La experiencia formativa
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«Todos los relatos —escritos con una prosa ágil y eléctrica, que oscila desde una exquisita melancolía a un finísimo sentido del humor— dan cuenta de una muy peculiar educación sentimental: crónicas íntimas de transformaciones que permiten vislumbrar la deformidad donde antes no era evidente.» Maximiliano Barrientos
En La experiencia formativa hay humor, ternura, rabia y un mosaico de personajes que por diversas circunstancias se encuentran desplazados, tanto geográfica como emocionalmente. Ahí están los dos jóvenes que crecieron en una comunidad hippie perdida en la cordillera; el ex físico-culturista que se cura de su fracaso en un programa de escritura curativa en Nueva York y le escribe intensos mensajes a su madre; el ghostwriter melancólico y volátil que redacta las vidas de chicos suicidas universitarios; y las postales resacosas de un narrador que, a la espera de un poco de marihuana, camina por el paseo marítimo de una ciudad en la cual hacer memoria es imposible. Premio a mejor obra por el Consejo Nacional del Libro de Chile (otorgado con anterioridad a Alejandro Zambra, Roberto Bolaño, Álvaro Bisama y Germán Marín, entre otros), La experiencia formativa es un libro con una prosa ágil y juguetona que ayuda a recordar que la literatura tiene que ser un acto tan formativo como deformativo.
"Me dio pena, mami. Me dio pena porque tanto ellas como yo, y todos nuestros compañeros, estamos pasando por una experiencia (de)formativa en esta ciudad. Somos gente muy dañada.¿Hay alguna forma de curar nuestro fracaso?"
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La experiencia formativa - Antonio Díaz Oliva
La experiencia formativa
Luego de nuestra experiencia formativa, y luego de la desaparición de Jorge, con Raquel decidimos casarnos. Su mamá estaba contenta, incluso lloró, nos dijo que íbamos a ser felices, la mejor decisión sin duda; el padre, en cambio, nos felicitó de manera más reservada y a los pocos minutos se encerró en su pieza.
El viejo era así.
Silencioso y parco.
Se encerraba con sus libros, sus planos, los cuadernos formativos. Casi nunca hablaba con su esposa, menos con Raquel. Porque a ver, es verdad: en ese entonces los papás de Raquel no se decían mucho, pero yo tampoco entendía que había algo debajo de ese silencio. Yo tenía dieciocho años, había regresado de mi experiencia formativa, y me costó darme cuenta, durante mis primeros días como esposo de Raquel, de que el silencio entre sus padres era el mismo que cruzaba a toda la comunidad.
~
Pero esto no era Colonia Dignidad. Era simplemente una comunidad hippie. Y hippie a la chilena, que no es lo mismo que los hippies gringos o europeos. Para los milicos estábamos dentro de la misma categoría que esos grupos de alemanes perdidos en el sur, y por eso, cuando la descubrieron en los ochenta, cuando la comunidad ya llevaba casi diez años funcionando, pactaron. ¿Por qué no nos metieron a todos presos?, ¿por qué no nos mandaron al Nacional o a la Isla Dawson? No sé. A veces también me lo pregunto. Regreso a algunas fotos, esas en que los padres fundadores aparecen con el pelo largo, ropa sucia, con chalas y morrales, aunque luego se hayan puesto más serios, y me lo pregunto.
Y en verdad no sé.
Yo era chico pero no tanto. Y mi madre era una de las fundadoras, aunque tampoco recuerdo demasiado de ella, ahora que intento reconstruir esta historia. De mi padre sé menos, porque fue uno de los primeros desertores.
~
La experiencia formativa, sí, ahora voy a eso.
~
A los diecisiete años, luego de una ceremonia, a todos los hijos de los fundadores de la comunidad nos tocaba un año libre. Íbamos a las sesiones preparativas. Pasábamos más tiempo de lo normal con nuestras familias. Nos liberaban de los trabajos vespertinos. Y teníamos dos horas para llenar nuestros cuadernos formativos. ¿Qué anotábamos? Todo. Todo lo que pasaba por nuestras cabezas; todo acto o evento que consideráramos importante para nuestro desarrollo humano.
Hasta que llegaba el día.
Eso sí, no había claridad de cuándo sucedería porque era sorpresa. Tocaban la puerta, uno de los padres fundadores nos acompañaba hasta el portón de madera –generalmente el papá de Raquel, que era lo más cercano a un líder en la comunidad– y nos despedíamos y quedábamos ahí, afuera, en la intemperie. Caminábamos por la bajada de tierra. Era un camino pedregoso de casi dos horas y media hasta llegar a una caseta de madera donde alguien nos estaba esperando. Nunca supimos quién, aunque algunos sospechaban que era un milico vestido de civil, el delegado por Pinocho para asegurarse que la comunidad siguiera aislada. Ese era el encargado de llevarnos a la ciudad en una camioneta que, luego entendí, era el mismo tipo de transporte que se usa para ir a buscar y dejar a los niños al colegio. Todo terminaba en una casona en el centro de la ciudad. Y ahí comenzaba la experiencia formativa. Un año para hacer lo que quisiéramos. Algo de dinero para los primeros meses. Y al final una decisión: o volvíamos o dejábamos la comunidad para siempre.
~
Hubo varias señales. Como que un poco antes de mi experiencia formativa mi madre muriera. O que aparecieran los primeros conejos, aunque al principio no los tomamos en cuenta. Cuando murió mi madre me mandaron a vivir con Raquel y sus papás. Yo tenía dieciséis, o sea un año antes de mi experiencia formativa. Lo que nunca entendí es por qué; por qué no me dejaron verla antes de morir; por qué no pude decirle chao viejita, te voy a extrañar, gracias por todo; por qué no me dejaron cerrarle los ojos con mis manos, mis propias manos. Pero el padre de Raquel me negó todo eso, igual que, años después, no dejaría que Raquel viera el cuerpo de su madre. Decía que era parte de nuestra educación. Que así seríamos mejores; seres integrales en lo físico y espiritual.
Recuerdo que para la ceremonia –la ceremonia fúnebre que se celebraba cuando alguien nos dejaba– mi madre ya estaba enterrada y nos juntaron a todos para orar. Luego los padres fundadores rememoraron algo sobre el reciente difunto. Entonces nos toma-mos de las manos y nos quedamos en silencio por unos minutos. No tuve ganas de llorar. Creo que por primera vez sentí rabia; rabia de no saber quién controlaba mi vida. El padre de Raquel finalizó la ceremonia. Esa mañana –era domingo, creo– Raquel se acercó, me tomó la mano y me dijo que íbamos a vivir juntos. Le sonreí aunque sin ganas. Le di un beso. Ya éramos pololos por esa época. En la comunidad los hijos de los padres fundadores se relacionaban desde chicos. Y eso a los padres fundadores les gustaba, claro; era la única manera de seguir poblándonos sin relacionarnos con el exterior.
~
No me costó adaptarme a la familia de Raquel. En parte porque murió mi vieja y me convertí en un ser silencioso, muy distinto a lo que soy ahora. No tenía consciencia de mí, ni de lo que pasaba a mi alrededor. Iba al colegio de la comunidad por las mañanas; iba al campo a trabajar mi turno vespertino; iba a todas las actividades obligatorias para los hijos de los fundadores. Pero realmente no estaba ahí. Funcionaba en la casa de Raquel porque estaba en silencio y, finalmente, la gente funcional, la que hasta hoy no se arrepiente de nada, fue la que nunca abrió la boca. Yo también era funcional entonces; creía en la comunidad y seguía paso a paso lo
