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A Través del Torbellino
A Través del Torbellino
A Través del Torbellino
Libro electrónico192 páginas2 horas

A Través del Torbellino

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Información de este libro electrónico

Un deseo de cumpleaños, un pirata de otro tiempo, un cuento de hadas moderno…

Christophe Jones nunca quiso ser pirata. Tras verse obligado a unirse a una banda de piratas, subir de rango para lograr escapar resultó más fácil de planificar que de poner en marcha. Sin embargo, cuando la oportunidad de cortar esos lazos y regresar a su antigua vida por fin se presenta, Christophe la aprovecha… o eso intenta. Un torbellino tumultuoso lo aspira al fondo de las olas… Pero no se ahoga. Se despierta trescientos años en el futuro, cautivado por una hermosa mujer.

El viaje en crucero para festejar el cumpleaños número veintiocho de Serena no está yendo según lo planeado. Con una sola excepción, todas sus amigas le cancelaron y cuando la única que va con ella se enferma, Serena se ve obligada a pasar su cumpleaños sola. Al ser introvertida, no hay chances de conocer gente nueva. Sin embargo, le pide un deseo a una estrella fugaz al cruzar el Triángulo de las Bermudas. ¿Podrá abrirle el corazón al atractivo extraño cuya historia no tiene ningún sentido?

¿Podría Christophe regresar a su época o se encontraría atrapado en su nuevo presente? Las preguntas lo abruman mientras suspira por Serena, cuyo deseo de amor lo conjuró hacia ella a través de los siglos. ¿Será que realmente están destinados a estar juntos?

IdiomaEspañol
EditorialBadPress
Fecha de lanzamiento12 abr 2020
ISBN9781071536834
A Través del Torbellino
Autor

Rebekah Lewis

Rebekah Lewis siempre se ha sentido atraída por los mundos de ficción. Como lectora ávida y amante del cine, era solo cuestión de tiempo que empezara a escribir sus propias historias y a dejarse llevar por su imaginación. La serie más popular de Rebekah, Los Sátiros Malditos, está basada en la mitología griega y pertenece al género paranormal romántico. También escribe sobre los géneros de fantasía y viajes en el tiempo. Cuando los sátiros, conejos blancos o héroes testarudos no ocupan todo su tiempo, emplea su talento creativo como una galardonada ilustradora de portadas. Rebekah es licenciada en Literatura Inglesa y vive en Savannah (Georgia) con su gato Bagheera. www.Rebekah-Lewis.com

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    A Través del Torbellino - Rebekah Lewis

    A TRAVÉS DEL TORBELLINO

    ––––––––

    Rebekah Lewis

    La siguiente es una obra de ficción. Todas las referencias a personas reales, películas, programas de televisión, organizaciones y lugares tienen la única finalidad de brindarle autenticidad a la historia y se utilizan de manera ficticia. El resto de los nombres, personajes, empresas, lugares, diálogos, eventos y situaciones son producto de la imaginación de la autora o se utilizan de manera ficticia.

    Derechos de autor © 2016 por Rebekah Lewis

    Todos los derechos reservados.

    Edición Sandra Sookoo

    Diseño de portada Victoria Miller

    Fotografía del banco de imágenes Hot Damn Stock

    Traducción: Carolina García

    Ninguna parte de este libro se puede reproducir o utilizar de ninguna manera sin el expreso consentimiento por escrito de la autora, excepto en el caso de citas breves en una reseña literaria.

    Impreso en Estados Unidos

    www.Rebekah-Lewis.com

    Dedicatoria

    Para los que aman los cuentos de hadas, los piratas y los finales felices. Este libro es para ustedes.

    Capítulo uno

    18 de junio de 1715

    De las aguas oscuras y agitadas surgió una mano que se aferró al bote con fuerza. De no ser por la luz de la luna, Christophe no se habría percatado de ella antes de que se le uniera una segunda mano y se asomara una cabeza peluda y con los ojos bien abiertos por el borde de la barca. Eran las extremidades del pirata desaliñado que había intentado destriparlo durante su escape del barco que ahora se hundía en la distancia.

    El gruñido de la madera, acompañado de crujidos y rupturas, precedió la salpicadura cuando un mástil cayó al agua. Los gritos hicieron eco a través del horizonte oscuro del océano infinito. Allí no había nadie para oír a los hombres que estaban muriendo excepto el segundo navío que se alejaba de la destrucción que había causado. La pólvora se infiltraba en el espeso aire salado y formaba una nube oscura que hacía que a Christophe le ardieran los ojos aun cuando su bote se había alejado del naufragio.

    El hombre que estaba en el agua intentó subirse al bote y lo meció peligrosamente. Era feo, estaba desnutrido y le faltaban varios dientes. El agua del mar había eclipsado los rastros de sudor y la falta de higiene del hombre, pero su abrigo olía a moho y la humedad solo resaltaba el olor. Uno de los dos, él o el pirata peludo, tenía una cita con las frías profundidades del océano y Christophe no tenía ninguna intención de hundirse. No cuando por fin tenía la libertad al alcance de las manos. Ese hombre, que Dios se apiadara de su alma, no le quitaría la oportunidad de escapar.

    Detrás del pirata empapado, una aleta triangular surgió en la superficie. La piel gris y húmeda destellaba en el oleaje bajo la tenue luz plateada. El tiburón atravesaba el líquido como una hoja letal, dibujando círculos silenciosos alrededor de la barca, como si supiera que su cena se encontraba en el interior de ella. O en el exterior... porque el pirata que se aferraba al borde no lograría subir a bordo.

    —Lo siento, amigo. —Christophe se estremeció al oír el tono seco de su propia voz. El humo no lo había favorecido. A decir verdad, había estado más que feliz de dejar la piratería y ese maldito estilo de vida en el pasado cuando remó en el bote para adentrarse en el siguiente capítulo de su vida. El problema era que el pirata aferrado al bote como un bálano indeseado no dudaría en ponerle fin a su vida en el momento en que abordara. Lo mejor era eliminar esa opción de raíz.

    Christophe metió los remos en el bote y desenvainó su espada. Sabía que podía limitarse a dispararle, pero prefería guardar la munición de ser posible. Bajó la hoja como si fuera un cuchillo de carnicero al sitio en que el pirata se aferraba a la embarcación y le erró a la piel y los huesos, pero penetró la madera dura. Con un grito, el pirata se soltó y aleteó los brazos en el aire al caer de espaldas en el agua, chapoteando en un intento de mantenerse a flote. Una segunda aleta se unió a la anterior, se aproximó al bote desde la dirección opuesta y luego se hundió. El hombre tosió, gritó y desapareció de la superficie.

    Christophe envainó la espada mientras estudiaba la superficie del agua, pero el pirata no resurgió y el primer tiburón continuó dando vueltas a su alrededor para ganar tiempo. Christophe abrió la botella de ron que había cogido en medio del atrevido escape y la alzó en tributo al bucanero caído antes de beber un buen sorbo.

    —Espera todo lo que quieras, tiburón. No lograrás probarme. —Volvió a cerrar la botella y la metió en el morral que había empacado a las apuradas. Luego, colocó los remos a ambos lados del bote y reanudó la partida.

    Si no se desviaba de curso, llegaría a las islas Bermudas para el mediodía y, como solo tenía ron para llenar el estómago, debía apresurarse y mantenerse despierto hasta llegar a tierra. De lo contrario, tenía su arma o se podía entregar al tiburón que le seguía el rastro, pero ninguna de esas opciones lo entusiasmaban tanto como la libertad.

    Christophe cerró los ojos, reclinó la cabeza y suspiró. Libertad. La había anhelado durante tanto tiempo, pero nunca había tenido la oportunidad de tomarla sin que hubiera repercusiones. Siempre lo habían vigilado. Susurros y dinero a cambio de información cuando el barco llegaba a algún puerto. Luego de la captura, el castigo por intentar escapar sería muy duro. Él había trabajado muy duro para subir de rango y lograr tener esta oportunidad. Ahora no podía perderla. Con el poco dinero que tenía, podría comprar una o dos comidas y luego podría trabajar para pagar un pasaje de regreso a las colonias.

    Iría a casa.

    El alivio esperado ante esa noción no fue tan fuerte como debió ser. Realmente quería ir a casa. Sin embargo, le preocupaba que no lo aceptaran de regreso con los brazos abiertos. Al convertirse en pirata, aunque no fuera por elección, había precio por su cabeza. Los crímenes que había cometido en el tiempo que pasó con la tripulación eran suficientes para que lo colgaran. No importaba que lo hubieran obligado a hacerlo porque la ley no mostraba piedad hacia los piratas. Su regreso a casa sería una mancha oscura para su familia si la verdad salía a la luz. Estaba tan a la deriva en la vida como en ese preciso momento en el océano... remando sin un destino definitivo, excepto el de encontrar una comida y una noche de descanso. Perdido. Olvidado. Solo.

    La serpiente de mar, el galeón que los había atacado, se alejaba a la distancia y solo se podían vislumbrar las velas claras en la noche llena de humo. Y a la izquierda, burbujas, restos flotando —algunos aún en llamas— y cuerpos marcaban la ubicación de El Calipso. Luego de que le entrara suficiente agua, el navío no había tardado en hundirse. Una bola de cañón en el lugar indicado había sellado la perdición de la goleta. Mientras la tripulación del barco que los había atacado tomaba rehenes, Barba Rala había sido el único pirata que se percató de la huida de Christophe. Había estado tan determinado a impedir que tomara uno de los botes de La serpiente de mar, que lo había perseguido a nado sin alertar al resto.

    Y qué buen trabajo había hecho, chapuceando y atragantándose con el agua del mar. Ah, por no mencionar el inconveniente de ser comido por un tiburón. Eso no debió de ser placentero.

    —Es mejor que seas tú que yo —murmuró Christophe. De no haber perdido el sombrero durante el escape, se lo habría quitado. Era mejor perder un sombrero que la vida.

    Justo cuando creyó que la tripulación con la que navegaba era el grupo de hombres más tontos que había conocido, llegó La serpiente de mar con menos sentido común que ellos. Por los únicos motivos que se impusieron fueron que tenían más armas y más hombres. Sin demasiado intelecto por ninguna de las partes, no tardó en ganar la fuerza.

    A ninguno de ellos se le ocurrió que uno de los miembros de El calipso abordaría La serpiente de mar en lugar de pelear contra ellos y se largaría con su bote. Christophe se rio al tiempo que sentía el dolor de remar recorrerle el cuerpo entero. Necesitaba descansar, pero tendría que esperar. La vida peligrosa en la que lo habían metido había llegado a su fin.

    Hacía poco más de un año atrás, lo habían llevado por la fuerza tras desmayarse de tanto beber en una taberna. Christophe se había despertado en el mar con un montón de condenados piratas sin valores ni respeto por las mujeres. El pensamiento lo hizo sonreír. Dependiendo de cuánto bebiera, él también podía ser algo granuja. Con el transcurrir del año, a medida que su escape se veía cada vez menos probable, se las había ingeniado para ganarse la confianza de la tripulación y del capitán, tanto así que con el tiempo lo promovieron a contramaestre de El Calipso —probablemente porque él era uno de los pocos que tenía algo de sentido para hacer el maldito trabajo, estaba alfabetizado y también porque el hombre que había ocupado ese puesto antes había muerto de disentería. Qué forma horrible de estirar la pata.

    Cuando El Calipso se empezó a hundir, Christophe dudo un instante antes de entrar en acción. Ahora lo que quedaba de su ex tripulación estaba muerta o había sido tomada prisionera por La serpiente de mar. Nadie lo buscaría. Había pasado tiempo suficiente como para que alguien descubriera su identidad y pidiera rescate. Todo volvería a estar bien. Por fin.

    Con la resignación de mantenerse vivo, y fuera del alcance de las mandíbulas de los tiburones, Christophe solo deseó llegar a tierra, que no era un plan demasiado decente. Dejó de remar para descansar los brazos, pero se le erizó el pelo de la nuca y echó una mirada alrededor. El brillo debajo de la superficie debía haber sido la primera señal para empezar a remar en la dirección opuesta.

    Pronto lo rodeó, un destello verde azulado debajo del agua, que cubría unos quince metros a la redonda. Christophe se detuvo para admirarlo mientras intentaba descifrar la causa del mismo. Alrededor del destello, se revolvían las aguas negras. Nunca antes había visto un fuego o una linterna que causara semejante destello. Un hombre supersticioso asumiría que se trataba de brujería o magia negra, pero él no creía en esas cosas. Él se habría reído de esa tontería... si no se hubiera encontrado mirando fijo una destellante luz de otro mundo en el medio del océano.

    Las rayas sobre la piel del tiburón que lo acompañaba se volvieron más visibles mientras seguía nadando en círculos con los dientes afilados al descubierto. A su alrededor, cardúmenes de peces se alejaban en todas las direcciones. Probablemente, ese era la segunda señal para alejarse, pero ya era demasiado tarde.

    Un gran torbellino zigzagueante se formó lentamente debajo de él. Brillantes explosiones de agua turquesa giraban, crecieron en tamaño y profundidad, hasta que el medio cedió y el rugido de la succión del océano reclamó el bote como si se tratara de un tubo de desagüe en una tormenta resplandeciente. Lo único que atinó a hacer Christophe fue pasarse el morral por el hombro y aferrarse al bote con fuerza al tiempo que la corriente lo atrapaba y comenzaba a girar en el profundo agujero del abismo.

    Había tantas cosas que había anhelado en la vida. Matrimonio, hijos. Hacer una diferencia, aunque no supiera cómo. La piratería le había quitado todo eso, pero él se había permitido tener la esperanza, quizás demasiada esperanza, de poder regresar al camino que había escogido antes.

    Nunca lo haría.

    Seguramente, Christophe moriría, si no era ahogado sería por la presión de las brasas que se lo estaban tragando entero. Sea como fuera, se llevaría el ron consigo; un pequeño placer al que aferrarse en el más allá.

    ***

    18 de junio de 2015

    Ojalá pudiera enamorarme de un hombre que sea diferente a todos los que he conocido.

    Serena abrió los ojos al tiempo que el meteorito se alejaba de la vista. Pedirle un deseo a una estrella fugaz era infantil, pero ese acto reconfortante se había vuelto más bien melancólico. A los pocos segundos, los fuegos artificiales iluminaron el cielo nocturno con destellos dorados, azules, violetas, verdes y rojos. Las explosiones azules y verdes eran especialmente vívidas y se reflejaban en el agua tras la estela del barco, casi como si hubieran surgido por debajo de la superficie. Qué bonito.

    Los pasajeros soltaban exclamaciones y señalaban el efecto. Tras varios estallidos más, el crucero se sacudió y volteó a la izquierda, hacia el lugar en el agua en que había

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