Cuídate: Quince vivencias de cuidadores
Por Gemma Bruna y Josep París
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Entre estas páginas se encuentran los relatos y vivencias anónimas de quince hombres y mujeres que tuvieron que acompañar, cuidar y dar apoyo a otra persona, en su mayoría a familiares o amigos cercanos. Personas reales que han querido aportar su visión personal sobre cómo afrontar una situación de pérdida o cambio, provocada en muchas ocasiones por una enfermedad.
Con humanidad y cercanía, Cuídate da voz a la lucha, los valores y el esfuerzo de los cuidadores y ofrece consejos para que los lectores no olviden que, además de ayudar, también es muy importante cuidar de uno mismo.
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Cuídate - Gemma Bruna
1.
Cada día que no voy es un abismo
Estos días me recupero de una intervención quirúrgica y solo voy a visitarla en el centro sociosanitario a ratos. He estado dos semanas sin poder ir y, por todo ello, he llorado como nunca, igual que esta mañana. Mi hermano me enviaba algunas fotografías a través del teléfono móvil y día a día le iba notando una mirada que ya no era la suya, una mirada de persona ausente.
Ayer la fui a ver con el brazo derecho metido en un cabestrillo improvisado, porque aunque mi operación nada tiene que ver con mi extremidad superior, tuve miedo de que no se acordara de mi recuperación y no entendiera que ahora mis movimientos deben ser mínimos, muy limitados.
Reclinarme encima del sillón en el que ella pasa la mayoría de las horas del día para darle un beso en la mejilla me cuesta un esfuerzo enorme y por un tiempo sé que no podré levantarla para que ella ande cuatro pasos y acompañarla así al baño para asearla o cambiarle el pañal.
Últimamente, cuando paso el umbral de la puerta de su habitación, temo su mirada y, entonces, me digo a mí misma: «¿Qué pensará? En sus adentros, ¿se preguntará quién es esta mujer de melena corta y morena de cuarenta años y pico que está frente a mí y que intenta sonreír, aunque sea con una sonrisa un poco forzada?». Temo el día que no sea capaz de reconocerme o de pronunciar mi nombre. Sé que cuando llegue ese día se habrá terminado todo lo que quedaba de ella.
Siempre he estado muy unida a mi madre. De pequeña recuerdo cómo me mimaba cuando estaba enferma y el ritual de todos los días cuando me preparaba la bañera. Cogía del armario del baño una botellita de plástico de color rosa con colonia para sumergirla dentro del agua calentita. Después, cuando me sacaba envuelta con la toalla, recuperaba el pulverizador con la colonia templada y me la aplicaba por todo el cuerpo a base de pequeños masajes para que toda yo quedara envuelta en aquel aroma tan agradable de algodón y polvo de talco.
Cuando volvía del colegio y, años más tarde, cuando venía del trabajo, siempre tenía la mesa a punto para empezar a comer. Y a última hora de la tarde, cuando regresaba cansada de todo el día, me sentaba en el sofá, a su lado, y me hacía cosquillas en los brazos y por toda la espalda. Todavía hoy, cuando tenemos ocasión, le pido que me repita este gesto.
Desde que me fui de casa de mis padres, y de esto ya hace más de veinte años, yo la llamaba por teléfono tres veces al día: a veces para escuchar su voz, otras para saber qué había hecho para comer o simplemente para explicarle cómo había pasado el día.
Gracias a las tres llamadas diarias a mi madre, hace casi dos años empecé a detectar pequeños detalles que no me encajaban con su forma de hablar y de desenvolverse: primero fueron los comentarios reiterados, después los pequeños fallos de memoria y luego vinieron las pequeñas desconexiones y la lentitud de movimientos. Yo notaba algo, sabía en mis adentros que una enfermedad se estaba gestando en su interior.
Lo curioso de todo es que mi madre, que ahora ya tiene ochenta y un años de edad y que desde que se casó se convirtió en ama de casa, siempre fue una mujer de carácter, a quien le gustaba tomar sus propias decisiones. Por eso, cuando mi padre intentaba convencerla o imponerle algo con lo que ella no estaba de acuerdo, simplemente le advertía: «No me quites mi personalidad». Finalmente, no ha sido mi padre quien se ha comido su personalidad, sino que ha sido el alzhéimer, esta enfermedad que acaba con todo y de la que todavía conocemos tan poco.
Meses atrás, cuando ya me había confesado que no se sentía ella, que se notaba extraña, fue dejando de comer y se excusaba con el hecho de que había perdido el apetito. Seguí observándola atentamente y uno de los días que mis padres vinieron a comer a mi casa decidí hacer platitos con comida que se pudiera coger con las manos y servir, de postre, pequeños cucuruchos de helado, que no requieren
