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Gente al acecho
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Libro electrónico208 páginas3 horas

Gente al acecho

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Información de este libro electrónico

Es un conjunto de 16 cuentos, cuya temática oscila entre el género histórico, lo erótico y la temática psicológica. Incluye algunos relatos premiados en certámenes internacionales (entre ellos, un cuento galardonado por la edición ibérica de la revista Playboy). El volumen fue traducido al inglés y publicado en los EEUU, suscitando la acogida muy favorable de la crítica local. Ha sido acreedor a los principales galardones que hoy se otorgan en Chile a obras publicadas, como el premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura y el Premio Municipal de Santiago.

“Un gran creador de mundos literarios. Un observador apasionado de lo inquietante, un provocador de las nuevas generaciones latinoamericanas”.

Jorge Edwards, PREMIO CERVANTES

“Predomina en sus narraciones la cualidad en extremo civilizada de su intelecto, desafiando abiertamente a nuestra imaginación, pero también aflora en ellas, no pocas veces, una faceta resueltamente conmovedora”.

Frank Wilson, THE NEWYORK TIMES BOOK REVIEW
IdiomaEspañol
EditorialEditorial Catalonia
Fecha de lanzamiento6 mar 2018
ISBN9789568303624
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    Gente al acecho - Jaime Collyer

    Últimos días de nuestro vecino

    El episodio gatillador de todo es trivial, cabe incluso en unas pocas líneas: tras adosar una prótesis a la boca de su último paciente, el prestigioso ortodoncista Hugo Schatzman —que es a la vez nuestro vecino de la casa ocho— abandona una tarde su consulta para ir al médico y hablarle de «cierta fatiga incomprensible» que lo invade al despertar; el médico detecta algo más que una sencilla deficiencia vitamínica, ordena radiografías de tórax, descubre una sombra en el pulmón izquierdo; un segundo médico ordena nuevos exámenes para determinar, al cabo de una semana aún por transcurrir, si Hugo se nos muere de cáncer o es tan sólo el festín que el bacilo de Koch ha organizado en su interior. Al bacilo se lo puede echar a patadas; el cáncer es otra cosa.

    —Igual tendré que dejar de fumar, para siempre —nos explica el propio afectado esa noche, a los amigos y vecinos reunidos en su casa. Y sonríe, quizás por la ironía que ahora supone ese «para siempre».

    Esa primera sonrisa consigue aureolar sus gestos futuros de cierta grandeza, una cualidad trascendente que habrá de germinar a través de la semana, en el tiempo que nos queda hasta corroborar uno u otro diagnóstico, muerte o absolución.

    Hugo se nos muere. Es la sensación, la improvisada certidumbre que nos invade a todos.

    —Es una época escasa en mártires —comento esa misma noche a Sonia—. Cuando menos es emocionante.

    —Por favor —me reprocha ella de vuelta—. ¿No has pensado en Ana Luisa y el niño?

    —Desde luego —reconozco avergonzado—. Ana Luisa y el niño, claro.

    Al día siguiente al desayuno, veo a través de los visillos a Hugo, que se ha levantado temprano y se dirige con gesto reconcentrado al Toyota. Ana Luisa llega junto a él segundos después y le acomoda una bufanda en torno al cuello. Los demás están a su vez tras los visillos, pendientes de ambos, que parecen ahora un matrimonio bien avenido. El hecho de partir tan temprano a su consulta es quizás calculado: hay que vivir desde temprano, aprovechar cada segundo de luz, despertar con el día porque la noche vigila acechante para caerle a Hugo en el cuello y arrebatárnoslo. Su inesperada agonía lo engrandece: a los demás, cohibidos tras los visillos, nos vuelve prosaicos, irrelevantes.

    Ese día regresa algo más tarde de lo habitual y salimos todos con Ana Luisa a recibirlo. Hay algo morboso en las palmaditas que todos brindamos a sus hombros o las bromas deliberadas con lo del diagnóstico. Alguien lo compara con Margarita Gautier, le promete un ramo de camelias para el lunes, sugerencia que el resto aprobamos riendo. El énfasis recae previsiblemente en la tuberculosis, una estrategia colectiva para conjurar a tiempo la otra opción: esa posibilidad temible de ver a Hugo entubado en el hospital dentro de unos meses y acompañarlo después al camposanto, él en posición horizontal.

    Agradecida de las bromas, que actúan como un bálsamo necesario frente a la desazón inminente, Ana Luisa nos invita a un trago, a lo que Hugo accede encantado. En la casa ocho nos invade a todos una sensación de paradójica conformidad. Nada, ni siquiera la muerte de nuestro amigo, nos va a arrebatar el futuro, a esa hora crepuscular en la que el moribundo nos deslumbra con su actitud apacible. Las chicas lo miran de reojo; alguna hasta se permite con él pasajeros contactos visuales. La muerte, la posibilidad de la muerte, duplican su atractivo; su cuerpo se vuelve a los ojos de todas un bien perecible, que es preciso registrar con la mirada (¿con las manos?) porque muy pronto ya no estará. El lunes lo sabremos. Entretanto brindemos.

    Nadie quiere irse. Cerca de la medianoche, bajo el efecto del ron y el vermouth, se me ocurre comentar la noticia del juicio que se le sigue por aquellos días a Winnie Mandela en Ciudad del Cabo.

    —¿Y por qué la han llevado a juicio? —indaga el propio Hugo—. ¿De qué la acusan?

    —De aporrear a un par de negros en un callejón, hasta matarlos —explico.

    —¿Ella sola aporreó a un par de negros hasta matarlos? Creía que para eso estaba el gobierno de De Klerk. O el canalla de turno.

    —Sus guardaespaldas, los de Winnie, han aportado también su cuota.

    Sobreviene un espeso silencio.

    —Para eso mejor el apartheid, ¿no? —sugiero—. El gobierno los liquida en los tribunales, pero eso les deja la posibilidad de apelar. Con el guardaespaldas, un negro de dos metros con garrote, no hay derecho a pataleo. Después va donde Winnie y se lo cuenta a su manera: «Tuve que matarlo, jefecita».

    Mi explicación provoca cierto escozor en los presentes, en el muro tambaleante de nuestras convicciones, ahora que nuestro ejército de antiguos insurrectos ha sido paulatinamente diezmado por los ministerios y organismos públicos. Sonia me observa desde un rincón con una mueca de disgusto. Es partidaria incondicional de Winnie Mandela, eso es evidente. Algo habrán hecho ese par de negros para que se los llevaran al callejón.

    —No me lo creo —dice finalmente Hugo.

    —Yo tampoco —repiten a coro los demás.

    La muerte, aunque sea una conjetura, favorece la unanimidad. Alguien alude a «la manipulación informativa de las agencias internacionales», una hipótesis que los conforma a todos, y Winnie queda absuelta sin necesidad de acudir siquiera al tribunal. Yo me cuido de abrir la boca de nuevo por el resto de la velada, que se prolonga hasta casi las dos. A nadie le preocupa demasiado la hora. Puede que no se repita, un encuentro como ése.

    De vuelta a casa por el sendero de gravilla, Sonia me expone sus quejas:

    —¿Cómo se te ocurrió sacar a relucir ahora lo de Winnie Mandela? ¿Te parece apropiado en estas circunstancias?

    —¿Qué circunstancias?

    Por un segundo queda perpleja. ¿Qué circunstancias? 

    —No sé —concluye—. No me pareció muy atinado, eso de los dos negros tirados al callejón.

    —Sí, bueno. Es mejor no insistir en esos temas frente a Hugo.

    Esta vez me rindo fácilmente, con el solo propósito de dormir en paz. Ya en la cama me desvelo de todas formas, como tal vez le ocurre a los demás en sus casas. Al amanecer, cuando ya la noche está perdida, arribo a algunas certezas: me pesa estar sano, como probablemente le sucede a los demás; me pesa la ausencia de un pulmón carcomido que suscite a mi alrededor alguna forma de consenso y me haga enigmático, atractivo ante mis vecinas...

    El jueves, faltando escasos cuatro días para el diagnóstico, repetimos la velada en nuestra casa. Hugo acrecienta con maniobras inesperadas el interés por su figura. Nos cuenta que ha abandonado temprano la consulta —los premolares y las caries han dejado de interesarle— y se ha pasado algunas horas en la Biblioteca Nacional rastreando en variados textos la muerte de hombres notables. Menciona entre otros a Nelson, alcanzado por un proyectil enemigo en Trafalgar, desgarrado en los brazos de su fiel ordenanza, ante quien pronuncia una única frase: «El beso de la muerte, Horacio». Menciona a Serguei Esenin ante el espejo, con las venas seccionadas en la habitación del hotel, redactando con su sangre el último verso: «Adiós, amigo mío, en esta vida el morir no es nada nuevo...». Menciona, en fin, al Mahatma, que perdona a su ejecutor antes de caer abatido por sus balas. El recuento hace aflorar las lágrimas a los ojos de Ana Luisa; los demás guardamos silencio. Esta vez, todo el mundo se retira a una hora prudente, en actitud de recogimiento. Por la noche, cuando piensa que ya estoy dormido, oigo a Sonia llorar en la oscuridad. Vuelvo a sentir la falta del bacilo en mi interior, uno cualquiera.

    Al día siguiente por la tarde me encuentro a Hugo al llegar a casa, justo cuando se baja del Toyota. Al verme sonríe con melancolía, con esa estudiada languidez que se ha adherido a su rostro en los últimos días. Lo noto lejano, síntoma evidente de que han ocurrido en su interior nuevos cambios. Esta vez se trata de algo grande: le ha ocurrido en la consulta, una especie de satori, una revelación primordial, justo cuando iba a ponerle una gutapercha a algún paciente, un tal Gutiérrez.

    —Nunca me había ocurrido —dice, aún sorprendido—. ¿Has leído a Borges? ¿El Aleph?

    —Desde luego.

    —Fue algo parecido. Una captación repentina de todo cuanto hay y todo cuanto ha existido.

    Consciente de su entusiasmo, lo dejo explayarse en torno a su Aleph particular, que ha detectado en la boca de Gutiérrez, del lado de la epiglotis.

    —Es complicado —digo—. ¿Cómo harás para seguir observándolo?

    —Voy a prolongarle el tratamiento —dice sin remordimientos—. Me inventaré las caries que sea. Pero déjame que te hable de lo que vi...

    Sus términos me decepcionan. Previsiblemente habla del «incesante y vasto universo» y de «un punto donde convergen todos los puntos». Demasiado conocido incluso para mí, que no releo a nadie, ni siquiera a Borges.

    El sábado nos reunimos todos en nuestra casa de nuevo. Hugo aprovecha para exponer a los demás su hallazgo en boca de Gutiérrez, deslumbrándolos. La muerte, para otros una derrota, es en su caso un hilo de plata, el salto a la metafísica, aun cuando el listado que sugiere en boca de su paciente me resulta de nuevo muy poco llamativo. Borges hablaba de telarañas en antiguos lugares de culto, de inabarcables desiertos, de barajas, tigres y ejércitos en retirada. Schatzman habla de todos los partidos jugados en segunda división el pasado año, del guardarropía de su madre en Melipilla, de todos los molares que ha extraído en sus varios años de consulta. No evoca el infinito pero el auditorio escucha de todas formas su enumeración con fervor.

    —¿Y la gutapercha de Gutiérrez qué? —pregunto al final—. Con tanto Aleph revolviéndosele en la boca se la habrás puesto en un ojo, seguro.

    El auditorio se vuelve a observarme con expresión reprobatoria. Sonia ofrece más vino y canapés para salvar la situación y me dedica un gesto homicida.

    El domingo, con el diagnóstico en ciernes, nuestro ánimo decae y nos refugiamos cada uno en su casa. Los niños, ignorantes de todo, juegan a gritos en el patio de gravilla hasta el atardecer. Sus voces, sus habituales combates, suenan lejanos, irreales, como habrá de sonarnos a todos el nombre de Hugo Schatzman cuando lo hayamos perdido. Es un día nublado y domingo, dos buenas razones para quedarse en casa, ahora que el diagnóstico entra al fin en la cuenta regresiva. Al día siguiente lo sabremos, muerte o resurrección, según lo que diga el laboratorio.

    Al final todo resulta menos dramático de lo esperado. Por la tarde vemos llegar a Ana Luisa y Hugo abrazados, sonrientes, y salimos todos a recibirlos.

    —¡Tuberculosis! —anuncia él mismo y lo abrazamos todos por turnos.

    El pulmón es todavía remendable con unas cuantas punciones, algo de reposo, los fármacos apropiados al caso.

    Al día siguiente por la tarde celebramos en su casa la buena nueva. Alguien ha adquirido, ex profeso, un ramo de camelias, que le es obsequiado a Hugo en nombre de todos. Las bromas afloran con el champaña y otros detalles, aunque nadie las celebra en exceso, ahora que sólo nos queda para reírnos sin ganas el estereotipo degradado de Margarita Gautier. Hugo se esfuerza sinceramente por renovar la mística, cierto aire de tragedia. Señala que en ocasiones el laboratorio también se equivoca. Luego insiste en lo del Aleph, pero alguien le pregunta, ahora sí, por la gutapercha del pobre Gutiérrez y las risas opacan, antes de que la inicie, su enumeración de lo que ha percibido hasta allí en su garganta.

    Esa noche me desvelo nuevamente y Sonia conmigo. La oigo darse vueltas y suspirar impaciente en la oscuridad.

    —¿A ti no te parece que está de todas formas muy flaco? —me pregunta al fin.

    —¿Quién?

    —Hugo. Parece como si estuviera de todas formas en fase terminal.

    En ese momento comprendo lo que va a ocurrir. En los próximos días nadie habla de Hugo, al que ahora nos referimos únicamente por el apellido: Schatzman, el de la casa ocho. El cretino ese que se iba a morir. Nos ofende su presencia recurrente cada tarde, el detalle imperceptible de que vuelva a engordar y recuperarse. Nos abruma su estilo desenfadado, que ahora nos parece trivial, trivializándonos. Lo queríamos agónico y trascendente, no inmortal.

    Alguien habla —en tono de broma— de arrollarlo con el automóvil, en caso de que falle el bacilo de Koch. Dicen que la autora de la propuesta es la propia Ana Luisa. Mejor un mártir del automóvil que un dentista con el pulmón estropeado, digo yo, dice ella.

    No es una mala idea, digo yo.

    Faraón a la intemperie

    «¡Revivirás!», musitaba a último minuto algún sacerdote de Tebas en el entierro de su faraón. «¡Para siempre jamás, nuevamente joven!» Una letanía deliberada contra la muerte, la consigna funeraria reproducida con optimismo en las paredes de la cripta real y cualquier mausoleo subterráneo junto al Nilo, para animar al cadáver de turno en su prolongado viaje al fondo de la noche y ayudarlo a resurgir con el nuevo día de entre sus propios restos momificados. Sé, con cierto horror ocasional, de cuando menos uno —alguno de esos cadáveres ilustres de hace cuatro mil años— que lo consiguió, lo de revivir. Me lo contó él mismo en un bar de El Cairo, harto de noches inagotables, fatigado de inmortalidad.

    Llevábamos, Bancroft y yo, tres años en Sheikh Abd el-Gurna, una aldea infestada de escarabajos donde hacíamos excavaciones a cuenta de la Real Sociedad Londinense de Exploraciones Egipcias, bajo la mirada bobalicona y tenaz de los turistas. La comida era escasa y mala, aunque los escarabajos opinaban lo contrario. El agua amenazaba con diarreas subrepticias y Londres se olvidaba cada tanto de nuestros honorarios, pero los campesinos y lugareños nos asediaban de todas formas, cuando abandonábamos cada día nuestra choza de adobe, a la espera de una propina (¡Bakshiish, sahib, bakshiish!). Por no

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