Auschwitz en primera persona: Una aventura periodística
Por Javier Marrodán
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Así, un libro que comienza y termina hablando de periodismo alberga en su centro otro libro posible, el testimonio de una mujer que rememorando lo que ha vivido nos introduce en regiones del alma humana de tal iniquidad o sufrimiento que por fuerza debemos detenernos en problemas como el mal radical en el mundo o la posible incomunicabilidad e incomprensión de ciertas experiencias límite.
A la postre, de la historia de Annette Cabelli surgen preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y la muerte.
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Auschwitz en primera persona - Javier Marrodán
Agradecimientos
Los autores estamos muy agradecidos a las personas que leyeron las primeras versiones de este libro y las enriquecieron con sus comentarios, correcciones y sugerencias: Maribel Pérez Rufí, Jósean Pérez Aguirre, Miguel Ángel Jimeno, Fernando López Pan, Beatriz Gómez, Antonio Martínez Illán, María Jiménez, Ana Cristóbal, Rebeca Arias y Fermín Torrano.
Gracias también a Ricardo Pita, nuestro prologuista, y a Esperanza Melero, editora de EUNSA, que se interesó por la historia desde el primer minuto.
Gracias a Nacho Uría, Ana Eva Fraile y Lucía Martínez Alcalde, el núcleo duro de la revista Nuestro Tiempo, que acogió con entusiasmo la propuesta de escribir un reportaje a partir del viaje a Niza. Aquel texto fue el embrión de este libro.
La entrevista con Annette no hubiera sido posible sin la ayuda desinteresada de Linda Sixou, ya una más en nuestro equipo.
Debemos un agradecimiento especial a nuestros compañeros del Proyecto Historify: José Luis Albazán, Jesús Dorado, Hugo Fernández Anchuelo, Carlota González del Valle, Carmen Martínez Ferrer, Brian Pérez Claudio, Álvaro Reina y Pablo Úrbez. También ellos forman parte de este libro, por muchas razones.
Con Annette Cabelli siempre estaremos en deuda: nos abrió de par en par las puertas de su biografía y nos permitió asomarnos directamente a la Historia.
Prólogo Periodismo, literatura y Holocausto
Parafraseando el comienzo de Rayuela, la novela de Julio Cortázar, podríamos decir que este libro es, en su brevedad, y a su manera, dos libros. El libro de un itinerario de aprendizaje y el libro del resultado; el del cómo se hizo (el making of) y el del producto resultante; el de la búsqueda y el de lo encontrado; el de algunas preguntas y el de ciertas respuestas, si bien éstas precarias, tentativas. Preguntas sobre las condiciones de posibilidad de un vibrante y riguroso periodismo literario, o narrativo –«historia de no ficción que requiere largos trabajos de campo y que se narra utilizando recursos formales de la literatura de ficción», al decir de Leila Guerriero–, pero también preguntas, dado el testimonio logrado, de un alcance espiritual mucho más hondo.
Tenemos aquí a unos estudiantes de Periodismo a punto de graduarse que deciden, como Trabajo de Fin de Grado, y muy atraídos por la radio, poner en marcha una productora de podcast relacionados con la historia. Y en ese desafío académico se encuentran con la opción de entrevistar a una superviviente del campo de exterminio nazi de Auschwitz, Annette Cabelli. Así, un libro que comienza y termina hablando de periodismo alberga en su centro otro libro posible, el testimonio de una mujer que rememorando lo que ha vivido nos introduce en regiones del alma humana de tal iniquidad o sufrimiento que por fuerza debemos detenernos en problemas como el mal radical en el mundo o la posible incomunicabilidad e incomprensión de ciertas experiencias límite. A la postre, de la historia de Annette Cabelli surgen preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y la muerte y, desde ahí, sobre la necesidad, o no, de respuestas religiosas que otorguen sentido a lo vivido y nos conforten.
Para empezar, el libro es la crónica de una experiencia formativa. Hay en su memoria del esfuerzo periodístico datos valiosos respecto a asuntos prácticos y procedimientos, los cuales pueden ayudar a otros estudiantes a encarar, mejor orientados, sus propios trabajos: cuestiones de logística, o sobre cómo preparar las entrevistas, o sobre el modo de elaborar el podcast final; incluso aparecen los textos que algunos miembros del grupo escriben por su cuenta, golpeados en su ánimo por el encuentro con Annette. El relato rezuma ilusión, energía y hasta alegría, incluso en el transcurso del encuentro en Niza con la protagonista, cuando la vitalidad jovial y bailona de las jóvenes viene en auxilio del anhelo de distracción y alivio que siente Annette en un momento determinado, tras rememorar el horror.
Los estudiantes, guiados en todo momento por la sabia mano de Javier Marrodán, su profesor pero igualmente experimentado periodista, no se enfrentan inermes al proyecto. Durante sus estudios han tenido que leer a autores fundamentales de crónicas, de grandes reportajes, a maestros del periodismo narrativo que no pueden faltar en el equipaje intelectual de quien quiera enfrentarse a esta práctica. Leila Guerriero, la gran escritora argentina, ha llegado a afirmar que debe su «educación en periodismo al periodismo bien hecho que hicieron los demás: canibalizándolos, me inventé mi voz y mi manera». Los estudiantes traen al libro a referentes que han leído con provecho. John Hersey, el inolvidable autor de Hiroshima, pero también Tomás Eloy Martínez, Arcadi Espada o Ryszard Kapuscinski, o incluso estudiosos como Albert Chillón y su inexcusable La palabra facticia. Literatura, periodismo y comunicación, están presentes en el libro por su calidad de modelos en los que mirarse para crecer.
Mirarse a la hora de ser periodistas, pero también a la hora de definir el ser del periodismo, y qué debe hacer o evitar un periodista hoy. Así, estos jóvenes han pensado, bien guiados, y leyendo a John Hersey o Arcadi Espada, sobre una norma crucial, de carácter primordialmente moral, que no debe orillarse nunca: la necesidad de mantener claras las fronteras, cuando se hace periodismo, entre la verdad y la ficción. Y consiguientemente, la exigencia de huir de los adornos de la invención en sus textos. Michel de Montaigne escribió en uno de sus Ensayos, «Los cojos», que «la verdad y la mentira tienen aspectos conformes, aire, sabor y andares semejantes». Y ahí radica una tentación que debe sortear el periodista. Este tiene que atarse, dentro de sus posibilidades, a los datos confirmados, a lo preguntado y verificado una y otra vez, al cruce sistemático de testimonios, al cotejo incansable de la información que va acumulando.
Hay periodistas que han olvidado estas cautelas y han escrito obras verosímiles, y más o menos notables si de literatura hablamos, pero de ficción, historias en las que han rellenado con su imaginación los vacíos que los datos hallados no les habían permitido colmar. Y hay novelistas que han utilizado el aire, el sabor y los andares de la verdad para vendernos ficción que quiere parecer lo que no es, volando las normas de delimitación entre una y otra. Carlos Castilla del Pino ha escrito, hablando de las memorias personales, que la memoria y la ficción son propuestas radicalmente distintas. Y que lo fundamental en las memorias (y en el periodismo literario, añado yo) «es el pacto de veracidad, que no es solo un problema factual sino ante todo moral. Se cumple aunque se esté en el error (el sujeto está equivocado pero es veraz); y se incumple en la mentira, que no es nunca un error sino algo activo, un faltar a la verdad (preciosa expresión), no decir la verdad a sabiendas, verdad a la que el memorialista se debe». Análogamente, creo que en el periodismo, donde es difícil que se permita al profesional preparar un reportaje con calma, este puede equivocarse sin querer, sin ir más lejos porque no ha podido verificar exhaustivamente lo que cuenta. Pero cuando no se es riguroso y se libera la imaginación, trufando
