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Diez años después, Christos encontró la oportunidad de cumplir su promesa: el padre de Alysia le ofrecía la mano de su hija a cambio de que él le proporcionara ayuda económica. Sin embargo, una vez casados, el guapísimo griego descubrió que Alysia podía ser su esposa, pero desde luego no estaba contenta de serlo...
Jane Porter
Jane Porter lives in Seattle, Washington, with her two children. You can find out more about her at www.janeporter.com.
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Marcada por la tragedia - Jane Porter
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Jane Porter
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Marcada por la tragedia, n.º 1238- agosto 2021
Título original: Christos’s Promise
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-849-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
PREFIERE vivir en un convento antes que casarse conmigo?
Christos Pateras había hecho la pregunta con expresión de incredulidad. ¿Cómo podía aquella preciosa joven de veinticinco años preferir la vida espartana de un convento antes que casarse con él?
—Ya conoce la respuesta —respondió con frialdad Alysia Lemos—. Ha perdido el tiempo viniendo aquí.
Christos miró de reojo a la monja que los observaba desde la puerta del jardín. La abadesa había insistido en que Alysia llevara una carabina, pero no quería que escuchara la conversación.
—Le dijo a su padre que no se casaría. Pero no me lo había dicho a mí.
Christos raras veces levantaba la voz. Raras veces tenía que hacerlo. Su tamaño y su autoridad eran suficientemente persuasivos.
Pero Alysia Lemos no parecía en absoluto intimidada.
—Algunas mujeres encontrarían halagadora tanta insistencia. Pero yo no.
—Entonces, ¿su respuesta es…?
La incrédula risa de Alysia lo desconcertó.
—Sé que los americanos son obstinados, pero no sabía que, además, son sordos.
Aquella réplica podría haber hundido a cualquier otro hombre, pero él no era un hombre normal y la señorita Lemos tampoco era cualquier mujer. Christos la necesitaba y no pensaba marcharse de Oinoussai sin ella.
—¿No le gustan los americanos?
—Algunos.
—Menos mal. Si no nos odia a todos, le será más fácil venir a Nueva York conmigo.
Alysia levantó la barbilla, retadora.
—No voy a moverme de aquí, señor Pateras. Y nunca he aceptado un matrimonio impuesto.
Él hizo un gesto con la mano, como quitándole importancia.
—En caso de que eso sea lo que le preocupa, yo me considero griego. Mis padres nacieron aquí, en Oinoussai.
—Pues me alegro mucho por ellos —replicó Alysia, irónica.
Christos entendía que su padre estuviera desesperado con aquella chica. Desde luego, Alysia no era ni mucho menos una novia feliz.
Christos Pateras tenía treinta y siete años y necesitaba una esposa. Darius Lemos necesitaba un marido para su rebelde hija. Aquella no era una historia de amor, sino un acuerdo firmado en un banco suizo.
—No sé si les gustará tenerla como nuera, pero se acostumbrarán.
—¿No me diga? Seguro que su madre lo adora.
—Absolutamente. Pero ya sabe que las madres griegas viven para sus hijos.
—¿Y sus hijas? ¿También viven para sus hijas?
Christos se percató del dolor que había en aquella pregunta y del tono amargo en que había sido pronunciada.
—Estoy seguro de que mi madre adorará a sus nietas. Mire, soy hijo único, el último de los Pateras. Y le he prometido a mis padres que les daría un nieto antes de cumplir los cuarenta años.
—Pero no va a dárselo usted, sino yo. ¿No es eso?
Él tuvo que morderse el interior del carrillo para no soltar una carcajada y Alysia apretó los puños. Le hubiera gustado abofetear aquella cara tan arrogante. Nunca había conocido a un hombre más seguro de sí mismo. Excepto su padre, claro.
Lo que no entendía era por qué su padre había buscado un marido para ella al otro lado del mundo. Darius Lemos despreciaba a los nuevos ricos, de modo que debía estar desesperado. Prácticamente la estaba vendiendo al mejor postor.
Las lágrimas asomaron a sus ojos, pero se contuvo. Su madre nunca habría dejado que su padre hiciera tal barbaridad.
—Hay peores maridos que yo, señorita Lemos.
—Yo no estoy buscando marido.
—La mayoría de las mujeres quieren casarse.
—Yo no soy como la mayoría de las mujeres. Y, en cualquier caso, si buscase marido, lo encontraría por mí misma.
Christos sonrió. No se lo estaba poniendo nada fácil.
—No sé cómo va a encontrar un marido si está encerrada en un convento.
—Pues eso debería darle una pista. Insisto, no estoy buscando marido, señor Pateras. Yo sé muy bien lo que quiero.
—Y yo también. Y lo que quiero no es ningún secreto: quiero tener hijos. Necesito tener hijos —dijo él, mirándola de arriba abajo, como si estuviera inspeccionándola—. Usted es joven y sería una madre excelente.
Alysia hizo una mueca de contrariedad.
—Yo no quiero ser madre.
—Podemos casarnos hoy —siguió él, como si no la hubiera oído—. Aquí mismo, si le parece. Pero me temo que su padre está fuera del país.
—¿El jefazo no está en el país? Qué pena.
Él sonrió, sorprendido e intrigado.
—No se llevan muy bien, ¿verdad?
—Mi padre solo se lleva bien con los números y las cuentas corrientes.
—¿Le interesan a usted los negocios?
—Me interesa la competencia. En mi caso, los barcos y el dinero son la competencia.
Darius Lemos amaba los barcos sobre todas las cosas. Nada podía interponerse entre su negocio y él. Ni su madre. Ni, desde luego, ella.
—Creo que el negocio la aburriría —dijo entonces Christos, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón—. Contratos, reuniones, cifras… Cosas aburridas.
—¿Para un cerebro pequeño como el mío? —preguntó ella, irónica.
El tono lo había hecho sonreír de nuevo. Aquella mujer tenía espíritu.
—No debería escuchar todo lo que dice su padre. Solo las cosas buenas sobre mí.
Alysia sabía muy bien por qué Christos Pateras quería casarse con ella. Quería su dote. Su dote y parte del negocio de su padre. Cuando Darius muriese, Christos heredaría el imperio del famoso armador.
—Está usted muy seguro de sí mismo.
—Eso dicen los que me critican.
—¿Tiene muchos críticos?
—Legiones.
Alysia apretó los dientes. Estaba jugando con ella como un gato con un ratón. Pero tenía que contenerse, tenía que seguirle el juego, se dijo.
—Está loco si cree que voy a casarme con usted.
—Su padre ya ha consentido este matrimonio. Y el apoyo financiero que necesitaba ya está en mis manos…
—¡Pues devuélvalo!
—No puedo hacerlo. La necesito demasiado.
Ella levantó la cabeza, con los ojos brillantes.
—A pesar de lo que usted piensa, yo tengo una cabeza sobre los hombros. Pero como parece que tiene problemas de oído, deje que vuelva a repetirlo una vez más: no voy a casarme con usted, señor Pateras. Nunca me casaré con usted. Prefiero vivir el resto de mi vida en este convento.
Christos tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír. Su padre le había dicho que era una chica difícil, pero no había mencionado lo inteligente que era, ni que tuviera tanto carácter. Que fuera difícil era una molestia, pero que tuviera carácter era algo que él apreciaba. Casarse con ella sería como montar un pura sangre, como jugar un duro partido de tenis con un buen adversario. No había nada más excitante que una mujer con carácter.
—Me parece que me gusta —dijo entonces.
—Pues lamento decirle que el sentimiento no es mutuo.
Él sonrió, observando cómo echaba hacia atrás la cabeza, retándolo.
Con el sol iluminando su rostro, de repente se dio cuenta de que sus ojos no eran castaños como había creído, sino azules. De un azul oscuro y misterioso como el cielo nocturno, como el mar Egeo antes de una tormenta. El pelo rubio como el trigo y ojos como el Egeo. Se parecía mucho a las fotografías que había visto de su madre, una mujer inglesa considerada una de las grandes bellezas de su tiempo.
—Espero que pueda llegar a tolerarme, señorita Lemos. Le prometo que haré que nuestra vida conyugal sea… soportable.
Los ojos de Alysia brillaban, furiosos. Iba a pelear con él hasta el final, estaba seguro.
—Antes dejaría que me pusiera un bocado y una silla de montar.
—Eso suena muy tentador.
Alysia se puso colorada hasta la raíz del pelo. Era
