La Coartada
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En la monótona tranquilidad de Xicomatlán, un pueblo mágico, cargado de tradiciones, como muchos de México, dos personajes singulares de clase media, María y Demetrio, experimentan los efectos de una pasión que se desborda. Él, un hombre atractivo, escritor y bohemio, citadino, en su plena madurez, culto y conocedor del sexo opuesto con quien ha compartido innumerables momentos, de manera inesperada se ve envuelto en una situación que jamás podría haber imaginado siquiera. Ella, una mujer de profunda sensibilidad, sensualmente hermosa y perspicaz, fruto de la gran ciudad en la etapa perfecta de su vida y de un elevado nivel intelectual, cegada por el amor, casi sin voluntad y anulada su capacidad de pensar, se introduce, sin límites, en un torbellino que la avasalla, y que la conducirá sin remedio a vivir terribles situaciones que marcarán su vida para siempre. Ambos viven La Coartada, una historia cargada de sentimientos encontrados como el amor, la traición, la admiración y el rencor, cuyos efectos devastadores irán más allá de sus propias vidas. Mientras tanto, en Xicomatlan, todo parece transcurrir igual…
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La Coartada - Everardo Maldonado
1
"Creo que me amas porque lo leo en tus ojos,
sin embargo, no puedo dejar de preguntarme:
¿en realidad sabré leer el lenguaje de tus ojos?"
Era por el mes de junio en Xicomatlán, un poblado serrano del estado de Veracruz, en el sureste de México. Se celebraban las fiestas patronales y el pueblo estaba repleto de gente de toda la región, ¡Y de muchas partes del país y hasta extranjeros!, según comentaban con orgullo los lugareños. Reinaba un ambiente de alegría y fiesta, donde nadie se perdía la oportunidad de estrenar sus mejores galas, lucimiento que empezaba desde la misa dominical, adonde las damas pudientes asistían con velo, y las de menores posibilidades económicas con paño, ya que era mal visto estar en el templo con el cabello descubierto. Como en la mayoría de las iglesias católicas, la entrada estaba en el otro extremo del altar mayor y las bancas de madera, con reclinatorios, se disponían en dos hileras con un pasillo intermedio, la derecha para las mujeres y la izquierda para los hombres. Entre los feligreses, había quienes gustaban de estar en primera fila aunque llegaran casi para empezar la ceremonia, y quienes, a pesar de haber llegado con tiempo, preferían quedarse en la entrada. Una vez elegido el lugar desde donde escucharían la liturgia, atentos al altar mayor, esperaban impacientes la llegada del sacerdote que oficiaría la misa, atención que sólo alteraba el repiquetear de unos tacones en el piso, cesando la distracción cuando la mujer tomaba su asiento. En la iglesia, todas las clases sociales coexistían por un rato, desde muy ricos hasta muy pobres, desde los muy elegantes hasta los de extrema sencillez en el vestido.
Las fiestas patronales en los pueblos de México son una mezcla de las festividades católicas que trajeron los conquistadores con las celebraciones a los dioses prehispánicos. En un mismo espacio y tiempo todo convive armoniosamente, como si ambos enfoques caminaran de mutuo acuerdo para lograr sus fines, sin mayor celo por ninguna de las partes. Además, representan la estructura social que se transmite de generación en generación y son una fuente de expansión social, motivo por el que se esperan y preparan con singular entusiasmo.
Esta fusión se hacía evidente al observar que los lugareños, en el plano religioso, organizaban con muchos días de antelación un sinnúmero de actividades, entre las que sobresalía el viaje a un lugar desértico del estado vecino, distante cien kilómetros de Xicomatlán, en busca de la llamada flor de cuchara
para adornar el arco que se colocaría a la entrada del templo mayor mientras durasen las fiestas. La construcción del arco de madera implicaba un ritual previo de purificación de los hombres que iban a traer las flores y el trabajo artesanal meticuloso de muchísimas personas, lo mismo que la hechura de la alfombra de flores a lo largo de varias cuadras de la avenida principal.
Era el momento de las procesiones multitudinarias y frecuentes, de gremios, sindicatos, empresas comerciales, escuelas o cofradías religiosas que desfilaban, llenas de fervor, por las diferentes calles, con disfraces extravagantes que eran el gozo y el terror de los niños, acompañadas, casi siempre, con música de mariachis. Una tradición local era ofrendarle vestidos nuevos a la Santa patrona del lugar, ropajes que pasando la fiesta se guardaban en el museo que albergaba ya cientos de trajes y la exhibición de los fuegos artificiales con forma de toritos pirotécnicos
que los ruidosos cencerreros
, promovían entre la gente como el platillo fuerte que desbordaría el clima festivo, ya de por sí intenso.
En lo cívico, se veían los carteles pegados en los postes de luz, cada vez más gruesos a fuerza de acumularse unos papeles encima de otros, anunciando, año tras año, las corridas de toros o los bailes con los toreros y grupos musicales de moda. Los letreros en las casas
señalaban estacionamientos y baños públicos improvisados, lo mismo que comida y venta de licores de fruta (verde, mora, naranja, uva, etc.), de diversas calidades y de muy alta demanda que hacían perder la vertical a más de uno.
En cuanto a los preparativos personales, en cada casa aprontaban lo necesario para recibir a familiares y amigos que con este motivo se desplazaban desde distintos lugares. Quienes se desempeñaban en alguna actividad formal, con tiempo gestionaban permisos, vacaciones, descansos e incapacidades, y para los rancheros o agricultores, era el momento de vender una vaca, caballo o mula para contar con los recursos que emplearían en elaborar grandes cantidades de chiles jalapeños rellenos de carne molida de res, arroz rojo, frijoles refritos, mole de totole y salsa frita de ajo y chile seco, platillos típicos de la región y de la fecha celebrada, con los que agasajarían a todos los visitantes.
Participar en la fiesta tenía sus dificultades: había que llegar muy temprano o, de plano, reservar con anticipación en uno de los escasos hoteles-posada del pueblo. A partir de las 10 de la mañana, la fila de autos era de varios kilómetros, muchos de los visitantes preferían caminar a pesar de la distancia, lo que incrementaba aún más el ambiente festivo.
La gente de Xicomatlán se distinguía por su hospitalidad.
Resultaba característico que sus habitantes saludaran cordialmente a los desconocidos, y si se trataba de orientarlos sobre adónde ir o qué comprar, siempre lo hacían gustosos. Ahora, que si de invitar un trago se trataba, resultaban aún más acomedidos.
En ese ambiente festivo fue donde se conocieron los personajes de esta historia.
2
Demetrio pertenecía a una familia de clase media, laboraba y tenía su domicilio en Xalapa y viajaba con cierta regularidad a Xicomatlán para visitar a sus amistades, especialmente a su gran amiga Perla. Era un hombre maduro, casado, padre de tres hijos, de los que sin ningún recato decía que eran lo más importante de su vida. Era arquitecto y prestaba sus servicios en una dependencia del gobierno de su estado. Vivía solo desde que su esposa, maestra en biotecnología, había tenido que trasladarse a Brasil, en compañía de sus hijos, para realizar una investigación sobre nuevas fuentes de obtención de biocombustibles en la selva amazónica. Demetrio disfrutaba la naturaleza y solía pasar todo su tiempo libre en las cercanías del pueblo, en el rancho heredado de sus padres, acompañado de Nikita
, una enorme perra pastor alemán. Amaba la música y el canto; de joven había tenido una corta y exitosa carrera como cantante y, en recuerdo de su pasión juvenil, una vez al año realizaba una presentación en un hermoso hotel de su lugar de residencia. Además, era buen conversador, agradable y culto. Le gustaba escribir y ya había publicado varias novelas.
En cuanto a María, también era una mujer madura, bajita de estatura, bien formada, un poco más joven que Demetrio, agradable, de fácil sonrisa y mente ágil. Divorciada, sin hijos, vivía sola detrás de la casa familiar en un pequeño departamento de su propiedad, construido sobre un cerro desde donde se podía apreciar gran parte de la ciudad. Residía en la misma ciudad que Demetrio y aunque laboraba en la misma dependencia, no se conocían porque pertenecían a diferentes departamentos administrativos. Gustaba de la música romántica, de la que contaba con un amplio repertorio. Tal vez porque se pasaba la mayor parte del tiempo en la oficina, María disfrutaba
sus actividades hogareñas, le gustaba cocinar, era hacendosa, organizada y pulcra y, como resultado de su actividad profesional, mantenía una estrecha amistad con Bruno, esposo de Linda, la hija única de Perla, amiga de Demetrio.
Cada año, al acercarse la fecha de las fiestas de Xicomatlán, Bruno invitaba a María y a sus compañeros de trabajo Julia, Dulce y Fernando, quienes accedían gustosos a la invitación. Ese año no fue la excepción, María acudió a la invitación de Bruno acompañada de Julia, Dulce y Fernando a bordo de su Peugeot 1999, que conducía como una experta.
Demetrio no requería invitación porque su trato con Perla y su esposo Ramón era de total confianza y cuando sus actividades se lo permitían, acudía puntualmente acompañado de su familia; pero ese año, por la ausencia de su esposa y sus hijos, tuvo que presentarse solo.
Eran alrededor de las dos de la tarde de un día soleado y caluroso cuando Demetrio llegó a la casa de Perla, donde fue recibido ruidosamente por Peluche, el perrito de Anita, la hija
