Cripsis de los Vivos, los Muertos y los Otros
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Ángel Ernesto Tetilla
Angel Ernesto Tetilla nació en Mendoza (Argentina) en 1946, de abuelos españoles. Es profesor de Bellas Artes, arquitecto y escritor, ejerció la docencia y ocupó diversos cargos públicos de nivel municipal, provincial y nacional. Se nacionalizó español en 2010. En 2011 publicó Aconcagua: La Novela, primera ficción sobre el cerro más alto de América. Ha escrito dramaturgia, cuentos cortos y poesía. Ha realizado viajes de estudio y conocimiento por varios países del mundo.
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Cripsis de los Vivos, los Muertos y los Otros - Ángel Ernesto Tetilla
CRIPSIS... de los Vivos,
los Muertos y los Otros
CRIPSIS... de los Vivos, los Muertos y los Otros
Angel Ernesto Tetilla
Esta obra ha sido publicada por su autor a través del servicio de autopublicación de EDITORIAL PLANETA, S.A.U. para su distribución y puesta a disposición del público bajo la marca editorial Universo de Letras por lo que el autor asume toda la responsabilidad por los contenidos incluidos en la misma.
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© Angel Ernesto Tetilla, 2019
Diseño de la cubierta: Equipo de diseño de Universo de Letras
Imagen de cubierta: ©Shutterstock.com
www.universodeletras.com
Primera edición: 2019
ISBN: 9788417926878
ISBN eBook: 9788417927844
A mi hijo FEDERICO EUGENIO
Quien; desde que fue diagnosticado con Leucemia Linfoblástica Aguda Cr Fi+; me enseñó sobre la vida y la muerte más que; mis profesores, mis amigos y mis libros de toda la vida.
De Diógenes compré un día
la linterna a un mercader;
distan la suya y la mía
cuánto hay de ser o no ser.
Blanca la mía parece;
la suya parece negra;
la de él todo lo entristece;
la mía todo lo alegra.
Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira
Ramón de Campoamor (1871-1901)
Del poema «Las dos linternas»
Obra: «Las Doloras»
Prólogo
He aquí una novela curiosa y diferente, acerca de un tema inesperado y sorprendente: nuestro amigo Angel Ernesto Tetilla, arquitecto, pintor y poeta, que antes narró una experiencia camino del Aconcagua, ahora nos traslada a un evento único, disímil, incomparable, sin par: un encuentro de los humanos que estamos vivos, de los humanos que han muerto y de los que él llama «los otros», entendiéndose por estos a aquellas pers onas que ya han fallecido pero creen todavía estar vivas y aun aquellas otras que estando vivas en realidad se hallan muertas….
La idea no puede ser más sugestiva. ¿A menudo no se nos ha ocurrido que hay gente que más parece vegetar que vivir, que actúa mecánicamente, que exhibe una gran tontería y lleva una existencia en definitiva robótica y absurda?
Y hay también aquellos otros que enviciados por el oro, la codicia y la avaricia, por la posesión de las cosas propias o ajenas, acumula, acumula —o roba— y, como el avaro Scrooge del «Chirstmas Carols», de Dickens, degenera… Este género de humano, cada vez más taciturno, más gris, más mezquino, más egoísta, más vil, hasta digamos menos asoleado, que se complace en la indiferencia y la crueldad para con el prójimo, en realidad que se va cosificando… Y a veces pienso que esto resulta el infierno: la despersonalización del ser humano, la cosificación de la persona, eso de llegar a ser bulto, cerradura de caja fuerte, coleccionista de esclavos, sádico y solitaria alma gélida, cada vez más encogida, más fría, más yerta, más cosa…
Y en cambio hay otros humanos distintos, que resultan tan apegados a sus grandes afectos, a sus cosas, a su casa, a su familia, a sus huertos, que no pueden irse del todo: ya han muerto y deberían abrirse y evolucionar hacia otras dimensiones, pero permanecen pegados, ligados, adheridos y son, a lo que parece, lo que llamamos fantasmas o ectoplasmas. Tanto a vivos, como a muertos, el novelista, sutilmente los ha metaforizado para que digan algo de absoluta actualidad…
Y así las cosas, en cambio hay muertos que viven o creen todavía vivir en su causa y hasta se sienten tan vivos en sus dichos y sus obras y pasiones, en sus vibraciones intensas, que creen que todavía pueden influir en este mundo porque aun les consume ese fuego, ese ardor de su enorme vocación o gran locura. Y así tenemos a Evita, a Sor Juana Inés de la Cruz, a Bolívar… Yo agregaría a Don Quijote, a Van Gogh, a Unamuno…
Y es el caso que el autor, en su fructífera imaginación, ha escenificado en la ficción un congreso con todas estas almas vivas, muertas, medio vivas, medio muertas y allí, dentro de las gracias y las interrupciones de un debate, se encuentran y asoman grandes y picolas figuras, personajes históricos como el ejemplar general San Martín o el legislador espartano Licurgo, o la científica pagana Hipatia, mártir por causa del fanatismo, o la reconocida Señora Estela de Carlotto, con sus nietos recuperados, o la trágica Frida Kahlo con sus singulares pinturas, y muchos otros… En fin, Angel Ernesto Tetilla hace desfilar una serie de personalidades, históricas, ficticias o reales, dejando su testimonio de vida o de muerte; desde sus ideales, desde el dolor, desde el amor, desde sus convicciones, pero también desde sus confusiones, por ese evento un poco desorganizado, que a menudo sufre de variadas interrupciones, en que no se sabe ya por qué de pronto se ha desgarrado esa pared o muro que resulta la muerte, esa pared que, inesperadamente, nos deja más acá o más allá de los que amamos…
Los relatos de los expositores son convincentes: en una antiquísima ciudad griega, «Cripsis», se ha descubierto un código que devela cómo es posible esa sorprendente y sorpresiva convivencia y diálogo entre los muertos, los vivos y los demás, los otros… Es el Código Argentum. En vano el expositor principal del evento se afana por explicar, de algún modo, el secreto descubierto. No esclarece la versión literal del códice, sólo avanza en aspectos conceptuales. Una seguidora de Gurdjieff cree que hay que formar «un collar de perlas» de personalidades realizadas, o que se están realizando, porque es «el todo el que resulta ser más importante que las partes», el propio descubridor del Código, cree que la salvación se da, se logra, a través de la belleza… El debate se enreda y es a veces críptico, como las confusas sombras que deben corresponder a las personas muertas… Parece dar razón al poema de Campoamor, que preanuncia el texto «...todo es según el color del cristal con que se mira». A ratos se contradice la concepción cristiana de que la salvación es individual, por la fe y la bondad en Cristo. Y a veces, se siente como una tendencia o tentación hacia la salvación de grupo o el panteísmo… Hasta que alguien, por ahí, nos dice, que los que «llegan», los que en verdad «arriban», son esas almas limpias, claras, generosas y diáfanas que como los santos y místicos cristianos y los sufíes y yogas ya se han abierto, desde aquí, desde la Tierra, a una realidad más asombrosa, más amplia, más luminosa, más grande e inefable…
Plagada de historias, de anécdotas, de sugerentes metáforas y simbolismos, el autor ha forjado una novela entretenida, divertida, desigual y diferente, en la que ensaya diálogos, reconvenciones, testimonios convincentes y hasta inconclusas conclusiones. Y personajes que vibran patéticamente vivos como ese «niño de la calle», que da vigencia a tantos otros que hoy viven en las calles…. O la mística madre que fallece en el desierto sin dejar nunca de amamantar a su hijo tan pequeño…
¡Cuántos misterios y secretos nos sugiere «Cripsis…»!
Eduardo Mora Anda
Diplomático y escritor
Miembro de número de la
Academia Ecuatoriana de la Lengua.
Presentación
Podríase decir que el germen de ésta ficción ya fuera anunciado en mi primer libro; «ACONCAGUA LA NOVELA» . Allí, quedó expresada mi voluntad de avanzar en «segundos y terceros intentos para confirmar la idea que la vida es más humana y más fructífera, si la acunamos en la imaginación y la hacemos viajar en alguna de las ramas del arte». Desde estas letras de aquella novela, retomé a modo de saga un segundo relato, esta vez inspirado en otro ambiente natural altamente significativo de Sudamérica. El Pantanal matogrossense de Brasil. Pero, imponderables de la vida me presentaron un escenario muy diferente, aunque no menos natural que aquellos; —alto, frio y seco el uno y bajo, cálido y húmedo, el otro—. Estas circunstancias imprevisibles que me hicieron cambiar el rumbo literario, fueron las incertidumbres sobre la vida y la muerte. En este caso, llegaron de la mano de mi querido hijo Federico. Un Titán de la Fe.
Cuando promediaba la escritura de «DE ACONCAGUA A PANTANAL, Una Historia Fascinante», a fines de 2016, recibimos con mi esposa Violeta, la infausta noticia de la enfermedad de nuestro hijo, Leucemia Linfoblástica Aguda Fi+. La rápida intervención de los médicos, Dr. Alejandro Ávila y Dr. Esteban Di Bari, con sus diligentes atenciones, lo encausaron en el proceso de tratamiento y desde entonces, todas las perspectivas cambiaron.
Aquí cabría aquello de; caer en un laberinto de espejos múltiples invertidos, deformados; que nos desorientan y escamotean la realidad enfrentándonos con imágenes que, ineludiblemente, nos obligan a preguntas que el contenido de este libro, «CRIPSIS…», conlleva.
CRIPSIS: la particularidad de ciertos animales para camuflarse en su entorno natural como sistema defensivo u ofensivo del depredador.
Como aquellos seres vivos que desarrollaron estas cualidades, parece ser que la incertidumbre de la salud de nuestro hijo, despertó en mí la curiosidad de indagar sobre la vida y la muerte. Fue imposible despegarme del primer hijo literario y entonces vino a mí aquel pasaje de «ACONCAGUA LA NOVELA», donde Silvio Villacorta al alcanzar la cima del excelso cerro, cae en situación de irrealidad, dejándolo en la dubitación de su vida-muerte.
Otros personajes de aquella primera novela se cuelan en este manuscrito y me permiten sostener la idea de saga, aunque también, intencionalmente, existen reconocimientos a personas que de un modo u otro han sido inspiradoras en mi propia vida. Algunas de ellas están muertas y otras están vivas. Algunas me inspiraron con el aporte de sus creaciones artísticas y otras, con el intercambio de sus experiencias de vida.
Angel Tetilla
1:
Primera interrupción del acto
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