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Una propuesta arriesgada
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Libro electrónico318 páginas5 horasHQÑ

Una propuesta arriesgada

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El doctor Andrew Shepard, oficial de caballería inglés al servicio del rey Jorge, lleva meses en las montañas del norte de Escocia tras la pista del chieftain del clan MacFarland. Se le ha escapado una y otra vez, tras mil escaramuzas, dejando tras él la leyenda de su rebeldía, un verdadero héroe para los clanes leales a los Estuardos. Shepard es tomado prisionero, finalmente, y conducido ante el jefe del clan con una sola condición: que le salve la vida. Fiel al juramento que ha hecho como cirujano, se dispone a atender al herido cuando se da cuenta de la insólita verdad: ¡MacFarland es una mujer! Esa heroína que ha estado hostigando a los soldados ingleses, la feroz Rhona MacFarland, es la mujer más hermosa que ha visto en su vida. Después de que el doctor haya cosido su herida con instrumentos rudimentarios en una choza de piedra en las Highlands, y tras una dolorosa convalecencia, la salvaje Rhona debe decidir qué hacer con su apuesto prisionero, si matarlo o dejar que se una a su causa. Pero Shepard tiene una tercera alternativa para la bella pelirroja: un matrimonio de conveniencia para salvarla de la horca.
Parte del encanto de esta novela se debe al estilo de su autor: desenfadado, dinámico y con un don especial para narrar con mucha naturalidad y delicadeza las escenas de amor. Es una historia sencilla, los dos personajes son atractivos, es una de las cosas que más me gusta de este escritor, sus personajes son de carne y hueso y sus hombres lo suficientemente reales para poder soñar con ellos pero excepcionales, como los necesitamos, siempre están ahí con carácter y humor al servicio de sus mujeres… La trama es muy divertida y emotiva.
Es una de esas historias que tienes que leer si o si! No se la pueden perder.
Alma de tinta
"La prosa de la autora me ha cautivado por completo, te envuelve y quieres seguir descubriendo sus maravillosas páginas.

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IdiomaEspañol
EditorialHarperCollins Ibérica
Fecha de lanzamiento8 oct 2015
ISBN9788468772318
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    Una propuesta arriesgada - Lorraine Murray

    Editado por Harlequin Ibérica.

    Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

    Núñez de Balboa, 56

    28001 Madrid

    © 2015 Enrique García Díaz

    © 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

    Una propuesta arriesgada, n.º 91 - octubre 2015

    Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

    Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

    ® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

    ® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

    Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

    I.S.B.N.: 978-84-687-7231-8

    Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

    Índice

    Portadilla

    Créditos

    Índice

    Capítulo 1

    Capítulo 2

    Capítulo 3

    Capítulo 4

    Capítulo 5

    Capítulo 6

    Capítulo 7

    Capítulo 8

    Capítulo 9

    Capítulo 10

    Capítulo 11

    Notas

    Si te ha gustado este libro…

    Capítulo 1

    Escocia, 1747

    —Exijo ver al chieftain del clan MacFarland —dijo con voz autoritaria mientras forcejeaba con sus dos captores en un intento por zafarse de sus manos.

    —¿Cómo habéis dicho?

    La petición del prisionero sorprendió a los presentes, y en particular a su cabecilla, quien se quedó mirándolo como si acabara de decir algo incongruente.

    —No estáis en situación de exigir nada, sassenach —le recordó, escupiendo la última palabra con desprecio—. No obstante, lo veréis si tenéis suerte —le aseguró mientras esgrimía su daga y mostraba una hilera de dientes amarillentos—. Decidme, aparte de vuestro rango de oficial de caballería, ¿sabéis como curar heridas?

    —Soy cirujano —le respondió de manera resuelta sin perderle la cara.

    Los hombres lo miraron con expectación.

    —Entonces es vuestro día de suerte, si no me estáis mintiendo —matizó, dejando que el filo de su daga recorriera su mejilla con suavidad, como si de la caricia de una amante se tratara. Solo que más fría y mortal—. Venid conmigo, pero os advierto que, si intentáis algo o me estáis engañando…

    El prisionero no apartó su mirada del jacobita en ningún momento. Quería demostrarle que no lo intimidaban sus amenazas, aunque sabía que podría cumplirlas. Pero se juró a sí mismo que se llevaría al infierno con él a unos cuantos jacobitas de los que lo custodiaban. Lo condujeron hacia una pequeña casa de adobe con tejado de paja. El interior era frío, lúgubre y austero. El cabecilla desapareció en el interior de un pequeño habitáculo. A los pocos segundos volvió y se dirigió al prisionero.

    —Pasad —le indicó haciendo un gesto con la cabeza.

    El oficial inglés caminó con paso titubeante ante el temor de que se tratara de una trampa, aunque su suerte no podría cambiar a peor. Había caído en manos de una partida de jacobitas leales al Estuardo, y ahora su destino estaba en manos de su jefe. Los habían sorprendido en una de las muchas escaramuzas a las que estaban más acostumbrados los jacobitas. Aparecieron de la nada, tras la bruma matinal. El intercambio de disparos y el cruce de aceros obligaron a los ingleses a rendirse. Algunos de sus hombres yacían muertos sobre el cenagal. Otros habían logrado escapar, y solo él había caído prisionero. Y ahora requerían sus servicios como cirujano para su propio jefe del clan. Así se lo había asegurado aquel hombre.

    La habitación estaba en penumbra, salvo por la luz que entraba a través de la ventana. Paseó su mirada por todo el lugar, intentando hacerse una visión general, en busca de armas con las que poderse defender si intentaban acabar con su vida en aquel reducido habitáculo. Pero no las vio por ningún sitio. La habitación era reducida y contaba con una cama y una mesilla sobre la que había una vela apagada.

    —Señor.

    La voz ronca del jacobita captó la atención del interpelado. Un amasijo de cabellos de color cobrizo aparecía esparcido sobre la almohada. El jefe del clan yacía con la cabeza apoyada en esta. Se movió hasta quedar incorporado, no sin gran dificultad. El prisionero no descubrió su verdadera identidad hasta que se quedó sentado sobre la cama, y se apartó los cabellos del rostro con ambas manos para dejarlos sujetos con una cinta de cuero en la parte posterior. Fue entonces cuando el oficial se quedó obnubilado por el destello luminoso de aquellos ojos claros escrutándolo con recelo. Estaba paralizado por aquella visión. El jefe del clan MacFarland, a quien iba persiguiendo desde Inglaterra para detenerlo, estaba en ese preciso instante delante de él. Pero… pero no era a quien había esperado encontrar. Ni en sus más disparatados pensamientos podría haber llegado a imaginar que… que el jefe de los MacFarland era… ¿Cómo era posible? ¿Qué clase de broma era? Era incapaz de articular una sola palabra, y mucho menos de reaccionar ante aquella situación.

    —Necesita vuestra ayuda. Si en verdad sois un cirujano, no tendréis inconveniente en curarle la herida —le dijo en tono enfático.

    Estaba tan absorto en sus pensamientos que ni siquiera escuchó aquellas palabras. La belleza del chieftain del clan MacFarland no se lo permitía, o más bien el impacto de ver que en realidad se trataba de la mujer más hermosa que había visto desde que se había adentrado en aquellos malditos parajes del norte de Escocia.

    —No podéis negaros, sassenach —le dijo, dirigiéndose a él con una voz dulce, pero cargada de dolor. Sus ojos brillaban por la fiebre mientras los dejaba fijos en él—. Hicisteis un juramento.

    —Así es —asintió mientras sentía que le faltaba el aire, y no debido a lo pequeño de la habitación. Percibió una mueca irónica en el rostro de la mujer, que parecía sonreír complacida por este hecho.

    Permaneció en silencio escrutando el rostro de la mujer. De trazos finos, pero de piel curtida por el aire y el sol de aquellos parajes. Sus ojos claros lo miraban con curiosidad mientras él se preparaba para echarle un vistazo a la herida. Su nariz pequeña, sus mejillas moteadas por una fina lluvia de pecas, ahora encendidas debido a su estado febril; sus labios permanecían entreabiertos mientras jadeaba respirando con dificultad.

    Su juramento, como bien le había recordado ella, le impedía dejarla morir desangrada, a pesar de que fuera una rebelde. Un proscrito a quien le habían encargado dar captura. Se embarcó en aquella misión con su cargo de doctor para poder descubrir y atrapar al escurridizo MacFarland. Su clan estaba hostigando constantemente a las avanzadillas de soldados, y MacFarland estaba convirtiéndose en todo un héroe para los demás seguidores leales a los Estuardo. De no atraparlo, se corría el riesgo de que la rebelión no se sofocara del todo y los jacobitas volvieran a alzarse en armas. Durante meses había recorrido aquellas inhóspitas tierras en su busca para atraparlo y llevarlo ante la justicia del rey Jorge, pero paradójicamente ahora resultaba que el atrapado era él. Pero su sorpresa era mayúscula al conocer su verdadera identidad.

    —Por si se os ha pasado por la cabeza escapar, sabed que no debéis intentar nada —comenzó diciéndole—, o no saldréis vivo de aquí. En el supuesto de que acabarais con Alastair, no conseguiríais salir de estos parajes sin la ayuda de uno de los nuestros. Son los únicos que los conocen.

    —Tal vez ninguno de nosotros pueda salir —comentó con ironía, queriendo demostrarle que no se iba a rendir fácilmente. Era cierto que estaba aturdido tras descubrir su verdadera identidad, pero no pedería la cabeza en una situación tan delicada como aquella. Debía estar lúcido para escapar—. No estoy dispuesto a perder la vida por vos —le aseguró con un toque irónico que provocó una sonrisa cómplice en ella.

    —En ese caso, así lo espero. Apuesto a que vos apreciáis vuestra vida más que la mía —dijo, esbozando una sonrisa para disimular el dolor de la herida—. Al fin y al cabo, yo soy una rebelde cuya vida tiene precio, ¿verdad, doctor?

    —Tampoco estoy tan loco como para arriesgarme a acabar con vos, si es eso lo que estáis pensando. Como bien decís, hice un juramento que no pienso romper. Y ahora sería mejor que dejáramos de hablar, o de lo contrario vos misma acabaréis muerta sin que yo os haya tocado. ¿Dónde tenéis el instrumental? —preguntó con voz firme.

    La mujer sonrió divertida ante aquel comentario. Este repentino gesto le provocó un dolor agudo en su vientre.

    —Alastair, muéstrale el instrumental al doctor —le ordenó, no sin abandonar su sarcasmo.

    El jacobita asintió y procedió a mostrarle una colección de cuchillas que el doctor miró asombrado.

    —¿Pretendéis que utilice esto? —preguntó, levantando su mirada para fijarla en Alastair y después en ella mientras se mostraba perplejo.

    —Es lo que hay —respondió el jacobita, encogiéndose de hombros.

    —¿Sorprendido? —preguntó la mujer con un tono burlón—. No estáis en las dependencias militares del ejército del rey Jorge, sino en un simple refugio en mitad de las Highlands.

    Resopló al volver la mirada hacia el instrumental con el que esperaba que la interviniera. Pero no podía hacer otra cosa. Se había visto en situaciones complicadas durante la guerra con los jacobitas, pero no recordaba ninguna tan insólita como esa.

    —Corréis el riesgo de que la herida se os infecte, os lo advierto —le dijo, mirándola fijamente mientras ella sonreía como si aquella situación fuese divertida. ¡Por todos los diablos, le estaba diciendo que podía morir por no tener un instrumental adecuado! ¿Qué clase de mujer era? ¿No le tenía miedo a la muerte?

    La mujer lo instó a acercarse a ella. Su mano lo sujetó por la guerrera y tiró de él para que se acercara más, casi hasta que sus labios estuvieron a punto de rozarse, mientras ella se humedecía los suyos antes de continuar.

    —No lo dudo, pero dejaré mi vida en vuestras manos, doctor —le susurró, clavando sus luminosos ojos en los de él mientras su aliento se esparcía por los labios de él de manera peligrosa, suave, cálida—. Tendréis un nombre…

    La miró fijamente y con una intensidad que no pudo contener. Tener tan cerca su boca de la de ella le provocó una repentina e inesperada sensación. No tenía por costumbre que las mujeres llevaran la iniciativa, y que ella lo hubiera atraído por su guerrera de aquella manera lo había dejado sin capacidad de reacción. Y solo cuando ella abrió sus ojos y sus cejas formaron un arco en clara señal de aguardar su respuesta pudo responderle.

    —Doctor Shepard. Andrew. ¿Y vos? Solo sé que sois el chieftain del clan MacFarland…

    —Rhona MacFarland —le dijo sin dejar de mirarlo al tiempo que su mano seguía aferrada a la guerrera—. Y, ahora que ya nos hemos presentado, no os demoréis más de lo necesario.

    Andrew dejó que sus labios trazaran una media sonrisa entre la ironía y el asombro. Pero lo que más le sobrecogió fue que ella le correspondiera con una sonrisa llena de complicidad.

    —Necesitaré agua, trapos limpios, algo de alcohol para desinfectar… Cualquier bebida servirá. Imagino que, aunque no sean las dependencias de un general, contaréis con ello.

    —Trata de encontrar todo lo que te pide —ordenó Rhona, mirando a Alastair. Una vez que se hubo marchado de la habitación se centró en Andrew—. Decidme, ¿cómo habéis logrado sobrevivir al ataque? La mayoría de vuestros soldados han huido o yacen muertos en el fango.

    —Digamos que ha sido cuestión de suerte —le comentó sin atreverse a mirarla a los ojos. Temía que al hacerlo los suyos se demoraran más de lo permitido.

    —¿Suerte? —repitió ella, frunciendo el ceño, sin dejar de mirarlo y de creer que en verdad se había salvado porque era un hombre de honor. Un soldado leal al ejército, a su patria y a su rey—. Podríais haber huido con algunos de vuestros hombres. ¿Por qué no…? —la herida le tiró impidiéndole terminar su pregunta.

    —No os aconsejo que habléis demasiado. La herida os dolerá todavía más —le advirtió, comprobando que, a pesar de su situación, poseía cierto poder de atracción hacia él. Andrew se apresuró a achacarlo a la sorpresa inicial de conocerla.

    —Sabio consejo viniendo de alguien como vos. ¿Por qué estáis prisionero de mis hombres?

    —El devenir de la guerra. ¿Y vos, cómo recibisteis la herida? —le preguntó, en un intento por concentrar su atención en otra parte de su cuerpo que no fueran sus brillantes ojos.

    Rhona MacFarland no vaciló al rasgarse su camisa de hilo manchada de barro y de sangre a la altura de su costado. Andrew frunció el ceño al observar la herida, pero fue su piel pálida, tersa y suave la que captó su atención. Tenía un corte por debajo de sus costillas. No tenía buen aspecto, pero trataría de hacer todo lo posible por curarla.

    —Es un corte profundo. ¿Un sable? ¿Una bayoneta? ¿O tal vez una daga afilada? —se interesó mientras se inclinaba sobre la herida para observarla más de cerca. Sentía como la cadencia respiratoria de ella aumentaba por la proximidad de sus manos. Andrew pensó que su comportamiento se debía al dolor que le producía la herida.

    —¿Qué puede importaros? Fue una cuchillada a traición —le comentó mientras seguía mirándolo fijamente, esperando que levantara su mirada de la herida para poder ver su reacción en su rostro. Pero no lo hizo.

    En ese momento Alastair apareció para entregarle lo que había pedido.

    —Solo puedo daros usquebagh para utilizarlo como desinfectante —le informó, mostrando una botella del licor.

    —Aguardiente de las Highlands —comentó Andrew con asombro e ironía, tomando la botella de manos del jacobita—. Si es lo único que tenéis…

    —Es una lástima derrocharlo… —murmuró Alastair MacFarland, pasándose la lengua por sus labios resecos.

    —Echad un trago —le pidió Andrew, tendiendo la botella a Rhona—. Os aseguro que os va a hacer falta.

    —No estéis tan seguro. Os sorprendería lo que aguantamos las gentes de estos parajes —replicó.

    —No lo pongo en duda. Pero es lo mejor —reiteró, con la botella todavía en la mano, esperando.

    Durante esa breve fracción de tiempo sus miradas permanecieron fijas, como si se estuvieran estudiando. Finalmente, Rhona tomó la botella de su mano, sintiendo el roce inesperado e involuntario de los dedos de él sobre los suyos. Se llevó el cuello de la botella a los labios y bebió sin apartar la mirada de Andrew en ningún momento, como si quisiera demostrarle que no sentiría dolor. O como si lo estuviera retando con sus luminosos ojos. El licor bajaba por su garganta dejando un reguero de fuego a su paso. Estaba acostumbrada a beber para divertirse en las tabernas junto a otros jefes, pero no para aplacar el dolor de su herida.

    —Bebed más —le sugirió él, llevando su mano hacia la botella.

    —¿Acaso pretendéis emborracharme? —le preguntó con mal humor—. Sabed que aguanto bien la bebida. Los escoceses… —volvió a relatar Rhona, tratando de ocultar las sensaciones extrañas provocadas por su mirada y su presencia.

    —Ya me lo habéis dicho, pero no os vendría nada mal apurarla un poco más —le aconsejó antes de que se la entregara. Andrew vertió algo del licor en sus manos, que frotó a conciencia. A continuación empapó un trozo de lino y procedió a aplicarlo sobre la herida con sumo cuidado. Después le volvió a pasar la botella para que bebiera.

    Rhona sintió la quemazón del alcohol sobre su piel, que nada tenía que ver con el trago de usquebagh bajando por su garganta en esos momentos hasta asentarse en su estómago. Volvió a llevar la botella a sus labios y a beber de nuevo pese a la quemazón. Esta vez el licor le provocó un leve dolor de cabeza acompañado de cierto malestar. Mientras tanto, Andrew seguía presionando con cuidado sobre la herida, tratando de no hacerle daño.

    —Alastair… pégale un tiro… si… no cumple… lo acordado —le recordó entre balbuceos provocados por el alcohol mientras lo señalaba con su dedo índice como si lo estuviera acusando.

    —Descuidad —le aseguró el hombre, levantando su pistola.

    Andrew ni siquiera se inmutó por este hecho. Trabajaba en silencio ajeno a todo lo demás.

    —No os preocupéis, Alastair. No tendréis que usarla. Tengo en alta estima mi vida. Y no tengo la menor intención de acabar mis días en este lugar —afirmó, alzando su mirada de la herida para ver la reacción de ella. La vio sonreír burlona—. Bueno, la herida está desinfectada. Ahora necesito aguja e hilo. He de cerrarla. Habéis tenido suerte de que no sea un corte tan profundo como creía. Podría haberos abierto en canal y dejar vuestras tripas fuera. Procederé a cerrarla. Tal vez deberías morder algo para ahogar los gritos.

    —No hace falta. Las gentes de estos lugares…

    —Sí, sí. Eso ya lo habéis dicho —dijo Andrew mientras se disponía a coser la herida sin apartar su mirada de ella. Sentía una extraña mezcla de sentimientos. Deseaba curarla y que se restableciera, ya que era su deber como médico. Pero al mismo tiempo tenía una obligación como oficial inglés de entregarla a la justicia. Nunca pensó que conocer al jefe de los MacFarland en persona pudiera afectarle hasta el punto de no saber si sería capaz de cumplir con su cometido.

    Rhona sentía como la piel se le erizaba con el leve roce de las yemas de los dedos de Andrew. Como su respiración se agitaba pese a haber ingerido una gran cantidad de alcohol. Andrew trabajaba con suma delicadeza sobre la piel de Rhona, quien no pudo evitar dejar escapar un suspiro cuando él presionó un poco más de lo normal. Entrecerró sus ojos y lo miró con una mezcla de inusitado deseo y misterio. ¿Quién era aquel doctor? Rhona se mordió el labio inferior para ahogar un grito de dolor y Andrew se apresuró a tranquilizarla.

    —Calmaos, ya termino.

    Rhona volvió a llevarse el cuello de la botella a los labios y a dejar que el licor la impregnara una vez más. Había perdido la cuenta de las veces que lo había hecho. Solo era consciente que el licor ya le había hecho efecto, tanto por el dolor de cabeza como por los leves mareos que sentía.

    —¿Puedo preguntaros qué hacíais en estas tierras? —el tono de su voz comenzaba a mostrar los efectos del alcohol. Quería mantenerse lúcida pese a todo.

    —Soy un oficial inglés. Creo que vuestra pregunta sobra —le respondió sin mirarla, concentrándose en la herida por la que ahora deslizaba la aguja—. Pero, ya que lo preguntáis, os diré que estábamos de patrulla.

    —¿En busca de rebeldes leales a los Estuardo? —rebatió al instante mientras hacía ademán de inclinarse hacia adelante. Sus cabellos rozaron el rostro de Andrew de pasada.

    —No os he calificado de tales en ningún momento. Echaros hacia atrás o no podré terminar —le pidió, volviendo a mirarla, mientras el olor a licor le golpeaba en pleno rostro.

    Rhona permaneció inmóvil mientras lo veía hurgar en su herida. Viendo que no parecía dispuesta a colaborar, Andrew se apresuró a ayudarla a recostarse posando una mano sobre su espalda mientras no dejaba de comprobar cada uno de sus gestos. Sus cabellos se esparcían como filamentos de cobre sobre la almohada. Rhona cerró momentáneamente sus ojos como si se quedara dormida y entonces la mirada de Andrew recorrió su rostro desde sus párpados hasta sus labios, pasando por sus sonrosadas mejillas. Seguramente, si se inclinara sobre sus labios y los probara, él mismo se embriagaría con el sabor que destilaban. Apartó esas ideas absurdas de su mente y volvió a concentrarse en su tarea.

    —Necesito algo de lino para vendarla —le exigió a Alastair, quien seguía vigilándolo.

    Durante el momento que Andrew se sintió liberado de la vigilancia del jacobita, su mirada volvió a concentrarse en ella. Rhona lo había atrapado misteriosamente desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron. Seguía sin poder comprenderlo. ¡Una mujer traía en jaque al ejército inglés con sus continuas escaramuzas! ¡El temido jefe del clan MacFarland era una mujer! ¿Cómo se lo tomarían en Londres? No pudo evitar esbozar una sonrisa irónica al pensarlo, por no mencionar que no podía apartar sus ojos de aquel rostro angelical y aquel cuerpo moldeado para pecar. Porque Rhona era una mujer cuyos encantos eran visibles. Apostaba a que ningún hombre se podría resistir. Por unos instantes se le pasó por su mente la idea de preguntarle por su marido. Estaba seguro de que tarde o temprano aparecería. Pero justo entonces Alastair interrumpió sus pensamientos.

    —Tomad. Es lo único que he podido encontrar —dijo, tendiéndole un rollo de lino blanco—. Espero que os sirva.

    Andrew lo cogió y procedió a extenderlo con el fin de poder cubrir la herida.

    —Ayudadme —le pidió mientras pasaba un brazo alrededor del cuello de Rhona y sentía sus suaves cabellos acariciando su antebrazo. Su tacto era como la seda sobre su piel. Había olvidado la ternura, las caricias y lo que era una mujer desde que había comenzado aquella estúpida guerra. Casi seis años lejos de su hogar, sin más compañía que su caballo y su regimiento.

    Alastair MacFarland siguió sus indicaciones y cogió a Rhona de tal manera que Andrew pudiera deslizar el lino bajo su cintura.

    —Me siento… mareada… y la cabeza… me da vueltas —murmuró mientras sentía que la elevaban y posteriormente la dejaban sobre la cama otra vez.

    —Es lógico. Os habéis bebido tres cuartas partes de la botella de usquebagh —comentó.

    Andrew procedió a cubrir con el lino la cintura de Rhona, poniendo el máximo cuidado. Una vez hecho esto, la dejó recostada sobre la cama. Se quedó de pie contemplándola en silencio mientras la respiración hacía subir y bajar su pecho de forma relajada.

    —¿Pensáis quedaros junto

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