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Martín Cortez
Nací en el Puerto de la Cruz municipio de Abasolo GTO, a las tres de la mañana del mes de junio en 1965. Fue cuando di el primer respiro, al mes fui bautizado en la Iglesia Católica de mi poblado con el nombre de José Martin. Pero cuando tenía tres decido quedarme con el nombre de Martin. No tuve amigos de mi edad, pero si tuve buenos amigos en mi niñez, uno fue Casimiro Rodríguez el revolucionario. Otro el explorador y el poeta de mi poblado, con ellos aprendí que la vida es una historia y hay millones de historias volando. Atesoro sus consejos de hombres sabios. También cómo olvidarme del lugar donde corrí libremente e inventé mil personajes imaginarios como el Cerro Blanco. Se encuentra potente resguardando a mí querido, Puerto de la Cruz.
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El Ilegal - Martín Cortez
Copyright © 2014 por Martin Cortez.
Número de Control de la Biblioteca del Congreso de EE. UU.: 2014921206
ISBN: Tapa Dura 978-1-4633-9689-3
Tapa Blanda 978-1-4633-9688-6
Libro Electrónico 978-1-4633-9687-9
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación, o por cualquier sistema de almacenamiento y recuperación, sin permiso escrito del propietario del copyright.
Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia.
Fecha de revisión: 09/12/2014
Palibrio
1663 Liberty Drive
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Fax: 01.812.355.1576
699457
ÍNDICE
Introducción
Capítulo 1 Los Primeros Recuerdos
Capítulo 2 La Muerte De Los Puercos
Capítulo 3 El Regreso De Mi Padre De Los Estados Unidos
Capítulo 4 Criaturas De La Noche
Capítulo 5 Los Callejones
Capítulo 6 Cambios En La Vida
Capítulo 7 El Bus
Capítulo 8 El Brinco
Capítulo 9 La Vida En El Rio
Capítulo 10 La Deportación
INTRODUCCIÓN
Todo mi agradecimiento a los amigos de la niñez y especialmente a los que creyeron en mí. Al poeta: Sin él mis sueños no se hubieran alimentado, no se hubieran mantenido con vida desde mi niñez. Llevo su poesía conmigo por donde quiera que vaya. Poeta, ¡Cuanta vida nos diste a la gente del Bajío Mexicano! Espantaste nuestras tristezas cambiándolas por sonrisas sin esperar nada a cambio. Tú perdurarás por los siglos venideros alegrando los callejones de El Puerto de la Cruz.
Era la década de los 70’s y en todas las zonas del campo en México se vivía algo similar. Estaba en agonía el programa de Braceros
. Cada vez más ilegales reemplazaban en el trabajo a aquellos trabajadores migrantes legales. Yo fui uno de ellos, crucé ilegalmente la línea que divide San Isidro y Tijuana. Toda mi vida lo había soñado, desde que era un niño pues mis ojos miraban a los pocos braceros que regresaban del país del Norte. Cada vez eran más y más ilegales los que dejaban su país. Muchos regresaban contando bonitas historias de los Estados Unidos. Los ilegales dejamos atrás madres tristes en todo el país; en Jalisco, Michoacán y, claro en mi tierra natal, Guanajuato.
Todo era como las flores del campo. Los ilegales éramos una de ellas porque con nuestro trabajo dábamos vida a los campos agrícolas de California y a otros estados de la unión americana. Cuando regresábamos a México teníamos muchas cosas que contar a nuestras familias que habíamos dejado en México. También, traíamos poquitos dólares que ayudaban a la economía mexicana y ayudaban mucho a nuestras familias. ¡Qué tiempos aquellos cuando llegamos a Tijuana y había coyotes
en las esquinas esperando! Quizás esto te parezca a ficción pero es realidad. Hoy en día todavía hay gente que quiere cruzar la frontera de ilegal y buscar una vida mejor para sí y para su familia.
Vivo de los recuerdos porque ya casi tengo cincuenta años de edad. Ya no soy ilegal, soy un ciudadano de los Estados Unidos. Me pregunto qué vendrá mañana, no lo sé, quizás también vamos a pasar a la historia como Braceros
. Para mí no pasará porque fue la época dorada de mi adolescencia, siempre voy a recordar cuando mi madre se despidió de mí en la central camionera de Irapuato, la vi llorar y me dijo: Es de alegría, Fortino
. Eso me ha servido para buscar mis sueños en el país donde, todavía, se hacen realidad. Mis sueños no eran ni son de tener dinero, son de escribirte mis historias y no dejar que mueran. Un hombre sin historia está vacío pero nosotros tenemos la nuestra: La vida del ilegal. Fue toda una historia cada vez que cruzamos la línea imaginaria que divide a los dos países. Nunca me olvidaré de las personas que estuvieron conmigo en los momentos decisivos y difíciles de mi camino por la vida. Llevo conmigo, en mi corazón, a mis compañeros de aventura.
CAPÍTULO 1
LOS PRIMEROS RECUERDOS
Yo era un niño de cinco años de edad. Corría la década de los 70’s cuando escuché hablar por primera vez del valor de un dólar. Mi familia y yo vivíamos en el Valle del Bajío de México, en Guanajuato, en una población que había sido fundada poco después de la revolución que concluyó en 1920. Se llamaba Puerto de la Cruz
y pertenecía al municipio de Abasolo, Guanajuato. Recuerdo alguna vez que mi abuelo materno exclamó: Mi compadre Luis Cortázar se fue de bracero a Estados Unidos y regresó con muchos billetes verdes
. La cantidad que había traído era $2,300 dlls. En moneda mexicana casi 30,000.00 pesos m.n. Se los había ganado en ocho meses de arduo trabajo. Era una mini-fortuna en esa época y más para los que vivíamos en aquella región en condiciones precarias. Nuestro querido gobierno, después de la revolución nunca se había preocupado por los que cultivan el campo. El que se iba de bracero, si le tocaba suerte y trabajaba, al regresar, traía billetes verdes y era admirado y respetado por todos los habitantes de la región. Lo único malo era que pocos eran los elegidos y muchos eran los que querían ir a trabajar al norte
; así le llamábamos a Estados Unidos de Norte América. Había otras formas para poder ir al norte; como sacar una visa de trabajo pero era sólo para profesionistas y, la verdad, había crecido la población después de la revolución y mucha gente aplicaba pero sólo escogían a los veteranos que ya habían ido a trabajar, ellos tenían experiencia y solo algunos nuevos. A esos nuevos, si tenían amistad con el cabecilla o el encargado de enlistar a los braceros, les daban la oportunidad y siempre escogían a los hijos de sus compadres o a los hijos de sus amigos. A los que no eran, ni siquiera les daban una entrevista. Recuerdo a mi abuelo Carmen que suspiraba y decía: ¡Qué lástima que a tu papá no lo hayan llamado para ser bracero! Siempre aplica y nunca le ha llegado su turno. Él, bien que lo necesita con todos los niños que tiene. Además, lo que siembra no le alcanza para todo el año, pues es mucho su gasto y habría podido hacer las dos cosas, cultivar la parcela e irse de bracero. Aunque dicen que también pueden irse de ilegales, pero es más peligroso porque si los agarra la migra, son deportados y pierden su dinero que invirtieron para llegar hasta allá y también todo su tiempo. Mi compadre Manríquez el que bautizó a tu tío Nico, se fue y le tocó llegar a la ciudad de Denver, Colorado y está trabajando de cocinero en un restaurante. Le manda dinero a su familia cada mes y ya hasta tienen dinero ahorrado en el banco. Quien iba a creer que mi compadre un día tuviera dinero extra, pues era uno de los más pobres de los que viven aquí en
La Joya de Calvillo. Su suerte le cambió cuando se fue de ilegal. Muchas veces había aplicado para irse contratado de bracero, se desesperó y desafió todos los peligros del camino y ahora es un hombre próspero en ésta comunidad. Dicen que cuando regrese, su dinero lo va a invertir haciendo préstamos a corto plazo con interés mensual entre el cinco y el ocho por ciento, así nunca pierde. Siempre va a ser un ganador con su dinero, todo se lo va a deber al norte y al haber tomado la determinación de irse de ilegal a Estados Unidos
.
Mi abuelo era carnicero, mataba puercos y becerros; pero más puercos. Los mataba cada domingo, día que los católicos utilizan como día de descanso. Así se ganaba la vida vendiendo carne de a kilo y de a dos a las personas que tenían más dinero pero a veces suspiraba queriéndose ir de aventurero. Decía: Yo ya estoy viejo y no me darían trabajo por mi edad
.
Yo, a veces, me quedaba con mis abuelos de La Joya
por meses, eran buenas personas y me querían, así lo sentía yo. Mi abuelo Carmen me decía: Un día tú vas a tomar mi lugar de ser carnicero en esta comunidad, eres mi última esperanza. A mis hijos no les importa mi oficio, se fueron a la ciudad de México a trabajar que porque allá hay más oportunidades de vivir mejor que aquí en provincia
. Yo no le respondía nada, sólo escuchaba. Lo que de verdad quería ser cuando creciera era irme de ilegal a los Estados Unidos. Me soñaba en otras tierras, bien lejos de donde vivía, con gente bien amable y de color diferente al de nosotros los mexicanos, con costumbres diferentes. Me imaginaba el país perfecto donde todo ser humano tuviera el mismo valor sin importar si fuera rico o pobre.
Cuando algún bracero llegaba del norte me gustaba escucharlo contar su aventura. La mayoría renegaba y protestaba acerca del trabajo, que trabajaban mucho. Otros le daban gracias a Dios por haber tenido la oportunidad de haber ido a trabajar y regresar con dinero. También estaban agradecidos con los Estados Unidos. Yo pensaba que no podía haberles ido tan mal a los que renegaban, pues traían puesta una bonita ropa encima y calzado fuerte seguro y duradero. Yo era un chiquillo y podía ver la diferencia de una persona que vivía en El Puerto y la que llegaba del Norte. Los que llegaban del norte se veían sin arrugas, su rostro era fresco y los que vivía en El Puerto se miraba con su rostro como lechuga que le hacía falta agua, a punto de secarse y no nada más eso, su ropa sin color ya acabada por el sol y su calzado listo para su retiro, desde muchos meses antes.
Una vez iba con mi madre por la calle, íbamos a misa cuando vi un señor que bajaba del autobús de pasajeros, se bajó del autobús con un veliz azul de fierro. Mi madre me dijo a voz baja: Este hombre viene del norte
. Traía un sombrero nuevo y un pantalón nuevo Levis azul y botas de trabajo bien hechas. Me dio envidia y por un momento, quise ser yo el que venía del norte. Le dije a mi madre: ¿Dios quiere igual a todos sus hijos en ese país? Mire nomás a éste hombre que de bien vestido parece artista de cine. Me imagino que éste país es bien justo con todos sus hijos y le da de comer a todos sin importar de donde sean. Lo único que le importa es que estén en su suelo y él les da de comer y los viste bien bonito. ¡Qué alegre ha de estar ese hombre con harta ropa y dinero para gastarlo con sus hijos!
. Mi madre sonrió y me dijo: Si Crescencio, Dicen que ese país es justo y que no se comete injusticia y el que hace algo malo lo paga con su vida; si alguien mata a una persona le dan pena de muerte, en cambio aquí no la hay, nos admiramos de ella pero ¡Cuanta injusticia se comete! Me gustaría que aquí también la hubiera… la persona que mató a tu tío Nico ni siquiera piso la cárcel, se puso un amparo y ahí anda el desgraciado caminando por la calle como si nada. Tu abuelo Carmen es buen hombre, que si no, ya lo hubiera matado. Yo no me lo quiero encontrar porque si lo veo le doy pedradas hasta más no poder. Le pido a Dios que no lo ponga en mi camino. Si ese crimen hubiese pasado en Estados Unidos, lo cuelgan vivo, y si no, de perdido lo encarcelan por muchos años. Aquí le llevas al comandante de policía un dinero para sobornarlo y ni siquiera pisas la cárcel. Por eso hay crímenes impunes.
Hacía un mes que éste malvado hombre que mató a mi tío Nicolás andaba borracho haciéndola de macho, disparando su pistola para darse a respetar con la gente de la comunidad de La Joya y uno de sus disparos, una bala pedida, le atravesó el cráneo al hermano de mi mamá, a mi ti Nico. Mi abuelita Catalina estaba lavando la ropa cuando vio a su niño revolcándose con la muerte. La muerte llevaba la de ganar porque mi tío tenía una perforación en la cabeza causada por aquel macho que andaba disparando su pistola. Yo soñaba con irme al norte para trabajar y ganar dinero. Con ese dinero que ganara en el norte compraría una pistola pero quería que la pistola que comprara no tirara balas; quería que tirara lumbre y con esa lumbre marcar el rostro de aquel maldito que arruino la vida de mis abuelos maternos. Después, cuando tuviera su rostro quemado, reírme de él y decirle: Eres tan despreciable que ni siquiera mereces la muerte, por eso no lo hago porque la muerte sólo se les da a las personas honradas, no a las ratas como tú.
Llegamos a la pequeña iglesia del Puerto y ya había gente esperando al sacerdote para que nos diera la misa y también el sermón que cuando lo daba parecía que estaba enojado, abría sus manos y a veces daba de puñetazos en una mesa pero era buen hombre. El quería ayudarnos y nos pedía que nos tratáramos como hermanos unos con otros y como la gente no le hacía caso, él golpeaba la mesa. El ya veía la dirección que llevaba su rebaño y decía y profetizaba: Si seguimos por este camino se va a acabar el respeto y nos vamos a matar unos a otros por una tortilla. Y eso va a suceder, quizás yo no lo voy a ver, pero va a suceder, va a pasar en todo México
. Este sacerdote profetizaba una guerra entre los mismos mexicanos, el veía lo que la gente no podía ver y nos miraba con el odio y rencor que nos teníamos unos con otros y decía que un día no muy lejano su raza mexicana se iba a desangrar y todo iba a ser por el egoísmo que hay encerrado en el pueblo mexicano. No le entendía nada de lo que nos quería decir y terminaba medio dormido escuchándolo. Era domingo y después de escuchar misa iríamos a La Joya a ver a mis abuelos y también a comprar poquita carne, pues ellos eran los únicos que vendían en esa región. Salimos de misa mi madre y yo y nos fuimos caminando a La Joya. No estaba muy lejos, eran cuatro kilómetros y medio los que separaban a nuestro pueblo de La Joya. Duramos como una hora en llegar y cuando llegamos yo ya iba cansado y al llegar con mi abuela Catalina, sin pedirle permiso, me lancé a sus brazos, ella me alzó y me dijo: Chencho tú te pareces a tu tío Nico
. Eso me bastó para acurrucarme en sus brazos y quedarme dormido sin ninguna pena como chivo enlechado. Desperté al poco rato y el olor a chicharrones recién hechos se introdujo a mis narices, mi abuelo los estaba sacando de un enorme caso con manteca hirviendo, la manteca se quedaba en el caso, solo se sacaba la piel del puerco hecha pedazos y esos eran los famosos chicharrones del señor Carmen Hinojosa, deliciosos. La gente empezó a llegar pues el olor corría por toda la población de La Joya, algunos compraban un cuarto de kilo, otros medio kilo; solo los más adinerados compraban el kilo completo. Era una gran satisfacción para mi abuelo ver a la gente que llegaba y compraba sus chicharrones. Me contaba que hacer esos ricos chicharrones los domingos lo hacía sentir útil para la población.
De pronto, mi abuelo se acercó a donde estaba la vendimia de los chicharrones y exclamó: Debo apartarle a mi compadre Luis un kilo y medio, es buen cliente y paga de contado
. Guardó aquellos chicharrones y al poco rato apareció Luis Cortés, el bracero norteño. Quedé paralizado al ver a aquel hombre que había llegado del norte días atrás, traía puesto un pantalón azul bien bonito y una camisa de mezclilla bonita y fuerte, sus botas eran tan lindas, creo que nunca antes había visto unas igual. Crecía cada instante mi curiosidad por saber cómo era la vida de la gente que vivía en los Estados Unidos de Norte América.
NORTE AMERICA
No me aguanté y le pregunté a Don Luis: ¿Señor norteño cómo es la vida en el país del norte?
Me miró y sonrió cuando me miró, dijo: ¿Para qué quieres saber, si a penas eres un niño?
Le respondí: Me interesa porque quiero saber cómo es la vida en el norte. Me imagino que ha de haber mucho de todo. Mire cómo anda vestido usted ¡Parece un Juan Charrasqueado!
. "No es para tanto -dijo sonriendo- pero es diferente allá que aquí, la gente es más amable. Es como tú dices, tienen mucho de todo, trabajan largas horas pero por las que trabajas eres bien recompensado. También hay gente mala pero yo nunca los encontré. Dicen que hay un Klan que es el Ku Klux Klan pero ellos con lo de ellos. Yo me dediqué a trabajar hasta los domingos y mayormente este año porque dicen que las contrataciones ya no van a existir, se está yendo mucha gente de ilegal. Y van a reemplazar a los braceros como yo.
Mi sueño es irme de ilegal un día para el norte -le dije- conocer tierras lejanas y costumbres nuevas y también quiero ganar dinero para comprar una pistola que aviente lumbre y no balas porque quiero quemarle la cara al desgraciado que mató a mi tío Nico
. Me miró seriamente y dijo: Allá también hay mucho de lo que tú quieres, hay más armas que gente pero la gente no las dispara como aquí cuando uno anda borracho. Dicen que fue un accidente lo de tu tío Nico, que ese hombre andaba borracho y, sin querer, una de las balas que disparó le pegó a tu tío Nico. No lo estoy defendiendo, solo te estoy contando lo que he escuchado por ahí
. Yo miraba a ese hombre como un ideal, como el ejemplo que yo quería seguir cuando creciera. Cuando Aquel hombre hablaba del norte o de los Estados Unidos, disfrutaba pero agregó con sentimiento de tristeza: Los braceros nos vamos a acabar, pasaremos a la historia. La generación que viene después de ti no va a saber ni quienes fuimos. Pero lo que yo te sé decir, niño, es que ese país es justo, tiene gobernantes honestos todavía y si te vas de ilegal a ese país, solo te digo una cosa: Que como te portes, así serás juzgado y respetado. Yo amo México pero si me dieran a escoger en qué país vivir, lo pensaría. A lo mejor escogería los Estados Unidos.
También agregó: Siento la perdida de tu tío Nico y no te preocupes por el que lo mató, él ya lo está pagando y si no, un día cundo llegue al gran juzgado del Cielo, ahí no escapará de recibir su castigo.
Mi abuelo Carmen me dio un chicharrón aún caliente y me dijo: Hijo, cada minuto que pasa, lo extraño yo más que nadie, pero no quiero que alimentes tu mente con vengarlo. La venganza no sirve de nada, solo sirve para alimentar el mal y destruir el bien. La única forma de combatir el mal es con el bien, hay que demostrarle a toda La Joya que no somos cobardes, que somos más valientes que los que matan y buscan venganza porque nosotros soportamos el dolor y la humillación que nos causaron
Mi abuelo no pudo hablar más, le ganó el dolor y le rodaron por sus ojos lagrimas como yo nunca he visto jamás; eran de resignación y de sabiduría porque de nada servía quitarle la vida al que por accidente acabó con la de mi tío. Don Luis se despidió de mi abuelo y también se despidió de mí con un apretón de manos. Aquel hombre se fue y me quedé con mi abuelo, él siguió con su negocio y al poco rato dijo: "Bendito sea Dios todo poderoso porque este día me ha dado una buena venta, acabé toda la carne
