La cosa y otros artículos de fe
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Gilbert Keith Chesterton
Gilbert Keith Chesterton, más conocido como G. K. Chesterton, fue un escritor y periodista británico de inicios del siglo XX. Cultivó, entre otros géneros, el ensayo, la narración, la biografía, la lírica, el periodismo y el libro de viajes. Se han referido a él como el «príncipe de las paradojas». Fecha de nacimiento: 29 de mayo de 1874, Kensington, Londres, Reino Unido Fallecimiento: 14 de junio de 1936, Beaconsfield, Reino Unido
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La cosa y otros artículos de fe - Gilbert Keith Chesterton
Prólogo.
El periodista eterno
Por qué soy católico no fue el título de ningún libro de Chesterton, aunque se cite a menudo y aunque se podría decir que Chesterton no escribió otra cosa. Why I am a Catholic fue el subtítulo que en posteriores ediciones completó a The Thing, su libro sobre el catolicismo escrito en 1929, siete años después de su conversión. Recuperamos ese título, La cosa, tan sugerente, para esta antología de artículos. Según el insigne e infatigable chestertoniano Dale Ahlquist, «The Thing», vale como metáfora de la fe. Lejos de mí quitarle la razón al experto, que la tiene, pero además «la cosa» significa coloquialmente la cosa, la clave, lo que es, el meollo del asunto, el quid de la cuestión. Viene a ser, pues, otra manera de nombrar aquella llave simbólica de todo el universo de la que habla Chesterton en su Autobiografía (1936). Este libro, pues, trata de la fe, pero al mismo tiempo de cómo esa fe se convierte en la razón para explicar la realidad. Por eso, toca una ingente variedad de asuntos, desde la liturgia a la política, pasando por los fósiles.
De todas las obras de Chesterton, ésta se cuenta entre las que emprendió con más gravedad, como se percibe en el tono, un punto más contenido, aunque nunca demasiado. Era natural, G. K. C. había afirmado: «Jamás he tomado en serio mis libros; pero tomo muy en serio mis opiniones», y en este libro trata de sus opiniones fundamentales, las que forman el eje sobre el que gira la inmensa rueda de su cosmovisión. En otra ocasión escribió que sólo existe un tema (una cosa, «la cosa», precisamente), pero que es un tema tan inmenso que incluye los demás: una sola cúpula que lo cubre todo. Por tanto, más que de artículos sobre la fe se podría hablar de artículos bajo la fe, donde entra todo, o, más juguetonamente, pero en serio, de artículos de fe.
Para hacer nuestra selección hemos consultado el índice de una antología italiana, Perché sono cattolico (e altri scritti), Gribaudi, 1994, aunque ampliándolo. En el prefacio de la edición italiana, el Cardenal Biffi señala que «Chesterton es un don hecho al Catolicismo (a la humanidad entera) directamente por Dios». Así es: su poderosa argumentación ha acercado a muchos a la Iglesia, empezando por el mismo Chesterton. O, mejor dicho, sin empezar por él, pues Gilbert se convirtió bastante después de haber acercado a la Iglesia Católica a numerosos amigos y lectores. A la Iglesia Católica o al mero cristianismo, como fue el caso de un joven y agnóstico C. S. Lewis, que se convirtió tras leer El hombre eterno (1925). Los éxitos apostólicos de Chesterton no deben sorprendernos: la suya es una apología muy apropiada para estos tiempos: sensata, ausente de complejos y, sobre todo, contagiosamente alegre.
Que muchos de estos textos fuesen originariamente artículos de prensa, pero que tengan una indudable actualidad, es un misterio que, de tanto verlo, como la famosa carta de Edgar A. Poe, se ha vuelto invisible. Chesterton, que hoy por hoy es uno de los más vivos referentes en el debate de las ideas, no se definía como filósofo (ni tampoco como crítico ni como poeta ni como autor teatral ni como novelista), sino como un «jolly journalist». Pero este alegre periodista ha conseguido algo que se diría contradictorio con la naturaleza misma del periodismo. Incluso nombrando de vez en cuando asuntos o personajes de entonces –tan de pasada que puede prescindirse de esas menciones sin quebranto o a las que basta una escueta nota a pie de página–, incluso pagando ese peaje al periodismo y a la actualidad, Chesterton ha sobrevivido al paso del tiempo, o mejor dicho, lo ha trascendido. Entre sus innumerables paradojas, está él mismo, periodista eterno.
César González-Ruano ha descrito como nadie el destino melancólico del papel de periódico, que por un momento es mentidero de la vida social, y al día siguiente sirve para envolver pescado, y eso en los tiempos de González-Ruano, pues hoy, con las bolsas de plástico, ni para envolver pescado. En cambio, Chesterton, como demuestra este libro, y tantos otros, se reedita y se discute, apasionando a amigos y atrayendo a enemigos. ¿A qué se debe?
Explica Antoine Compagnon en Los antimodernos (2005) que aquellos que decidieron enfrentarse a las ideas y a las consecuencias de la Revolución Francesa fracasaron en política, pero alcanzaron una gran trascendencia en el pensamiento, la literatura y el arte. Han resistido el paso del tiempo mejor que sus exitosos contrincantes de antaño. Nos interesan más.
De Chesterton, el último romántico, el feliz nostálgico de un siglo XIII ideal, no llega a hablar Compagnon, pero bien podría. El enorme escritor inglés goza hoy de esa gran trascendencia en el pensamiento y la literatura que para sí quisieran sus oponentes Wells o Shaw, que en sus tiempos estaban a la última, oh verdura de las eras. Y es que eran tan de sus tiempos, que pasaron con ellos. A las figuras de ahora les pasará lo propio: son tan de hoy que mañana serán de ayer.
Miguel d’Ors en «Un poema inconformista», donde se autorretrata como católico, tiene un verso que siempre me sonó particularmente chestertoniano. Para el poeta español, es católica «la risa con que miro el tamaño del tiempo». Ese verso crece interminablemente, como el célebre y celebrado Domingo, misterioso jefe de los anarquistas de El hombre que fue Jueves (1908). Parece como si el tamaño del tiempo se trasvasara a la risa con que se lo mira, risa que es una metonimia perfecta del escritor inglés, de un tamaño de partida ya de por sí considerable, todo hay que decirlo.
El cristianismo, y más concretamente el catolicismo, nos permiten salirnos de la corriente del tiempo, como Chesterton supo y explicó: «Sólo la Iglesia Católica puede salvar a los hombres de la degradante esclavitud de ser hijos de su tiempo». En la introducción de Fancies versus Fads (1923) remachó: «Es necesario tener a mano alguna verdad para poder juzgar rápido las filosofías modernas […] antes de que desaparezcan más rápido aún». Gracias a la Iglesia Católica él pudo reírse a gusto de uno de sus monstruos predilectos, la moda. No la siguió y como moda es lo que pasa de moda, según la elegante definición de Coco Chanel, se ha librado de quedar demodé. G. K. C., escritor de El hombre eterno y admirador de la Philosophia perennis, construía sus escritos, sus razonamientos y su cosmovisión sobre cimientos que el tiempo no alcanza a envejecer.
Aquí habría que dejar la palabra a Chesterton como ustedes estarán deseando, y nosotros. Sin embargo, observamos que a muchos admiradores españoles de Chesterton les choca la escasez de datos autobiográficos en su Autobiografía (1936) y en La Iglesia Católica y la conversión (1927), donde relata parte de su historia. Consideran que incluso cuando habla de él habla poco de sí y de su circunstancia. En realidad, cuenta muchas cosas, aunque no tantas como nuestra curiosidad y cariño desearían. Creo que la extrañeza hispana radica en una diferencia cultural. Chesterton, extrovertido y dicharachero, era un inglés y tenía el acendrado sentido de la intimidad que caracteriza a su pueblo (a lo mejor de su pueblo). Además, y aunque a estas alturas nos suene casi a palabrota, era un intelectual. Es lógico, por tanto, que no condescendiera demasiado al anecdotario y que prefiriese ceñirse a los grandes argumentos.
En este volumen, esta característica se acentúa aún más. No nos narra su conversión, sino sus razones. A fin de cuentas el título es La cosa, y no, fíjense bien, Las cosas que me ocurrieron o Cositas mías. En el enfoque acierta Chesterton, porque centrándose en los motivos será mucho más fructífero y, desde luego, más convincente que recreando los acontecimientos. Pero quizá nosotros, los españoles, nos quedemos con ganas de saber más.
Y no dejará de venirnos bien, al menos para evitar la desinformación que a menudo se encuentra entre quienes presumen de lectores suyos. Algunos hacen una mezcla nada chestertoniana de elogios y prejuicios cuando hablan de nuestro autor. Deslumbrados ante el genio de Chesterton, no son capaces de no afearle sus posiciones y creencias. Al lugar común postmoderno le gusta el estilo paradójico y el humor de nuestro autor, pero no tanto lo que defiende el hombre, como si fuesen compartimentos estancos, que no lo son. La propia prosa de Chesterton es la más feliz apología de sus ideas. La risa con que mira el tamaño del tiempo es, quod erat demostrandum, estrictamente católica. Sólo el cristianismo le permite salirse de la corriente temporal a reírse a mandíbula batiente de todo lo que pasa. El poema «El esqueleto» del poemario The Wild Knight (1900) se construye sobre esa idea:
Ni abejorros ni ruiseñores
son tan felices como yo;
que aquí, tumbado entre las flores,
me río eternamente. No
diré por qué. Vuestro despiste
por el momento es esencial,
ya que la muerte es un buen chiste
de Dios. La gracia está al final.[1]
Esas disquisiciones bizantinas (y un poco escolares) entre la forma y el fondo, entre las ideas y su ejecución, entre los argumentos (de su filosofía) y los argumentos (de sus novelas), las oímos, en general, como quien oye llover. Se les reconoce a veces su descendencia más o menos lejana de Jorge Luis Borges, entusiasta admirador de Chesterton, pero que no quería compartir su ortodoxia. Y a Borges se lo perdonamos casi todo, en parte por debilidad nuestra y en parte por agradecimiento. A Borges (y a Alfonso Reyes, nada menos) debe Chesterton la excelente recepción que ha tenido desde el principio en los medios intelectuales hispánicos, quizá mejor que en los ingleses, a pesar del aplauso de escritores tan indiscutibles con T. S. Eliot o W. H. Auden.
Sin embargo, dentro de esa línea zigzagueante entre el desdén y el deslumbramiento, hemos visto reproducida una opinión que toca de lleno la materia de este volumen. Es cuando cuentan que su noviazgo con Frances Blogg explica la conversión de Chesterton. Parecen sugerir que fue abducido, algo terrible, pero disculpable en última instancia por tratarse de un rapto romántico y sentimental. Se desvirtúa así de un plumazo la emocionante aventura espiritual de ambos. Y la aventura intelectual de Gilbert. Como de ésta queda constancia palpitante en las páginas que siguen, aprovechemos la ocasión para comentar algunos datos de aquella, que a los curiosos españoles han de interesarnos.
Chesterton había nacido en 1876, en Londres, en una familia de tibias convicciones cristianas, que el lúgubre ambiente finisecular le había enfriado todavía más. En ese momento de su vida, más que en ningún otro, parece a punto de cumplirse la primera parte de la memorable frase de Borges: «Hubiera podido ser un Egdar Allan Poe o un Kafka; prefirió –debemos agradecérselo– ser Chesterton». Veamos como conjuró el peligro kafkiano para convertirse en Chesterton.
El demonio [sic] le convenció de la existencia de Dios a partir de una desagradable experiencia espiritista. Ya religiosamente inquieto, conoce a Frances Blogg en 1896, una ferviente anglo-católica (falso amigo para algunos, que lo entienden como «una católica inglesa»; el Anglocatolicismo, es, como se sabe, el sector menos protestante de la High Church de la Iglesia de Inglaterra, al que pertenecían, antes de convertirse, J. H. Newman o Evelyn Waugh, entre otros). A raíz del encuentro, que acabó en boda en 1901, se produce una segunda conversión, esta vez a la práctica del cristianismo. Chesterton abandona sus anteriores recelos en contra de la religión institucional y sus afiladas ironías anticlericales.
Comienza entonces, de forma paulatina, su acercamiento intelectual a Roma, hasta transformarse en un no-católico que era, a la vez, el campeón nacional del catolicismo en Inglaterra, paradoja netamente chestertoniana. «El martillo de herejes –se pregunta Joseph Pierce–, ¿no era a su vez un hereje?». A pesar de ser el autor de Ortodoxia (1908), ninguno de sus amigos católicos espera una última y definitiva conversión, a causa precisamente de su mujer, que se opone y de la que el despistado escritor dependía para todo. Entre ellos, el padre O’Connor disculpaba a Chesterton entendiendo que «necesitaría a Frances para llevarle a la iglesia, para encontrar el sitio en el misal o para examinar su conciencia por él cuando fuese a confesar».
Sin embargo, G. K. C. sorprende a propios mucho más que a extraños al ser recibido en la Iglesia Católica (tercera y última conversión de su vida) el 30 de julio de 1922. Esto provocó un disgusto de muerte a Frances, que no dejó de llorar ni un momento durante la ceremonia. Los que conocían bien a los Chesterton siempre se admiraron del heroísmo, íntimo pero inmenso, que tuvo el cónyuge al decidirse en solitario, sin contar siquiera con la aprobación de la cónyuge.
Luego, cuatro años más tarde, ella se haría católica. El 28 de junio de 1926 el matrimonio había celebrado sus bodas de plata –G. K. C. le dedicó un sentido poema: «I need not to say I love you yet…». Unos días antes de esa fecha, Frances había escrito al P. O’Connor una carta en la que pedía ser admitida en la Iglesia y solicitaba instrucciones para prepararse. La carta es particularmente interesante porque Frances confiesa su temor de que se interprete su conversión como un acto de seguimiento a su marido, y niega en rotundo que sea así, al tiempo que reconoce lo doloroso que ha sido para ella su camino espiritual. El 1 de noviembre de 1926 es recibida en la Iglesia Católica, dándole a Gilbert una de las mayores alegrías de su vida, que ya es decir, porque él se la pasó alegrándose por todo. Para celebrar la ocasión, el galante marido escribió otro poema, éste, que habla (o, mejor dicho, canta) por sí solo:
No como una distancia ni un peligro
ni una casualidad ni incluso un cambio,
simplemente encontraste tú este sitio
exótico en exceso para que fuese extraño.
Más llena de memoria que de anhelo
viajaste sin vagar:
lo tuyo no fue marcha, fue regreso
a un olvidado originario hogar.
La ciudad mística, de muchas puertas
y columnas sin fin, era tu casa;
herodianas historias, tras su espera
de casi dos mil años, te aclamaban.
Ardían flores raras y riquísimas
que eran la sangre celestial de Aquél.
Flores silvestres pero conocidas
por ti como las flores de cualquier bosque inglés.[2]
Esta verdadera novela, la más chestertoniana de todas las suyas, corre paralela a la de sus páginas apologéticas. En La cosa encontraremos, tratados con el mismo temple emotivo, el fundamento y los razonamientos que llevaron a Chesterton a vivir tan apasionante aventura personal.
Enrique García-Máiquez
El Puerto de Santa María, a 3 de marzo de 2010
Procedencia de los artículos
Obras de Chesterton
The Thing (1929)
Por qué soy católico (I)
El humanismo, ¿es una religión?
Obstinada ortodoxia
Por qué soy católico (II)
La revuelta contra las ideas
The Well and the Shallows (1935)
Mis seis conversiones
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Iglesia y agorafobia
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Santo Tomás Moro
María y el converso
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All Things Considered (1909)
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The Spice of Life (1965)
El objetivo religioso de la enseñanza
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[1]. Chattering finch and water-fly/ Are not merrier than I;/ Here among the flowers I lie/ Laughing everlastingly./ No: I may not tell the best;/ Surely, friends, I might have guessed/ Death was the good King’s jest,/ It was hide so carefully.
[2]. But not as distance, not as danger,/ Not chance, and hardly even change,/ You found, not wholly as a stranger,/ The place too wondrous to be strange.// Great with memory more than yearning,/ You travelled but you did not roam,/ And went not wandering but returning/ As to some first forgotten home.// The mystic city, many-gated,/ Monstrously pillared, was you own;/ Herodian stories gave words and waited/Two thousand years to be your throne.// Strange blossoms burned as rich before you/ As that divine and beautiful blood;/ The wild flowers were no wilder for you/ Than bluebells in an English wood.
Por qué soy católico (I)
Explicar por qué soy católico es difícil: existen diez mil razones que suman una sola razón: que el catolicismo es verdad. Podría rellenar todo el espacio que tengo con distintas frases, comenzando cada una con las palabras: «Es lo único que…». Así:
(1) Es lo único que de verdad impide que el pecado sea secreto.
(2) Es lo único en que el superior no puede ser superior,
