes asuntos que todo lo invaden y determinan, y que, por otro lado, son los tres grandes temas de la poesía de siempre: la vida, el amor y la muerte. Miguel vivió en carne propia la fuerza de estas tres grandes corrientes que vertebran toda su escritura poética y le dan sentido. Por eso, un poema suyo, del Cancionero y romancero de ausencias,[2]de los poemas escritos en la época de la ausencia y de la cárcel, define tan bien todo lo que es su doctrina poética y su fuerza de muchacho noble, digno ciudadano y enamorado para siempre. «Un oscuro presagio funeral –apunta José María Balcells–[3]flota de continuo sobre el palpitar enamorado del poeta, y el vivir, el amar y el morir pugnan con idéntica insistencia por dominar su aliento». En el momento del dolor y de la distancia, sus tres grandes temas se convierten en sangre de la pena, de esa «picuda pena» que veremos en otro de sus poemas, de ese pesar que convierte los tres inmensos motivos en sangre de su sangre, en tres sentimientos, en tres heridas:
Llegó con tres heridas: la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.
Merece la pena que reflexionemos brevemente sobre algunos aspectos que me parecen notables en esta bella canción. El primero es su economía verbal. Es un poema de los años cuarenta, escrito posiblemente en la cárcel, cuando el poeta se halla alejado de su amada, de su hijo, de todos sus seres queridos. Es un poeta triste y desolado, porque es un ciudadano derrotado, y un ser que ha perdido la guerra, que ha sido perseguido, y que ahora carece de libertad y además siente sobre él la injusticia de la condena, la proximidad de la muerte, impuesta por sus enemigos
