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El Ocaso De Aurora
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Libro electrónico224 páginas4 horas

El Ocaso De Aurora

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El Ocaso de Aurora
Aurora acaba de heredar la Antigua casona de su abuela; una construccin sombria, lgubre e imponente, donde un halo de suspenso y misterio se repsira junto con los recuerdos de su infancia. Donde una melodia viaja sutilmente por las rincones de la casa, hasta llegar a los oidos de Aurora y sus amantes, seducindolos, hipnotizndolos y llevndolos al xtasis. Algo mgico sucede dentro de esas paredes pues todo el que posee a la protagonista, obtiene un castigo. La joven se siente culpable, pero poco a poco ir descubriendo que se trata de una ancestral maldicin familiar.
IdiomaEspañol
EditorialPalibrio
Fecha de lanzamiento29 oct 2010
ISBN9781617640742
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    El Ocaso De Aurora - Denisse Pfeiffer

    Contents

    Capítulo 1

    Capítulo 2

    Capítulo 3

    Capítulo 4

    Capítulo 5

    Capítulo 6

    Capítulo 7

    Capítulo 8

    Capítulo 9

    Capítulo 10

    Capítulo 11

    Capítulo 12

    Capítulo 13

    Capítulo 1

    Cuando volví a ver la casa de mi abuela, miles de recuerdos llegaron a mi mente, aunque el principal fue la cantidad de hombres que visitaban ese lugar. No recuerdo haber visto jamás a mi abuela con el mismo hombre dos veces . . . Durante años, ignoré el por qué, pero conforme crecí y fui entendiendo la vida, pude comprender que ella había tenido un sin fin de amantes, y tal vez ésa fue la causa por la que mi madre decidió alejarnos de su vida. Regina, mi abuela, era sumamente cariñosa con nosotros, pero mi mamá jamás la aceptó. Ahora me dejaba su casa, aquel recinto que cuidaba tanto y que por fuera parecía estar en ruinas.

    Aurora acababa de heredar la antigua casona de su abuela, ubicada en la Colonia Polanco; una construcción de principios de siglo XX, sombría, lúgubre y hasta imponente. Sin embargo, los recuerdos que guardaban aquellas paredes de concreto y piedra daban el calor necesario que Aurora necesitaba en aquel momento.

    Durante 18 años se había preguntado, ¿por qué su familia se había separado de aquella forma?, ¿por qué su madre jamás había permitido que el nombre de Regina se pronunciara en su casa?, ¿por qué ninguno de sus tíos mencionaba a su abuela y vivían como si ella no existiera? Ninguno de sus familiares cercanos podría resolver sus dudas y mucho menos dar una respuesta concreta a las interrogantes. Aunque la conducta de Regina fuera reprobada por sus hijos, el ser una mujer promiscua no era justificación para que la hubieran enterrado 18 años antes de que la muerte la asaltara. Cuando Aurora decidió cuestionar a su madre, sólo encontró evasivas y una contundente respuesta: "No es asunto tuyo. Deja de meterte en lo que no te importa. Si yo decidí alejarme de mi madre fue por una buena razón, y nadie, ni siquiera tú me van a obligar a dirigirle la palabra a esa mujer".

    Esa mujer . . . ¿Cómo podía llamar así a su propia madre?, ¿qué había sucedido entre ellas que las había distanciado tanto? Aurora no lograba entenderlo; por más que buscaba en los recovecos de su mente, la imagen seguía siendo la misma. Su madre y su abuela discutiendo a puerta cerrada cuando ella tenía 14 años. Ésa fue la última vez que vio a Regina, la última vez que puso un pie en esa casa, la misma que ahora la acogía y le daba la bienvenida.

    Aurora entró a la casa, todo estaba igual, como si el tiempo no hubiera pasado, como si su vida se hubiera detenido en su infancia rodeada de muebles viejos, candiles y alfombras coloridas. Incluso, la cristalería que ocupaba las repisas del enorme trinchador del comedor seguía ahí, intacta, como ella lo recordaba: las copas de cristal de Murano, los vasos de cristal cortado, los platones y la vajilla de porcelana de Bavaria, todo estaba en su lugar, todo seguía en el mismo sitio que Regina había elegido desde que llegó a ocupar esa casa en 1938, cuando ella y José Carlos regresaron de su Luna de Miel.

    Otra incógnita que cruzaba la mente de Aurora era el paradero de su abuelo; sólo había escuchado mencionar su nombre, pero jamás lo había conocido, ni siquiera había fotos de él y nadie no lo recordaba. Sabían de su existencia por el acta de nacimiento de su madre y sus tíos, pero nunca escuchó a su abuela hablar de él; José Carlos Ríos era un misterio más que ella esperaba resolver en esa casa.

    Parada ahí, al centro de la estancia, recorriendo con su mirada cada centímetro y cada rincón, imaginaba que veía rostros y siluetas en su mente que se aglutinaban al igual que los recuerdos; eran como sombras que invadían los espacios y que cambiaban de lugar, rostro y vestuario conforme dirigía su mirada a un sitio distinto. Parada al fondo de la estancia, cerca de la puerta que daba hacia el jardín, se podía ver su silueta casi fantasmagórica cuando tenía doce años y Omar estaba a su lado. Omar . . . el primer niño de quien se enamoró, que la besó en los labios, el primero en robarle el corazón, el primero y único que había amado.

    Abril, 1982. Omar y Aurora estaban a punto de reunirse con los demás niños en el jardín, pero antes de que ella pudiera cruzar la puerta hacia el exterior, Omar la detuvo de la mano.

    – ¡Espérate . . . ! Quiero decirte algo . . .

    – ¿Qué cosa . . . ?

    – Aurora . . .

    Él no podía mirarla a los ojos, tenía demasiada vergüenza. No estaba seguro de que a Aurora le fuera a gustar lo que quería decirle.

    – ¿Qué pasa, Omar?

    – Es que . . . Es que quiero saber si . . .

    Pero Gerardo se acercó a ellos, molestando como siempre a Aurora cada vez que la veía en compañía de su mejor amigo.

    – ¿Qué onda, Omar? ¿Qué haces aquí . . . ? Te andaba buscando por todos lados . . . Max trajo cigarros y nos va a enseñar a fumar, ¿quieres?

    – No, gracias.

    – ¿Van a fumar aquí? No . . . No, si mi abue se entera, nos mata.

    – ¡Cállate, niña tonta! No estoy hablando contigo; aparte, si tu abuela se entera de algo va a ser porque vas a rajar.

    – No le digas así. Además, ella tiene razón . . . No deberían de hacer eso aquí . . . En buena onda . . .

    – Okay, entonces nos vamos . . . Iremos a algún lado que sí sea divertido, porque, obvio, la diversión se va con nosotros.

    Gerardo llamó al resto del grupo y seis de diez invitados lo siguieron hasta salir de la casa. Omar tuvo que despedirse, porque el otro quedó en llevarlo a su casa y no podía hablarle a sus padres para decirles que su mejor amigo se había salido de ahí para fumar. Aurora asintió resignada con los ojos llenos de lágrimas, y lo miró irse.

    – Aurora . . .

    La joven se sobresaltó al escuchar la voz de Marco a su lado.

    – ¡Me asustaste!

    – Perdón, no quería . . .

    – ¿Cómo entraste?

    – La puerta estaba abierta . . . ¿Acabas de llegar?

    – No . . . llegué hace . . .

    Aurora miró su reloj y se dio cuenta que tenía poco más de una hora ahí, de pie, contemplando el lugar y tratando de ordenar sus recuerdos.

    – No importa . . . ¿Me vas a ayudar?

    – ¿Por qué crees que vine?

    Ella le sonrió. Marco volvió a salir de la casa y Aurora detrás de él. En la entrada de la casona estaba una camioneta de redilas cargada de cajas, pertenencias de la joven que había empacado en su anterior departamento para traerlas a esa vieja residencia.

    – ¿Estás segura que quieres vivir aquí?

    – Sí, ésta siempre fue mi casa. Aquí crecí y los años más felices de mi infancia los pasé en este lugar, junto a mi abuela.

    Marco se encogió de hombros y empezó a bajar las cosas para meterlas. Aurora ya se encargaría de poner orden y de acomodar todo en su sitio, si es que encontraba un espacio vacío en aquel recinto.

    Mientras él descargaba la camioneta, ella decidió recorrer la casa. Subió las largas y anchas escaleras de madera que conducían a cinco habitaciones: la principal, donde su abuela pasaba la mayor parte del tiempo, tres pertenecientes a sus dos tíos y su madre respectivamente, y una al fondo, la de las visitas. El hall de distribución, que llevaba a cada una de las recámaras, estaba enmarcado por enormes ventanales que daban al jardín. La luz proveniente de ellos, contrastaba con el ambiente oscuro y hasta sombrío de la planta inferior. Caminó lentamente por el pasillo, como si fuera la primera vez que traspasaba ese límite; se detuvo en la primera puerta, la recámara de su madre, que años después ella ocuparía.

    Cuando su padre las abandonó, Aurora y su madre se fueron a vivir a esa casa, y Regina las acogió con cariño, sobre todo a la niña, su nieta consentida, instalándola en aquella recámara enorme, decorada en colores claros y muebles marfil.

    Aurora abrió la puerta y todo estaba en su sitio; incluso, las muñecas españolas de porcelana que su abuela fue acumulando para ella. Cada una tenía un nombre, ya que ambas pasaban tardes enteras escogiéndolo, eran el tesoro más preciado de ésta cuando era niña. En ese momento, recordó el día de su llegada . . .

    Mayo de 1977, Aurora y Carmela, su madre, entraron a la casa, eran las cinco de la tarde; una torrencial lluvia inundaba las calles de la ciudad. El taxi que las condujo hasta la puerta arrancó en el mismo momento en que la niña brincó del auto cargando su mochila. Carmela corrió a tocar el timbre y segundos después, Marena, la vieja mucama de Regina, abrió. Era una mujer mística y silenciosa, y Aurora jamás la había escuchado hablar; era de rasgos indígenas, cabello negro trenzado alrededor de su rostro, ajado por los años y el sol. Las manos de Marena, curtidas por el trabajo, tomaron la maleta que Carmela sostenía. La chiquilla entró prendida de la falda de su madre, tenía miedo; la oscuridad de la estancia se acrecentaba con los días lluviosos. En el recibidor, Carmela se quitó la gabardina y la colgó en el perchero, hizo lo mismo con el abrigo de su hija, a quien tomó de la mano y caminaron hasta la sala.

    – Vamos a esperar a que baje tu abuelita—dijo Carmela, sentando a Aurora en uno de los sillones para tranquilizar a su hija, la cual, atemorizada, no dejaba de observar la casa.

    – Mamá, ¿por qué no nos podemos quedar en nuestra casa?

    – Porque no, mi amor . . . Ya te dije que vamos a vivir un tiempo con tu abuelita.

    – Pero, ¿por qué?

    – Porque sí.

    Carmela no se distinguía por dar muchas explicaciones, mucho menos a su hija. Sus respuestas siempre eran cortantes; la mujer le respondía de la misma forma en que Regina lo hizo con ella miles de veces: Un niño no tiene por qué pedir explicaciones, sólo acatar lo que se le dice sin preguntar nada. Así había sido Regina con sus hijos y ahora así era Carmela con su única hija.

    Marena cruzó la estancia de regreso, había subido a la segunda planta para avisar de la llegada de Carmela y la niña, volviendo sobre sus pasos para llegar a la cocina. Aurora la observó todo el tiempo.

    – Mamá, ¿por qué Marena no habla?

    – No sé, hija.

    – ¿Le puedo preguntar?

    – ¡Claro que no! Eso es una grosería. A la gente no se le pregunta sobre sus defectos, se pueden ofender y tú no eres una niña mal educada.

    Aurora bajó la mirada, columpiaba sus piecitos a la orilla del sillón.

    – Deja de menear los pies y siéntate derechita. Las niñas siempre tienen que sentarse así, derechitas, con las piernas juntas y sin estarse moviendo.

    Ella asintió y dejó el movimiento. Los pasos de Regina sobre los escalones de madera se escuchaban a lo lejos. La chiquilla se quedó inmóvil, si bien quería mucho a su abuela, ésta también le infundía cierto temor. Carmela se puso de pie y Aurora la imitó, quedándose a un lado de ella. La mujer, por fin, entró a la sala.

    – Hola, mamá . . .

    – Qué tal, hija—Regina respondió, pero sus ojos se dirigieron a Aurora, observando todo en la pequeña: un vestido blanco y lazos en color azul cielo, el cabello recogido en una cola y adornado con un listón casi idéntico al del vestido; los zapatos de charol blanco resaltaban por su pulcritud, así como los calcetines con bordes de encaje que enmarcaban sus piernitas.

    – Hola, abuelita –dijo Aurora tímida, sin separarse de su madre. Regina sonrió y tomó a la niña en sus brazos, levantándola para besarla.

    – ¿Cómo está mi angelito?

    – Bien, abuelita. ¿Ya te dijo mi mamá que vamos a vivir contigo?

    – Sí, mi amor, ya me lo dijo.

    Por fin, Regina miró a su hija, quien observaba la escena, complacida.

    – Ve con Marena para que te dé un poco de pastel.

    Regina la bajó y Aurora tomó vuelo para correr hasta la última puerta de la enorme estancia.

    – ¡Aurora, no corras! ¡No estás en el jardín ni en un patio! –le ordenó Carmela.

    Ésta se detuvo, volteó a verla y asintió para seguir su camino con un paso lento, y madre e hija se sentaron en la sala.

    – Déjala, no pasa nada porque corra. Seguramente, quiere ver de qué es el pastel –salió la abuela en su defensa.

    – Sí, mamá, pero no está bien. Tienes muchos adornos que se pueden romper. Además, la casa no es lugar para que los niños jueguen, ¿no me enseñaste eso tú misma?

    Regina sonrió, asintiendo; pocas veces, su rostro reflejaba dulzura, era una mujer de 65 años, pero cualquiera podría decir que era diez años más joven a pesar de que su cabello era gris y blanco, perfectamente peinado en un chongo que anidaba en la parte alta de su cabeza adornada por una peineta tipo español. Su piel era tersa, suave, con muy pocas arrugas y ninguna mancha provocada por la edad; sus ojos grandes, expresivos, negros, tupidos de pestañas, estaban enmarcados por dos cejas delgadas y un poco arqueadas.

    – Bueno, ahora sí cuéntame todo, por favor. Me quedé muy preocupada cuando me llamaste por teléfono.

    Carmela trató de tomar aire, pero toda la entereza se le fue del cuerpo y las lágrimas empezaron a brotar. Regina tomó un pañuelo de la bolsa de su vestido y se lo dio. La mujer no podía hablar, los sollozos inundaban su garganta y las palabras se ahogaban con el llanto. Regina le tomó una mano, intentando tranquilizarla.

    – Cálmate, llorando no vas a solucionar nada. Mejor dime qué te hizo ese patán.

    – No le digas así, mamá.

    – ¿Y cómo quieres que le diga? Es un patán, Carmela. El que lo quieras y sigas enamorada de él, no quiere decir que no lo sea; de lo contrario, no te hubiera tratado de esa manera.

    Carmela seguía llorando, tratando de secarse las lágrimas con el pañuelo, pero parecía insuficiente.

    – Te voy a traer un té . . .

    Regina se puso de pie, empezó a cruzar la estancia y Aurora se ocultó debajo del comedor; había observado toda la escena escondida en un costado del trinchador y ahora corría peligro de ser descubierta.

    – No, mamá . . . estoy bien . . . No te preocupes.

    – Mira nada más cómo estás, necesitas algo para calmarte esos nervios—le respondió Regina deteniendo su camino.

    – No . . . ya estoy bien—dijo Carmela, suspirando al tratar de controlar el llanto.

    La mujer regresó al sillón, al lado de su hija. Aurora se acomodó entre las patas de las sillas del comedor para tener un punto de vista más cómodo.

    – ¿Y bien?

    – Arturo no sabe que lo dejé.

    – ¿Cómo?

    – No . . . Se va a dar cuenta cuando regrese esta noche.

    – ¿Y por qué no se lo dijiste?

    – ¡No pude, mamá! Además, no lo quiero volver a ver. No quiero volver a saber de él en mi vida.

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